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10 de septiembre de 2013

Quinta da Regaleira. Incursión en un mundo surrealista

Dedicado a nuestra abuela, a nuestra iaia Paca, cuya valentía ha sido, es y será siempre un ejemplo para nosotras. 

Te queremos.

Autor: Un Mundo Cultural
Conjunto arquitectónico atípico, Quinta da Regaleira es, sin duda alguna, uno de los mayores atractivos turísticos de Sintra, una localidad portuguesa próxima a Lisboa que, gracias a su enorme legado histórico y artístico, fue declarada en 1995 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Propiedad del Ayuntamiento de Sintra desde el año 1997, Quinta da Regaleira se ha convertido, además, en el escenario privilegiado de diversas actividades culturales y artísticas.

El gran interés que despierta este singular conjunto arquitectónico se debe a su concepción netamente surrealista, deudora de diversos estilos –románico, gótico, renacentista y, especialmente, manuelino- y a una simbología con alusiones, más o menos manifiestas, a símbolos relacionados con la masonería, la alquimia, los caballeros templarios y los de la orden de la Rosacruz.

La gestación de semejante universo onírico y misterioso es obra de António Carvalho Monteiro, coleccionista y reconocido bibliófilo de origen brasileño, al que la prensa de su tiempo calificó de altruista y excéntrico y cuyos coetáneos le adjudicaron el apodo de Monteiro de los Millones, en clara referencia a la fortuna amasada por su familia en Brasil con el negocio del café y las piedras preciosas.

No obstante, y sin restar ni un ápice a la labor de Carvalho Monteiro, la construcción de Quinta da Regaleira –cuyas obras se llevaron a cabo entre 1904 y 1910- no sólo debe su fama y reconocimiento a la portentosa imaginación del cultivado y rico hombre de negocios brasileño que en el año 1892 comprara la finca a los barones Regaleria, sino también al hombre que éste contratara para dar forma material a su sueño, el arquitecto, pintor y escenógrafo Luigi Manini.

Gracias al trabajo de ambos, Quinta da Regaleira ofrece a sus visitantes una auténtica incursión a un mundo onírico, surrealista y misterioso, compuesto por un palacio también declarado Patrimonio Mundial por la Unesco –y cuyas ricas estancias, por cierto, poco tienen que ver con la suntuosidad de la moda versallesca de la que hacen gala numerosos palacios europeos-, una curiosa capilla, un parque mágico –salpicado con estatuas, jardines de ensueño, lagos, cuevas subterráneas e, incluso, una cascada- y el llamado pozo iniciático, al que se accede a través de pasajes subterráneos –se recomienda ir provistos con una linterna o una app que cumpla esa función - y que conduce, a través de nueve rellanos dispuestos en espiral, a un suelo coronado con una cruz templaria y la rosa de los vientos.

Autor: Un Mundo Cultural
El ambiente onírico y misterioso de Quinta da Regaleria se ve secundado, además, por el propio clima de la ciudad de Sintra, muy frecuentemente coronada con una espesa niebla, y por el precioso paseo, de un verde exuberante, que lleva hasta la entrada principal del complejo.

La accesible ubicación de Quinta da Regaleira –a tan sólo 10 minutos a pie desde el centro de Sintra- y su moderado precio –6 euros, que incluyen, además, un detalladísimo plano- son todo un incentivo para acceder a un lugar cuya visita difícilmente dejará indiferente a nadie.


23 de abril de 2013

Ripoll. Capital Cultural Catalana 2013




Rodeada de montañas y bañada por los ríos Ter y Fresser, Ripoll, la considerada cuna de Cataluña, es una ciudad milenaria que, por su magnífico patrimonio cultural y artístico, atrae cada año a cientos de turistas.

Ese inestimable legado cultural, sumando al empuje del fuerte tejido asociativo cultural de la ciudad, ha propiciado, sin duda, la elección de Ripoll como Capital Catalana de Cultura, un papel que desempeñará durante todo este año 2013 y que viene otorgado por la entidad independiente Organització Capital de Cultura Catalana, creada en 1998 y también auspiciada por la sociedad civil.

Esta titularidad ha incrementado, más si cabe, el número de visitantes de muy distinta procedencia que cada año llegan a Ripoll, atraídos por su fama de ser uno de los mejores destinos culturales catalanes, un lugar donde se puede hallar uno de los monasterios más importantes edificados durante el Medievo, preciosas casas modernistas –algunas de ellas obra de Joan Rubió, discípulo del gran Gaudí-, y uno de los museos etnográficos más importantes del país, amén de ser un lugar especialmente estimado por la historiografía catalana, pues la capital ripollesa fue escenario privilegiado de un movimiento cultural tan importante y recordado en Cataluña como el de la Renaixença.

Si sólo se dispone de un día en Ripoll y se quiere emplear bien el tiempo, lo más recomendable es empaparse de historia recorriendo su casco antiguo, perderse en su cuidado Museo Etnográfico y, por supuesto, visitar la joya de la ciudad, el monasterio benedictino de Santa María de Ripoll.


Erigido hacia el año 880 por Guifré el Pilós –uno de los más importantes personajes históricos catalanes y objeto de rendido tributo por parte de la Renaixença -, el monasterio benedictino originó la creación de la propia ciudad, pues a sus pies se estableció el primer núcleo urbano de la futura Ripoll; posteriormente, y gracias a su importantísima colección de manuscritos y a la llamada Biblia de Ripoll, hoy en manos de la Biblioteca Vaticana, se convertiría en uno de los centros culturales más importantes de época medieval.

No obstante, y por su azarosa vida –un terremoto que obligó a un reconstrucción, ya en otro estilo, el gótico, y su exclaustración definitiva, que comportó que fuera incendiado y arrasado en 1835-, gran parte de ese legado cultural se ha perdido irremisiblemente y si hoy el monasterio luce orgulloso como símbolo cultural y artístico de Cataluña se debe, sin ningún género de duda, al empeño de ilustres personalidades de la Renaixença que, encabezadas por el obispo de Vic, Josep Morgades, consiguieron devolver al monasterio el resplandor de antaño.


Lo que sí ha resistido el embate del tiempo, las desgracias naturales y la sinrazón de la guerra es el impresionante pórtico del siglo XII que da acceso a la iglesia de Santa María; para poder disfrutarlo con todo lujo de detalles, el Centro de Interpretación del monasterio presta a los visitantes un iPad que obra a modo de audioguía y que permite ver, mediante cuidadísimas fotografías, los más mínimos detalles de los pasajes bíblicos descritos en piedra, que son explicados de manera concisa, que no superficial, a través de numerosísimos podcasts, lo que constituye todo un ejemplo de desarrollo de aplicaciones tecnológicas y Web 2.0 en museos, iniciativa que, como gestoras culturales, no podemos dejar de aplaudir.

Fuente: Wikipedia

18 de julio de 2012

La bellísima península de La Magdalena





No son pocos los atractivos que la preciosa ciudad de Santander ofrece a sus visitantes. Sus casas señoriales, sus bellos y concurridos paseos y avenidas o sus imponentes paisajes justifican por sí solos un viaje a la capital de Cantabria. Sin embargo, muy posiblemente sea la Península de la Magdalena –también llamada Real Sitio de la Magdalena – el lugar de la ciudad que más visitas atrae de propios y extraños.

La península, parque público desde el pasado siglo, ocupa una superficie de casi 25 hectáreas y antaño fue un lugar de suma importancia estratégica para la capital cantábrica, como atestiguan los diversos restos arqueológicos de época romana que se han ido hallando a lo largo de los años.

Su presente y venidera preservación, además, parece asegurada por una sabia decisión del ayuntamiento santanderino que prohíbe la circulación de vehículos privados por su extensa superficie, por lo que desplazarse por el parque – abierto casi todo el día – debe hacerse a pie – en nuestra opinión, la mejor opción– o a bordo de un trenecito que recorre la península de punta a punta.

Sea de una u otra forma, el viajero podrá descubrir, a medida que se adentre en el parque, el monumento erigido en honor del malogrado y recordado Félix Rodríguez de la Fuente, deleitarse con la vista de las tres carabelas pertenecientes al Museo de la Marina o pasar un más que agradable rato en el simpático, pequeño y ¡gratuito! zoo del parque, habitado por focas y ánades varias. Al final de su trayecto, en el punto más elevado de la península, el visitante hallará la mayor atracción del parque, el palacio; una regia construcción que los ciudadanos santanderinos regalaron al monarca entonces reinante, Alfonso XIII.

El rey Borbón convirtió el palacio en su residencia estival y, además y al parecer, se encargó de arbolar todo el parque. Hoy, lejos ya de aquellos tiempos de boato que no poco debieron costar a los ciudadanos de a pie, el palacio – junto a las caballerías reales y el paraninfo – se ha convertido en la sede de los cursos estivales impartidos por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, además de contar con una residencia universitaria con 54 habitaciones dobles y ser el escenario donde se celebran diversos actos culturales y/o académicos.

De estilo ecléctico, con claras influencias inglesas aderezadas con elementos de estilo francés y de la llamada arquitectura barroca montañesa, la residencia estival de Alfonso XIII obró importantes y enriquecedores cambios en la ciudad, puesto que los veraneantes pudientes de antaño, atraídos por la pompa monárquica, erigieron, en los aledaños de la península, numerosas villas señoriales que compartieron – y comparten – protagonismo con edificios de no menos prestancia, como el Hotel Real, el nuevo Gran Casino o el Hipódromo de Bellavista.

Declarado monumento de interés artístico en 1982, el palacio ofrece, además, una vistas impresionantes al hallarse muy próximo a los acantilados que circundan la península, por lo que su visita difícilmente podrá decepcionar al visitante. De hecho, el bello enclave fue escogido como escenario de una de esas series que pretenden emular la qualité de esos productos de bello envoltorio – y, casi siempre, igualmente bello contenido – que suele manufacturar la BBC. En definitiva, una visita más que recomendable y al alcance de muchos bolsillos.


28 de junio de 2012

El Palacio de Hellbrunn. La fabulosa obra de un espíritu bromista



Autor: Nicholas Even
Fuente: Wikipedia

Al norte de los Alpes y a los pies del monte Hellbrunn, en una bucólica zona rodeada por numerosos manantiales, se halla enclavado el palacio de idéntico nombre, obra del príncipe-arzobispo Markus Sittkus von Homenens y uno de los mayores reclamos turísticos de la bellísima ciudad de Salzburgo.

Construido entre los años 1613 y 1619, curiosamente este palacio no cuenta con dormitorio alguno, ya que el príncipe-arzobispo siempre pernoctó en el centro de Salzburgo y la residencia, con sus suntuosas estancias, tenía como único cometido ser el escenario donde, siempre de día, se celebraban numerosas audiencias, reuniones o fiestas.

Muy posiblemente el palacio no sería hoy tan apreciado desde el punto de vista artístico si Markus Sittkus, amante del arte y la cultura italiana, no hubiera encargado su construcción a Santino Solarila, el arquitecto suizo que introdujo el barroco italiano en Austria y a quien se debe el diseño del interior de la cúpula de la catedral de Salzburgo.

Sin embargo, y aunque el palacio es una joya en sí mismo, quizá el mayor atractivo de la obra del príncipe-arzobispo lo constituya el parque que lo rodea - salpicado de cuidadísimos jardines, numerosas fuentes, idílicos estanques y riachuelos y grutas misteriosas-, escenario privilegiado donde tienen lugar los llamados juegos de agua ideados por el propio Markus Sittkus.

Y es que, en un tiempo en el que el derroche de agua era un símbolo inequívoco de ostentación, el príncipe-arzobispo austríaco aprovechó el escenario natural donde proyectó la construcción de su palacio para dar rienda suelta a su espíritu malicioso y bromista, ideando mil y un mecanismos para rociar con tan preciado líquido a los invitados a los que previamente agasajaba con un banquete suculento y/o una recepción digna del mayor boato y etiqueta.

Hoy, cuatrocientos años después de la erección del complejo arquitectónico, sus visitantes parecen seguir estando tan desprevenidos como antaño lo estuvieron sus predecesores y prácticamente nadie se salva- y quien suscribe estas líneas puede dar fe de ello – de quedar empapado con el agua proveniente de múltiples surtidores ocultos en los lugares más insospechados, ya sea de las numerosas estatuas distribuidas por todo el parque o de las diversas figuras talladas en madera que, movidas por un mecanismo hidráulico, pueden hallarse en las diversas grutas a las que el visitante tiene acceso.

Otro de los atractivos de este conjunto arquitectónico renacentista lo constituye el Castillo de los Meses, denominado así por la brevedad en su construcción y que hoy día alberga al Museo de Cultura Popular, perteneciente al Museo Carolino Augusteum de Salzburgo.

En definitiva, el Palacio de Hellbrunn es un lugar de visita imprescindible no sólo por su belleza arquitectónica y sus divertidísimos juegos de agua, sino por un paisaje y unas vistas tan ensoñadores que quedaron para siempre inmortalizados por el Séptimo Arte cuando el cineasta norteamericano Ray Wise los escogió – juntamente con alguna de las preciosas salas del palacio- para ambientar varias escenas de uno de los films musicales más famosos de todos los tiempos, Sonrisas y lágrimas.


24 de mayo de 2012

Nikko. Un lugar para perderse





Cualquier viaje al país del Sol Naciente implica casi por descontado una escala en la fascinante ciudad de Tokio. No obstante, la impresionante megalópolis nipona, con sus jardines de ensueño, sus edificios con alturas de infarto o su enorme oferta cultural y lúdica, bien pudiera hacer olvidar al visitante poco atento que más allá de sus fronteras – y no demasiado lejos, por cierto – existen joyas de obligadísima visita.

De hecho, Nikko, a tan sólo unos ciento cuarenta kilómetros de la gran capital japonesa, deviene toda una sorpresa para el visitante que acaba de abandonar la vorágine de una ciudad como Tokio. Lugar bucólico por excelencia – hasta el punto de que su enorme área montañosa se encuentra protegida-, la pequeña localidad de Nikko, uno de los centros religiosos más visitados del país, cuenta con el que quizás sea el conjunto monumental más importante de Japón, lo que comportó que en el año 1999 fuera declarada por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

Nikko, que como todas las localidades japonesas dispone de un excelente y puntual servicio de transporte público, cuenta, además, con la estación más antigua del país, construida hace casi un siglo y desde la que se puede observar qué es lo que la pequeña urbe depara al visitante, bellas sendas rodeadas de frondoso bosque tras el que prácticamente se esconden, cual valiosos tesoros, los bellísimos templos y santuarios que han hecho de la ciudad uno de los destinos favoritos de los turistas, tanto nipones como extranjeros.

Además, y si bien en Nikko proliferaron los templos sintoístas, en la actualidad sigue siendo uno de los centros budistas más importantes de Japón desde que en el año 766 un monje budista fundara el primer templo de la localidad, el Shinhonryu-ji, que dio pie a la construcción del primigenio núcleo urbano y a la erección de los numerosos templos y centros religiosos con los que hoy cuenta Nikko.

Entre esas construcciones ulteriores destacan el Mausoleo de Tokunagawa Iemitsu, un importante santuario famoso por su impresionante pagoda, su Niomon -puerta de acceso-, y su frondosa avenida, rodeada de cedros y linternas de piedra; y el Santuario de Tokugawa Ieyasu, dedicado al primer shogun del país y que también cuenta con una imponente puerta – denominada Yomeinon y adornada con cientos de motivos florales y animales – que da acceso a los numerosos edificios que componen el complejo, considerados en su mayor parte como bienes culturales y/o catalogados como tesoros nacionales.

Asimismo, en Nikko se hallan otros monumentos de obligada visita, como el Templo de Rinno-ji, compuesto en realidad por 15 templos y famoso por albergar la sala de los tres budas; y el puente sagrado de Shinkyo, destruido en 1902 y reconstruido en 1907, que, con sus características formas de rojo lacado, se constituye como una de las imágenes más reconocibles del Japón más pintoresco.

Lo único que egoístamente el visitante pudiera lamentar en su visita a Nikko es la enorme afluencia de turistas, que truncan esa extraña sensación, de retrotraerse a un lapso de tiempo mágico e impreciso, provocada por un paisaje y unas construcciones absolutamente imponentes que invitan a prolongar y repetir la estancia en la bella localidad.


26 de abril de 2012

La bella Aranjuez. La ciudad de los Austria y los Borbones




Situada a escasa distancia de Madrid, la bella ciudad de Aranjuez, con sus viviendas de escasos metros de altura, sus arboladas avenidas y su rico patrimonio arquitectónico, cultural y artístico, parece haber escapado a la vorágine de irracional especulación inmobiliaria que ha sumido al país en una de las peores crisis económicas de su historia.

El rico legado de Aranjuez había captado la atención, ya en el siglo anterior, del pintor Santiago Rusiñol, que en su honor realizara su famosa obra Jardines de Aranjuez, y del compositor Joaquín Rodrigo, cuya célebre partitura Concierto de Aranjuez ha logrado un gran reconocimiento  internacional. Sin embargo, ha sido la Unesco, que en 2001 declarara el Paisaje Cultural de Aranjuez como Patrimonio de la Humanidad, la que ha hecho posible la gran afluencia de turistas que año tras año se desplazan a la que fuera una de las ciudades más mimadas y queridas por las dinastías de los Austria y los Borbones.

De hecho, el un tanto pomposo título de Real Sitio y Villa de Aranjuez se debe a la acción de las dos casas reinantes en España tras el gobierno de los Reyes Católicos. La declaración de la ciudad como Real Sitio fue obra de Felipe II, mientras que la concesión del título de Villa habría de producirse muchos años después, en 1899 y ya en época de Alfonso XIII.

A Felipe II se debe precisamente el trazado de la ciudad y la construcción del palacio que, tras diversas transformaciones y la superación de percances varios, se constituye actualmente como el máximo atractivo de la ciudad.

No obstante, el origen primigenio de la actual construcción palaciega se remonta al año 1387, cuando Lorenzo Suárez de Figueroa, maestre de la Orden de Santiago, construyó una residencia que habría de asumir las funciones de hospital para dar cobijo a los combatientes heridos durante la Reconquista. Un siglo después, en 1489, los Reyes Católicos convertirían la residencia en el palacio que iba a convertirse en el punto de partida sobre el que su bisnieto habría de erigir lo que hoy conocemos como Palacio Real de Aranjuez.

Palacio y ciudad habrían de cambiar notablemente su fisonomía con el devenir de los años y con la acción de una nueva dinastía de origen francés, los Borbones. De hecho, las modificaciones dirigidas a alcanzar el boato del que hacía gala la corte francesa se deben a la acción de Fernando VI y de su esposa Bárbara de Braganza, quienes también hicieron posible que la ciudad fuera habitada por súbditos ajenos a la familia real, su corte y su servidumbre.

Carlos III, el monarca favorito de la historiografía española, fue el artífice de la Aranjuez más reconocible, con sus importantes edificaciones civiles y religiosas; a su hijo y sucesor, Carlos IV, se debe la construcción de la Casa del Labrador, el palacete de estilo neoclásico que se alza orgulloso en el Jardín del Príncipe.

En definitiva, y se dispone de unos días libres en la capital madrileña, bien vale la pena el corto trayecto servido por un tren de cercanías que deja al visitante en una bella estación de estilo neomudéjar y relativamente próxima a todos los atractivos que la ciudad ofrece, el Palacio Real, el Jardín de la Isla – poblado por numerosas y bellas estatuas -, el curioso estanque chinesco del Jardín del Príncipe o el impresionante Museo de las Falúas Reales, cuyo anodino edificio poco tiene que ver con su magnífico contenido, una colección de embarcaciones de recreo pertenecientes a diferentes miembros de las casas reinantes en España.


21 de marzo de 2012

Grinzing. La Viena más pintoresca



Fuente: Wikipedia

Majestuosa y señorial, la bella capital austríaca atrae cada año a miles de turistas ávidos por sumergirse en el esplendor del pasado que emana de sus viejas calles y de sus fabulosos monumentos, hoy testigos mudos de la que fuera una de las ciudades más importantes del mundo antes de que éste fuera sacudido por dos guerras mundiales.

Sin embargo, Viena depara no pocas sorpresas a los viajeros que se aventuren a traspasar los límites de su pasado más monumental. Una de esas sorpresas la constituye, sin duda alguna, el barrio de Grinzing, enclavado en la colina de Cobenzl, rodeado por cultivos de viñedos y muy próximo al bosque vienés.

Asolada por los ejércitos turco y francés en diferentes momentos históricos, la localidad de Grinzing fue engullida en el año 1891 por una Viena en plena expansión geográfica. Sin embargo, lejos de perder sus rasgos más distintivos, este barrio – que hoy forma parte del distrito número 19 de la capital vienesa – ha conservado intacto el carácter sumamente idílico de los pueblos de montaña austríacos gracias a su dédalo de viejas calles, sus pintorescas casas pintadas de vivos colores, sus jardines de ensueño y sus balcones rebosantes de vistosas flores.

Grinzing, además, ofrece al visitante la oportunidad de contemplar fachadas con el característico estilo Jugenstil, acceder a la Pfarrkirche – la iglesia parroquial del antiguo pueblo con su campanario característico en forma de cebolla -  o visitar su cementerio, donde se hayan enterradas personalidades tan ilustres como el compositor Gustav Mahler, los actores Atila Hörbiger y Paula Wessely o el escritor Thomas Bernhard.

Sin embargo, si hay algo que ha hecho famoso a Grinzing son sus 30 heurigen, unas tabernas donde los clientes, sentados en unos no demasiado cómodos asientos de madera, pueden degustar el exquisito vino producido por sus propios dueños y comer los productos austríacos más típicos, servidos por solícitas camareras ataviadas con los trajes tradicionales de la región y todo ello acompañado por música en directo, la Schramelmusik, un estilo donde se combinan el violín, la guitarra y el acordeón.

Autor y fuente: Photodiary of Lili, Cili & Krisztian 

Además, estas tabernas se hallan señalizadas desde época medieval con una rama de olivo colocada en el umbral de la puerta de acceso y que corresponde a la autorización de la que goza todo heuriger para poder comerciar con el vino que producen sus propietarios y que es la única bebida, además de agua y Kracherl – un brebaje de sabor afrutado – que estas tabernas pueden servir a su clientela. Si la rama aparece colgando, significa que el vino está listo para ser consumido y que, en consecuencia, la taberna ya puede abrir sus puertas al público.

Si bien hay heurigen repartidos por toda la ciudad, los de Grinzing son especialmente atractivos por su antigüedad y su estado de conservación, por lo que bien vale la pena embarcarse en un trayecto un tanto largo que obliga a coger metro y autobús desde el centro de la ciudad. Por otra parte, perderse por las calles de este antiguo pueblo o contemplar la magnífica vista que se ofrece de la capital austríaca desde su localización privilegiada es una excelente manera de sumergirse en esa otra Viena, no monumental pero sí pintoresca y llena de encanto.


20 de febrero de 2012

Nara. La ciudad de los ciervos



Daibitsu-den en el templo Todai-ji 

La ciudad de Nara, considerada la cuna de la civilización nipona, es en la actualidad una de las urbes más importantes de la región de Kansai – junto con Kioto, Osaka y Kobe – y uno de los destinos turísticos más importantes de Japón.

De hecho, las hordas de turistas con cámara en ristre invaden cada año las milenarias calles de esta pequeña ciudad que llegó a ser la primera capital del país, un papel que detentó durante 75 años, tiempo suficiente para que se convirtiera en el escenario donde se erigieron los templos budistas más antiguos del país del sol naciente.

El rico patrimonio artístico de Nara, además, ha hecho posible que sea considerada como la segunda ciudad depositaria – tras Kioto – del riquísimo legado cultural japonés (no en vano cuenta con ocho monumentos y lugares estimados como patrimonio mundial por la Unesco).


El parque de Nara-Koen, con sus más de 1200 ciervos repartidos por su enorme superficie, sin duda es uno de los mayores atractivos de la ciudad. Este tipo de cérvidos – que antes del advenimiento del budismo en Japón gozaron de un estatus sagrado - , no sólo corretean a sus anchas por un entorno absolutamente bucólico, salpicado por riachuelos, prados o lagos, sino que pueden hallarse fuera del parque, en sus inmediaciones, esperando ansiosos a que alguien les ofrezca comida. Esa comida suele ser Shika Sembei, o galletas para ciervos, que pueden comprarse a los vendedores ambulantes repartidos a lo largo y ancho del parque y que son devoradas con auténtica fruición por estos animales (se aconseja no llevar nada a mano, pues no es infrecuente observar cómo los ciervos – que no muestran temor alguno ante la presencia masiva de seres humanos en su hábitat natural – se comen los mapas o folletos de los turistas poco avisados).

Sin embargo, el encanto de este hermosísimo parque no radica por completo en su fauna, sino en sus casas de té fabricadas con madera (que ofrecen el siempre delicioso té matcha, servido como bebida - caliente o fría - o utilizado como ingrediente principal de pastelillos dulces o salados); y, sobre todo, en el templo Todai-Ji, albergado por el edificio de madera más grande del mundo (aunque su tamaño actual sea tres veces inferior al original) y en cuyo interior, tras franquear una enorme puerta de 25 metros de altura,  se halla un magnificente buda de bronce, el Daibutsu-den que, con sus 14,90 metros de alto y su peso de más de 500 toneladas, impresionó tanto a las autoras de este blog que su imagen fue escogida como encabezamiento de aquél y de la página de Twitter vinculada al mismo.

Nara también ofrece al visitante la posibilidad de retrotraerse en el tiempo recorriendo las viejas calles de la zona de Naramachi; de admirar el templo de Horyji y su preciosa pagoda – patrimonio de la humanidad desde 1993; de delectarse con las más de 1800 lámparas que adornan el camino que conduce al santuario Kasuga Taisha; o de meditar en uno de los numerosos bancos que rodean el lago Sarisawa Ike – en el centro de la ciudad – mientras se contempla a los numerosos artistas, dibujantes y pintores, que se congregan a diario para dar rienda suelta a su creatividad. 

Con su belleza natural y arquitectónica, Nara no sólo deja un recuerdo indeleble en la memoria de quien la visita, sino que es un lugar más que propicio para experimentar el llamado mal de Stendhal.

1 de febrero de 2012

El imponente mausoleo de Mustafa Kemal Atatürk




Hombre de luces y sombras, Mustafa Kemal Atatürk, el artífice de la moderna Turquía, sigue siendo, a pesar de su fallecimiento hace más de setenta años, la figura más reverenciada de su país. De hecho, no hay ciudad turca donde no se haya erigido, al menos, una estatua en su honor, ni organismo o dependencia oficial en cuyas paredes no penda un retrato de este prócer de la patria.

Sin embargo, el mayor monumento dedicado a la obra y gloria del primer presidente de la República de Turquía es su mausoleo, concebido tan sólo cuatro años después de su muerte y finalizado en 1953, tras haber partido del diseño original de los arquitectos Emin Onat y Orhan Arda.

El emplazamiento escogido para erigir este enorme conjunto arquitectónico fue la colina de Maltepe, lugar visible desde todos los puntos de la ciudad de Ankara y al que los visitantes acceden tras recorrer la bella Alameda de los Leones, una avenida de 200 metros flanqueada por estatuas, que da acceso a una gran plaza, desde la cual se ofrecen unas magníficas vistas de la ciudad y donde no sólo se alza orgulloso este monumento funerario – considerado una obra maestra de la arquitectura turca de los años 40 y 50 del pasado siglo – , sino también varios edificios adyacentes, convertidos en auténticos museos de visita ineludible si se desea conocer un poco más sobre la obra del general que osó remover los cimientos de su país.

De hecho, el interior de esos edificios ofrece al visitante la oportunidad de contemplar la colección de vehículos de época y la gran biblioteca de Kemal Atatürk, al que no pocos historiadores consideran el mayor reformador de la historia, tras acometer las ambiciosas reformas que, en un corto período de tiempo, transformaron por completo a Turquía.


Entre esas reformas, de las que se da parte gracias a la numerosa documentación y material gráfico dispuestos de manera expositiva, destacan el cierre de escuelas donde se impartía teología islámica, la sustitución de la sharia – la ley islámica- por unos códigos civil, penal y mercantil fuertemente influenciados por los de algunos países europeos (Suiza, Alemania e Italia), la creación de escuelas y facultades dedicadas a las Bellas Artes (que pusieron en cuestionamiento la obligatoriedad de no representar la figura humana), la adopción de vestimenta occidental, masculina y femenina, en detrimento de la tradicional del país, el cambio de calendario y del alfabeto (lo que obligó el regreso a las aulas de miles de ciudadanos), la prohibición de la poligamia y el divorcio por repudio o las medidas encaminadas a alentar la integración de la mujer en el mercado laboral y su participación en la vida política.

Imponente, solemne y sobrio, el mausoleo del General Atatürk no sólo es una visita más que recomendable por su belleza arquitectónica, sino por ofrecer abundante material histórico de una de las etapas más apasionantes de un país cuya europeidad se ha puesto – y se sigue poniendo – en cuestionamiento por los países más próximos de su entorno; y es que, posiblemente, la Turquía surgida tras el desmoronamiento del antiguo Imperio Otomano aún diste del ideal perseguido por Mustafa Kemal Atatürk, quien, a pesar de la oposición de no pocos detractores, optó por la occidentalización y laicalización como única vía para lograr la modernización de su país.

25 de enero de 2012

La sin par ciudad de Kobe




Cuando se visita por primera vez la bellísima ciudad de Kobe, resulta muy difícil imaginar que esta urbe sita en la Isla de Honshu (en la región de Kansai) haya sobrevivido, cual ave fénix, a dos tragedias de proporciones dantescas: las bombas que al final de la Segunda Guerra Mundial destruyeron buena parte de su zona urbana y el terremoto del año 1995, que se cobró la vida de 6000 personas, amén de los numerosísimos daños materiales que provocó.

Kobe, además, depara no pocas sorpresas para el visitante que acuda a ella proveniente de Tokio, Kioto u Osaka (magníficamente comunicadas todas ellas por el trazado del Shinkansen, el famoso tren bala), ya que su fisonomía dista mucho de los estándares nipones más reconocibles, aún a pesar de contar con altos rascacielos y bellos jardines y templos sintoístas.

Situada en una ladera encarada al mar, su condición de ciudad portuaria la convirtió en una de las primeras urbes que, a finales del siglo XIX, empezó a comerciar con Occidente, hecho éste que sentó las bases para que Kobe deviniera en lo que es hoy, la urbe más cosmopolita de Japón, habitada por un nutrido número de comunidades extranjeras provenientes de más de un centenar de países.

Ese fuerte carácter cosmopolita ha hecho posible el nacimiento y consolidación de diversos festivales (de moda, cine y jazz) y ha posibilitado igualmente que la ciudad no sólo albergue templos sintoístas sino también iglesias (católicas y protestantes), capillas (donde muchas parejas japonesas cumplen su sueño de casarse a la manera occidental), una sinagoga e, incluso, una mezquita; a lo que habría que añadir la existencia de algunas organizaciones de intercambio cultural y diversas escuelas y centros educativos de otros países.

Por otra parte, y a pesar de la lejanía, Kobe comparte con Barcelona – ciudad con la que se halla hermanada – una disposición urbana parecida, con una zona de montaña, donde se hallan barrios muy característicos, y una zona abocada al mar, escenario de las más vanguardistas construcciones.

Indudablemente, la parte que da al mar tiene un gran atractivo con sus modernos edificios en el puerto y la Isla de Rokko; sin embargo, para quien suscribe estas líneas, la parte de montaña ofrece atractivos aún mayores, con su occidentalizado barrio de Kitano, una extraña mixtura de costumbres niponas con grandes casas del siglo XIX y principios del XX al estilo anglosajón y del centro y norte de Europa - incluso se puede hallar un Starbucks decorado como si de un salón inglés se tratase-; su barrio chino, impregnado de exquisitos olores, provenientes de los numerosos puestos de comida callejeros, y con un orondo buda coronando su entrada; o el teleférico de Shin-Kobe, que sube a unos 400 metros de altura y permite contemplar unas magníficas vistas de la ciudad (se recomienda, una vez arriba, demorarse en el exquisito y pequeño museo del perfume y emprender el descenso caminando por la suave pendiente, enmarcada por cuidadísimos jardines).

Finalmente, destacar que, para los bolsillos más adinerados, es más que aconsejable catar la famosa carne de buey o ternera de Kobe, digna de los paladares más exigentes gracias a la magnífica dieta, masajes y baños en sake a los que los animales se someten antes de ser sacrificados.

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