8 de febrero de 2012

Charles Dickens. El agitador de conciencias (2)




Los biógrafos de Charles Dickens coinciden en apuntar que el novelista inglés fue un trabajador incansable al que movía una energía arrolladora, la que le impelió a escribir su prolífica obra literaria –  que comprende no sólo las novelas que inmortalizaron su nombre, sino también piezas teatrales y libros de viajes – y a involucrarse en numerosísimas actividades.

Conviene destacar, entre esas actividades, la organización de producciones teatrales – de hecho, el propio Dickens había acariciado en su día la idea de convertirse en actor; la difusión, a través de diferentes semanarios, de autores no conocidos; su participación en la administración de diversas sociedades caritativas; la creación de un periódico de vida efímera; y, sobre todo, su presencia en numerosos seminarios, en los cuales, con un público totalmente rendido a sus pies, solía escenificar sus propias obras adoptando diferentes voces para recrear a los personajes que poblaban las páginas de sus libros.

Esas ponencias y sus ansias por conocer mundo propiciaron que Dickens se embarcara en varios viajes que lo llevaron al otro lado del Atlántico - a Estados Unidos, país al que acudió no sólo para participar en esos seminarios, sino también para iniciar su personal cruzada en pos de la defensa de los derechos de autor – y por Europa, especialmente Francia, donde pudo conocer a escritores como Alejandro Dumas y Julio Verne.

La obra de Charles Dickens, como la de tantos otros escritores consagrados, no ha estado exenta, ni en el momento en que fue editada ni ahora, de las críticas más diversas. De hecho, sus detractores le han reprochado no pocas veces su tendencia hacia el maniqueísmo, el uso casi constante de la redención ejemplarizante - fruto de una fe religiosa que se mantuvo inquebrantable hasta el fin de sus días –, o la falta de continuidad narrativa de la que adolecen sus primeras obras – consecuencia lógica de la edición por entregas, que, a veces y dependiendo de la reacción de sus lectores, obligaba al autor de David Copperfield a variar el curso de la historia que en ese momento estuviera escribiendo.

Además, su escasa preparación académica, que Dickens suplió a base de grandes dosis de autodidactismo y de voracidad lectora, fue óbice para que otros escritores arremetieran contra su obra. Sin embargo, quizá fueran Henry James – que tachó de grotescos y estereotipados los personajes dickesianos- y Oscar Wilde - a quien el sentimentalismo de la obra de Dickens le resultó siempre excesivo - los autores que han vertido las críticas más afiladas al trabajo del autor de Oliver Twist.

Lo que hoy nadie puede negar, sin embargo, es que Dickens posiblemente sea el mejor cronista de su tiempo. Un escritor virtuoso cuya pluma supo retratar con maestría Londres y sus gentes, especialmente las clases más desfavorecidas de la sociedad.

Para ese retrato de la época que le tocó vivir, Dickens se valió de la ironía y el humor; sin embargo, el dramatismo fue su arma más eficaz para alzar su voz contra las injusticias de su tiempo, convirtiéndose en un crítico feroz y en un auténtico agitador de conciencias, por lo que hoy, quizá más que nunca, sea un buen momento para releer sus libros y participar, de una u otra forma, en los fastos que conmemoran su nacimiento.

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