7 de noviembre de 2011

Melancolía. Viaje onírico hacia el Apocalipsis



Sentarse en una sala oscura y esperar la proyección en una gran pantalla de una obra de l’enfant terrible del cine europeo, Lars Von Trier, puede ser un auténtico acto de fe, máxime si se ha visionado su penúltima película, Anticristo, tan sublime y tan errática.

Melancolía se inicia con un brillante y lento encadenado de secuencias que componen un prólogo totalmente onírico, condimentado con la grandiosa música de Wagner y que va a marcar el tono de todo el metraje, especialmente su final.

El film se constituye no solamente como un viaje hacia las profundidades de la depresión, estado en el que al parecer había sucumbido Von Trier antes de rodarlo, sino también a la descomposición acelerada de una familia a medida que se aproxima el planeta que da nombre a esta obra.

En esa descomposición familiar, ya iniciada con el divorcio de los padres de las hermanas protagonistas, Justine (Kirsten Dunst en una de sus mejores interpretaciones) tiene un papel destacado, con sus estados de ánimo, bipolares en el inicio, totalmente depresivos tras su fallida boda y, finalmente, con su actitud resignada y hasta esperanzada ante la posible destrucción de su propia melancolía, que la reconcome desde siempre.

Destacado es también el papel de la hermana, Claire (una magnífica, como siempre, Charlotte Gainsbourg), quien sucumbirá al pánico a medida que Melancolía se aproxime, dejando tras de sí el carácter dominante presente en la primera parte del film.

La gran caracterización del resto de personajes es consecuencia de la acertada elección de un plantel de actores sensacional. Charlotte Rampling, John Hart (con un par de escenas memorables), Stellan Skarsgård o un Kiefer Sutherland recuperado de una de las series de moda y que aquí protagoniza uno de los actos más cobardes y egoístas que quizá se hayan filmado nunca.


Poco queda ya de aquella declaración de intenciones que fue el Dogma 95, tan sólo el continuo movimiento de la cámara en mano, que sigue incesantemente a todos sus protagonistas, o el título, escrito a mano por el propio Von Trier y que sucede al prólogo.

Brillante en su mayor parte, poética en casi todos sus planos (la escena de los globos blancos sobrevolando de noche un campo de golf es de las que quedan impresas en la retina), grandilocuente a ratos, Melancolía es una muestra más del buen hacer de un director que mantiene vivo el cine europeo.

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