3 de febrero de 2012

La última emperatriz. Retrato de las postrimerías de la China Imperial




Durante décadas, la emperatriz Orquídea (también conocida como Yehonala o Tzu Hsi) ha sido representada por la historiografía occidental como una mujer ávida de poder que no dudó ni un momento en deshacerse de todos aquéllos – incluidos sus propios hijos – que pusieron en peligro su papel como dirigente de uno de los imperios más vastos del mundo.

Su leyenda negra bebe no poco de las crónicas que los reporteros extranjeros elaboraron, de manera consciente o no, al servicio de los intereses económicos perseguidos por los países a los que representaban (Alemania, Austria, Francia, Gran Bretaña, Japón o Rusia), lo que dio pie a un retrato deformado de la mujer que, confinada la mayor parte de su vida en la Ciudad Prohibida, marcó el curso de la historia de su país.

Al rescate de su memoria acudió la escritora Anchee Min hace unos años cuando publicó su novela La ciudad prohibida, cuyo éxito propició la aparición, unos años más tarde, de la presente obra, centrada en las postrimerías de la era imperial tras casi dos mil años de historia ininterrumpida.

Así, en La última emperatriz, Min retoma la narración de la concubina que ascendió a las más altas cotas de poder gracias al alumbramiento del único hijo varón de Xianfeng, el emperador al que sucedió en calidad de emperatriz regente durante casi cincuenta años (1861-1908).

Como revelara en su anterior obra, Anchee Min sigue haciendo alarde en ésta de su condición de narradora eficaz y conocedora de su país en uno de los momentos más apasionantes de su historia, repleto de rebeliones internas, revueltas, corruptelas cortesanas, desastres naturales y la presión creciente de los países occidentales por penetrar en territorio chino.

Además, en su acercamiento a la última emperatriz de la dinastía Quing, cuyas desgracias impregnaron su existencia con tintes de tragedia griega, Anchee Min sigue optando por un relato en primera persona, lo que propicia un mayor acercamiento entre el lector y la mujer que asistió al desmoronamiento de toda una época.

Sin embargo, y si bien esta apuesta por una falsa autobiografía resulta idónea para dar parte de los momentos más dolorosos a los que la emperatriz hubo de hacer frente (muertes, traiciones, exilio, rechazo del amor en aras del deber o las duras críticas provenientes del exterior – que Min sabiamente extrae de los periódicos de la época), este posicionamiento subjetivo bordea peligrosamente la hagiografía, aunque no le resta un ápice de interés a un relato que se lee con fruición y casi sin pausas, aun a pesar de superar las cuatrocientas páginas.

La última emperatriz, en definitiva, es una magnífica oportunidad para bucear por la historia del gran gigante asiático en uno de sus períodos más apasionantes y turbulentos y una muestra del buen hacer de una escritora con una sólida carrera y un más que brillante futuro; una narradora que, testigo presencial de la Revolución Cultural China, está empecinada en revisar la historia de un país como el suyo, tan fascinante y desconocido la mayor parte de las veces.

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