16 de diciembre de 2011

Galería Doria-Pamphili. Un lugar para perderse



No es infrecuente pecar de iluso la primera vez que se visita la viejísima ciudad de Roma. Se tiende a pensar, con excesiva inocencia, que una buena organización del tiempo nos permitirá descubrir todos los rincones y tesoros culturales y artísticos albergados por la bella urbe. Sin embargo, para conocer en profundidad la Ciudad Eterna prácticamente se necesita toda una vida consagrada a recorrer sus viejas y sinuosas calles, palazzos, museos, galerías, ruinas… Por ello, visitar en el primer viaje el Palazzo Doria-Pamphili es una excelente forma de ir abriendo boca.

Este palazzo, a diferencia de los otros muchos que pueden hallarse en la ciudad, no se ha convertido en un museo ni en una sede que albergue a algún organismo oficial sino que, por el contrario, continua habitado por una de las familias aristocráticas de más abolengo de país.

Su visita se justifica por el contenido de sus viejas estancias, que ocupan prácticamente toda una manzana en el centro de la ciudad y que albergan una increíble colección de pintura, esculturas – especialmente de época romana – y objetos varios, que van desde diferentes instrumentos musicales hasta un trono que data de época napoleónica.

La entrada, no todo lo económica que uno quisiera –tampoco hay que olvidar que se trata de una colección netamente privada-, permite la visita de la increíble pinacoteca del palazzo, compuesta por cuatro galerías, distribuidas en salones, donde se albergan los cuadros y esculturas de artistas tan importantes para la historia del arte como Caravaggio (con sus obras Sagrada Familia con ángel músico y La Magdalena Llorosa), Bernini, Rafael, Annivale Carracci, Paris Bordone, Quentin Metsys, Brueghel el Viejo, Hans Memling, Filippo Lippi o Tiziano.

Una de esas salas, la denominada Sala de los Espejos, de herencia claramente versallesca, es un reclamo en sí misma no sólo por su apariencia sino por dar paso al camarín donde se encuentra la joya del palazzo, el retrato que Velázquez hiciera a uno de los miembros de la familia Doria-Pamphili, el papa Inocencio X, iniciador de la colección, el cual, según relatan las crónicas, al contemplar su imagen en la obra de Velázquez, manifestó que era demasiado realista. Además, en esta pequeña sala, y al lado del famoso cuadro, se halla también el busto del pontífice, obra de Bernini y del que se dice que no alcanzó las cotas de realismo conseguidas por el pintor español.

El disfrute de las salas expositivas, y de otras dependencias, como los apartamentos privados y una capilla, es completo con el uso de la audioguía incluida en la entrada, cuyo locutor relata la historia de tan aristocrática familia a través de una información detallada y amena, salpicada de numerosas anécdotas (lamentablemente, para quienes no dominen el inglés, italiano, alemán o francés, hace tres años no existía la posibilidad de escuchar la grabación en castellano).

Al finalizar la visita, se puede acceder a la tienda del palazzo, para adquirir algún recuerdo o regalo, y a una bonita cafetería, donde podremos procesar, acompañados de un exquisito café, todas las obras impresas en nuestra retina y preguntarnos cuándo volveremos a repetir semejante experiencia sensorial.

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