16 de enero de 2019

La mujer en la ventana



La literatura ha sido, es y, muy probablemente, siempre será una fuente de inspiración inagotable para guionistas y directores cinematográficos. Prueba de ello es que muchas de las obras más importantes del Séptimo Arte se han basado, de forma más o menos fidedigna, en obras literarias, muchas de ellas clásicos incontestables y, en no menos ocasiones, en libros que no resistieron el paso del tiempo y cayeron irremediablemente en el olvido. 

La mujer en la ventana –primera novela del escritor A.J. Finn y éxito rotundo en ventas el pasado año, auspiciado en parte por las críticas positivas de Stephen King– resulta novedosa por inspirarse en clásicos incontestables del cine, algunos de los cuales, además, se basaron a su vez en originales literarios.

Adscrita al género negro, La mujer en la ventana relata la historia de Anna Fox, una psicóloga infantil que, como consecuencia de un fuerte cuadro de estrés postraumático, vive recluida en su casa en Nueva York, bebe en demasía y se automedica sin control alguno, chatea con desconocidos con los que comparte su paralizante agorafobia, visiona una y mil veces clásicos cinematográficos y, sobre todo, sin el más mínimo atisbo de pudor o respeto a la privacidad ajena, espía de manera obsesiva a sus vecinos. 


Una noche, durante una de sus sesiones de espionaje, para las que cuenta con una sofisticada cámara fotográfica, Anna es testigo, o cree serlo, de un incidente escalofriante. A partir de ese momento, que en la novela se hace esperar, aunque se intuya desde la primera página, se inicia un auténtico vía crucis para la protagonista, a quien nadie parece creer y que, por lo tanto, llegará a cuestionarse si lo que creyó ver fue real o, por el contrario, fue fruto de las alucinaciones originadas por su ingesta masiva de alcohol combinado con medicamentos varios.

La mujer en la ventana cuenta con todos los mejores ingredientes del género para resultar interesante a los lectores amantes de la novela negra, a saber, atmósfera envolvente, buen ritmo narrativo –aun a pesar de su lento arranque–, diálogos cortos y más de un giro inesperado de guion. Como novedad, ofrece también al lector un desenlace creíble y en el que todas las piezas de su enrevesado puzle encajan casi a la perfección.

Además de todo ello, Finn, alias tras el que se esconde Daniel Mallory, un reputado editor neoyorkino, también consigue, en esta primera aventura literaria, alumbrar un personaje bien construido y en absoluto plano, algo en lo que ha debido influir, sin duda, su amplio conocimiento de la obra de Patricia Highsmith –a la que dedicó su tesis– y también su propia experiencia vital, pues Finn padeció durante años agorafobia y depresión.

Donde La mujer en la ventana resulta más interesante, no obstante, es en su apuesta por insertar diálogos de algunos filmes clásicos del género del suspense en el propio desarrollo de su historia. Entre esos films destaca, por supuesto, La ventana indiscreta, a la que no sólo se alude en el título, sino a la que también se homenajea en una suerte de adaptación en la que Anna asume el papel que James Steward bordara hace más de medio siglo bajo la batuta del gran mago del suspense, Alfred Hitchcock. Otros filmes que contribuyen igualmente en la construcción del relato de Finn son, sin duda, Vértigo, también dirigida por Hitchcock y protagonizada por Steward –y no incidiremos más en este punto por no incurrir en un odiado spoiler– y, sobre todo, aunque a priori no lo parezca, Luz que agoniza, un magnífico film dirigido por George Cukor y protagonizado por Ingrid Bergman en el que la actriz sueca encarnaba a una mujer a punto de franquear el abismo insondable de la locura.

Lectura, en definitiva, recomendable para los amantes del género, La mujer en la ventana cuenta ya con una adaptación cinematográfica. Será interesante comprobar cómo se recrea en la pantalla una novela que resulta todo un homenaje al cine de suspense más clásico.



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