25 de enero de 2012

La sin par ciudad de Kobe




Cuando se visita por primera vez la bellísima ciudad de Kobe, resulta muy difícil imaginar que esta urbe sita en la Isla de Honshu (en la región de Kansai) haya sobrevivido, cual ave fénix, a dos tragedias de proporciones dantescas: las bombas que al final de la Segunda Guerra Mundial destruyeron buena parte de su zona urbana y el terremoto del año 1995, que se cobró la vida de 6000 personas, amén de los numerosísimos daños materiales que provocó.

Kobe, además, depara no pocas sorpresas para el visitante que acuda a ella proveniente de Tokio, Kioto u Osaka (magníficamente comunicadas todas ellas por el trazado del Shinkansen, el famoso tren bala), ya que su fisonomía dista mucho de los estándares nipones más reconocibles, aún a pesar de contar con altos rascacielos y bellos jardines y templos sintoístas.

Situada en una ladera encarada al mar, su condición de ciudad portuaria la convirtió en una de las primeras urbes que, a finales del siglo XIX, empezó a comerciar con Occidente, hecho éste que sentó las bases para que Kobe deviniera en lo que es hoy, la urbe más cosmopolita de Japón, habitada por un nutrido número de comunidades extranjeras provenientes de más de un centenar de países.

Ese fuerte carácter cosmopolita ha hecho posible el nacimiento y consolidación de diversos festivales (de moda, cine y jazz) y ha posibilitado igualmente que la ciudad no sólo albergue templos sintoístas sino también iglesias (católicas y protestantes), capillas (donde muchas parejas japonesas cumplen su sueño de casarse a la manera occidental), una sinagoga e, incluso, una mezquita; a lo que habría que añadir la existencia de algunas organizaciones de intercambio cultural y diversas escuelas y centros educativos de otros países.

Por otra parte, y a pesar de la lejanía, Kobe comparte con Barcelona – ciudad con la que se halla hermanada – una disposición urbana parecida, con una zona de montaña, donde se hallan barrios muy característicos, y una zona abocada al mar, escenario de las más vanguardistas construcciones.

Indudablemente, la parte que da al mar tiene un gran atractivo con sus modernos edificios en el puerto y la Isla de Rokko; sin embargo, para quien suscribe estas líneas, la parte de montaña ofrece atractivos aún mayores, con su occidentalizado barrio de Kitano, una extraña mixtura de costumbres niponas con grandes casas del siglo XIX y principios del XX al estilo anglosajón y del centro y norte de Europa - incluso se puede hallar un Starbucks decorado como si de un salón inglés se tratase-; su barrio chino, impregnado de exquisitos olores, provenientes de los numerosos puestos de comida callejeros, y con un orondo buda coronando su entrada; o el teleférico de Shin-Kobe, que sube a unos 400 metros de altura y permite contemplar unas magníficas vistas de la ciudad (se recomienda, una vez arriba, demorarse en el exquisito y pequeño museo del perfume y emprender el descenso caminando por la suave pendiente, enmarcada por cuidadísimos jardines).

Finalmente, destacar que, para los bolsillos más adinerados, es más que aconsejable catar la famosa carne de buey o ternera de Kobe, digna de los paladares más exigentes gracias a la magnífica dieta, masajes y baños en sake a los que los animales se someten antes de ser sacrificados.

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