Mostrando entradas con la etiqueta crítica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crítica. Mostrar todas las entradas

20 de noviembre de 2019

El bosque


Portada del libro


Famosa por ser la primera mujer que vio representada una de sus obras en el emblemático Globe Theatre –construido en 1599 por la compañía teatral de William Shakespeare– y por el éxito cosechado por su novela El color de la leche, allá donde fuera publicada, la novelista y dramaturga británica Nell Leyshon dio inicio a su carrera literaria en España, país en el que residía tras haber dejado en el Reino Unido una carrera vinculada al mundo del cine y de la televisión.

Tras la buenísima acogida de su anterior novela, Leyshon ha regresado a la actualidad literaria con su último trabajo, El bosque, una historia intimista ambientada en la Varsovia ocupada por el ejército nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

A caballo entre dos siglos, la trama desarrollada por Leyshon en El bosque se articula en torno a tres momentos muy concretos de la vida de sus principales protagonistas, Pawel, un niño imaginativo e inquieto, y su madre Zofia, una mujer con sentimientos encontrados con respecto a su maternidad y una carrera abandonada en el mundo de la música.

Así, la primera parte de la novela aborda la vida de Zofia y Pawel en la Varsovia ocupada por los nazis. En ese momento, madre e hijo conviven con el marido de Zofia y padre de Pawel y con la hermana y madre de Zofia. El auxilio prestado a un soldado británico abocará a la separación forzosa de la familia y a la huida de madre e hijo, que se refugiarán en el bosque que da título al libro; en esa segunda parte, la más importante, Zofia y Pawel vivirán una experiencia que habrá de marcarlos por el resto de sus vidas. Ya en la tercera parte, y tras muchos años a cuestas, Zofia y Pawel, ahora Sofia y Paul, se hallarán asentados de forma permanente en otro país.

Leyshon, que prima la construcción de personajes a la acción de la historia –hasta el punto de que podría resultar plúmbea a más de un lector en algún pasaje de su obra–, se vale de la atención al detalle y la microhistoria y al peso de la cotidianidad, en la que los objetos tienen una insospechada importancia, para a analizar a los protagonistas que transitan por sus páginas. Y como ya hicieran Edith Wharton o el gran Henry James, Leyshon otorga un gran valor a los silencios y a lo que se deriva entrelíneas para penetrar en la psique de sus protagonistas. Además, en su apuesta por conceder un papel predominante al pensamiento de sus personajes, Leyshon también parece haberse inspirado en la lectura de Virginia Woolf.

Con una prosa delicada e intimista, El bosque es, sin duda alguna, una lectura recomendada para los lectores de paladar más exquisito. Sin embargo, la obra de Leyshon va más allá de quedarse en un bello envoltorio en el que todo, hasta el más mínimo detalle, está medido al milímetro. Y es que la escritora británica se atreve a abordar, de hecho, un tema aún hoy tabú, como los aspectos negativos que puede conllevar la maternidad y los contradictorios sentimientos que sienten muchas mujeres ante el desempeño de ese papel.

Sería reduccionista, sin embargo, calificar El bosque como una novela centrada en la maternidad y lo que ésta puede restar a la mujer. El recorrido por sus páginas brinda también una reflexión sobre el inexorable paso del tiempo y la inmutabilidad de algunos sentimientos, constituyéndose además como una de esas rara avis literarias que consiguen penetrar con verosimilitud la psicología infantil. 

Obra, en definitiva, de recomendable lectura, El Bosque no es una novela de rápido consumo, sino que, por el contrario, hay que encontrar el momento para degustarla y saborearla como merece.


23 de octubre de 2019

El buen hijo

Carátula de la novela

Harto del férreo control ejercido por su madre y deseoso de librarse de los terribles efectos secundarios de su medicación para la epilepsia, Yu-Jin, un joven estudiante a punto de iniciar una carrera universitaria, abandona por unos días su tratamiento. Una mañana, tras haber tomado y ejecutado esa decisión, que se revelará trascendental, Yu-Jin se despierta con un fuerte y penetrante olor. Inquieto, abandona su habitación y desciende por las escaleras a la planta baja del apartamento que comparte con su madre y su hermano. Una vez abajo, hallará el cadáver de su madre en un enorme charco de sangre. La mujer ha sido degollada y Yu-Jin tan sólo puede recordar en ese momento que su madre gritó su nombre la noche anterior, pero es incapaz de discernir si fue pidiendo su ayuda o bien intentando zafarse del ataque de su propio hijo.

Este es el inquietante arranque de El buen hijo, obra de la escritora coreana You-Jeong Jeong, célebre en su país de origen por sus novelas de suspense e intriga, lo que la ha llevado a ser bautizada como la Stephen King coreana.

Narrada en primera persona y con un ritmo pausado, El buen hijo es, sin duda alguna, una de las novelas más perturbadoras que se han escrito en años recientes, si bien también podrían aplicársele otros adjetivos igualmente acertados como los de escalofriante, retorcida, oscura hasta parecer siniestra, emocionante, adictiva y, sobre todo, claustrofóbica.

Una de las mejores bazas con las que juega Jeong para urdir su trama radica precisamente en su elección de narrar en primera persona, lo que de por sí ya imprime un gran grado de subjetividad en la historia desarrollada. Que ese narrador, además, sea un enfermo que ha dejado su medicación, y que alegue sufrir grandes lagunas en su memoria, lleva al lector a preguntarse todo el tiempo, de principio a fin, si realmente está asistiendo a una narración sincera con un personaje con el que podría llegar a empatizar o si, por el contrario, está siendo objeto de un elaborado ejercicio de manipulación.

Jeong opta también por una narración lineal, aunque salpicada con numerosos flashbacks, episodios que se asumen como pura fantasía debido a la enfermedad de su protagonista, alucinaciones varias y los extractos de un diario escrito por la víctima. 

La escritora coreana sabe además jugar muy bien con el lector, conduciéndolo hacia un rumbo que parece intuirse para dar un frenazo y conducir en dirección contraria, propiciando que el desarrollo y desenlace sean impredecibles hasta el final.

Narrada con elegancia, refinamiento e intensidad, El buen hijo va mucho más allá, sin embargo, de una novela negra al uso. De hecho, la precisión clínica con la que Jeong disecciona a sus personajes sirve para lograr un análisis único en las relaciones entre hermanos y, especialmente, entre una madre supuestamente dominante y su hijo enfermo.

El buen hijo, en definitiva, no va a dejar indiferente a ningún fan de novela negra. Los no aficionados al género deberían, sin embargo, darle una oportunidad a esta escritora que, curtida en el campo de la psicología, regala al lector más exigente una excelente obra en la que la condición humana y las relaciones sociales, especialmente las familiares, se abordan con una maestría encomiable.

Por último, cabría señalar que esta irrupción coreana en el campo del thriller literario también supone una auténtica bocanada de aire fresco tras años de éxito continuado de los autores de origen escandinavo.


18 de septiembre de 2019

La casa alemana


Booktrailer de La casa alemana

Enésimo fenómeno literario, La casa alemana se ha convertido en un libro de obligada lectura por abordar un tema aún hoy espinoso en la Alemania del siglo XXI, la era nazi y los crímenes a la humanidad en los que participó, por acción u omisión, buena parte de la sociedad alemana de la época.



Escrita por la guionista Annette Hess, La casa alemana se centra en el juicio iniciado en la ciudad de Frankfurt en 1963, casi dos décadas después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, contra veintidós antiguos mandos del tristemente célebre campo de concentración de Auschwitz, responsables directos de torturar y llevar a las cámaras de gas a miles de personas.



Uno de los mayores atractivos de esta novela radica, sin duda, en la propia temática abordada, un tema tan tabú en el país germano que pocos han sido los escritores que se han atrevido a plantear el papel que sus antepasados jugaron, individual y colectivamente, en aquella barbarie. Algo que, en parte, se entiende por un enorme sentimiento de culpa y vergüenza y también, y no menos importante, por el hecho de que, como apuntan historiadores como Johann Zilien, en muchas ciudades de la Alemania de la posguerra el porcentaje de jueces, fiscales y agentes de las fuerzas del orden que habían pertenecido al partido nazi llegó a ser altísimo. Una tesis en la que se sustenta la propia historia narrada por Hess, ya que los veintidós encausados de aquel juicio finalizado en 1965 no sólo habían llegado a integrarse por completo en la sociedad surgida de las cenizas de la guerra, sino que incluso habían adquirido en mayor o menor medida y, gracias en buena parte a sus profesiones liberales, una cierta respetabilidad.



A todo ello habría que añadir que las condenas de aquel proceso judicial fueron muy leves –de los veintidós acusados, sólo seis serían condenados a cadena perpetua. El motivo de aquella sentencia se debe a que ninguno de ellos fue juzgado por crímenes a la humanidad, en consonancia con el derecho internacional, sino según la ley alemana, que primaba la culpa individual, la cual, dada la política de destrucción de pruebas por parte de los nazis en los estertores de la guerra, resultaba, y aun hoy resulta, sumamente difícil de probar y se prestaba, además, a toda suerte de atenuantes por el hecho de que los acusados, asesorados por una común y cuestionable línea de defensa, alegaron que tan sólo cumplían órdenes.



Otro de los grandes aciertos de Hess radica en su profunda reflexión sobre el perdón y la culpa y, especialmente, el sentimiento de vergüenza y el silencio cómplice de la práctica totalidad de la sociedad, un tema que no le es ajeno a la escritora alemana, pues una de sus fuentes de inspiración, según ha admitido en diversas entrevistas promocionales, fue uno de sus abuelos, protagonista directo de aquella época, quien nunca jamás, al igual que muchos de sus coetáneos, habló del papel que entonces desempeñara en la contienda bélica, ya fuera por su participación activa o por su inacción ante aquella barbarie.



Lejos de caer en lo tremebundo, Hess apuesta por no hacer juicios de valor, obligando al lector a plantearse qué habría hecho de haber vivido en un escenario y un tiempo dominados por la sinrazón de un populismo que supo manipular como nadie, con sus grandes fastos y su apelación continua a una memoria colectiva magnificada, distorsionada e impregnada de falsedades, a un pueblo que, hasta la fecha, había sido considerado como el más culto de la tierra.



La casa alemana también resulta un libro de recomendada lectura por su retrato del papel de la mujer alemana de los años 60, todavía muy alejado de la emancipación que conocería una década después.



Sin embargo, y a pesar de todos sus aciertos, que no son pocos, La casa alemana se ve lastrada por el maniqueísmo con el que han sido construidos unos personajes que no están a la altura del mensaje de la historia en la que se hallan inmersos. A lo que habría que añadir la presencia de subtramas muy poco creíbles, como el trauma que condiciona una relación amorosa poco veraz o el aprendizaje del idioma polaco por parte de la protagonista –los lectores amantes de los idiomas lo entenderán perfectamente; y, no menos importante, un ritmo narrativo irregular en buena parte del relato.



8 de mayo de 2019

La civilización en la mirada



Hace escasas semanas, se publicaba en España La civilización en la mirada, un excelente ensayo que ahonda en el concepto de civilización y en el papel que el arte ha jugado en su concepción y desarrollo a lo largo de los siglos y en las más diversas latitudes geográficas.

La obra, muy amena en su lectura y alejada por completo de ese oscurantismo académico que tiñe buena parte de los ensayos que se destinan al gran público, viene firmada por la historiadora Mary Beard, profesora en la prestigiosa Universidad de Cambridge y figura célebre en su país de origen, el Reino Unido. Ese reconocimiento, que ya traspasa fronteras, se debe no sólo a los numerosos reconocimientos y galardones obtenidos por Beard en las últimas décadas –Fellow of the Society of Antiquaries en 2005, Premio de Historia Wolfson en 2009, Medalla Bodley, otorgada por la Biblioteca Bodleniana de la Universidad de Oxford en 2013, Premio Princesa de Asturias 2016, Doctora Honoris Causa por la Universidad Carlos III de Madrid en 2017–, sino por su intensa actividad fuera de las aulas, ya que Beard es además columnista en The Times y autora del blog A Don's Life.

Sin embargo, si esta catedrática de Cambridge ha conseguido llegar a ser conocida entre el gran público ha sido, sin duda, por el éxito de algunos de sus libros –auténticos bestsellers, como SPQR: Una historia de la Antigua Roma, El triunfo romano o Pompeya– y, sobre todo, por su participación en documentales emblemáticos de la televisión pública británica, entre los que destacan Pompeii: Life and Death in a Roman Town (2010), Meet the Romans with Mary Beard (2012) y Pompeii: New Secrets Revealed with Mary Beard (2016) –Filmin, por cierto, ofrece en su plataforma algunos de los trabajos de la historiadora británica para la televisión.

El pasado año, Beard se embarcó, junto a los reconocidos eruditos Simon Schama y David Olusoga, en un nuevo proyecto, el documental Civilizations, heredero de una serie documental de nombre casi idéntico, Civilization, presentada por Kenneth Clark allá por 1969. La civilización en la mirada parte pues de ese trabajo audiovisual, aunque su lectura sea completamente independiente, no siendo necesario visionar previamente el documental para degustar al máximo la exquisita pluma de Beard, quien, como buena parte de los más afamados historiadores británicos, es, además, una excelente narradora.

Suerte de homenaje al mundo del arte en su sentido más amplio, que no sólo reivindica el papel del propio artista, sino el de los destinatarios de sus obras, La civilización en la mirada se estructura en torno a dos importantes ejes: el cuerpo humano y la dificultad de la representación de lo divino a lo largo del tiempo y del espacio.

Como todo buen trabajo académico, la obra de Beard no sólo plantea numerosos interrogantes, sino que resulta reveladora en no pocos aspectos, entre los que destaca la importancia de la percepción ante una obra de arte, una percepción en absoluto ajena al bagaje cultural de quien la contemple y al paso del tiempo transcurrido desde que la pieza artística fuera realizada. Esa diferente aproximación a obras artísticas procedentes de espacios y tiempos diversos marcará, de forma indeleble, la propia percepción ante civilizaciones propias y ajenas. Baste pensar, simplemente –y éste es un punto en el que Beard incide especialmente–, en cómo el mundo clásico ha influido, y sigue influyendo, en la concepción del arte occidental.

Obra exquisita en presentación y contenido, La civilización en la mirada es, en definitiva, uno de esos trabajos que todo amante del arte y la historia debería tener en un estante de su biblioteca.





16 de enero de 2019

La mujer en la ventana



La literatura ha sido, es y, muy probablemente, siempre será una fuente de inspiración inagotable para guionistas y directores cinematográficos. Prueba de ello es que muchas de las obras más importantes del Séptimo Arte se han basado, de forma más o menos fidedigna, en obras literarias, muchas de ellas clásicos incontestables y, en no menos ocasiones, en libros que no resistieron el paso del tiempo y cayeron irremediablemente en el olvido. 

La mujer en la ventana –primera novela del escritor A.J. Finn y éxito rotundo en ventas el pasado año, auspiciado en parte por las críticas positivas de Stephen King– resulta novedosa por inspirarse en clásicos incontestables del cine, algunos de los cuales, además, se basaron a su vez en originales literarios.

Adscrita al género negro, La mujer en la ventana relata la historia de Anna Fox, una psicóloga infantil que, como consecuencia de un fuerte cuadro de estrés postraumático, vive recluida en su casa en Nueva York, bebe en demasía y se automedica sin control alguno, chatea con desconocidos con los que comparte su paralizante agorafobia, visiona una y mil veces clásicos cinematográficos y, sobre todo, sin el más mínimo atisbo de pudor o respeto a la privacidad ajena, espía de manera obsesiva a sus vecinos. 


Una noche, durante una de sus sesiones de espionaje, para las que cuenta con una sofisticada cámara fotográfica, Anna es testigo, o cree serlo, de un incidente escalofriante. A partir de ese momento, que en la novela se hace esperar, aunque se intuya desde la primera página, se inicia un auténtico vía crucis para la protagonista, a quien nadie parece creer y que, por lo tanto, llegará a cuestionarse si lo que creyó ver fue real o, por el contrario, fue fruto de las alucinaciones originadas por su ingesta masiva de alcohol combinado con medicamentos varios.

La mujer en la ventana cuenta con todos los mejores ingredientes del género para resultar interesante a los lectores amantes de la novela negra, a saber, atmósfera envolvente, buen ritmo narrativo –aun a pesar de su lento arranque–, diálogos cortos y más de un giro inesperado de guion. Como novedad, ofrece también al lector un desenlace creíble y en el que todas las piezas de su enrevesado puzle encajan casi a la perfección.

Además de todo ello, Finn, alias tras el que se esconde Daniel Mallory, un reputado editor neoyorkino, también consigue, en esta primera aventura literaria, alumbrar un personaje bien construido y en absoluto plano, algo en lo que ha debido influir, sin duda, su amplio conocimiento de la obra de Patricia Highsmith –a la que dedicó su tesis– y también su propia experiencia vital, pues Finn padeció durante años agorafobia y depresión.

Donde La mujer en la ventana resulta más interesante, no obstante, es en su apuesta por insertar diálogos de algunos filmes clásicos del género del suspense en el propio desarrollo de su historia. Entre esos films destaca, por supuesto, La ventana indiscreta, a la que no sólo se alude en el título, sino a la que también se homenajea en una suerte de adaptación en la que Anna asume el papel que James Steward bordara hace más de medio siglo bajo la batuta del gran mago del suspense, Alfred Hitchcock. Otros filmes que contribuyen igualmente en la construcción del relato de Finn son, sin duda, Vértigo, también dirigida por Hitchcock y protagonizada por Steward –y no incidiremos más en este punto por no incurrir en un odiado spoiler– y, sobre todo, aunque a priori no lo parezca, Luz que agoniza, un magnífico film dirigido por George Cukor y protagonizado por Ingrid Bergman en el que la actriz sueca encarnaba a una mujer a punto de franquear el abismo insondable de la locura.

Lectura, en definitiva, recomendable para los amantes del género, La mujer en la ventana cuenta ya con una adaptación cinematográfica. Será interesante comprobar cómo se recrea en la pantalla una novela que resulta todo un homenaje al cine de suspense más clásico.



9 de enero de 2019

Mad Men



Fuente: Wikipedia

Si bien nunca llegó a convertirse en un auténtico éxito de masas, Mad Men consiguió atraer, durante sus ocho años en antena, la atención de buena parte de la crítica especializada que, dividida, la ensalzó hasta encumbrarla o bien la tachó de anodina y lenta cuando no de pretenciosa. Sea como fuere, de lo que no cabe duda es de que Mad Men se hizo con una notable legión de adeptos y un buen número de galardones a lo largo de los años, lo que propició que una cadena tan encasillada como AMC consiguiera su propio nicho en la producción de series de autor.

Centrada en el mundo de la publicidad en la Nueva York de los años 60 del pasado siglo, Mad Men se emitió por primera vez en el verano del ya lejano 2007. Su guionista, Matthew Weiner, procedía de HBO, cadena para la que había trabajado con Los Soprano pero que, en una decisión que más de un directivo ha debido lamentar, rechazó su nuevo guion para una serie que, a priori, no ofrecía más atractivo que la nostalgia de una década destacada en la historia de Estados Unidos.


Mad Men se reveló, sin embargo, como una de las series de autor más relevantes de las últimas décadas. De hecho, su factura de corte clásico, su ausencia de ampulosidades, sus tramas impecablemente bien urdidas, sus escasas escenas de relleno –tan habituales en casi cualquier serie– y sus abundantes e ingeniosos diálogos –muchos de ellos dignos de figurar en los anales de la historia de la televisión– hicieron de ella una serie de culto que todo cinéfilo debería ver, al menos, una vez en la vida.

A todo ello habría que añadir que Mad Men cuenta con una cuidadísima ambientación –se han vertido ríos de tinta sobre la evolución del mobiliario y vestuario de sus personajes, amén del exceso en el consumo de tabaco y alcohol en una época en la que ya se intuían los afectos adversos del primero. La serie, además, también se halla sumamente bien documentada a nivel histórico, lo que permite que se engarcen a la perfección acontecimientos reales con las historias de sus personajes, principales y secundarios –en este sentido, destacan especialmente los capítulos en los que se rememora el asesinato de John Fitzgerald Kennedy y, años más tarde, los de su hermano Robert y de Martin Luther King, el suicidio de Marilyn Monroe o la llegada del hombre a la luna.

Mad Men también destaca por su increíble reparto, con intérpretes tan versátiles como Elizabeth Moss, John Slattery, Christina Hendricks y, por supuesto, Jon Hamm y January Jones, matrimonio en la ficción, cuyas caracterizaciones respectivas evocan con fuerza a galanes de antaño como Cary Grant y a la glamurosa y siempre recordada Grace Kelly.

No sería justo no mencionar, por otra parte, el pulso narrativo de Mad Men, alejado por completo de excesos y momentos estelares, sin que por ello la serie resulte lenta o sus tramas carezcan de interés. Uno de los grandes atractivos de la serie radica, de hecho, en que buena parte de los acontecimientos que afectan a sus personajes se fragüen entre bastidores, sin que exista ningún capítulo que retome el momento exacto en el que concluyó el precedente.

A pesar de todo lo que antecede, donde Mad Men resulta verdaderamente excelsa es, no obstante, en la disección de sus numerosos personajes –sujetos, todos ellos, a los vaivenes vitales, anhelos, ambiciones y dudas de cualquier mortal– especialmente de Don Draper, un exitoso creativo publicitario hecho a sí mismo pero consumido por un pasado que trata, a toda costa, de esconder, y de su pupila, Peggy Olson, una joven secretaria que acabará, no sin numerosas dificultades, frustraciones y esfuerzos, convirtiéndose en una suerte de alter ego de su mentor en un mundo, el de la publicidad, entonces intrínsecamente masculino. La historia de superación y esfuerzo de las protagonistas de Mad Men merecería, de hecho, un post adicional, ¡que no descartamos!



31 de mayo de 2018

Thérèse Raquin



                Publicidad de obra en el momento de su publicación, 1867

Desde que iniciáramos el blog, siempre −a excepción de nuestra sección de cine, que incluye algunos clásicos del Séptimo Arte−, hemos prestado nuestra atención a obras y actividades contemporáneas. Hoy, sin embargo, queremos dirigir nuestra mirada a un clásico de la literatura universal, Thérèse Raquin, una de las novelas más conocidas del autor francés Émile Zola.

Adscrita al estilo naturalista, un género especialmente literario que se emparenta con el realismo y del que Zola fue precisamente su principal impulsor, Thérèse Raquin tuvo como destacada fuente de inspiración unos hechos reales que, dada su truculencia, hicieron correr ríos de tinta en la época. Su publicación en 1867 sustrajo a su autor del anonimato, aunque buena parte de la crítica denostara con furor este trabajo, que llegaría incluso a ser tachado como literatura pútrida.

Escrita en tercera persona, Thérèse Raquin narra la historia de una joven marcada por la enfermedad, no la suya, sino la de su primo y futuro marido, un niño enfermizo y sobreprotegido por su madre que, contra todo pronóstico, conseguirá llegar a la edad adulta y empezar a labrarse un futuro en la capital francesa. Recluida en una mercería de un oscuro pasaje parisino, su mujer se resignará, mientras, a una vida sin alicientes ni esperanza. Esa gris existencia se resquebrajará con la irrupción en escena de Laurent, un amigo de la infancia del esposo.

Entregados a una pasión frenética, que Zola describe con una singular combinación de sutileza y explicitud, Thérèse y su amante Laurent no tardarán en empezar a urdir un plan para librarse del esposo. La ejecución de ese plan, que resultará exitosa, no permitirá a los amantes alcanzar, sin embargo, su tan ansiada felicidad. Por el contrario, tanto Thérèse como Laurent se verán consumidos por los remordimientos de su repugnante acto.

Para la redacción de este relato inmortal, el autor galo privilegió, en detrimento de la acción, el análisis de sus personajes −a los que diseccionó con la laboriosidad de un entregado entomólogo y el desapasionamiento y distanciamiento propios del estilo literario al que consagrara la práctica totalidad de su obra−, si bien su lectura atemporal y trepidante, por cuanto el análisis de los personajes los aboca a un final funesto, mantiene en vilo a quien se sumerja en sus páginas, tanto el lector contemporáneo como el de antaño.

Thérèse Raquin brinda también al lector la oportunidad de profundizar en la ya aludida corriente del naturalismo, que daría lugar a un género literario de gran éxito en el Viejo Continente, aunque hoy día sus preceptos difícilmente encajen en la sociedad del XXI, especialmente la occidental, puesto que el naturalismo parte de la idea de que el ser humano, cuya existencia se ve determinada por su entorno social e, incluso por su herencia genética −que en el caso concreto de Thérèse Raquin hace incurrir a su autor en alguna aseveraciones sumamente racistas−, no tiene posibilidad alguna de libre albedrío.

La famosa obra de Zola, sin embargo, difícilmente dejará indiferente a ningún amante de la literatura, y prueba de ello es que, a más de una centuria desde que fuera publicada por primera vez, todavía sigue captando la atención de otros creativos, que la han adaptado, de hecho, en fechas recientes, como el director teatral Evan Cabnet, quien la llevó a Broadway hace pocos años, o el film In secret, dirigido en 2013 por Charlie Stratton y en el que se dio a conocer el portentoso talento de la actriz norteamericana Elizabeth Olsen. Si nos remontamos en el tiempo, habría que citar la que posiblemente sea considerada como la mejor adaptación cinematográfica de la obra, el film con título homónimo que en 1953 dirigiera Marcel Carné y protagonizaran Simone Signoret y Raf Vallone.

¡Feliz jueves y feliz lectura!



24 de mayo de 2018

Hannah




Hannah, el segundo film del cineasta italiano Andrea Pallaoro, comparte con el largometraje británico 45 años, dirigido por Andrew Haigh y estrenado unos pocos años antes, no solo a su principal y magnífica intérprete, Charlotte Rampling, sino su adscripción a una corriente minimalista que no todos los amantes del Séptimo Arte estiman por igual, pero que ha sido abrazada principalmente por cineastas europeos con voluntad de alejarse al máximo del cine de gran formato, tan propio de la cinematografía hollywoodiense y que tantos adeptos tiene a lo largo y ancho del mundo.

Narrada en un lapso de tiempo que se asume breve, en esta su segunda obra, Pallaoro disecciona, cual afanoso entomólogo, a su protagonista, realizando un seguimiento exhaustivo de su rutina diaria, que incluye numerosos viajes en metro, su trabajo como limpiadora en una casa de una, en apariencia, adinerada madre soltera, sus visitas a la piscina, sus actuaciones en una suerte de técnica teatral terapéutica y, sobre todo, su reclusión en un apartamento que parece alejado del centro, en un barrio de clase media.



En su apuesta por el más puro minimalismo, cercano en el plano visual a la corriente Dogma que tan interesantes films diera lugar hace unos años, pero huyendo de la narrativa dramatúrgica más clásica, Pallaoro recurre a la inclusión en el metraje de numerosos tiempos muertos −tantos, que más de un espectador podría tachar su trabajo de plúmbeo−, un desarrollo exageradamente lento, ausencia de banda sonora, diálogos breves, casi inexistentes, y proliferación de numerosos planos fijos, algunos de ellos francamente bellos, otros tantos, casi se podría afirmar, meramente accesorios.

Hannah no carece, sin embargo, de argumento, si bien, y cual una novela de Henry James, este haya que leerlo entre líneas o más especialmente entre silencios −con escenas de una contención dramática demoledora− y algunos diálogos en los que lo que se omite resulta de una magnitud inconmensurable, ya que el hilo conductor en el que se apoya el argumento del film es la soledad, el sentimiento de culpa, la sospecha y, sobre todo, la exclusión social por un delito que la protagonista no ha cometido pero que su desconocimiento del mismo no la ha eximido de culpa ante los ojos de terceros, especialmente de su único hijo.

A pesar de sus aciertos −entre los que destaca la soberbia interpretación de Rampling, que consiguió hacerse con la Copa Volpi a la mejor actriz en el 74 Festival de Venecia−, Hannah no resulta un film de fácil visionado, independientemente de que el espectador pueda estar acostumbrado a la cinematografía europea más minoritaria. Además, la sensación cuando se abandona la sala tras haberse proyectado todos los títulos de crédito es, de hecho, de profunda desazón.

En cualquier caso, Hannah es un film por el cual merece la pena abonar la entrada de cine si se quiere degustar cine europeo de calidad, si bien existan otros filmes de concepción y ejecución similar, como el ya aludido 45 años, en el que Rampling estaba igualmente brillante, que, si bien alejados de las reglas de la dramaturgia más clásica, sí abrazan algunos de sus mayores rasgos distintivos para apelar los sentimientos del espectador, logrando así llegar a un mayor público. Hannah peca, de hecho, de un exceso de contención que puede resultar excesivo en muchos momentos de su metraje, aunque el leit motiv del film se revele casi enseguida al espectador, dejando poco lugar para la imaginación a lo largo de su desarrollo.



11 de abril de 2018

Una visita inesperada



No podemos negar que sentimos un cariño muy especial hacia la escritora británica Agatha Christie. No en vano, fue a través de su pluma que descubrimos el apasionante mundo de la lectura. Por ello, aprovechamos cualquier oportunidad de poder ver en pantalla o representada en escena alguna de sus obras. El año pasado tuvimos la fortuna de poder asistir en Londres, en su 65º aniversario, a la representación de la obra que más tiempo lleva en escena en el mundo, La Ratonera. Y hace escasos días pudimos ver, esta vez en nuestra ciudad, la adaptación de otra de sus obras, no tan emblemática, pero, sin duda, con una trama igualmente bien urdida, Una visita inesperada.

Narrada en formato teatral, para años más tarde ser novelizada por el escritor australiano Charles Osborne, Una visita inesperada fue escrita por la maestra indiscutible del suspense en 1958. Ese mismo año se llevaría por primera vez a los escenarios en un teatro londinense.

Ambientada en Gales, Una visita inesperada relata la historia de un hombre de negocios que, tras una avería en su coche un día de intensa niebla, se ve forzado a pedir ayuda en una casa aislada. Allí, tras acceder al salón por la puerta trasera, sin que nadie haya respondido a su llamada, se encuentra ante una escena sumamente dramática, una mujer sosteniendo un revólver y un cadáver, todavía caliente, postrado en una silla de ruedas.


A pesar de que la situación que se muestra ante sus ojos parece resultar inequívoca, el visitante inesperado cuestiona la culpabilidad de la mujer, esposa del asesinado, y decide inventar una serie de pruebas para despistar las pesquisas policiales que se llevarán a cabo con el descubrimiento del cadáver. Esas pesquisas, que se iniciarán de inmediato, tras haber sido informada la policía del crimen, conducirán al interrogatorio de todos los habitantes de la casa, unidos al difunto por lazos familiares o laborales y con motivos, todos ellos, para odiar al finado.

Con un montaje tradicional, en el que los personajes entran y salen del escenario, Una visita inesperada remite, de hecho, poderosamente a la ya citada La ratonera −y sin que ello vaya en absoluto en menoscabo su indiscutible calidad−, no sólo por su argumento, sino también por la dinámica de su puesta en escena y también por su atrezzo, un escenario ambientado como un salón que recuerda la ambientación del gran clásico teatral de Christie, tanto en Londres como en la adaptación barcelonesa representada hace unos años.

Además de su exquisita puesta en escena y su impecable despliegue técnico, Una visita inesperada destaca especialmente por su dirección y, cómo no, por su magnífico plantel de actores, todos brillantes en sus respectivas interpretaciones y haciendo gala, además, de una impecable dicción, de esa que tanto de menos se echa en el cine producido por estos lares.

A ello habría que unir el propio teatro en el que se representa, el Teatre del Raval, un espacio pequeño para los estándares de gran formato, pero que, con su magnífica acústica y la comodidad de sus asientos, brinda a este tipo de obras, más intimistas, un insuperable ambiente. Además, y para conseguir una mayor complicidad con el espectador, la obra cuenta con una mini pausa de dos minutos en la que los espectadores pueden indicar quién creen que es el asesino o asesina. Los aciertos, previo sorteo, se premian con dos invitaciones para cenar y dos entradas de teatro.

El éxito de esta obra, que fue estrenada en septiembre del año pasado, ha propiciado que sus representaciones se prolonguen hasta el próximo 29 de abril, por lo que, los que residís en Barcelona, no tenéis excusa para perderos esta adaptación que, con sus destacados aciertos, demuestra, una vez más, que hay autores para los que el tiempo no pasa.



4 de abril de 2018

El cuento de la criada


A pocas semanas de que se estrene la segunda temporada de El cuento de la criada, no podemos menos que hablar de su primera parte, una de las mejores series facturadas en los últimos años, lo que la ha hecho merecedora de algunos de los galardones más prestigiosos otorgados en Estados Unidos.


El cuento de la criada se basa muy fielmente en la novela homónima que la escritora canadiense Margaret Atwood escribiera a mediados de los años ochenta del pasado siglo. Un inquietante relato que sería adaptado al cine pocos años después −en un film protagonizado por Faye Dunaway, Robert Duvall y Natasha Richardson− y también al formato escénico mediante una adaptación operística.

La narración de Atwood sitúa al espectador en un futuro distópico, ambientado en la República de Gilead, un país surgido de una extinta Estados Unidos después de que un ataque terrorista llevara a la hoy más poderosa nación del mundo a recluirse en sí misma y a deshacerse de sus mayores símbolos identitarios, su constitución y su democracia.

Lejos de constituirse como un paraíso, Gilead resulta ser una sociedad opresiva, totalitaria, sustentada en un sistema teocrático que ha privado a las mujeres de sus derechos más fundamentales y sometido a toda suerte de vejaciones, entre las que se incluyen violaciones cuyo mayor propósito no es otro que el de concebir hijos, ya que el nuevo país, como, al parecer el resto del mundo, adolece de una muy baja tasa de natalidad, consecuencia de los estragos medioambientales producidos en los años inmediatamente anteriores a la creación de Gilead. Las mujeres no son, sin embargo, las únicas víctimas del represivo sistema instaurado tras una revolución, todos aquellos contrarios al régimen, entre los que se incluyen sacerdotes −pues Gilead sustenta sus bases fundacionales en una perversa y retorcida interpretación de la Biblia−, son ajusticiados y sus cadáveres mostrados, para escarnio público, en las principales vías de las ciudades. 

De factura impecable, en la que imperan numerosos primeros planos y un uso excelente de la paleta cromática para expresar diferentes estados de ánimo, transitar entre un presente horrendo y un pasado inmediato en el que ya se percibían los primeros síntomas de transición hacia Gilead, y también para distinguir el diferente estatus de las mujeres del nuevo estado, la versión televisiva de El cuento de la criada cuenta también con un magnífico guion y, sobre todo, unas interpretaciones soberbias en las que destacan todos y cada uno de los actores. Ese buen hacer de los intérpretes se ve afianzado no sólo por el recurso de los ya aludidos primeros planos −que resultan reveladores de los amplios registros interpretativos de los que son capaces las principales actrices−, sino también por el diseño de puestas en escenas estáticas, que no meramente artificiosas, que remiten poderosamente al plano teatral y abundan más si cabe el grado de tensión del espectador ante una historia que discurre por senderos no trillados.

Sin embargo, donde El cuento de la criada resulta excelsa es en su capacidad de provocar en el espectador no pocas reflexiones, que, inevitablemente, pueden inducir a plantear más de un paralelismo con un presente en el que han empezado a aflorar ideas y posicionamientos cuyo radicalismo remite a los peores horrores del convulso siglo XX.

La segunda temporada de El cuento de la criada, cuyo estreno está previsto para finales de este mes, resulta prometedora en su presentación vía tráiler, si bien su guion no parta ya del original literario que diera pie a los primeros capítulos, aunque sí cuente con el consenso y colaboración de Atwood. El tiempo dirá si se confirma o no aquel dicho de que segundas partes nunca fueron buenas. Nosotras estaremos muy atentas a su estreno para comprobarlo.




30 de mayo de 2017

Tú no eres como otras madres



Afirmaba el gran Stefan Zweig que el nacimiento de sus padres en el seno de una comunidad judía se debía a un mero accidente. El gran escritor, europeísta convencido y una de las voces más poderosas en lengua germana del pasado siglo ―no sólo por su prosa cultivada, exquisita, sino por el enorme calado de sus escritos, tan necesarios, por cierto, hoy día―, siempre se consideraría, de hecho, deudor y admirador de la cultura que le había brindado su amada lengua materna. Como él, otros pensadores, artistas o escritores, ciudadanos de la vasta, vieja y plural Europa, se desvincularon de sus orígenes judíos y abrazaron como propios ―pues, efectivamente, lo fueron― la cultura y el idioma de los países en los que habían nacido y por los que llegaron a arriesgar, incluso, en algunos casos, sus propias vidas durante el estallido de la Primera Guerra Mundial. Entre esas voces destaca también la del filólogo, escritor y periodista Viktor Klemperer, cuyos diarios, publicados hace ya una década y ambientados durante la pesadilla del nazismo, desde su advenimiento hasta su estrepitoso derrumbe, deberían ser de lectura obligada para jóvenes y mayores.

Else Schrobsdorff, nacida en el seno de una familia de clase media judía, tampoco se sintió en su juventud especialmente ligada a la cultura y religión de sus ancestros y, más por aventura que por convicción, abrazó decididamente el cristianismo, lo que la llevaría a huir de un destino previsible y decidido por otros y a sumergirse de lleno en aquellos llamados felices años 20 del pasado siglo, más inconscientes que felices, a tenor de lo que habría de suceder después, la tragedia de la Segunda Guerra Mundial.

Figura anónima hasta ahora, Else fue rescatada de las brumas del olvido por la pluma de su hija, Angelika Schrobsdorff, actriz y escritora alemana fallecida el pasado año. Su relato dedicado a su progenitora, Tú no eres como otras madres, fue escrito cuando Else llevaba ya más de dos décadas enterrada y su hija había podido alejarse lo suficiente de su alocada y trágica juventud como para aproximarse a la madre que amó intensamente, pero con la disputó hasta el fin de sus días.

Convertida en todo un fenómeno editorial en Alemania, Tú no eres como otras madres también ha ido cosechando un gran éxito allá por donde se ha editado, granjeándose tanto el favor de la crítica como el del público. Sin embargo, esta singular obra, a medio camino entre biografía y novela, fue escrita hace ahora 25 años, cuando su autora contaba con más de sesenta años y la mayor parte de los protagonistas de su historia ya habían fallecido.

Tú no eres como otras madres resulta una obra excepcional por muchos motivos, empezando por el retrato de su principal protagonista, una mujer adelantada a su tiempo, fascinante y contradictoria, que asistiría impotente al derrumbamiento de su mundo. Para acercarse a ella, su hija recurrió al empleo de la primera y tercera persona y a la inclusión de numerosa correspondencia, escrita o recibida por Else a lo largo de su intensa vida. Todo ello le permitió a Schrobsdorff retratar desde una cierta distancia tanto a su madre como a ella misma, su yo adolescente, al que no escatima críticas, muchas de ellas extremadamente duras. Y aun así, a pesar de ese cierto distanciamiento voluntario ―huyendo así de un manido tono folletinesco, al que podría haber dado pie una historia tan trágica como la de su madre―, Angelika Schrobsdorff consigue un relato conmovedor, que no sólo da parte de la vida de Else y de sus seres más allegados, sino de la de cientos de seres humanos anónimos que vieron truncarse sus vidas por el odio y el fanatismo, lo que convierte a esta obra en un poderoso testimonio histórico de uno de los capítulos más atroces de la historia de la humanidad.

Sin embargo, Tú no eres como otras madres va mucho más allá del relato biográfico e histórico, pues, de hecho, es, cual un ensayo que bien pudiera haber surgido de la pluma de Stefan Zweig, una profunda reflexión sobre la propia existencia humana, con sus momentos más deslumbrantes y más sórdidos, y, sobre todo, un planteamiento sin respuesta sobre una cuestión que resulta inquietante, el papel de la cultura en toda su amplitud, capaz de sustraer al individuo de sus tendencias más viles, pero que, en realidad, no pudo salvar al que entonces era uno de los pueblos más cultos de la faz de la tierra, un país cuyos intelectuales reaccionaron tarde, o no lo hicieron, ante una barbarie que, alimentada por el más ignominioso fanatismo, nutrido y avivado, a su vez, por el nacionalismo más exacerbado, llevaría a la ruina moral al Viejo Continente.




16 de mayo de 2017

La Ratonera



Famosa por ser la obra teatral más largamente representada de la historia ―con, nada menos, que 65 años ininterrumpidos en escena―, La Ratonera fue escenificada por primera vez en el Reino Unido, en 1952, el mismo año en que fuera escrita por su ya entonces célebre autora.

Tan sólo dos años más tarde, la famosa obra de Agatha Christie sería adaptada en Madrid. A Barcelona tardaría mucho más en llegar. No sería hasta 2014 cuando, de la mano de Víctor Conde y en uno de los teatros con más solera de la capital catalana, el Teatre Apolo, se representaría por primera vez en la Ciudad Condal la única pieza teatral escrita por la escritora británica.

Hace tres años tuvimos la oportunidad de asistir a una de esas representaciones en Barcelona y, una vez más, lectoras incondicionales, durante la infancia, de las novelas de Agatha Christie ―con las que nos iniciamos en el apasionante mundo de la lectura―, caímos rendidas ante el virtuosismo de la escritora tejiendo historias de suspense que, aun hoy, pasados los años, resultan tan ingeniosas como antaño.

Aquella representación, de la que dimos rendida cuenta en un post publicado hace poco más de tres años, fue, además, una nueva oportunidad para constatar el enorme savoir faire de un director escénico de la talla de Víctor Conde, cuyo trabajo habíamos conocido gracias a sus adaptaciones en España de Los Miserables, a las que acudimos, tanto en Madrid como en Barcelona.

Después de haber asistido a aquella representación de La Ratonera en la Ciudad Condal, este año llegó por fin la oportunidad ―sin que ello vaya en menoscabo de la excelente adaptación española― de poder ver la obra representada en su entorno original, Londres y su inigualable West End.


Orquestada en dos actos y con un solo escenario, La Ratonera fue estrenada un 6 de octubre de 1952 en el Theatre Royal de Nottingham. Posteriormente, aquel mismo año, a partir del 25 de noviembre, empezaría a representarse en el New Ambassadors Theatre. Allí se escenificaría, ininterrumpidamente, durante poco más de dos décadas, momento en que pasaría a representarse en el St Martin's Theatre, donde cada día, excepto los domingos, se llevan a cabo las funciones.


En pleno corazón del West End, el St Martin's Theatre, con su más de un siglo de historia, es uno de los teatros más emblemáticos de Londres. Su decorado añejo y sus pequeñas dimensiones lo convierten, además, en un espacio idóneo para la representación de una obra que se desarrolla íntegramente en un solo escenario, el salón de un recién inaugurado hostal, y por la que transitan ocho personajes, cuyo pasado se irá desgranando poco a poco a medida que avance la función. Ese espacio, casi íntimo, creado entre el espectador y los intérpretes convierte la de ya por sí inigualable experiencia de ver un clásico teatral en vivo y en directo, con todo el virtuosismo de los montajes teatrales londinenses ― siempre excelsos en su cuidada puesta en escena y con unos intérpretes igualmente magníficos― en algo que, difícilmente, puede expresarse en palabras, pero que, por su innegable valor artístico, todo amante de la cultura debería vivir, al menos, una vez en su vida, se conozca o no con antelación una historia que no por conocida, resulta menos sorprendente en su desenlace.


Destacar, finalmente, que antes o después de la función, el espectador puede fotografiarse junto al tablón en el que figura el número de la representación de ese día. Esta será, desde luego, una de esas fotografías que, por su singularidad, se guardarán con celo a lo largo de toda la vida.




9 de mayo de 2017

Stefan Zweig: Adiós a Europa



Hace casi dos años y medio se estrenaba El gran hotel Budapest, el último largometraje finalizado del cineasta estadounidense Wes Anderson. Aquel filme, del que dimos rendida cuenta en un post publicado a inicios de 2014, se basaba en algunos textos de una de las mentes más preclaras del siglo XX, el inigualable Stefan Zweig, y captaba a la perfección la esencia de El mundo de ayer. Memorias de un europeo, posiblemente la obra más importante del escritor austríaco, una lectura absolutamente necesaria en estos tiempos de extremismos de vistoso envoltorio e indigesto, cuando no vacuo, contenido.


Stefan Zweig escribió aquella obra en el exilio, tras haber huido de la abominable Alemania nazi por su condición de judío, aunque él siempre considerara su judeidad como un mero accidente. Recibido con toda suerte de honores ―no hay que olvidar que Zweig saboreó en vida las mieles del éxito―, el escritor austríaco viajó por Argentina, Estados Unidos y Brasil para, finalmente, asentarse en este último país, al que dedicó uno de sus últimos trabajos, Brasil: un país de futuro, una obra que recogía su admiración por el éxito del país sudamericano en algo en lo que Europa, tras los advenimientos de los ismos y la caída del pluricultural Imperio Austrohúngaro ―admirado y amado por Zweig y, por cierto, odiado a muerte por Adolf Hitler―, había fracasado estrepitosamente, la integración, que no disolución, de diferentes culturas, religiones y razas.

Coproducida entre Austria, Alemania y Francia, Stefan Zweig: Adiós a Europa sigue los pasos de Zweig en su exilio y hasta su suicidio en 1942, cuando, en pleno fragor de la Segunda Guerra Mundial, convencido de que el rico patrimonio intelectual europeo iba a ser aniquilado por el nazismo, ingeriría una cápsula de cianuro, el mismo método que, curiosamente, emplearían, pocos años más tarde, algunos de los más famosos criminales nazis ante la inminente caída de Alemania frente a las fuerzas aliadas.

Stefan Zweig: Adiós a Europa, dirigida por una actriz alemana de amplia trayectoria, no es, afortunadamente, un biopic al uso y prescinde, por tanto, de los elementos más comunes de este subgénero cinematográfico, a saber, drama desaforado articulado a partir de un guion folletinesco, servido con una banda sonora de notas grandilocuentes, e interpretaciones rayanas, en ocasiones, en la más bochornosa sobreactuación. El film de Schrader es, por el contrario, una de esas rara avis procedentes de Europa que, de vez en cuando, los distribuidores tienen a bien proyectar en las cada vez más escasas salas de arte y ensayo.


Contenida, sin resultar fría, sutil y elegante, Stefan Zweig: Adiós a Europa se articula por episodios, ambientados en diferentes localizaciones, que se anuncian cual si de un primer capítulo o título de un libro se tratara. Entre los ingredientes más excelsos del filme se hallan la capacidad de síntesis de su autora, un guion trufado de inteligentes diálogos, la arriesgada, pero acertada, apuesta por la ausencia de banda sonora, la gran interpretación de sus principales protagonistas y, sobre todo, la apuesta visual de la cineasta alemana, que regala al espectador algunas escenas de una sensibilidad desbordante, como la que muestra a un Zweig contenido, pero al borde del llanto, cuando asiste a una interpretación  muy sui generis de El Danubio azul ejecutada por una banda de músicos brasileños y, sobre todo, la visión del escenario de su suicidio, visto a través del reflejo en un espejo, ante el que pasan los dolientes amigos del escritor que, en su lengua y religión ―especialmente conmovedoras resultan la plegarias judías y cristianas ante el lecho de muerte de Zweig―, expresan el dolor por la pérdida de una de las mentes más preclaras del siglo XX, un humanista que, a pesar de negarse a pronunciarse en público contra el nazismo ―al que sí condenaría enérgicamente en su obra―, ayudó a exiliarse, con dinero y contactos, a algunos de los intelectuales que en Europa se habían mostrado más críticos con su trabajo, cuando no hostiles hacia su persona.

Film, en definitiva, de imprescindible visionado en los tiempos que corren, Stefan Zweig: Adiós a Europa es una de esas obras que se paladean con fruición y se disfrutan, más si cabe, con el paso de los días.



28 de marzo de 2017

El guardián invisible



Tras una larga espera, desde que fuera anunciado su rodaje, por fin, hace unas semanas, se estrenaba en las salas españolas la adaptación cinematográfica de El guardián invisible, la primera entrega de la llamada trilogía del Valle de Baztan, un auténtico fenómeno editorial, traducido ya a más de 30 idiomas, escrito por la flamante Premio Planeta en su última edición, la escritora navarra Dolores Redondo.

Trama en la que se mezclan unos crímenes con una muy elaborada puesta en escena, un pasado horrendo protagonizado por la propia agente foral encargada de resolver el caso, y componentes de la mitología vasca, recogidos, a su vez, de la obra del antropólogo, etnólogo, arqueólogo y sacerdote José Miguel Barandiarán, El guardián invisible se ambienta en el Valle de Baztan, concretamente en la localidad de Elizondo. Su traslación cinematográfica, muy fiel al original literario, cuenta con los mejores y más reconocibles ingredientes del género negro e, inevitablemente también, con otros elementos atípicos que, si bien originales, lastran un tanto, por su difícil encaje, el resultado final del film, si bien se ven atenuados por una encomiable pericia cinematográfica ―aun a pesar de acudir a los lugares más comunes del thriller y a diálogos manidos en exceso― y una gran maestría visual, en la que tiene un peso decisivo la climatología y el lugar geográfico en el que se enmarca la historia.

Es precisamente en esa ambientación, tan importante para el desarrollo del original literario ―al igual que en la novela escandinava, la climatología tiene en la obra de Redondo un peso indiscutible en todo el desarrollo de la trama―, donde el film de Fernando González Molina resulta brillante. Así, y gracias a una preciosista fotografía, obra de Flavio Martínez Labiano, una banda sonora firmada por Fernando Velázquez que incluye sonidos ambientales de gran peso en la historia, como la presencia constante de la lluvia, fina o torrencial, y una producción técnica insuperable, convierten la primera versión cinematográfica de la obra de Dolores Redondo en una rara avis por estos lares, un thriller inquietante y envolvente que cuenta, además, con un ritmo insuperable, que atrapa al espectador desde el primer momento.


A ello habría que añadir que el guion de Luiso Berdejo ha sabido combinar con mayor maestría que la propia Redondo aquellos elementos, ya mencionados, de más difícil encaje, especialmente el más fantasioso, ligado a la mitología vasca, sumamente imbricado en la trama principal y al que alude el propio título de la obra, que en el film resulta mucho más sutil, evitando caer en el ridículo e, incluso, logrando algunas escenas realmente inquietantes y oníricas, que recuerdan poderosamente a algunas de las más inquietantes, fascinantes y recordadas del gran clásico televisivo de los 90, Twin Peaks ―los hallazgos de los cadáveres en una zona boscosa inmersa en un paisaje frío y lluvioso y el parecido más que razonable entre los métodos deductivos del agente especial Dale Cooper y de Amaia Salazar no parecen casuales y casi se podría afirmar que son la aportación más personal de un cineasta que ha respetado al máximo el texto original.

Tampoco puede dejar de mencionarse el que es quizá el mayor acierto de El guardián invisible, las interpretaciones de sus principales protagonistas, Marta Etura, brillante, y Elvira Mínguez, soberbia, sublime, imbatible.

Thriller, en definitiva, bien urdido y provisto, además, de una reflexión poco corriente sobre el supuestamente incondicional amor materno, El guardián invisible consigue salir airoso de la ardua tarea de encajar los elementos que más lastran el original literario, si bien no puede evitar incurrir en otros errores, algunos recurrentes en la filmografía española, como la falta de dicción y sobreactuación de algunos intérpretes, o la inclusión de escenas poco creíbles, como las ambientadas en Nueva Orleans y, sobre todo, las protagonizadas en inglés, que no resultan en absoluto creíbles.



28 de febrero de 2017

Tan poca vida




Finalista en algunos de los certámenes más prestigiosos dedicados a los escritores de lengua inglesa, Tan poca vida se convirtió en 2015, el año de su edición en Estados Unidos, en todo un fenómeno literario que no sólo deslumbró a algunos de los más reconocidos y prestigiosos críticos y medios literarios especializados, sino que también, inevitablemente, se granjeó encendidos detractores.

Con cierto retraso, el pasado año finalmente llegaba a las estanterías de las librerías españolas la segunda novela de Hanya Yanagihara; y, al igual que ocurriera en Estados Unidos, también aquí ha dividido a público y crítica, si bien, y como ya había pasado en uno y otro lado del Atlántico, han pesado mucho más las críticas favorables, a las que no podemos dejar de sumarnos.

Ambientada en la ciudad de Nueva York en una época imprecisa, aunque inequívocamente contemporánea, Tan poca vida narra la amistad de cuatro hombres a lo largo de más de tres décadas, aunque el mayor peso de la historia recae en dos de ellos, Willem, un aspirante a actor que llegará a convertirse en una rutilante estrella del cine, y Jude, su mejor amigo y compañero de piso en diferentes momentos de su vida, un brillante abogado que pasa su vida adulta infligiéndose un continuado castigo corporal para acallar los ecos de un pasado horrendo, en el que fue víctima de toda suerte de abusos sexuales, maltratos e, incluso, un intento de asesinato.

Los detalles de ese pasado irán desgranándose poco a poco, de manera sabia y dosificada, con la ayuda de más de un narrador y mediante numerosos flashbacks, que permitirán conocer en profundidad a uno de los personajes literarios mejor construidos en años, tan real que, tras la conclusión de esta obra monumental en volumen y calidad literaria, no podrá menos que sentirse la dolorosa pérdida de un amigo muy querido.

No obstante, si Jude resulta tan real, cercano incluso, se debe no solamente al magnífico retrato que de él hace Yanagihara, sino también al papel que desempeñan los personajes que lo secundan, actores de reparto en sus respectivos roles, aunque no por ello desdibujados. Todos ellos, de hecho, a excepción de los contados personajes femeninos ―elementos satélites de la trama y un tanto difusos, sin que ello lastre el conjunto de la obra―, son tan complejos y se hallan tan bien diseccionados que resultan inquietantemente reales, lo que demuestra que estamos ante una de las voces literarias más importantes de los últimos tiempos. Una autora capaz de atrapar al lector desde las primeras páginas con una narración sobria, a veces rozando la crónica periodística ―con un uso recurrente del tiempo presente―, pero que, lejos de resultar desapasionada, ofrece una narración sumamente emotiva, si bien desprovista de los ingredientes más reconocibles del melodrama desaforado y folletinesco al que muy bien hubiera podido rendirse ante una historia tan trágica como la presente. No por ello Yanagihara rehúye, no obstante, de una cruda exposición de la violencia en su estado más puro. De hecho, la autora norteamericana se muestra sumamente descriptiva en las escenas de autolesiones y agresiones, aunque, curiosamente, y en lo que parece un acto de contrición consciente, se torna increíblemente sutil en los pasajes en los que se describen los abusos sexuales, momentos que, más por lo que se vislumbra que por lo que se narra, resultan sumamente inquietantes y desazonadores, razón por la cual la elección de la portada original, en la que se muestra una fotografía de Peter Hujar, Orgasmic man (1987), da pie a más de una lectura.

Bella, dura, inquietante, Tan poca vida ―de la que poco más puede decirse sin correr el riego de desvelar detalles esenciales de la misma que todo lector debería descubrir por sí solo― es una loa al amor en mayúsculas y, por ende, a la amistad, la generosidad, el perdón, e, inevitablemente, al dolor inconmensurable de la pérdida de un ser querido. Sin embargo, Tan poca vida es también un relato sobre el miedo y el dolor físico y moral, temas maravillosamente bien abordados, lo que unido a sus numerosos hallazgos ―de los que es imposible rendir merecida cuenta en tan breve espacio― anticipan que nos hallamos ante un clásico literario en ciernes, una obra netamente actual, a pesar de su anclaje temporal indefinido, y con una trama que, en ocasiones, y salvando las distancias, evoca poderosamente a uno de los grandes clásicos de la explotación infantil en plena era industrial, la inolvidable Oliver Twist del gran Charles Dickens.




Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...