22 de octubre de 2013

Paul en Quebec. Una emotiva novela gráfica



A finales de los no tan lejanos años noventa del pasado siglo, el historietista Michel Mabagliati dio inicio a la saga que le ha catapultado a la fama y le ha hecho merecedor de numerosos reconocimientos y premios varios.

Con un título que siempre se inicia con el nombre de su protagonista y alter ego, Paul, la obra de Mabagliati se nutre, exclusivamente, de sus propias experiencias personales. De hecho, el historietista canadiense ha afirmado en más de una ocasión que, para componer sus tiras cómicas, no se vale nunca de la ficción, lo que entronca su obra con toda una corriente seguida por numerosos artistas del Noveno Arte –baste citar, por ejemplo, a Guy Delisle, Sarah Glidden, Florent Chavouet o, incluso, Alfonso Zapico.

La exitosa saga de Paul cuenta ya con siete títulos editados, aunque en España sólo se han publicado cinco. Paul en Quebec es la última entrega de la serie y ha llegado a estos lares precedida por el gran éxito cosechado en Francia y por el anuncio de su próxima traslación a la gran pantalla.

De corte intimista, como el resto de las obras que la preceden, Paul en Quebec plantea un tema delicado, doloroso y, ciertamente, casi tabú, pero al que, tarde o temprano, todo ser humano debe hacer frente, la muerte de un ser querido.

No obstante, lejos de verse impregnada de ese tono de desaforado dramatismo que siempre apela a la lágrima fácil, Paul en Quebec se ha revelado como una sobria y emotiva novela gráfica en la que se combinan con naturalidad los momentos de más intenso y contenido dolor con escenas cotidianas que provocan más de una sonrisa, cuando no sonoras carcajadas –baste citar, por ejemplo, las desternillantes viñetas en las que Paul, aún no muy ducho en el uso de internet, debe hacerse con varios programas y un nuevo y potente ordenador para poder enviar su primer e-mail.

Inevitablemente, y debido al tema tratado, Paul en Quebec incita, además, a una reflexión sobre la importancia de los lazos familiares –sumamente interesante resulta el retrato de gran familia unida que el peso del estereotipo siempre asocia a latitudes más próximas- y el valor profundo de la amistad –bellas, muy bellas, son las escenas en las que el padre de Paul emplea gran parte de su tiempo en visitar cada día, y hasta el final, a su consuegro.

Paul en Quebec resulta también interesante por su alusión al sentimiento independentista de la población francófona de Canadá, lo que podría tener, para más de un lector, ciertos paralelismos con nuestra más inmediata realidad.

Cabría destacar, finalmente, la acertada estructuración de la obra, su cuidada composición de viñetas y, sobre todo, esos personajes que, caricaturescos y de trazo simple, tanto beben de la gran tradición de los historietistas franco belgas que, por razones obvias, tuvieron, y tienen, un gran peso en las regiones francófonas de Canadá. De hecho, no es casualidad que el propio Paul recuerde poderosamente, con su aire netamente tintinesco, al personaje creado por Hergé, todo un homenaje que se acentúa con la inclusión, en una de las viñetas, de un cuadro de Tintín firmado por Luc Girard, dibujante canadiense especializado, precisamente, en reproducciones del más famoso e intrépido reportero del Noveno Arte.

En definitiva, Paul en Quebec puede resultar una muy grata sorpresa para los lectores no versados en la saga del historietista canadiense, toda vez que para aquéllos que sí la conocen y siguen se constituirá, sin duda, como otro ejemplo más del gran talento de su autor.


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