28 de marzo de 2017

El guardián invisible



Tras una larga espera, desde que fuera anunciado su rodaje, por fin, hace unas semanas, se estrenaba en las salas españolas la adaptación cinematográfica de El guardián invisible, la primera entrega de la llamada trilogía del Valle de Baztan, un auténtico fenómeno editorial, traducido ya a más de 30 idiomas, escrito por la flamante Premio Planeta en su última edición, la escritora navarra Dolores Redondo.

Trama en la que se mezclan unos crímenes con una muy elaborada puesta en escena, un pasado horrendo protagonizado por la propia agente foral encargada de resolver el caso, y componentes de la mitología vasca, recogidos, a su vez, de la obra del antropólogo, etnólogo, arqueólogo y sacerdote José Miguel Barandiarán, El guardián invisible se ambienta en el Valle de Baztan, concretamente en la localidad de Elizondo. Su traslación cinematográfica, muy fiel al original literario, cuenta con los mejores y más reconocibles ingredientes del género negro e, inevitablemente también, con otros elementos atípicos que, si bien originales, lastran un tanto, por su difícil encaje, el resultado final del film, si bien se ven atenuados por una encomiable pericia cinematográfica ―aun a pesar de acudir a los lugares más comunes del thriller y a diálogos manidos en exceso― y una gran maestría visual, en la que tiene un peso decisivo la climatología y el lugar geográfico en el que se enmarca la historia.

Es precisamente en esa ambientación, tan importante para el desarrollo del original literario ―al igual que en la novela escandinava, la climatología tiene en la obra de Redondo un peso indiscutible en todo el desarrollo de la trama―, donde el film de Fernando González Molina resulta brillante. Así, y gracias a una preciosista fotografía, obra de Flavio Martínez Labiano, una banda sonora firmada por Fernando Velázquez que incluye sonidos ambientales de gran peso en la historia, como la presencia constante de la lluvia, fina o torrencial, y una producción técnica insuperable, convierten la primera versión cinematográfica de la obra de Dolores Redondo en una rara avis por estos lares, un thriller inquietante y envolvente que cuenta, además, con un ritmo insuperable, que atrapa al espectador desde el primer momento.


A ello habría que añadir que el guion de Luiso Berdejo ha sabido combinar con mayor maestría que la propia Redondo aquellos elementos, ya mencionados, de más difícil encaje, especialmente el más fantasioso, ligado a la mitología vasca, sumamente imbricado en la trama principal y al que alude el propio título de la obra, que en el film resulta mucho más sutil, evitando caer en el ridículo e, incluso, logrando algunas escenas realmente inquietantes y oníricas, que recuerdan poderosamente a algunas de las más inquietantes, fascinantes y recordadas del gran clásico televisivo de los 90, Twin Peaks ―los hallazgos de los cadáveres en una zona boscosa inmersa en un paisaje frío y lluvioso y el parecido más que razonable entre los métodos deductivos del agente especial Dale Cooper y de Amaia Salazar no parecen casuales y casi se podría afirmar que son la aportación más personal de un cineasta que ha respetado al máximo el texto original.

Tampoco puede dejar de mencionarse el que es quizá el mayor acierto de El guardián invisible, las interpretaciones de sus principales protagonistas, Marta Etura, brillante, y Elvira Mínguez, soberbia, sublime, imbatible.

Thriller, en definitiva, bien urdido y provisto, además, de una reflexión poco corriente sobre el supuestamente incondicional amor materno, El guardián invisible consigue salir airoso de la ardua tarea de encajar los elementos que más lastran el original literario, si bien no puede evitar incurrir en otros errores, algunos recurrentes en la filmografía española, como la falta de dicción y sobreactuación de algunos intérpretes, o la inclusión de escenas poco creíbles, como las ambientadas en Nueva Orleans y, sobre todo, las protagonizadas en inglés, que no resultan en absoluto creíbles.



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