9 de diciembre de 2011

Bookcrossing. Compartiendo libros de papel en la era digital




Seguir las pistas de un libro y dar con su paradero es la idea que alienta a Bookcrossing – en adelante BC. Su concepción surgió de la mente del estadounidense Ron Hornbaker y se ha convertido en un fenómeno que, en tan sólo una década, ha traspasado fronteras y conseguido miles de adeptos.

En ello ha influido sobremanera la sencillez de su funcionamiento. Cualquier persona que haya leído un libro, y no quiera dejarlo olvidado en una estantería, puede darse de alta – bajo pseudónimo – en el portal de BC en su país. Seguidamente también registra el libro que dona – que a partir de ese momento tendrá un número de identificación en la base de datos del sistema – y, finalmente, lo libera, dejándolo en algún lugar de su ciudad para que otro lector pueda disfrutar también de su lectura. Fácil y absolutamente gratuito.

Además, BC concede a sus usuarios la posibilidad de convertirse en prosumidores, al permitirles valorar los libros, reseñarlos o puntuarlos, lo que, lógicamente, ha dado paso a la creación de grupos virtuales y presenciales, que reúnen a personas con intereses afines, y de comunidades que organizan actividades varias.

Por supuesto a BC no le han faltado, ni le faltan, detractores, sobre todo en el mundo editorial, que ve en este fenómeno una amenaza para la venta de libros. Sin embargo, este tipo de temores resultan absolutamente infundados, pues ningún editor recelaría del papel de una biblioteca, ya que ésta, sin duda, fomenta el hábito de la lectura – tan precario en este país – y consigue nuevos lectores; y lo que hace BC precisamente es obrar a modo de biblioteca, de hecho, entre su declaración de intenciones figura su deseo de convertir el mundo entero en una biblioteca y ¿qué mejor forma de conseguirlo que haciendo que los propios lectores atraigan, con sus valoraciones y puntuaciones de los libros que han leído, a otros lectores potenciales?

Además, teniendo presente los bajísimos índices de lectura en España, BC es una más que buena arma para combatirlos. Y así lo han visto los organismos oficiales que, año tras año, elaboran planes de fomento de la lectura.

Sin embargo, y sin restar un ápice al buen hacer de BC en su objetivo de llegar a todo el mundo, su formulación está exclusivamente dirigida a los afectos a las nueva tecnologías, nativos digitales (generación Google) o los inmigrantes digitales (aquéllos que se han apuntado al carro de las TIC), quedando excluidas las personas con brecha digital, es decir, los no habituados o desconocedores del uso de las nuevas tecnologías.

Teniendo en cuenta su funcionamiento, resulta paradójico que BC no pueda dirigirse a los libros digitales, puesto que la idea en la que se fundamenta no es sólo la lectura de un libro sino en el libro en sí mismo, cosa que no es posible con algo tan intangible como un libro digital, sin contar con que, de poderse hacer, se fomentaría la piratería.

Algunas voces auguran un final próximo para el libro en papel. Para entonces, puede ser que BC se convierta en el último reducto de éste, siempre y cuando sus propietarios no prefieran dejarlo abandonado en estanterías que acumulen el polvo de los tiempos y del desuso.

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