2 de mayo de 2017

Natural History Museum



Albergado en un edificio imponente, de proporciones casi colosales, y con una decoración exterior e interior absolutamente fascinante ―no en vano se le ha llegado a bautizar como la catedral de la naturaleza―, el Museo Natural de Londres es, sin ningún género de duda, uno de los espacios museísticos más emblemáticos de la capital británica, con un enorme e indiscutible valor científico e histórico. Y es que este museo despunta, de hecho, no sólo por su enorme y creciente fondo y por ser en la actualidad un importantísimo centro de investigación y, a su vez, un ejemplo para gestores culturales ―gracias a su increíble departamento educativo―, sino también por gestarse en un momento importante en la historia de la ciencia, marcada por las expediciones científicas llevadas a cabo por diversos países europeos entre mediados del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX, que darían lugar a la creación de grandes colecciones.


El origen de este museo cabe hallarlo precisamente en una colección, la reunida por Sir Hans Sloane, que el gobierno británico adquiriría a un valor muy inferior al marcado por el mercado y que acabaría engrosando el fondo del ya entonces importante Museo Británico. El creciente número de piezas expuestas en este museo propiciaría, sin embargo, que en 1873 se construyera en South Kensington un nuevo espacio que albergara los fósiles, plantas y esqueletos que entonces se hallaban en sus dependencias.

La construcción del edificio de aquel nuevo espacio museístico, diseñado por Alfred Waterhouse, se finalizó en el año 1880. Su enorme superficie propiciaría, sin embargo, que el fondo museístico siguiera creciendo y que más adelante, ya en el siglo XX, absorbiera al entonces cercano Museo Geológico.


Hoy día el Museo de Historia Natural londinense cuenta con más de 70 millones de piezas que abarcan diferentes campos científicos ―desde la zoología a la paleontología, pasando por la entomología o la botánica― y supera los 50.000 libros científicos, albergados por su impresionante biblioteca.

La fascinación que este museo ejerce sobre sus visitantes no sólo se debe, no obstante, a ese impresionante fondo, sino también, y en igual medida, a su interior ―un maravilloso ejemplo de arquitectura victoriana―, y a la disposición de sus objetos en diferentes salas, agrupadas, a su vez, en zonas temáticas, distinguibles por colores y equipadas con las más modernas apuestas tecnológicas aplicadas a la museología.


Así, el museo se articula en diferentes espacios, como:

  • La zona naranja, donde se ubica el Darwin Center, ampliación reciente del museo que reúne colecciones de plantas e insectos, y el Wildlife Garden.
  • La zona azul, donde se halla la famosa sala de los dinosaurios, con una impresionante recreación de un rugiente tiranosaurios rex. También se hallan aquí esqueletos y cuerpos conservados de mamíferos, peces, anfibios y reptiles y también seres invertebrados.
  • La zona verde se enmarca en el medio ambiente y posee una colección asombrosa de minerales y fósiles.
  • La zona roja, a la que se accede a través de unas escaleras automáticas que simulan un viaje al centro de la tierra, resulta interesantísima por su explicación de fenómenos geológicos como volcanes y terremotos. Uno de sus mayores reclamos es la recreación de un espacio que, ambientado como un supermercado, simula un episodio del famoso terremoto que en 1995 sacudió la ciudad nipona de Kobe.

No cabe duda, no obstante, de que uno de los mayores reclamos de este museo lo constituye su fabuloso hall, con escalinatas incluidas y presididas por una imponente estatua de Darwin, que, en nuestra reciente visita, se hallaba, sin embargo,  cerrado y sin su célebre protagonista, Dippy, un impresionante esqueleto de diplodocus que ha dejado el que ha sido su hogar durante más de una centuria para iniciar una ruta por diversos espacios museísticos del Reino Unido. Su lugar a partir de ahora lo ocupará otro impresionante esqueleto, el de una ballena.




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