28 de febrero de 2017

Tan poca vida




Finalista en algunos de los certámenes más prestigiosos dedicados a los escritores de lengua inglesa, Tan poca vida se convirtió en 2015, el año de su edición en Estados Unidos, en todo un fenómeno literario que no sólo deslumbró a algunos de los más reconocidos y prestigiosos críticos y medios literarios especializados, sino que también, inevitablemente, se granjeó encendidos detractores.

Con cierto retraso, el pasado año finalmente llegaba a las estanterías de las librerías españolas la segunda novela de Hanya Yanagihara; y, al igual que ocurriera en Estados Unidos, también aquí ha dividido a público y crítica, si bien, y como ya había pasado en uno y otro lado del Atlántico, han pesado mucho más las críticas favorables, a las que no podemos dejar de sumarnos.

Ambientada en la ciudad de Nueva York en una época imprecisa, aunque inequívocamente contemporánea, Tan poca vida narra la amistad de cuatro hombres a lo largo de más de tres décadas, aunque el mayor peso de la historia recae en dos de ellos, Willem, un aspirante a actor que llegará a convertirse en una rutilante estrella del cine, y Jude, su mejor amigo y compañero de piso en diferentes momentos de su vida, un brillante abogado que pasa su vida adulta infligiéndose un continuado castigo corporal para acallar los ecos de un pasado horrendo, en el que fue víctima de toda suerte de abusos sexuales, maltratos e, incluso, un intento de asesinato.

Los detalles de ese pasado irán desgranándose poco a poco, de manera sabia y dosificada, con la ayuda de más de un narrador y mediante numerosos flashbacks, que permitirán conocer en profundidad a uno de los personajes literarios mejor construidos en años, tan real que, tras la conclusión de esta obra monumental en volumen y calidad literaria, no podrá menos que sentirse la dolorosa pérdida de un amigo muy querido.

No obstante, si Jude resulta tan real, cercano incluso, se debe no solamente al magnífico retrato que de él hace Yanagihara, sino también al papel que desempeñan los personajes que lo secundan, actores de reparto en sus respectivos roles, aunque no por ello desdibujados. Todos ellos, de hecho, a excepción de los contados personajes femeninos ―elementos satélites de la trama y un tanto difusos, sin que ello lastre el conjunto de la obra―, son tan complejos y se hallan tan bien diseccionados que resultan inquietantemente reales, lo que demuestra que estamos ante una de las voces literarias más importantes de los últimos tiempos. Una autora capaz de atrapar al lector desde las primeras páginas con una narración sobria, a veces rozando la crónica periodística ―con un uso recurrente del tiempo presente―, pero que, lejos de resultar desapasionada, ofrece una narración sumamente emotiva, si bien desprovista de los ingredientes más reconocibles del melodrama desaforado y folletinesco al que muy bien hubiera podido rendirse ante una historia tan trágica como la presente. No por ello Yanagihara rehúye, no obstante, de una cruda exposición de la violencia en su estado más puro. De hecho, la autora norteamericana se muestra sumamente descriptiva en las escenas de autolesiones y agresiones, aunque, curiosamente, y en lo que parece un acto de contrición consciente, se torna increíblemente sutil en los pasajes en los que se describen los abusos sexuales, momentos que, más por lo que se vislumbra que por lo que se narra, resultan sumamente inquietantes y desazonadores, razón por la cual la elección de la portada original, en la que se muestra una fotografía de Peter Hujar, Orgasmic man (1987), da pie a más de una lectura.

Bella, dura, inquietante, Tan poca vida ―de la que poco más puede decirse sin correr el riego de desvelar detalles esenciales de la misma que todo lector debería descubrir por sí solo― es una loa al amor en mayúsculas y, por ende, a la amistad, la generosidad, el perdón, e, inevitablemente, al dolor inconmensurable de la pérdida de un ser querido. Sin embargo, Tan poca vida es también un relato sobre el miedo y el dolor físico y moral, temas maravillosamente bien abordados, lo que unido a sus numerosos hallazgos ―de los que es imposible rendir merecida cuenta en tan breve espacio― anticipan que nos hallamos ante un clásico literario en ciernes, una obra netamente actual, a pesar de su anclaje temporal indefinido, y con una trama que, en ocasiones, y salvando las distancias, evoca poderosamente a uno de los grandes clásicos de la explotación infantil en plena era industrial, la inolvidable Oliver Twist del gran Charles Dickens.




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