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30 de enero de 2019

Zakopane


Autor: Un Mundo Cultural

Considerada como una de las ciudades más bellas de Europa, Cracovia es un destino de obligada visita para los amantes de la cultura y el arte, no sólo por su centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, sino por zonas como Nowa Huta, un barrio en el que se puede revivir el pasado comunista de la ciudad y al que dedicamos unas líneas hace unas semanas.

Cracovia se halla, además, muy cercana a las Minas de sal de Wieliczka, un lugar que ha jugado un importante papel en la memoria colectiva polaca, y el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, tristemente célebre por haber sido uno de los principales escenarios en los que se aplicó la llamada solución final.

Un poco más lejos se halla Zakopane, una hermosa ciudad situada a los pies de los Montes Tatras, que puede visitarse en un día partiendo desde Cracovia.

Con una población cercana a los 30.000 habitantes, Zakopane es conocida como la capital de invierno de Polonia, no en vano ha sido sede de los mundiales de esquí nórdico en varias ediciones desde 1929, el año del crack bursátil en la Bolsa de Nueva York, que daría pie a la Gran Depresión americana y tendría efectos funestos en Europa, especialmente en Alemania, Austria y Polonia.

Antaño un pequeño pueblo que apenas si alcanzaba la cincuentena de habitantes, Zakopane es hoy una de las ciudades más turísticas de Polonia. En ello ha influido su privilegiada ubicación –se halla a una altura de más de 700 metros sobre el nivel del mar y se enmarca en el sistema alpino más pequeño del mundo, los Montes Tatras–, que en el siglo XIX atrajo al llamado turismo de balneario, lo que propició el crecimiento de la ciudad y la construcción de grandes villas que siguieron el modelo de arquitectura de madera típico de la zona y único en Polonia. Ya en el siglo XX, el papa Juan Pablo II –figura venerada en Polonia y gran amante de la ciudad– daría una gran popularidad a la zona con sus visitas relativamente frecuentes a Zakopane.

Si bien el viaje a Zakopane se puede antojar un tanto largo –aunque, independientemente del transporte escogido, las vistas durante el trayecto son espectaculares–, su centro histórico puede recorrerse en una sola jornada.

Autor: Un Mundo Cultural

Entre los mayores atractivos de Zakopane, además de sus pintorescas casitas de madera y su preciosa calle principal, Krupówki, la arteria comercial más importante de la ciudad, destacan las montañas Gubałówka y Butorowy Wierch –a las que se accede con funicular y desde las que se ofrecen unas vistas realmente espectaculares–; la Capilla Jaszczurówka, un prodigio arquitectónico en las afueras de la ciudad creado por Stanislaw Witkiewicz, pintor, escritor y arquitecto, considerado, además, el creador del estilo arquitectónico Zakopane; el mercado de Targ Pod Gubalowka, en el que pueden adquirirse toda suerte de productos locales, muchos de ellos hechos a mano, y degustar el queso de oveja ahumado típico de la región, el oscypek, que se sirve caliente y, si se desea, con mermelada de frutos rojos; la Iglesia de la Sagrada Familia, muy cercana al mercado, en la que se recuerda, en un retrato con su número de prisionero en Auschwitz, a Maximiliano Kolbe, un clérigo franciscano asesinado en el infausto campo de concentración; el cementerio de Pęksowy Brzyzek y, si se dispone de más tiempo del que nosotras tuvimos, el Museo Tatra.

La capilla Jaszczurówka. Autor: Un Mundo Cultural

Zakopane es, en definitiva, un lugar de obligada visita si se dispone de tiempo tras haber recorrido la bella Cracovia. Además, muy cerca de la Zakopane se halla Kościelisko, una preciosa aldea en la que, por un precio más que razonable, se pueden degustar platos típicos en restaurantes que, construidos por completo en madera, parecen sacados de un cuento de los hermanos Grimm.





2 de enero de 2019

Nowa huta



Dedicado a nuestra querida Linda. Tu existencia fue un regalo

  
No son pocos los alicientes que ofrece Cracovia a los amantes de la cultura y la historia. Muchas veces, sin embargo, la falta de tiempo o una mala planificación alejan a los visitantes de la antigua capital de Polonia de Nowa Huta, un barrio hoy de moda que en su día, con sus amplias avenidas, edificios funcionales, ciclópeas esculturas y su tonalidad grisácea –un tanto suavizada, no obstante, por amplias zonas verdes y parterres de flores ̶  es una de las mejores muestras del diseño urbano comunista.

Acceso a la antigua acería. Autor: Un Mundo Cultural

De hecho, concebida por el gobierno polaco como un ejemplo del modelo soviético y, por ende, alejada por completo de Cracovia  ̶ urbe que cobija monumentos históricos de incalculable valor, hogar, hoy y entonces, de numerosos artistas e intelectuales y donde, al igual que el resto del país eslavo, tenía cabida una religiosidad fervorosa ̶ , Nowa Huta fue construida entre 1949 y 1959 por sus propios habitantes, ciudadanos llegados del resto del país atraídos por la promesa de una vivienda y un empleo en la acería en torno a la cual se erigiría la nueva ciudad.

Avenida de las Rosas. Autor: Un Mundo Cultural

En un principio, Nowa Huta debía acoger a cien mil habitantes, pero la llegada masiva de obreros, que huían de las zonas sumidas por escombros de un país recién salido de la guerra, propició que la nueva ciudad se anexionara en unos pocos años a Cracovia, creciera de forma desmedida y se abandonara un diseño que, aún de corte netamente comunista, se inspiraba en el trazado radial parisino.

A pesar, sin embargo, del empeño de las autoridades soviéticas por convertir la nueva ciudad en un ejemplo de gran urbe comunista, Nowa Huta se convirtió muy pronto en escenario de numerosas huelgas, levantamientos y protestas, la mayor parte de ellas auspiciadas por el Movimiento Solidaridad, una confederación sindical creada en los años ochenta de pasado siglo que, actuando en la clandestinidad, se convirtió en la bestia negra del comunismo en Polonia. Entre las más famosas protestas cabría destacar la relacionada con la construcción de una iglesia, pues Nowa Huta fue concebida como una ciudad sin religión, algo que no deja de sorprender en un país tan profundamente católico como Polonia y que en este caso daría lugar a la construcción de una de las iglesias de más curiosa arquitectura de toda Europa.

No extraña, por tanto, que, tras la caída del comunismo, las calles de Nowa Huta empezaran a cambiar de nombre y los de Stalin y Lenin dejaran paso a los del Papa Juan Pablo II, a quien se venera en todo el país, o el de Ronald Reagan, figura muy estimada en Polonia. A ello habría que añadir la progresiva desaparición de los elementos más ostentosos del régimen, como una gigantesca estatua de Lenin, ubicada en una de las principales arterias de la nueva ciudad, que, tras permanecer unos años a la intemperie en un lugar cercano, fue adquirida por un coleccionista sueco que la acabó colocando en un parque de atracciones privado.

Réplica exacta de la derrocada estatua. Autor: Un Mundo Cultural

Dada la gran extensión del barrio -Nowa Huta se divide hoy en cinco distritos y alberga a unos 220.000 habitantes-, resulta más que recomendable acudir a un guía local para adentrarse por sus calles. Huyendo de los tours servidos por los operadores más comerciales, nosotras nos decantamos por Crazy Guides, una brillante iniciativa cultural, digna, de hecho, de uno de nuestros Investigadores Culturales, que se ha especializado en los tours más originales que hoy se ofrecen en Cracovia.

Un sin par Trabant. Autor: Un Mundo Cultural


Así pues, de la mano de una magnífica guía, Karolina, y a bordo de un Trabant, un vehículo emblemático de la era comunista, pudimos recorrer los principales puntos de la soñada urbe soviética. La primera parada fue la Avenida de las Rosas, donde pudimos apreciar la diferencia entre los bloques en los que vivían los obreros y los que ocupaban cargos relevantes del partido -no, el comunismo no abolió las clases sociales-, y donde, en un bar típico de la época, por el que no pasan los años y que cuenta con una réplica exacta de la derrocada estatua de Lenin, degustamos un vodka, incluido en el precio de la visita, mientras contemplábamos fotografías de la época. El resto del tour, principalmente en coche y siempre aderezado con las explicaciones de nuestra muy documentada guía, incluyó recalar en otros puntos emblemáticos, como la acería ArcelorMittal, la curiosa Iglesia del Arca del Señor o monumentos cuanto menos curiosos, entre los que destaca un tanque ubicado a pie de calle, justo frente a un edificio de viviendas.


22 de noviembre de 2016

Málaga, ciudad cultural



Destino privilegiado durante décadas del llamado turismo de sol y playa ―no sólo por su climatología, sino por ser uno de los más importantes puertos receptores de cruceros de Europa―, Málaga lleva años apostando por la cultura para atraer a un público que, si bien pudiera considerarse muy específico, se ha revelado numeroso en todas aquellas urbes que  han favorecido la proliferación de espacios y eventos culturales y artísticos. 

Catedral y Palacio Episcopal
Sin duda, a la capital andaluza, poseedora de un rico patrimonio ―entre el que destaca su Teatro Romano, La Alcazaba, el Palacio de Gibralfaro, su bella catedral, conocida popularmente como La Manquita, o el Palacio Episcopal―, no le faltan méritos para atraer a los visitantes amantes del arte y la cultura. Sin embargo, no fue hasta hace poco más de dos décadas, con la inauguración del Festival de Cine Francés, impulsado por la Alianza Francesa de Málaga, y la creación del hoy afamado Festival de Málaga Cine en Español (FMCE), secundados ambos, además, por una amplia programación teatral, que Málaga inició una importante andadura que la ha llevado a convertirse en un destino imprescindible para gestores culturales, artistas y, sobre todo, público interesado en el mundo artístico y cultural.

Teatro Romano y Alcazaba

Esa política emprendida por el consistorio malagueño, que hoy dedica el 5% de su presupuesto a la cultura, ha impulsado la creación de numerosos e importantes espacios expositivos, entre los que destacan, siguiendo un criterio rigurosamente cronológico, los siguientes museos:

CAC (Centro de Arte Contemporáneo de Málaga). Albergado en el Mercado de Mayoristas de Málaga, un edificio de gran valor histórico, este museo abrió por primera vez sus puertas en 2003. Desde entonces acoge interesantes exposiciones temporales y permanentes –con cesión temporal de obras pertenecientes a  coleccionistas privados- que muestran las tendencias y movimientos artísticos de mediados del siglo pasado hasta la actualidad.


Museo Picasso. Inaugurado el mismo año que el CAC, el museo dedicado al más internacional de los artistas malagueños se halla ubicado en el Palacio de Buenavista. Su colección permanente acoge más de doscientas obras que muestran el trabajo del artista a lo largo de ocho décadas y, en la actualidad, cuenta con una muy interesante exposición temporal dedicada a Joaquín Torres-García.


Museo Carmen Thyssen. Albergado en el céntrico Palacio de Villalón, este espacio museístico abrió sus puertas en el año 2011. Su fondo permanente, compuesto por más de doscientas piezas, es posiblemente la colección más importante de pintura española producida durante el siglo XIX.

Como todo gran espacio cultural, también esta pinacoteca acoge interesantes exposiciones temporales, como las recientes Sorolla. Apuntes de Nueva York y La ilusión del Lejano Oeste.


Centre Pompidou Málaga. Inaugurado el pasado año y albergado en un precioso y colorido edificio moderno, este centro cultural, el primero que el famoso museo parisino abre fuera de Francia, ofrece la oportunidad al visitante, mediante sus exposiciones temporales y su fondo itinerante ―que no permanente, pues irá renovándose y cambiando cada pocos años― de sumergirse en la más rabiosa actualidad artística, toda vez que observar de muy cerca el trabajo de artistas en su tiempo vanguardistas, como el hijo predilecto de la ciudad, Pablo Picasso, del que se exponen algunos de sus más notables trabajos.


Colección del Museo Ruso. Este excepcional museo, también inaugurado el pasado año, se halla un tanto alejado del centro histórico, en el edificio de La Tabacalera, aunque el desplazamiento bien vale la pena, pues tanto sus exposiciones temporales, como anuales ―el museo no cuenta, al igual que el Centre Pompidou con un fondo permanente propiamente dicho― resultan fascinantes no sólo por las propias obras expuestas, sino por su contextualización en un país tan lejano y, a la vez, tan cercano, en muchos aspectos, como Rusia. 







15 de noviembre de 2016

Cavtat



Los orígenes de la preciosa localidad de Cavtat se remontan al siglo IV a.C., cuando fuera fundada como una colonia griega. Más tarde, aproximadamente en el 228 a.C., pasaría a formar parte del Imperio Romano, que la rebautizaría con el nombre de Epidaurus


Muchos años después, en el siglo VII, Cavtat sería presa de los invasores eslavos y, ya en el siglo XIV, se integraría en la extinta República de Ragusa, con capital en Dubrovnik. Tras la disolución de este estado, la bella localidad compartiría el mismo destino que la llamada Perla del Adriático, pasando a formar parte, sucesivamente, del Reino Napoleónico de Italia, del Imperio Austrohúngaro, de la extinta Yugoslavia y, finalmente, de la República de Croacia.


En la actualidad, y por su innegable valor histórico y su paisaje de ensueño, enmarcado en un precioso puerto y unas hermosísimas e imponentes colinas, Cavtat es uno de los mayores reclamos de la costa dálmata. 

A Cavtat, que se halla a tan sólo 15 kilómetros de Dubrovnik, se puede llegar, procedentes de la capital croata, mediante dos vías, autobús o ferry. No obstante, y si bien la vía terrestre tiene un mayor servicio horario, el viaje en ferry depara no pocas sorpresas, no sólo por las impresionantes vistas que se ofrecen de la costa, sino por testimoniar, en su recorrido de media hora, las heridas todavía visibles de la Guerra de los Balcanes, acaecida en la década de los 90 del pasado siglo. Lujosos complejos hoteleros dañados por metralla y abandonados y edificios de viviendas que corrieron igual suerte y que el gobierno croata, por falta de medios o por un anhelo de conciencia histórica, ha dejado intactos, son, de hecho, los testigos mudos de un conflicto que conmocionó al mundo y del que, al parecer, no hemos aprendido nada.


Una vez en Cavtat, el visitante no sólo podrá disfrutar de las maravillosas vistas del mar Adriático, sino también perderse por las calles estrechas y cargadas de historia de la bella localidad, en la que los amantes del arte y la cultura hallarán numerosas joyas, como:

  • Iglesia de San Nicolás, construida en el siglo XV y famosa por sus imponentes altares de madera y  por albergar una de las pinturas del artista más famoso de Cavtat, Vlaho Bukovac, exponente destacado del modernismo croata.

  • Monasterio de Nuestra Señora de las Nieves. Capilla del monasterio franciscano de la localidad que alberga importantes obras del renacimiento y uno de los trabajos más logrados de Bukovac, La Virgen y el Niño (1494).

  • Albergada en el Palacio del Rector se halla la Colección Valtazar Bogišić, abogado e historiador del siglo XIX, cuya biblioteca es, sin duda alguna, uno de los reclamos de la ciudad.
  • Convertida en museo, la Casa de Vlaho Bukovac ofrece la oportunidad de acercarse a la obra de uno de los más ilustres hijos de la ciudad.
  • En el cementerio de Cavtat puede visitarse el Mausoleo de la Racic, imponente y casi pomposo monumento realizado por el reconocido escultor Ivan Meštrović y en el que se hallan los restos de una antaño importante familia de armadores y banqueros asentada en Dubrovnik.




28 de junio de 2012

El Palacio de Hellbrunn. La fabulosa obra de un espíritu bromista



Autor: Nicholas Even
Fuente: Wikipedia

Al norte de los Alpes y a los pies del monte Hellbrunn, en una bucólica zona rodeada por numerosos manantiales, se halla enclavado el palacio de idéntico nombre, obra del príncipe-arzobispo Markus Sittkus von Homenens y uno de los mayores reclamos turísticos de la bellísima ciudad de Salzburgo.

Construido entre los años 1613 y 1619, curiosamente este palacio no cuenta con dormitorio alguno, ya que el príncipe-arzobispo siempre pernoctó en el centro de Salzburgo y la residencia, con sus suntuosas estancias, tenía como único cometido ser el escenario donde, siempre de día, se celebraban numerosas audiencias, reuniones o fiestas.

Muy posiblemente el palacio no sería hoy tan apreciado desde el punto de vista artístico si Markus Sittkus, amante del arte y la cultura italiana, no hubiera encargado su construcción a Santino Solarila, el arquitecto suizo que introdujo el barroco italiano en Austria y a quien se debe el diseño del interior de la cúpula de la catedral de Salzburgo.

Sin embargo, y aunque el palacio es una joya en sí mismo, quizá el mayor atractivo de la obra del príncipe-arzobispo lo constituya el parque que lo rodea - salpicado de cuidadísimos jardines, numerosas fuentes, idílicos estanques y riachuelos y grutas misteriosas-, escenario privilegiado donde tienen lugar los llamados juegos de agua ideados por el propio Markus Sittkus.

Y es que, en un tiempo en el que el derroche de agua era un símbolo inequívoco de ostentación, el príncipe-arzobispo austríaco aprovechó el escenario natural donde proyectó la construcción de su palacio para dar rienda suelta a su espíritu malicioso y bromista, ideando mil y un mecanismos para rociar con tan preciado líquido a los invitados a los que previamente agasajaba con un banquete suculento y/o una recepción digna del mayor boato y etiqueta.

Hoy, cuatrocientos años después de la erección del complejo arquitectónico, sus visitantes parecen seguir estando tan desprevenidos como antaño lo estuvieron sus predecesores y prácticamente nadie se salva- y quien suscribe estas líneas puede dar fe de ello – de quedar empapado con el agua proveniente de múltiples surtidores ocultos en los lugares más insospechados, ya sea de las numerosas estatuas distribuidas por todo el parque o de las diversas figuras talladas en madera que, movidas por un mecanismo hidráulico, pueden hallarse en las diversas grutas a las que el visitante tiene acceso.

Otro de los atractivos de este conjunto arquitectónico renacentista lo constituye el Castillo de los Meses, denominado así por la brevedad en su construcción y que hoy día alberga al Museo de Cultura Popular, perteneciente al Museo Carolino Augusteum de Salzburgo.

En definitiva, el Palacio de Hellbrunn es un lugar de visita imprescindible no sólo por su belleza arquitectónica y sus divertidísimos juegos de agua, sino por un paisaje y unas vistas tan ensoñadores que quedaron para siempre inmortalizados por el Séptimo Arte cuando el cineasta norteamericano Ray Wise los escogió – juntamente con alguna de las preciosas salas del palacio- para ambientar varias escenas de uno de los films musicales más famosos de todos los tiempos, Sonrisas y lágrimas.


24 de mayo de 2012

Nikko. Un lugar para perderse





Cualquier viaje al país del Sol Naciente implica casi por descontado una escala en la fascinante ciudad de Tokio. No obstante, la impresionante megalópolis nipona, con sus jardines de ensueño, sus edificios con alturas de infarto o su enorme oferta cultural y lúdica, bien pudiera hacer olvidar al visitante poco atento que más allá de sus fronteras – y no demasiado lejos, por cierto – existen joyas de obligadísima visita.

De hecho, Nikko, a tan sólo unos ciento cuarenta kilómetros de la gran capital japonesa, deviene toda una sorpresa para el visitante que acaba de abandonar la vorágine de una ciudad como Tokio. Lugar bucólico por excelencia – hasta el punto de que su enorme área montañosa se encuentra protegida-, la pequeña localidad de Nikko, uno de los centros religiosos más visitados del país, cuenta con el que quizás sea el conjunto monumental más importante de Japón, lo que comportó que en el año 1999 fuera declarada por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

Nikko, que como todas las localidades japonesas dispone de un excelente y puntual servicio de transporte público, cuenta, además, con la estación más antigua del país, construida hace casi un siglo y desde la que se puede observar qué es lo que la pequeña urbe depara al visitante, bellas sendas rodeadas de frondoso bosque tras el que prácticamente se esconden, cual valiosos tesoros, los bellísimos templos y santuarios que han hecho de la ciudad uno de los destinos favoritos de los turistas, tanto nipones como extranjeros.

Además, y si bien en Nikko proliferaron los templos sintoístas, en la actualidad sigue siendo uno de los centros budistas más importantes de Japón desde que en el año 766 un monje budista fundara el primer templo de la localidad, el Shinhonryu-ji, que dio pie a la construcción del primigenio núcleo urbano y a la erección de los numerosos templos y centros religiosos con los que hoy cuenta Nikko.

Entre esas construcciones ulteriores destacan el Mausoleo de Tokunagawa Iemitsu, un importante santuario famoso por su impresionante pagoda, su Niomon -puerta de acceso-, y su frondosa avenida, rodeada de cedros y linternas de piedra; y el Santuario de Tokugawa Ieyasu, dedicado al primer shogun del país y que también cuenta con una imponente puerta – denominada Yomeinon y adornada con cientos de motivos florales y animales – que da acceso a los numerosos edificios que componen el complejo, considerados en su mayor parte como bienes culturales y/o catalogados como tesoros nacionales.

Asimismo, en Nikko se hallan otros monumentos de obligada visita, como el Templo de Rinno-ji, compuesto en realidad por 15 templos y famoso por albergar la sala de los tres budas; y el puente sagrado de Shinkyo, destruido en 1902 y reconstruido en 1907, que, con sus características formas de rojo lacado, se constituye como una de las imágenes más reconocibles del Japón más pintoresco.

Lo único que egoístamente el visitante pudiera lamentar en su visita a Nikko es la enorme afluencia de turistas, que truncan esa extraña sensación, de retrotraerse a un lapso de tiempo mágico e impreciso, provocada por un paisaje y unas construcciones absolutamente imponentes que invitan a prolongar y repetir la estancia en la bella localidad.


26 de abril de 2012

La bella Aranjuez. La ciudad de los Austria y los Borbones




Situada a escasa distancia de Madrid, la bella ciudad de Aranjuez, con sus viviendas de escasos metros de altura, sus arboladas avenidas y su rico patrimonio arquitectónico, cultural y artístico, parece haber escapado a la vorágine de irracional especulación inmobiliaria que ha sumido al país en una de las peores crisis económicas de su historia.

El rico legado de Aranjuez había captado la atención, ya en el siglo anterior, del pintor Santiago Rusiñol, que en su honor realizara su famosa obra Jardines de Aranjuez, y del compositor Joaquín Rodrigo, cuya célebre partitura Concierto de Aranjuez ha logrado un gran reconocimiento  internacional. Sin embargo, ha sido la Unesco, que en 2001 declarara el Paisaje Cultural de Aranjuez como Patrimonio de la Humanidad, la que ha hecho posible la gran afluencia de turistas que año tras año se desplazan a la que fuera una de las ciudades más mimadas y queridas por las dinastías de los Austria y los Borbones.

De hecho, el un tanto pomposo título de Real Sitio y Villa de Aranjuez se debe a la acción de las dos casas reinantes en España tras el gobierno de los Reyes Católicos. La declaración de la ciudad como Real Sitio fue obra de Felipe II, mientras que la concesión del título de Villa habría de producirse muchos años después, en 1899 y ya en época de Alfonso XIII.

A Felipe II se debe precisamente el trazado de la ciudad y la construcción del palacio que, tras diversas transformaciones y la superación de percances varios, se constituye actualmente como el máximo atractivo de la ciudad.

No obstante, el origen primigenio de la actual construcción palaciega se remonta al año 1387, cuando Lorenzo Suárez de Figueroa, maestre de la Orden de Santiago, construyó una residencia que habría de asumir las funciones de hospital para dar cobijo a los combatientes heridos durante la Reconquista. Un siglo después, en 1489, los Reyes Católicos convertirían la residencia en el palacio que iba a convertirse en el punto de partida sobre el que su bisnieto habría de erigir lo que hoy conocemos como Palacio Real de Aranjuez.

Palacio y ciudad habrían de cambiar notablemente su fisonomía con el devenir de los años y con la acción de una nueva dinastía de origen francés, los Borbones. De hecho, las modificaciones dirigidas a alcanzar el boato del que hacía gala la corte francesa se deben a la acción de Fernando VI y de su esposa Bárbara de Braganza, quienes también hicieron posible que la ciudad fuera habitada por súbditos ajenos a la familia real, su corte y su servidumbre.

Carlos III, el monarca favorito de la historiografía española, fue el artífice de la Aranjuez más reconocible, con sus importantes edificaciones civiles y religiosas; a su hijo y sucesor, Carlos IV, se debe la construcción de la Casa del Labrador, el palacete de estilo neoclásico que se alza orgulloso en el Jardín del Príncipe.

En definitiva, y se dispone de unos días libres en la capital madrileña, bien vale la pena el corto trayecto servido por un tren de cercanías que deja al visitante en una bella estación de estilo neomudéjar y relativamente próxima a todos los atractivos que la ciudad ofrece, el Palacio Real, el Jardín de la Isla – poblado por numerosas y bellas estatuas -, el curioso estanque chinesco del Jardín del Príncipe o el impresionante Museo de las Falúas Reales, cuyo anodino edificio poco tiene que ver con su magnífico contenido, una colección de embarcaciones de recreo pertenecientes a diferentes miembros de las casas reinantes en España.


21 de marzo de 2012

Grinzing. La Viena más pintoresca



Fuente: Wikipedia

Majestuosa y señorial, la bella capital austríaca atrae cada año a miles de turistas ávidos por sumergirse en el esplendor del pasado que emana de sus viejas calles y de sus fabulosos monumentos, hoy testigos mudos de la que fuera una de las ciudades más importantes del mundo antes de que éste fuera sacudido por dos guerras mundiales.

Sin embargo, Viena depara no pocas sorpresas a los viajeros que se aventuren a traspasar los límites de su pasado más monumental. Una de esas sorpresas la constituye, sin duda alguna, el barrio de Grinzing, enclavado en la colina de Cobenzl, rodeado por cultivos de viñedos y muy próximo al bosque vienés.

Asolada por los ejércitos turco y francés en diferentes momentos históricos, la localidad de Grinzing fue engullida en el año 1891 por una Viena en plena expansión geográfica. Sin embargo, lejos de perder sus rasgos más distintivos, este barrio – que hoy forma parte del distrito número 19 de la capital vienesa – ha conservado intacto el carácter sumamente idílico de los pueblos de montaña austríacos gracias a su dédalo de viejas calles, sus pintorescas casas pintadas de vivos colores, sus jardines de ensueño y sus balcones rebosantes de vistosas flores.

Grinzing, además, ofrece al visitante la oportunidad de contemplar fachadas con el característico estilo Jugenstil, acceder a la Pfarrkirche – la iglesia parroquial del antiguo pueblo con su campanario característico en forma de cebolla -  o visitar su cementerio, donde se hayan enterradas personalidades tan ilustres como el compositor Gustav Mahler, los actores Atila Hörbiger y Paula Wessely o el escritor Thomas Bernhard.

Sin embargo, si hay algo que ha hecho famoso a Grinzing son sus 30 heurigen, unas tabernas donde los clientes, sentados en unos no demasiado cómodos asientos de madera, pueden degustar el exquisito vino producido por sus propios dueños y comer los productos austríacos más típicos, servidos por solícitas camareras ataviadas con los trajes tradicionales de la región y todo ello acompañado por música en directo, la Schramelmusik, un estilo donde se combinan el violín, la guitarra y el acordeón.

Autor y fuente: Photodiary of Lili, Cili & Krisztian 

Además, estas tabernas se hallan señalizadas desde época medieval con una rama de olivo colocada en el umbral de la puerta de acceso y que corresponde a la autorización de la que goza todo heuriger para poder comerciar con el vino que producen sus propietarios y que es la única bebida, además de agua y Kracherl – un brebaje de sabor afrutado – que estas tabernas pueden servir a su clientela. Si la rama aparece colgando, significa que el vino está listo para ser consumido y que, en consecuencia, la taberna ya puede abrir sus puertas al público.

Si bien hay heurigen repartidos por toda la ciudad, los de Grinzing son especialmente atractivos por su antigüedad y su estado de conservación, por lo que bien vale la pena embarcarse en un trayecto un tanto largo que obliga a coger metro y autobús desde el centro de la ciudad. Por otra parte, perderse por las calles de este antiguo pueblo o contemplar la magnífica vista que se ofrece de la capital austríaca desde su localización privilegiada es una excelente manera de sumergirse en esa otra Viena, no monumental pero sí pintoresca y llena de encanto.


20 de febrero de 2012

Nara. La ciudad de los ciervos



Daibitsu-den en el templo Todai-ji 

La ciudad de Nara, considerada la cuna de la civilización nipona, es en la actualidad una de las urbes más importantes de la región de Kansai – junto con Kioto, Osaka y Kobe – y uno de los destinos turísticos más importantes de Japón.

De hecho, las hordas de turistas con cámara en ristre invaden cada año las milenarias calles de esta pequeña ciudad que llegó a ser la primera capital del país, un papel que detentó durante 75 años, tiempo suficiente para que se convirtiera en el escenario donde se erigieron los templos budistas más antiguos del país del sol naciente.

El rico patrimonio artístico de Nara, además, ha hecho posible que sea considerada como la segunda ciudad depositaria – tras Kioto – del riquísimo legado cultural japonés (no en vano cuenta con ocho monumentos y lugares estimados como patrimonio mundial por la Unesco).


El parque de Nara-Koen, con sus más de 1200 ciervos repartidos por su enorme superficie, sin duda es uno de los mayores atractivos de la ciudad. Este tipo de cérvidos – que antes del advenimiento del budismo en Japón gozaron de un estatus sagrado - , no sólo corretean a sus anchas por un entorno absolutamente bucólico, salpicado por riachuelos, prados o lagos, sino que pueden hallarse fuera del parque, en sus inmediaciones, esperando ansiosos a que alguien les ofrezca comida. Esa comida suele ser Shika Sembei, o galletas para ciervos, que pueden comprarse a los vendedores ambulantes repartidos a lo largo y ancho del parque y que son devoradas con auténtica fruición por estos animales (se aconseja no llevar nada a mano, pues no es infrecuente observar cómo los ciervos – que no muestran temor alguno ante la presencia masiva de seres humanos en su hábitat natural – se comen los mapas o folletos de los turistas poco avisados).

Sin embargo, el encanto de este hermosísimo parque no radica por completo en su fauna, sino en sus casas de té fabricadas con madera (que ofrecen el siempre delicioso té matcha, servido como bebida - caliente o fría - o utilizado como ingrediente principal de pastelillos dulces o salados); y, sobre todo, en el templo Todai-Ji, albergado por el edificio de madera más grande del mundo (aunque su tamaño actual sea tres veces inferior al original) y en cuyo interior, tras franquear una enorme puerta de 25 metros de altura,  se halla un magnificente buda de bronce, el Daibutsu-den que, con sus 14,90 metros de alto y su peso de más de 500 toneladas, impresionó tanto a las autoras de este blog que su imagen fue escogida como encabezamiento de aquél y de la página de Twitter vinculada al mismo.

Nara también ofrece al visitante la posibilidad de retrotraerse en el tiempo recorriendo las viejas calles de la zona de Naramachi; de admirar el templo de Horyji y su preciosa pagoda – patrimonio de la humanidad desde 1993; de delectarse con las más de 1800 lámparas que adornan el camino que conduce al santuario Kasuga Taisha; o de meditar en uno de los numerosos bancos que rodean el lago Sarisawa Ike – en el centro de la ciudad – mientras se contempla a los numerosos artistas, dibujantes y pintores, que se congregan a diario para dar rienda suelta a su creatividad. 

Con su belleza natural y arquitectónica, Nara no sólo deja un recuerdo indeleble en la memoria de quien la visita, sino que es un lugar más que propicio para experimentar el llamado mal de Stendhal.

1 de febrero de 2012

El imponente mausoleo de Mustafa Kemal Atatürk




Hombre de luces y sombras, Mustafa Kemal Atatürk, el artífice de la moderna Turquía, sigue siendo, a pesar de su fallecimiento hace más de setenta años, la figura más reverenciada de su país. De hecho, no hay ciudad turca donde no se haya erigido, al menos, una estatua en su honor, ni organismo o dependencia oficial en cuyas paredes no penda un retrato de este prócer de la patria.

Sin embargo, el mayor monumento dedicado a la obra y gloria del primer presidente de la República de Turquía es su mausoleo, concebido tan sólo cuatro años después de su muerte y finalizado en 1953, tras haber partido del diseño original de los arquitectos Emin Onat y Orhan Arda.

El emplazamiento escogido para erigir este enorme conjunto arquitectónico fue la colina de Maltepe, lugar visible desde todos los puntos de la ciudad de Ankara y al que los visitantes acceden tras recorrer la bella Alameda de los Leones, una avenida de 200 metros flanqueada por estatuas, que da acceso a una gran plaza, desde la cual se ofrecen unas magníficas vistas de la ciudad y donde no sólo se alza orgulloso este monumento funerario – considerado una obra maestra de la arquitectura turca de los años 40 y 50 del pasado siglo – , sino también varios edificios adyacentes, convertidos en auténticos museos de visita ineludible si se desea conocer un poco más sobre la obra del general que osó remover los cimientos de su país.

De hecho, el interior de esos edificios ofrece al visitante la oportunidad de contemplar la colección de vehículos de época y la gran biblioteca de Kemal Atatürk, al que no pocos historiadores consideran el mayor reformador de la historia, tras acometer las ambiciosas reformas que, en un corto período de tiempo, transformaron por completo a Turquía.


Entre esas reformas, de las que se da parte gracias a la numerosa documentación y material gráfico dispuestos de manera expositiva, destacan el cierre de escuelas donde se impartía teología islámica, la sustitución de la sharia – la ley islámica- por unos códigos civil, penal y mercantil fuertemente influenciados por los de algunos países europeos (Suiza, Alemania e Italia), la creación de escuelas y facultades dedicadas a las Bellas Artes (que pusieron en cuestionamiento la obligatoriedad de no representar la figura humana), la adopción de vestimenta occidental, masculina y femenina, en detrimento de la tradicional del país, el cambio de calendario y del alfabeto (lo que obligó el regreso a las aulas de miles de ciudadanos), la prohibición de la poligamia y el divorcio por repudio o las medidas encaminadas a alentar la integración de la mujer en el mercado laboral y su participación en la vida política.

Imponente, solemne y sobrio, el mausoleo del General Atatürk no sólo es una visita más que recomendable por su belleza arquitectónica, sino por ofrecer abundante material histórico de una de las etapas más apasionantes de un país cuya europeidad se ha puesto – y se sigue poniendo – en cuestionamiento por los países más próximos de su entorno; y es que, posiblemente, la Turquía surgida tras el desmoronamiento del antiguo Imperio Otomano aún diste del ideal perseguido por Mustafa Kemal Atatürk, quien, a pesar de la oposición de no pocos detractores, optó por la occidentalización y laicalización como única vía para lograr la modernización de su país.

25 de enero de 2012

La sin par ciudad de Kobe




Cuando se visita por primera vez la bellísima ciudad de Kobe, resulta muy difícil imaginar que esta urbe sita en la Isla de Honshu (en la región de Kansai) haya sobrevivido, cual ave fénix, a dos tragedias de proporciones dantescas: las bombas que al final de la Segunda Guerra Mundial destruyeron buena parte de su zona urbana y el terremoto del año 1995, que se cobró la vida de 6000 personas, amén de los numerosísimos daños materiales que provocó.

Kobe, además, depara no pocas sorpresas para el visitante que acuda a ella proveniente de Tokio, Kioto u Osaka (magníficamente comunicadas todas ellas por el trazado del Shinkansen, el famoso tren bala), ya que su fisonomía dista mucho de los estándares nipones más reconocibles, aún a pesar de contar con altos rascacielos y bellos jardines y templos sintoístas.

Situada en una ladera encarada al mar, su condición de ciudad portuaria la convirtió en una de las primeras urbes que, a finales del siglo XIX, empezó a comerciar con Occidente, hecho éste que sentó las bases para que Kobe deviniera en lo que es hoy, la urbe más cosmopolita de Japón, habitada por un nutrido número de comunidades extranjeras provenientes de más de un centenar de países.

Ese fuerte carácter cosmopolita ha hecho posible el nacimiento y consolidación de diversos festivales (de moda, cine y jazz) y ha posibilitado igualmente que la ciudad no sólo albergue templos sintoístas sino también iglesias (católicas y protestantes), capillas (donde muchas parejas japonesas cumplen su sueño de casarse a la manera occidental), una sinagoga e, incluso, una mezquita; a lo que habría que añadir la existencia de algunas organizaciones de intercambio cultural y diversas escuelas y centros educativos de otros países.

Por otra parte, y a pesar de la lejanía, Kobe comparte con Barcelona – ciudad con la que se halla hermanada – una disposición urbana parecida, con una zona de montaña, donde se hallan barrios muy característicos, y una zona abocada al mar, escenario de las más vanguardistas construcciones.

Indudablemente, la parte que da al mar tiene un gran atractivo con sus modernos edificios en el puerto y la Isla de Rokko; sin embargo, para quien suscribe estas líneas, la parte de montaña ofrece atractivos aún mayores, con su occidentalizado barrio de Kitano, una extraña mixtura de costumbres niponas con grandes casas del siglo XIX y principios del XX al estilo anglosajón y del centro y norte de Europa - incluso se puede hallar un Starbucks decorado como si de un salón inglés se tratase-; su barrio chino, impregnado de exquisitos olores, provenientes de los numerosos puestos de comida callejeros, y con un orondo buda coronando su entrada; o el teleférico de Shin-Kobe, que sube a unos 400 metros de altura y permite contemplar unas magníficas vistas de la ciudad (se recomienda, una vez arriba, demorarse en el exquisito y pequeño museo del perfume y emprender el descenso caminando por la suave pendiente, enmarcada por cuidadísimos jardines).

Finalmente, destacar que, para los bolsillos más adinerados, es más que aconsejable catar la famosa carne de buey o ternera de Kobe, digna de los paladares más exigentes gracias a la magnífica dieta, masajes y baños en sake a los que los animales se someten antes de ser sacrificados.

11 de enero de 2012

La Viena de Hundertwasser




Con el recuerdo aún fresco en la memoria de la retransmisión del tradicional Concierto de Año Nuevo en Viena, aprovechamos la ocasión para recomendar la visita a la obra de Hundertwasser en la capital austríaca, obviada de manera incomprensible por el programa especial – excepcionalmente cursi – emitido por la televisión de aquel país como acompañamiento al mencionado concierto.

Polifacético y excepcional, Friedrich Stowasser, más conocido como Hundertwasser, es especialmente recordado por su labor como pintor y por sus originalísimos diseños de edificios y monumentos considerados hoy emblemáticos, pero que en su tiempo encontraron a fuertes detractores entre las voces más conservadoras de la arquitectura. De hecho, este enemigo de las líneas rectas, a quien se ha llegado a bautizar como el Gaudí austríaco, abogó de manera decidida por las formas irregulares y por los colores brillantes, sin cejar nunca en su afán por conseguir una simbiosis entre naturaleza y arquitectura (no en vano llegó a publicar un manifiesto, hace ahora cuarenta años, donde expresaba la necesidad de plantar de forma obligatoria árboles en los entornos urbanos).

Los diseños de Hundertwasser se materializaron en muchos países, pero en Viena se halla la que quizá sea su obra más emblemática, la Hundertwasserhaus, un bloque de apartamentos construido por encargo del ayuntamiento de la ciudad en la década de los 80. Su diseño, con su combinación de superficies irregulares, su vivo colorido y la presencia sempiterna de vegetación, ha dado algunos problemas de habitabilidad y el edificio ha tenido que ser objeto de reformas, sin embargo es hoy uno de los reclamos turísticos más importantes de Viena y cumple con el cometido que perseguía su autor, el de que la arquitectura se asemejara lo máximo posible a la naturaleza.

El visitante, no obstante, sólo podrá contemplar y admirar la fachada de la Hundertwasserhaus y la fuente que se halla a la entrada de ésta – no hay que olvidar que sus apartamentos están habitados -, aunque sí podrá acceder al pequeño centro comercial que se encuentra justo enfrente, la Village Gallery, cuyo interior es un fiel reflejo del estilo Hundertwasser, especialmente los servicios, cuya visita implica un pequeño desembolso de dinero.

No muy lejos de la Hundertwasserhaus se ubica la Kunst Haus Wien, un museo privado dedicado por completo a la obra de Hunderwasser, aunque también contiene trabajos de otros artistas. Es una auténtica joya pero, para quien no quiera acceder a sus dependencias, la contemplación del edificio que lo alberga y su cafetería ya valen la pena el paseo.

Finalmente, habría que destacar la Incineradora de la Universidad, una originalísima obra diseñada por Hundertwasser que se encuentra alejada del centro de Viena (en Spittelau) y que algunos expertos han descrito como una combinación perfecta entre arte, ecología y tecnología.

Como todas las grandes ciudades, la capital austríaca tiene más de una cara. Sin embargo, la Viena monumental puede llegar a eclipsar a esa otra pequeña Viena surgida de la imaginación desbordante de un artista tan iconoclasta como Hundertwasser; una Viena de ineludible visita para todo aquel que realmente quiera conocer en profundidad la bella ciudad del vals. 
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