4 de enero de 2012

El proceso. Un cómic kafkiano





Al gran Franz Kafka le faltaron años de vida para ver publicada y reconocida su obra. O quizá no. Quizá fue una muerte prematura lo que hizo posible que su trabajo, especialmente su libro  más emblemático, El proceso, viera la luz y haya recibido desde entonces los parabienes de varias generaciones de críticos literarios.

De hecho, si El proceso y otros trabajos del autor checo de lengua alemana fueron publicados se debe exclusivamente a una traición. La traición de su amigo, el periodista Max Brod, al incumplir su promesa de quemar todo el trabajo del escritor, realizado durante mucho tiempo por las noches, tras una larga jornada laboral desempeñando un trabajo anodino.

Así, y gracias a Brod, El proceso fue publicado de manera póstuma en 1925 y, durante todos estos años, su argumento ha sido objeto de diversas adaptaciones, tanto cinematográficas como teatrales. Sin embargo, hasta ahora nadie había osado plasmar esta obra en un formato de novela gráfica, cosa que no deja de extrañar, pues su trama surrealista – que diera pie, junto con el resto de la obra de su autor, a la acuñación del término kafkiano-  se prestaba a una fácil plasmación en tira cómica.

Si finalmente la traslación de la obra de Kafka al Noveno Arte se ha materializado ha sido gracias a la unión creativa de David Zane Mairowitz, dramaturgo estadounidense especializado en la obra del escritor checo, y de Chantal Montellier, una de las artistas más afamadas de la novela gráfica francesa.

El resultado ha sido una obra espléndida, donde sus autores han conseguido reflejar los complejos sentimientos – fruto de la angustia, frustración y sufrimiento – a los que se enfrenta el protagonista de esta historia desde que una buena mañana unos policías acceden a su vivienda para comunicarle que ha sido acusado y que está en vías de ser procesado por unos hechos de los cuales no le facilitarán detalle alguno.

Así se inicia una narración que, al igual que en la obra original, irá adquiriendo unos tintes tan surrealistas que derivarán en una tonalidad definitivamente kafkiana viñeta tras viñeta y a medida que Joseph K., el personaje principal, se pierda en unas circunstancias que le van a superar y a sumir en un estado de desconcierto y de desesperación.

Sabiamente, Mairowitz y Montellier, en este trabajo conjunto, han optado por el blanco y negro y por unos personajes con un trazado absolutamente realista – en el que destaca la gran expresividad de sus ojos- para plasmar un ambiente oscuro, sórdido, onírico, al que han aderezado con una serie de calaveras que saltan de una viñeta a otra y que, con su siniestro aspecto, parecen asistir divertidas a los diversos estados de ánimo del personaje descrito por Kafka. Un personaje, por cierto, que guarda un gran parecido físico con el propio escritor, lo que realza aún más el hecho de que Kafka vertiera grandes dosis autobiográficas en esta obra (como su poco vocacional trabajo o una, al parecer, no muy estable vida sentimental).

Resulta obvio que ninguna adaptación, por buena que sea, puede hacer prescindible su fuente original. La presente obra no es una excepción, pero sí es una oportunidad excelente para revisar la obra de Kafka - y su crítica a la sociedad - en una disciplina, el cómic, cada vez más reconocida en el, a veces, hermético mundo del arte.

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