13 de febrero de 2012

Sherlock. Una revisión ingeniosa



Fuente: BBC

Las aventuras de Sherlock Holmes, el mítico personaje surgido de la pluma del escritor Sir Arthur Conan Doyle en las postrimerías del siglo XIX, han sido objeto de numerosas adaptaciones cinematográficas, televisivas, teatrales e, incluso, radiofónicas.

No obstante, y dado el carácter seriado de las peripecias del carismático detective – presente en cuatro novelas y más de cincuenta relatos breves –, ha sido la pequeña pantalla el medio que ha propiciado el mayor número de producciones basadas en la obra del novelista escocés.

Sherlock – la serie facturada por la cadena británica BBC – bien pudiera ser considerada como la enésima revisión de los intrincados misterios a los que se enfrentaron Holmes y su fiel compañero, el doctor John Watson, por obra y gracia de la imaginación de su creador. Sin embargo, rompiendo con el excesivo celo de fidelidad hacia el original literario y el sumo formalismo del que hacen gala los seriales que la preceden – a los que el paso del tiempo, por cierto, ha otorgado un aire decididamente démodé-, Sherlock apuesta por una revisión ingeniosa de los relatos de Conan Doyle, trasladando a nuestro siglo al sagaz detective, pero sin obviar ninguno de los rasgos más distintivos que han hecho de él uno de los personajes literarios más afamados de todos los tiempos.



Así, el Sherlock Holmes del siglo XXI no ha perdido ni un ápice del ingenio que despliega con sus dotes deductivas – que ahora emplea, valiéndose de la última tecnología, como consultor externo de la policía; ya no luce su característica pipa, pero sí padece por su adicción a la nicotina – que combate con parches antitabaco; utiliza de manera puntual la también característica gorra de doble visera con la que lo inmortalizara Sydney Paget cuando, a finales del siglo XIX, ilustrara las primeras historias de Conan Doyle; mantiene a su enemigo más acérrimo, el desalmado James Moriarty, y a su casera, Mrs. Hudson; no ha olvidado tocar el violín con destreza ni pasarse horas entregado a algún experimento; y, sobre todo, sigue residiendo en el número 221 de Baker Street en compañía de su inseparable John Watson, quien, sin perder su estatus de médico, se ha convertido en un ex combatiente de Afganistán.

Sin embargo, y aun a pesar de la fidelidad hacia los personajes, los seis capítulos que componen la primera y segunda parte de Sherlock son adaptaciones muy libres de los relatos escritos por Conan Doyle, hecho que no ha impedido que esta producción sea calificada como la mejor aproximación realizada hasta la fecha de la obra de aquél. Esta apreciación se debe, sin duda, a las muchas virtudes de esta serie, como su inmejorable pulso narrativo, su cuidada factura, sus dosis justas de misterio y acción, el hallazgo de plasmar el ritmo vertiginoso de los pensamientos de Holmes mediante las palabras que aparecen en pantalla, o, por supuesto, la increíble química entre los dos magníficos actores principales (Martin Freeman y el aparentemente siniestro Benedict Cumberbatch), quienes, gracias a su buen hacer y a un guión más que inteligente, dotan a sus personajes de un gran calado psicológico.

En definitiva, Sherlock es una serie de obligado visionado para todo incondicional del afamado detective literario, aún a pesar de las, a veces, sumamente embrolladas tramas y de algunos – no demasiados - personajes y/o escenas que, con un toque de los films de James Bond, pueden bordear peligrosamente la casi siempre fina línea que separa lo ridículo de lo sublime.

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