Mostrando entradas con la etiqueta Museos del mundo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Museos del mundo. Mostrar todas las entradas

6 de febrero de 2019

Musée Océanographique


Autor: Un Mundo Cultural

El 29 de marzo de 1910 se inauguraba sobre un acantilado el que es, sin duda alguna, el museo más importante del Principado de Mónaco, el monumental Museo Oceanográfico. El espacio expositivo es, además, un referente mundial en el campo de la oceanografía, por lo que, si se dispone de tiempo para descubrir el pequeño país europeo, su visita resulta más que recomendable.

Fundado por el príncipe Alberto I, bisabuelo del actual monarca monegasco, y dirigido durante años por el célebre investigador y explorador Jacques Cousteau, el museo cuenta con 6500 metros cuadrados abiertos al público, que se articulan en torno a dos grandes ejes, el acuario, situado en el sótano, y su planta principal.

Autor: Un Mundo Cultural

El acuario, el mayor reclamo del museo, cuenta con una profundidad de seis metros y compartimentos que, con varios ángulos de visión para el visitante, se hallan separados para albergar a depredadores marinos y tiburones y a peces de mil y un colores, además de corales, medusas y un sinfín de especímenes marinos que suman unos 6000 ejemplares. Esta impresionante colección resulta excepcional no sólo por su contenido, sino por su disposición, ya que, desde su fundación, los responsables del museo han cuidado al máximo la recreación de dos sistemas, el mediterráneo y el tropical, lo que ha convertido a este espacio museístico en todo un referente en el estudio, divulgación y protección de los océanos.

Autor: Un Mundo Cultural

La planta superior del museo, por otra parte, la conforman dos amplias estancias en las que, mediante profuso material –documental, visual y videográfico–, herramientas varias, especímenes conservados, esqueletos y pantallas interactivas, se narra la historia de la oceanografía y la biología, ciencias por las que el monarca monegasco profesara verdadera devoción.

Autor: Un Mundo Cultural

Alberto I, de hecho, llegaría a participar en casi 30 campañas científicas –que incluyen, además del mar Mediterráneo, viajes a las Islas Azores e, incluso, el Ártico–, dedicando gran parte de su vida al estudio de los océanos en un momento en el que esa rama científica estaba prácticamente en ciernes. Ese amor hacia el mundo marino daría pie a la creación de este museo y también de la Casa de los Océanos, radicada en París.

El museo cuenta además con otros atractivos, como su terraza, situada a 85 metros sobre el nivel del mar y en la que se halla la llamada Isla de las Tortugas, un lugar consagrado al estudio y preservación de este animal, y un restaurante que, lejos de lo que pareciera en un primer momento, no sólo ofrece menús interesantes, sino que lo hace a un precio asequible al común de los mortales.

Sin embargo, el Museo Oceanográfico de Mónaco no sólo resulta de visita obligada por su colección única, sino por la concepción con la que fuera creado, un espacio en el que el arte y la ciencia tuvieran cabida a la par, lo que ha conllevado a que en su interior se alberguen interesantes exposiciones y se experimente con las más nuevas tecnologías, que hacen posible el espectáculo de luz y sonido que tiene lugar en la sala que contiene los esqueletos de grandes cetáceos o bien la recreación de un gabinete con diversas piezas de museo –desde instrumentos a especímenes conservados en tarros, pasando por libros y diarios– en el que un holograma de Alberto I recreado por un actor introduce al visitante en un mundo fascinante, el de las profundidades del mar, que tanto antaño como ahora parece conservar fascinantes hallazgos aun por descubrir.

Y no podemos finalizar esta crónica sin aludir el magnificente edificio que alberga al museo, un diseño en el que el arquitecto Paul Delefortrie invirtió más de una década y que remite a otros grandes centros museísticos de antaño dedicados al mundo de las ciencias –como el excelso Natural History Museum londinense. Por todo ello, no resulta extraño que este museo oceanográfico atraiga a una media de 700.000 visitantes anuales y justifique, por sí solo, una visita a uno de los países más diminutos del planeta.



23 de enero de 2019

Museo Marc-Chagall


Autor: Un Mundo Cultural

Enclavados en un entorno geográfico privilegiado, los Alpes Marítimos franceses atrajeron la atención, durante el pasado siglo, de numerosos artistas, en su mayoría europeos. Entre ellos destaca el pintor de origen bielorruso Marc Chagall, quien, tras una vida azarosa enmarcada en diferentes escenarios europeos y también estadounidenses, escogió Niza para pasar sus últimos años.

Artista clave del siglo XX, Chagall participó activamente en la creación de su propio museo. De hecho, el precioso Museo Marc-Chagall –antiguamente conocido como Museo Nacional del mensaje Bíblico Marc-Chagall– es uno de los pocos espacios expositivos que han abierto sus puertas al público en vida del autor al que se consagran. Su inauguración en 1973 coincidió con el 86º cumpleaños de Chagall y en la actualidad, tras haber ido engrosando su importante fondo a lo largo de casi medio siglo, es considerado como el mayor depositario del legado del artista bielorruso.

Por todo ello, este museo, enclavado en el precioso y señorial barrio de Cimiez en Niza merece una visita por parte de todos los amantes que recalen en la ciudad francesa. Además, y como pasa casi siempre con los espacios expositivos dedicados al arte contemporáneo, este museo resulta atractivo no sólo por su contenido, sino por su continente, ya que el edificio que lo alberga, de una sola planta, fue diseñado por el arquitecto André Hermant y el jardín que lo rodea –en plena remodelación durante nuestra visita a Niza hace unos meses– es obra del paisajista Henri Fisch. Cabe además señalar que la construcción de este espacio museístico, auspiciada por el que fuera ministro de cultura en aquel entonces, el escritor André Malraux, se llevó a cabo con la idea de que el contenido del mismo pudiera ser expuesto en condiciones óptimas y en un espacio diáfano, inundado por el sol de la Costa Azul.

El núcleo del fondo permanente del museo lo constituyen diecisiete pinturas de gran formato a cuya realización consagró el artista bielorruso varios años para posteriormente donarlas al estado francés. Chagall, enamorado confeso de los textos bíblicos, se inspiró en tres libros del Antiguo TestamentoGénesis, Éxodo y El Cantar de los Cantares– para alumbrar este conjunto pictórico.


  Autor: Un Mundo Cultural

Las diecisiete piezas se hallan distribuidas en dos salas sumamente diáfanas que cuentan con amplios sillones para que, sentado, el visitante pueda deleitarse con la belleza de unas obras fascinantes en las que sorprende no sólo la interpretación de los textos bíblicos, sino la fuerza de trazo y esa explosión de color con la que el artista bielorruso dotó a la mayor parte de su producción pictórica.

Autor: Un Mundo Cultural

Si bien la visita al Museo Marc-Chagall se justifica por la contemplación de estas obras, no hay que olvidar que, gracias a las donaciones del artista, el espacio expositivo cuenta con otras piezas de notable interés, como bocetos, dibujos, gouaches, litografías, grabados, vidrieras, tapicerías, mosaicos, esculturas y otras pinturas, como el tríptico Résistance, Résurrection, Libération. Entre estos trabajos cabría destacar también las vidrieras que se hallan en el auditorio, inspiradas en la creación del mundo, o el mosaico dedicado al profeta Elías montado en un carro de fuego y rodeado por los símbolos del zodiaco, que se refleja en un pequeño estanque y puede verse a través de una ventana de vidrio de una de las salas.


Autor: Un Mundo Cultural

Lo único que echamos de menos en el recorrido propuesto por el espacio museístico, una experiencia que sólo podría calificarse como puro deleite visual, fue la ausencia de una de las más preciosas obras de Chagall, El paseo, un precioso oleo de gran formato que tuvimos ocasión de contemplar muy de cerca, en un muy corto espacio de tiempo, en dos lugares diferentes, en Málaga –en la exposición temporal Chagall y sus contemporáneos rusos, albergada en el Museo Ruso en 2017– y en Londres –en la increíble exposición Revolution: Russian Art 1917-1932, que aquel mismo año produjera la Royal Academy of Arts en el marco del centenario de la Revolución Rusa.


9 de mayo de 2018

MNAC. Nueva presentación de Renacimiento y barroco





Hace unas semanas visitamos el inigualable MNAC para ver la estupenda exposición William Morris y el movimiento Arts & Crafts en Gran Bretaña. En aquella ocasión, para degustar al máximo esa muestra expositiva, dejamos para una ulterior visita la nueva presentación de la sección dedicada al Renacimiento y el Barroco del afamado museo.

Esta ampliación, que se dio a conocer al gran público a finales del mes de enero del presente año, es fruto de un largo proceso de planificación, documentación y restauración. Un arduo trabajo que ha implicado integrar la colección Cambó y la colección Thyssen, dotando así el recorrido expositivo de una mayor contextualización. 



La nueva presentación de esta sección se sustenta en casi trescientas piezas, veintidós de las cuales nunca habían sido expuestas; otras piezas del conjunto ahora expuesto, por el contrario, llevaban un tiempo sin ser mostradas al público.

Además de las obras pictóricas, que conforman el mayor grueso de esta sección, en el recorrido por las salas que las albergan se pueden contemplar dibujos y grabados −estos últimos dispuestos en un espacio con una iluminación considerablemente más atenuada para preservar los trabajos, que se encuentran colocados en vitrinas dotadas con cajones que el visitante puede abrir y cerrar a voluntad−, monedas, medallas, fotografías, destacado material bibliográfico e, incluso, un tapiz.

El recorrido de la exposición, que pone a disposición del visitante las más modernas herramientas museísticas, no parte de un criterio cronológico, sino que, por el contrario, y para ofrecer una mayor contextualización entre épocas y estilos, se articula en torno a diferentes áreas temáticas, como:







Fascinante en su concepción y puesta en escena, la reformulada sección dedicada al Renacimiento y al Barroco ofrece al visitante no solo la oportunidad de sumergirse en una narrativa alejada de los posicionamientos academicistas a los que nos tienen acostumbrados los grandes espacios expositivos de titularidad estatal, sino que permite ver de cerca el trabajo de artistas inmortales como El Greco, Cranach, Goya, Tiepolo, Tintoretto, Velázquez, Rubens o Zurbarán.

Muestra, en definitiva, imprescindible para los amantes del arte y la cultura, a esta renovada sección de uno de los museos más visitados de Cataluña solo podría achacársele un punto negativo, la cierta dejadez expositiva de la sala de dibujos y grabados, en la que algunas obras no se hallan correctamente alineadas o, incluso, pueden invadir el espacio de alguna cartela.




13 de diciembre de 2017

Holyrood palace


Tras unas semanas de inactividad, regresamos con renovadas fuerzas y nuevas noticias culturales.

En esta ocasión nos hemos desplazado a Escocia, concretamente a Edimburgo, para relataros la historia de uno de los palacios más grandes del Reino Unido, el palacio de Holyrood o palacio de Holyroodhouse, situado en la famosa Royal Mile de la capital escocesa, a distancia escasa del castillo de la ciudad y al lado del parque de Holyrood.

Entrada principal del palacio.
Autor de la imagen: Un Mundo Cultural

Este palacio ha sido la principal residencia de los reyes y reinas escoceses desde el siglo XV. En la actualidad, la reina Isabel II reside en sus estancias desde finales de junio hasta principios de agosto. En esos meses de verano el palacio se convierte en escenario de diferentes celebraciones y audiencias a destacadas personalidades ―allí han concurrido personalidades como Nelson Mandela o el Papa Benedicto XVI―, si bien se cierra al público durante ese tiempo.

El palacio que conocemos en la actualidad fue reconstruido entre 1671 y 1678, bajo el reinado de Carlos II de Inglaterra, por Sir William Bruce, artífice del cuadrilátero y del diseño, en estilo barroco, de las tres plantas y el ático, a excepción de la torre, que había sido construida en el siglo XVI. Sin embargo, antes que palacio, el monumental edificio había sido erigido como una abadía, ahora en ruinas, fundada en 1128 por orden del rey David I de Escocia. Según cuenta la leyenda, un día en que el rey aprovechó el buen tiempo que hacía para salir de caza fue arrollado por un ciervo. El rey cayó del caballo y, mientras cogía por su cornamenta al animal para defenderse, apareció, entre el ciervo y él, una cruz, tras lo cual el animal huyó. En agradecimiento a Dios por salvarle la vida, el rey fundó la abadía, a la cual se le fueron añadiendo otros edificios monásticos y también estancias reales, siendo, en los siglos posteriores, residencia de varios monarcas.

Abadía en ruinas.
Autor de la imagen: Un Mundo Cultural

Con el tiempo, los edificios se fueron abandonando y el coro y los transeptos de la iglesia de la abadía derribados en 1570.

Abadía en ruinas. Detalle
Autor de la imagen: Un Mundo Cultural

Durante el siglo XVI los apartamentos reales, situados en la torre noreste del palacio, fueron testimonio de uno de los sucesos más trágicos de la historia del edificio. Aquellas habitaciones estaban entonces ocupadas por María Estuardo, reina de Escocia tras su intento fallido de convertirse en reina de Francia. De regreso a Escocia, María había contraído matrimonio con Lord Darnley, su primo. El temperamental, Darnley, impulsado por los celos, asesinaría al secretario y favorito de la reina, David Rizzio, durante la noche del 9 de marzo en presencia de su esposa y de otros cortesanos. María, en avanzado estado de gestación, huiría del palacio. Se dice desde entonces que el fantasma de Rizzio vaga por el palacio y que en la estancia en la que fuera asesinado se producen fenómenos extraños.

The Murder of David Rizzio (1833), de William Allan 

En los siglos posteriores el palacio sufriría diversos daños y también sería objeto de diferentes reformas, la más importante de todas ellas en el siglo XVII de la mano de Sir William Bruce, si bien la abadía, la que más ha sufrido los embates del tiempo y la destrucción, hoy se halla prácticamente en ruinas. Hace poco más de una década, por otra parte, en agosto de 2006, un equipo arqueológico descubrió parte del claustro de la abadía así como una torre construida durante el reinado de Jaime IV.

Abadía en ruinas. Detalle
Autor de la imagen: Un Mundo Cultural

En la actualidad, el palacio de Holyrood es propiedad de la corona británica y su conservación y mantenimiento recaen en el gobierno escocés. Los sitios abiertos al público son, en el interior del palacio, la gran escalera con techo barroco del siglo XVII, con ángeles y frescos pintados en las paredes por Lattanzio Gambara (1550); la gran galería, decorada con 110 retratos de monarcas escoceses y que hoy se utiliza para banquetes e investiduras; o las habitaciones de María Estuardo en la segunda planta, a la que se accede a través de una escalera de caracol. En el exterior pueden visitarse la abadía y sus restos arqueológicos y los jardines.

Holyrood Park. Autor de la imagen: Un Mundo Cultural

Cabe destacar, finalmente, el reloj de sol, tallado en 1633 por John Mylne y localizado en la entrada principal; la fuente de la entrada, que es una réplica exacta de la fuente del siglo XVI del palacio de Linlithgow; y las puertas de hierro de la entrada, erigidas en la década de 1920, junto con la estatua de Eduardo VII, realizada por Henry Snell Gamley.


Fuentes consultadas

Royal Collection Trust. (2017). Palace of Holyroodhouse. Edimburg: Royal Collection Trust. Recuperado de https://www.royalcollection.org.uk/visit/palace-of-holyroodhouse

Lee, Deborah (productor).(2011). The Queen's Palaces: Palace of Holyroodhouse [serie de televisión]. Londres: BBC.

Zweig, S., (2003), María Estuardo: el trágico retrato de la última reina de Escocia, Madrid: Debate.


2 de mayo de 2017

Natural History Museum



Albergado en un edificio imponente, de proporciones casi colosales, y con una decoración exterior e interior absolutamente fascinante ―no en vano se le ha llegado a bautizar como la catedral de la naturaleza―, el Museo Natural de Londres es, sin ningún género de duda, uno de los espacios museísticos más emblemáticos de la capital británica, con un enorme e indiscutible valor científico e histórico. Y es que este museo despunta, de hecho, no sólo por su enorme y creciente fondo y por ser en la actualidad un importantísimo centro de investigación y, a su vez, un ejemplo para gestores culturales ―gracias a su increíble departamento educativo―, sino también por gestarse en un momento importante en la historia de la ciencia, marcada por las expediciones científicas llevadas a cabo por diversos países europeos entre mediados del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX, que darían lugar a la creación de grandes colecciones.


El origen de este museo cabe hallarlo precisamente en una colección, la reunida por Sir Hans Sloane, que el gobierno británico adquiriría a un valor muy inferior al marcado por el mercado y que acabaría engrosando el fondo del ya entonces importante Museo Británico. El creciente número de piezas expuestas en este museo propiciaría, sin embargo, que en 1873 se construyera en South Kensington un nuevo espacio que albergara los fósiles, plantas y esqueletos que entonces se hallaban en sus dependencias.

La construcción del edificio de aquel nuevo espacio museístico, diseñado por Alfred Waterhouse, se finalizó en el año 1880. Su enorme superficie propiciaría, sin embargo, que el fondo museístico siguiera creciendo y que más adelante, ya en el siglo XX, absorbiera al entonces cercano Museo Geológico.


Hoy día el Museo de Historia Natural londinense cuenta con más de 70 millones de piezas que abarcan diferentes campos científicos ―desde la zoología a la paleontología, pasando por la entomología o la botánica― y supera los 50.000 libros científicos, albergados por su impresionante biblioteca.

La fascinación que este museo ejerce sobre sus visitantes no sólo se debe, no obstante, a ese impresionante fondo, sino también, y en igual medida, a su interior ―un maravilloso ejemplo de arquitectura victoriana―, y a la disposición de sus objetos en diferentes salas, agrupadas, a su vez, en zonas temáticas, distinguibles por colores y equipadas con las más modernas apuestas tecnológicas aplicadas a la museología.


Así, el museo se articula en diferentes espacios, como:

  • La zona naranja, donde se ubica el Darwin Center, ampliación reciente del museo que reúne colecciones de plantas e insectos, y el Wildlife Garden.
  • La zona azul, donde se halla la famosa sala de los dinosaurios, con una impresionante recreación de un rugiente tiranosaurios rex. También se hallan aquí esqueletos y cuerpos conservados de mamíferos, peces, anfibios y reptiles y también seres invertebrados.
  • La zona verde se enmarca en el medio ambiente y posee una colección asombrosa de minerales y fósiles.
  • La zona roja, a la que se accede a través de unas escaleras automáticas que simulan un viaje al centro de la tierra, resulta interesantísima por su explicación de fenómenos geológicos como volcanes y terremotos. Uno de sus mayores reclamos es la recreación de un espacio que, ambientado como un supermercado, simula un episodio del famoso terremoto que en 1995 sacudió la ciudad nipona de Kobe.

No cabe duda, no obstante, de que uno de los mayores reclamos de este museo lo constituye su fabuloso hall, con escalinatas incluidas y presididas por una imponente estatua de Darwin, que, en nuestra reciente visita, se hallaba, sin embargo,  cerrado y sin su célebre protagonista, Dippy, un impresionante esqueleto de diplodocus que ha dejado el que ha sido su hogar durante más de una centuria para iniciar una ruta por diversos espacios museísticos del Reino Unido. Su lugar a partir de ahora lo ocupará otro impresionante esqueleto, el de una ballena.




26 de febrero de 2017

Algunos grandes palazzos italianos



Hoy domingo nos despertamos recordando nuestras visitas a algunos de los más bellos palazzos italianos.



¡Feliz domingo! 😉😉😉





14 de febrero de 2017

Museu Agbar de les Aigües



Poco antes de que finalizara 2016, con motivo de la presentación de una muy interesante app ―de la que hablaremos en un posterior post―, visitamos por primera vez el Museu Agbar de les Aigües.

Proyectado por la Fundació Agbar, este museo, que abrió sus puertas en 2004, tiene como principal objetivo promover el conocimiento y valores desde una experiencia vital, de aprendizaje y lúdica. Por ello, único por su contenido y continente, este espacio expositivo supone para todos sus visitantes, independientemente de su edad, una oportunidad, también única, de comprender, de manera muy amena, todo el complejo proceso que, a lo largo de los años, ha hecho posible que hoy todos los hogares del país, y de Barcelona y su provincia en particular, cuenten con agua potable.


El Museu Agbar de les Aigües se encuentra ubicado en la Central de Cornellà, la planta inaugurada en 1909 por Aigües de Barcelona para extraer agua del acuífero del Baix Llobregat, que abastecía ―todavía lo sigue haciendo en parte― a la ciudad de Barcelona.


Escenario en el que conviven pasado y presente, este espacio museístico no sólo ofrece al visitante un recorrido por la historia del abastecimiento del agua, sino que permite descubrir una de las mejores muestras del patrimonio industrial del pasado siglo.


El acceso al museo se lleva a cabo a través de un jardín, con cedros y pequeños estanques, en el que pueden hallarse algunos de los vestigios más imponentes del sistema utilizado para extraer agua del acuífero, una impresionante chimenea de 50 metros, el pozo Fives Lille, del que todavía se puede extraer agua, o el espacio de reuniones, Ágora, un antiguo depósito reconvertido. Además, y rodeando al jardín, se hallan las antiguas casas de los trabajadores.


El mayor atractivo del complejo reside, sin embargo, en las tres naves proyectadas en 1905 por el arquitecto Josep Amargós i Samaranch, artífice, entre otras emblemáticas obras, del Invernadero del Parc de la Ciutadella o de la Torre de les Aigües del Tibidabo.


En esas tres naves se hallan la sala de las calderas, la sala de la electricidad y la sala de máquinas, donde, tras haber realizado un fascinante recorrido en el que se puede interactuar con muchas de las piezas expuestas ―muchas de ellas reproducciones de diversos inventos destinados a la extracción del agua de las entrañas de la tierra y a su distribución―, pueden contemplarse numerosos elementos que retrotraen al visitante a otra época. Entre los vestigios del pasado visibles en las tres salas del museo destacan dos calderas facturadas a principios del pasado siglo, responsables de suministrar energía a todo el complejo; parte de una vía con una de las vagonetas que transportaban el carbón que ponía en marcha toda la maquinaria; las dinamos que generaban la electricidad que permitía hacer funcionar las bombas que extraían agua de los pozos; un cuadro de control y numerosas muestras de decoración modernista ―baldosas, escaleras, etc. A ello habría que añadir una ambientación que reproduce el sonido, atenuado, que aquellas máquinas debían producir en pleno funcionamiento.


Como no podía ser menos en un museo tan singular por su cometido y riqueza patrimonial, el Museu Agbar de les Aigües, valiéndose de las nuevas tecnologías, cuenta con un amplio catálogo de actividades ideadas siguiendo los objetivos perseguidos por la Fundació Agbar y dirigidas a un público amplio, lo que, unido a todo lo anterior, le hizo merecedor, en el año 2010, del premio Micheletti Award, uno de los más prestigiosos galardones del ámbito museístico y el primero que se otorgaba a un museo español.






17 de enero de 2017

Colección del Museo Ruso



En 1895, el último y malogrado zar, Nicolás II, inauguraba en San Petersburgo el Museo Estatal Ruso, una prestigiosa institución que hoy acoge la mayor colección de arte ruso del mundo, abarcando períodos y movimientos artísticos muy diversos. Con el paso del tiempo, además, el museo no solo ha logrado ir aumentando su riquísimo fondo, sino que se ha convertido en un centro científico y metodológico de referencia.

Como tantos espacios museísticos de renombre internacional, también el Museo Estatal Ruso ha apostado por la internacionalización de parte de su fondo y para ello ha escogido la ciudad de Málaga, lo que, junto a su ya de por sí amplia oferta cultural y museística y a la inauguración, en el mismo año, 2015, del Centro Pompidou en una de sus más emblemáticas zonas, ha propiciado que la capital andaluza sea hoy día un destino privilegiado para el visitante amante del arte y la cultura.


No demasiado cerca del centro histórico de la ciudad, aunque albergado en el edificio de la Tabacalera, una notable edificación de estilo regionalista erigida en los años veinte del pasado siglo, el Museo Estatal Ruso cuenta en Málaga con una notable infraestructura ―2300 metros cuadrados distribuidos en amplios y diáfanos espacios expositivos, salas de proyección, talleres infantiles, sala de lectura y una sede del Museo Virtual―, que permite llevar a cabo una importante programación cultural en la que destacan sus interesantes conferencias, la emisión de films relacionados con la temática del museo y eventos literarios y musicales.


No obstante, y al igual que otras importantes instituciones artísticas asentadas en el extranjero, el Museo Estatal Ruso no cuenta con un fondo permanente, sino con colecciones que se renuevan cada dos años y que se complementan con exposiciones temporales.


Actualmente, y hasta el 5 de febrero, puede visitarse Las cuatro estaciones del arte ruso, la segunda exposición anual del museo, que reúne más de 80 obras pictóricas facturadas entre los siglos XVIII y XX e inspiradas en el bello paisaje ruso. Entre esas piezas destacan trabajos de autores como Serov, Shishkin, Levitan o Deineka, a lo que habría que añadir cuatro vídeo creaciones en las que se muestra la exuberante belleza de esos paisajes que tan bien supusieron captar, en sus más mínimos y sutiles detalles durante las diferentes estaciones del año, los grandes maestros de la pintura rusa.



También hasta el día 5 de febrero pueden verse las tres exposiciones temporales ahora en curso, Chagall y sus contemporáneos rusos ―una excepcional muestra que reúne el trabajo del célebre pintor durante su etapa parisina y sus años posteriores en Bielorrusia, relacionando, además, su obra con la de grandes artistas judíos coetáneos―, Cervantes en el arte ruso ―un fascinante recorrido que muestra cómo han retratado los ilustradores rusos, a lo largo del tiempo y en numerosas ediciones, a los más famosos personajes surgidos de la pluma cervantina, Sancho Panza y el inolvidable hidalgo Don Quijote―y Resistencia, tradición y apertura. Arte ruso de las ultimas 4 décadas―un absolutamente enriquecedor recorrido por el llamado arte inconformista, cuyo desarrollo se remonta a 1953, año del fallecimiento de Stalin, y por las diferentes tendencias artísticas gestadas a finales del pasado siglo y durante el nuevo milenio.


Sin embargo, este magnífico espacio museístico no sólo destaca por las obras mostradas y por la excelente distribución de las mismas, en un diseño concebido al amparo de las más modernas tendencias expositivas, sino por el sabio uso que de las nuevas tecnologías hacen sus gestores, destacando especialmente los códigos QR colocados en las cartelas de las piezas, que remiten a enlaces en los que se incluye la obra consultada ―fechada e indicando la técnica empleada― y profusa información, en inglés, sobre la contextualización de aquélla y la biografía de su autor.




18 de octubre de 2016

Museo de Arte Contemporáneo de Dubrovnik



Visita imprescindible para cualquier amante la cultura y del arte, el interesantísimo Museo de Arte Contemporáneo de Dubrovnik no suele hallarse debidamente presentado en el itinerario propuesto por algunas de las más afamadas guías de viajes destinadas a viajeros independientes, muy probablemente porque la vieja perla del Adriático parece haberse convertido en uno de los destinos predilectos del turismo de sol y playa.


Inaugurado poco después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, este espacio museístico se ha regido siempre por el principio de reunir, conservar, estudiar y exhibir el mayor número posible de obras realizadas durante la época moderna y contemporánea, especialmente las de aquellos artistas vinculados, de una manera u otra, a la historia de la ciudad. En pos de ese objetivo, y tras fomentar una política de adquisición que se vertebra en tres vías ―compra, donación y regalos―, los gerentes del museo han conseguido reunir un fondo que alcanza hoy unas 3000 piezas.


Entre esas obras destacan trabajos de artistas locales como Vlaho Bukovac, Ivo Dulcic, Anton Masle, Marko Recka, Gabro Rajčevič o Iván Ettore; a lo que habría que añadir las cesiones, para exposiciones temporales, de trabajos de creadores hoy en activo, emergentes o consagrados. No obstante, y como tantos otros espacios expositivos dedicados al arte de la última centuria y al de los albores del presente siglo, el Museo de Arte Contemporáneo de Dubrovnik no sólo resulta interesante por su contenido y su diseño expositivo, sino por su continente.


El museo se halla albergado, de hecho, en una lujosa mansión diseñada por arquitectos de reconocido prestigio ―Lavoslav Horvat y Harold Bilinić, que se inspiraron en elementos de la arquitectura gótica y renacentista― y construida entre 1935 y 1939 para Božo Banac, un entonces muy conocido empresario naval. Tras la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, la mansión pasaría a formar parte de Yugoslavia y posteriormente, una vez desmembrado este estado, de la actual República de Croacia.

Dividida en tres plantas, la hermosa mansión alberga nueve galerías, separadas por paneles, que ofrecen al visitante un recorrido cronológico, que se inicia en la segunda planta, partiendo de los trabajos de reconocidos artistas croatas del siglo XIX, y culmina en el piso superior con exposiciones temporales que muestran el trabajo de artistas en activo, nacionales e internacionales. El recorrido cuenta, además, con trabajos de enorme valor no sólo artístico, sino histórico, como la colección fotográfica que, obra de diferentes artistas, muestra el cruento conflicto de los Balcanes durante la última década del siglo pasado, una herida abierta aún hoy en la memoria colectiva y cuyas secuelas físicas todavía pueden percibirse tanto en el casco antiguo de Dubrovnik como en las inmediaciones del mismo.


Por otra parte, el museo también alberga interesantísimas obras escultóricas de Ivan Mestrovic, Frano Kršinić y Robert Frangeš Mihanović, situadas, en su mayor parte, en la terraza de la segunda planta, un amplio espacio que ofrece vistas impresionantes del mar Adriático, de la Isla de Lokrum, y del cercano casco antiguo, cuya puerta de Ploce, una de las entradas a la ciudad vieja, se halla a tan sólo a diez minutos a pie del museo.


Por todo lo que antecede, y a pesar de una iluminación defectuosa en algunos de los tramos del recorrido ―por el exceso de sol que impide ver correctamente algunas obras, amén de dañarlas―, este museo difícilmente dejará indiferente a ningún amante de la cultura. Su acceso, además, resulta sumamente asequible si se adquiere una entrada que permite visitar otros interesantes espacios museísticos de la ciudad.



17 de mayo de 2016

Palazzo Grimani


El Palazzo Grimani di San Luca, Canaletto, 1756. Fuente: National Gallery de Londres

Situado a los pies del Gran Canal, muy próximo al Puente de Rialto y accesible por una de las numerosas callejuelas de ensueño que forman parte del trazado urbanístico veneciano, el Palazzo Grimani esconde, tras su imponente fachada renacentista, joyas de inapreciable valor artístico.

De hecho, y si bien en la actualidad el palacio alberga interesantes y sucesivas exposiciones temporales, en su visita pesa más, para los amantes del arte y, sobre todo, de la historia, su fabuloso interior, decorado con impresionantes frescos del siglo XVI.

Los orígenes del edificio se remontan, sin embargo, a dos siglos antes, concretamente al año 1300, cuando se erigieron sus cimientos. El edificio actual fue empezado a construir, no obstante, a partir de 1556 por el arquitecto veronés Micheli Sanmicheli por encargo de Gerolamo Grimani, patriarca de una muy famosa familia de mecenas.

Sala de la Tribuna

Hoy día el palazzo está considerado como la gran obra del maestro de Verona, aunque Sanmicheli no llegara a verla terminada. De hecho, el celebrado arquitecto tan sólo pudo concluir la planta baja y parte de la principal. Su sucesor en el cargo fue Guglielmo dei Grigi, más conocido como il Bergamasco, que acometió las obras a partir de 1561 y finalizó la parte superior del edificio.

Las últimas intervenciones del edificio se llevarían a cabo por Giovanni Antonio Rusconi entre 1572 y 1576, año en el que el palacio fuera inaugurado con gran bombo y platillo. Más de dos décadas después, en 1597, el palacio alcanzaría una gran fama por toda Europa por albergar la coronación de la dogaressa Morosina Morosini, esposa del dux Marini Grimani y hoy recordada por, entre otras cosas, su labor como mecenas del famoso encaje de Burano.

El palacio que, durante centurias permaneció en poder de la familia Grimani, pasó a convertirse en 1806 en la sede de la Dirección de Correos y, años más tarde y en el mismo siglo, en la del Tribunal de Apelación.

Detalle del techo de la Stanza dei fogliami

Posteriormente, el 20 de diciembre de 2008 abría sus puertas el museo del palazzo, lo que ha permitido a los cientos, miles, de visitantes que desde entonces han accedido a su interior, contemplar esa extraña a la par que fascinante combinación entre elementos toscanos y romanos inmersos en un ambiente netamente veneciano. Entre las joyas del espacio museístico cabría destacar su patio, único en Venecia, su imponente escalera y, especialmente, sus pinturas decorativas, cuya contemplación sumerge al visitante en un mundo de ensueño.

Techo de la escalera principal

Edificio único, en definitiva, por su historia, valor arquitectónico y por las obras artísticas en él albergadas, el Palazzo Grimani, si bien puede verse opacado por la magnificencia de la ciudad de la que forma parte –cobijo de innumerables joyas artísticas y arquitectónicas de todo tipo–, es una cita ineludible para todo amante del arte y la cultura. Su visita brinda, además, la oportunidad de pasear por uno de los más bellos barrios de Venecia, el Castello, zona en la que pueden hallarse multitud de joyas arquitectónicas, entre las que destacan sus numerosas iglesias, especialmente la catedral del Zanípolo, el Museo Naval o el Arsenale, un famoso astillero del siglo XII que hoy, reconvertido en espacio cultural y museístico, alberga diferentes eventos y exposiciones.





Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...