6 de mayo de 2014

Tren de noche a Lisboa. Un film desangelado



Antaño laureado y aclamado cineasta, el danés Bille August lleva ya algún tiempo sin facturar filmes a la altura de los que, hace más de dos décadas, le hicieran brillar en certámenes de reconocido prestigio y convertirse en uno de los directores europeos más prometedores de su generación.

La tardía llegada a las salas españolas de su último trabajo, Tren de noche a Lisboa –adaptación de la exitosa novela de Pascal Mercier, editada por estos lares con el mucho más afortunado título de Tren nocturno a Lisboa- ha venido precedida por críticas muy poco entusiastas, cuando no negativas, lo que bien puede inducir a pensar a más de un cinéfilo que poco queda ya de la maestría de aquel joven cineasta al que Ingmar Bergman eligiera para llevar a la gran pantalla el guión de Las mejores intenciones, el film que, inspirado en la vida de los progenitores del desaparecido director sueco, acabaría encumbrando a August.

Sería injusto, y ciertamente erróneo, sin embargo, tachar de obra fallida el último trabajo del cineasta danés, pues, si bien esta coproducción entre Portugal, Alemania y Suiza no se halla a la altura de los filmes anteriores de su autor, sí cuenta con algunos y muy acertados ingredientes que, por sí solos, ya justifican su visionado.

Entre esos puntos fuertes destaca, sin duda, un magnífico plantel de actores encabezados por el británico Jeremy Irons, quien, una vez más, regala a sus espectadores una interpretación soberbia, cargada de matices, intensa y sobria, y exenta, por ende, del menor atisbo de exceso.


La excelente factura técnica del film merece mención aparte, pues resulta brillante en casi todos sus planos, especialmente por su sobresaliente fotografía, que hace posible que todo el metraje se halle salpicado con preciosas estampas de las dos ciudades en las que se desarrolla la historia, la bella y fría Berna y la melancólica y no menos bella capital portuguesa. A ello habría que añadir el buen uso y disposición de los numerosos flashbacks que articulan la historia y que, lejos de resultar cargantes y/o accesorios, engarzan brillantemente el pasado y presente de los hechos narrados y secundan muy bien el realismo y el rigor histórico del que hacen gala algunas de las escenas más conseguidas del film.

A pesar de todo lo que antecede, los desaciertos de Tren de noche a Lisboa, si bien contados y no excesivos, merman sobremanera no sólo su desarrollo, sino el propio resultado final de la obra. Entre esos puntos débiles destaca la forma en la que es abordada una historia que se intuye dotada, en su formato literario original, de una mayor enjundia filosófica. De hecho, a quien no haya leído el original de Mercier, muy probablemente, le aguijoneará el deseo, a medida que avance el metraje, de sumergirse en la obra del autor suizo y conocer a esos personajes que August sólo esboza, sin llegar a dotarlos de peso suficiente como para enamorar al espectador y, por tanto, transmitirle la fascinación que mueve al protagonista principal a dejarlo todo y embarcase en una travesía de incierto final.

Tren de noche a Lisboa cuenta, por otra parte, con una combinación de géneros –político, thriller, romántico y un cierto toque de comedia- que no acaba de funcionar, lo que, sumado al excesivo peso de su herencia literaria –largos diálogos y gran presencia de la voz en off- lo convierten en un film desangelado y, en algunos de sus pasajes, inverosímil y hasta risible por el empeño de August de rodar en íntegramente en inglés, restando así credibilidad y, además, naturalidad, pues gran parte del reparto no es ni siquiera de origen anglosajón.

En cualquier caso, y a pesar de sus contados defectos, Tren de noche a Lisboa no deja de ser un film más que correcto, amén de una rara avis en una cartelera inundada por productos sin más afán que el netamente comercial.


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