27 de enero de 2012

Downton Abbey. En la senda de la excelencia



Mucho hemos tenido que esperar los que quedamos rendidos ante las virtudes de Downton Abbey para poder visionar su nueva tanda de episodios; la espera, no obstante, no ha sido en vano, pues la serie, una de las más loadas de los últimos tiempos, ha regresado con la exquisitez y la excelencia que le son propias.

Sin embargo, su retorno ha venido acompañado por algo más, ya que el mosaico de intrigas, pasiones soterradas e infranqueables barreras sociales de la primera parte ha cristalizado en un culebrón de época; un culebrón, eso sí, sumamente alejado, gracias al más que buen hacer de sus guionistas, de la calidad más que dudosa de los seriales con tramas sempiternas.

Los nuevos capítulos de Downton Abbey, además, han traído consigo una mayor profundización de los personajes y han matizado sabiamente a aquéllos que en la primera parte rozaban la más pura villanía; tan sólo Sybill, la pequeña de los Crawley, sigue mostrándose como un personaje peligrosamente estereotipado, aunque curiosamente simbolice mejor que nadie los cambios que se operarán entre las mujeres de su clase.

El rigor histórico, por otra parte, permanece incólume y tanto el devenir de la guerra como los cambios sociales que ya empiezan a intuirse se siguen mostrando con cuidadas elipsis y mediante las conversaciones entre sus protagonistas, a quienes oímos departir sobre la lucha de Irlanda, la detención de los Romanov o el excesivo celo de los criados leales por preservar la vigencia de un tiempo que se intuye ya próximo a su extinción.

En ese verismo histórico, además, juegan un papel especialmente importante las escenas bélicas – en las que, parapetados tras las trincheras o fuera de ellas, criados y señores corren la misma suerte –;  la irrupción de nuevos personajes, como el de la criada que aspira a una vida más allá de la servidumbre o el magnate que, aun a pesar de su riqueza, no puede dejar de sentirse inferior frente a la clase con la que desesperadamente pretende entroncar vía matrimonio; o las nuevas modas, como un vestuario que pronuncia escotes y acorta vestidos o la práctica del espiritismo, que tan en boga estuvo en el Reino Unido, gracias en parte a la devoción que por aquélla profesaron personalidades como el padre de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle.

El rápido devenir de los años (1916-1920), no obstante, no ha gustado demasiado a la prensa británica, que ha llegado a abanderar el slogan, Slow, Down, Downton! para que la serie se ralentice y vuelva a su ritmo anterior. Sin embargo, y rompiendo una lanza a favor por esta decisión de acelerar el devenir de los años, poco verismo hubiera tenido la concatenación de acontecimientos si éstos hubieran transcurrido en un margen temporal más reducido.

La segunda parte de Downton Abbey, en definitiva, ha demostrado que sigue transitando por la senda de la excelencia a pesar de algún escollo – como forzar el drama con recuperaciones prácticamente milagrosas o con la aparición de entre los muertos de un extraño personaje. Su calidad y falta de pretenciosidad, no obstante, se siguen viendo reforzadas por sus muchísimos puntos positivos, entre los que destacan especialmente su principal historia de amor, que parece sacada de alguna obra de Henry James o Edih Wharton, y su increíble reparto, lo que comporta que un año de espera para disfrutar de su tercera parte se antoje muy difícil de sobrellevar.

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