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24 de mayo de 2012

Nikko. Un lugar para perderse





Cualquier viaje al país del Sol Naciente implica casi por descontado una escala en la fascinante ciudad de Tokio. No obstante, la impresionante megalópolis nipona, con sus jardines de ensueño, sus edificios con alturas de infarto o su enorme oferta cultural y lúdica, bien pudiera hacer olvidar al visitante poco atento que más allá de sus fronteras – y no demasiado lejos, por cierto – existen joyas de obligadísima visita.

De hecho, Nikko, a tan sólo unos ciento cuarenta kilómetros de la gran capital japonesa, deviene toda una sorpresa para el visitante que acaba de abandonar la vorágine de una ciudad como Tokio. Lugar bucólico por excelencia – hasta el punto de que su enorme área montañosa se encuentra protegida-, la pequeña localidad de Nikko, uno de los centros religiosos más visitados del país, cuenta con el que quizás sea el conjunto monumental más importante de Japón, lo que comportó que en el año 1999 fuera declarada por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

Nikko, que como todas las localidades japonesas dispone de un excelente y puntual servicio de transporte público, cuenta, además, con la estación más antigua del país, construida hace casi un siglo y desde la que se puede observar qué es lo que la pequeña urbe depara al visitante, bellas sendas rodeadas de frondoso bosque tras el que prácticamente se esconden, cual valiosos tesoros, los bellísimos templos y santuarios que han hecho de la ciudad uno de los destinos favoritos de los turistas, tanto nipones como extranjeros.

Además, y si bien en Nikko proliferaron los templos sintoístas, en la actualidad sigue siendo uno de los centros budistas más importantes de Japón desde que en el año 766 un monje budista fundara el primer templo de la localidad, el Shinhonryu-ji, que dio pie a la construcción del primigenio núcleo urbano y a la erección de los numerosos templos y centros religiosos con los que hoy cuenta Nikko.

Entre esas construcciones ulteriores destacan el Mausoleo de Tokunagawa Iemitsu, un importante santuario famoso por su impresionante pagoda, su Niomon -puerta de acceso-, y su frondosa avenida, rodeada de cedros y linternas de piedra; y el Santuario de Tokugawa Ieyasu, dedicado al primer shogun del país y que también cuenta con una imponente puerta – denominada Yomeinon y adornada con cientos de motivos florales y animales – que da acceso a los numerosos edificios que componen el complejo, considerados en su mayor parte como bienes culturales y/o catalogados como tesoros nacionales.

Asimismo, en Nikko se hallan otros monumentos de obligada visita, como el Templo de Rinno-ji, compuesto en realidad por 15 templos y famoso por albergar la sala de los tres budas; y el puente sagrado de Shinkyo, destruido en 1902 y reconstruido en 1907, que, con sus características formas de rojo lacado, se constituye como una de las imágenes más reconocibles del Japón más pintoresco.

Lo único que egoístamente el visitante pudiera lamentar en su visita a Nikko es la enorme afluencia de turistas, que truncan esa extraña sensación, de retrotraerse a un lapso de tiempo mágico e impreciso, provocada por un paisaje y unas construcciones absolutamente imponentes que invitan a prolongar y repetir la estancia en la bella localidad.


20 de febrero de 2012

Nara. La ciudad de los ciervos



Daibitsu-den en el templo Todai-ji 

La ciudad de Nara, considerada la cuna de la civilización nipona, es en la actualidad una de las urbes más importantes de la región de Kansai – junto con Kioto, Osaka y Kobe – y uno de los destinos turísticos más importantes de Japón.

De hecho, las hordas de turistas con cámara en ristre invaden cada año las milenarias calles de esta pequeña ciudad que llegó a ser la primera capital del país, un papel que detentó durante 75 años, tiempo suficiente para que se convirtiera en el escenario donde se erigieron los templos budistas más antiguos del país del sol naciente.

El rico patrimonio artístico de Nara, además, ha hecho posible que sea considerada como la segunda ciudad depositaria – tras Kioto – del riquísimo legado cultural japonés (no en vano cuenta con ocho monumentos y lugares estimados como patrimonio mundial por la Unesco).


El parque de Nara-Koen, con sus más de 1200 ciervos repartidos por su enorme superficie, sin duda es uno de los mayores atractivos de la ciudad. Este tipo de cérvidos – que antes del advenimiento del budismo en Japón gozaron de un estatus sagrado - , no sólo corretean a sus anchas por un entorno absolutamente bucólico, salpicado por riachuelos, prados o lagos, sino que pueden hallarse fuera del parque, en sus inmediaciones, esperando ansiosos a que alguien les ofrezca comida. Esa comida suele ser Shika Sembei, o galletas para ciervos, que pueden comprarse a los vendedores ambulantes repartidos a lo largo y ancho del parque y que son devoradas con auténtica fruición por estos animales (se aconseja no llevar nada a mano, pues no es infrecuente observar cómo los ciervos – que no muestran temor alguno ante la presencia masiva de seres humanos en su hábitat natural – se comen los mapas o folletos de los turistas poco avisados).

Sin embargo, el encanto de este hermosísimo parque no radica por completo en su fauna, sino en sus casas de té fabricadas con madera (que ofrecen el siempre delicioso té matcha, servido como bebida - caliente o fría - o utilizado como ingrediente principal de pastelillos dulces o salados); y, sobre todo, en el templo Todai-Ji, albergado por el edificio de madera más grande del mundo (aunque su tamaño actual sea tres veces inferior al original) y en cuyo interior, tras franquear una enorme puerta de 25 metros de altura,  se halla un magnificente buda de bronce, el Daibutsu-den que, con sus 14,90 metros de alto y su peso de más de 500 toneladas, impresionó tanto a las autoras de este blog que su imagen fue escogida como encabezamiento de aquél y de la página de Twitter vinculada al mismo.

Nara también ofrece al visitante la posibilidad de retrotraerse en el tiempo recorriendo las viejas calles de la zona de Naramachi; de admirar el templo de Horyji y su preciosa pagoda – patrimonio de la humanidad desde 1993; de delectarse con las más de 1800 lámparas que adornan el camino que conduce al santuario Kasuga Taisha; o de meditar en uno de los numerosos bancos que rodean el lago Sarisawa Ike – en el centro de la ciudad – mientras se contempla a los numerosos artistas, dibujantes y pintores, que se congregan a diario para dar rienda suelta a su creatividad. 

Con su belleza natural y arquitectónica, Nara no sólo deja un recuerdo indeleble en la memoria de quien la visita, sino que es un lugar más que propicio para experimentar el llamado mal de Stendhal.

25 de enero de 2012

La sin par ciudad de Kobe




Cuando se visita por primera vez la bellísima ciudad de Kobe, resulta muy difícil imaginar que esta urbe sita en la Isla de Honshu (en la región de Kansai) haya sobrevivido, cual ave fénix, a dos tragedias de proporciones dantescas: las bombas que al final de la Segunda Guerra Mundial destruyeron buena parte de su zona urbana y el terremoto del año 1995, que se cobró la vida de 6000 personas, amén de los numerosísimos daños materiales que provocó.

Kobe, además, depara no pocas sorpresas para el visitante que acuda a ella proveniente de Tokio, Kioto u Osaka (magníficamente comunicadas todas ellas por el trazado del Shinkansen, el famoso tren bala), ya que su fisonomía dista mucho de los estándares nipones más reconocibles, aún a pesar de contar con altos rascacielos y bellos jardines y templos sintoístas.

Situada en una ladera encarada al mar, su condición de ciudad portuaria la convirtió en una de las primeras urbes que, a finales del siglo XIX, empezó a comerciar con Occidente, hecho éste que sentó las bases para que Kobe deviniera en lo que es hoy, la urbe más cosmopolita de Japón, habitada por un nutrido número de comunidades extranjeras provenientes de más de un centenar de países.

Ese fuerte carácter cosmopolita ha hecho posible el nacimiento y consolidación de diversos festivales (de moda, cine y jazz) y ha posibilitado igualmente que la ciudad no sólo albergue templos sintoístas sino también iglesias (católicas y protestantes), capillas (donde muchas parejas japonesas cumplen su sueño de casarse a la manera occidental), una sinagoga e, incluso, una mezquita; a lo que habría que añadir la existencia de algunas organizaciones de intercambio cultural y diversas escuelas y centros educativos de otros países.

Por otra parte, y a pesar de la lejanía, Kobe comparte con Barcelona – ciudad con la que se halla hermanada – una disposición urbana parecida, con una zona de montaña, donde se hallan barrios muy característicos, y una zona abocada al mar, escenario de las más vanguardistas construcciones.

Indudablemente, la parte que da al mar tiene un gran atractivo con sus modernos edificios en el puerto y la Isla de Rokko; sin embargo, para quien suscribe estas líneas, la parte de montaña ofrece atractivos aún mayores, con su occidentalizado barrio de Kitano, una extraña mixtura de costumbres niponas con grandes casas del siglo XIX y principios del XX al estilo anglosajón y del centro y norte de Europa - incluso se puede hallar un Starbucks decorado como si de un salón inglés se tratase-; su barrio chino, impregnado de exquisitos olores, provenientes de los numerosos puestos de comida callejeros, y con un orondo buda coronando su entrada; o el teleférico de Shin-Kobe, que sube a unos 400 metros de altura y permite contemplar unas magníficas vistas de la ciudad (se recomienda, una vez arriba, demorarse en el exquisito y pequeño museo del perfume y emprender el descenso caminando por la suave pendiente, enmarcada por cuidadísimos jardines).

Finalmente, destacar que, para los bolsillos más adinerados, es más que aconsejable catar la famosa carne de buey o ternera de Kobe, digna de los paladares más exigentes gracias a la magnífica dieta, masajes y baños en sake a los que los animales se someten antes de ser sacrificados.

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