7 de junio de 2012

Nunca me abandones. Una adaptación precisa




Desde que el Séptimo Arte fuera creado, la literatura ha sido siempre una fuente inagotable de inspiración para numerosos cineastas. De hecho, no hay año que no se salde con un buen número de adaptaciones literarias.

Sin embargo, partir del trabajo de un escritor siempre, o casi siempre, supone un duro brete para el cineasta y/o guionista que se atreve/n a poner su talento al servicio de un material ajeno, máxime cuando este material ha sido firmado por un escritor de renombre internacional.

La incursión del director Mark Romanek y del guionista Alex Garland en el universo creado por el escritor japonés Kazuo Ishiguro en su obra Nunca me abandones (una lectura de la que dimos parte hace unas semanas) no sólo ha merecido la desaprobación de buena parte de la crítica que se ha dignado a ver el film, sino que el paso de éste por las carteleras españolas no podría haber sido más efímero; tan breve, que a quien suscribe estas líneas no le alcanzó el tiempo para visionar una película que, muy injustamente y como consecuencia de una pésima distribución, ha acabado pasando casi totalmente desapercibida para gran parte del público e, incluso, de la crítica.

Sin embargo, y empezando por su sólido reparto, Nunca me abandones presenta no pocos atractivos. De hecho, la interpretación que el tándem Romanek-Garland hace de la magnífica obra de Ishiguro no podría haber sido más precisa, aún a pesar de que, como toda adaptación de un texto literario, su narración visual ha debido suprimir algunas escenas del original y añadir forzosamente otras para, en definitiva, mantenerse fiel a un relato que, narrado en primera persona, resulta ciertamente difícil de trasladar al cine, aun a pesar de valerse de un recurso como el de la voz en off, del que, afortunadamente, no se abusa.


Esos pequeños cambios y omisiones, si bien no restan ni un ápice de fidelidad a una de las historias más conmovedoras e inquietantes de los últimos tiempos, sí desvelan desde el mismo inicio del film - cuando en sus primeros fotogramas se muestra la palabra DNA (ADN en inglés) - una trama que estará envuelta de misterio hasta bien mediada la obra de Ishiguro.

Romanek, además y muy sabiamente, ha sabido conservar la factura elegante y sosegada de la que siempre hace gala Ishiguro y, aunque algún crítico haya tachado de fría la dirección de su film, lo cierto es que éste es uno de los mayores aciertos del director norteamericano, quien huye por completo de las estridencias melodramáticas a las que bien pudiera haberse rendido dado su pasado como director de videoclips y el triángulo amoroso que articula esta historia.

La mayor flaqueza de la obra de Romanek, sin embargo y a pesar de su fidelidad a la obra original, radica en su incapacidad para captar en su totalidad – que no en su mayor parte - el amplísimo repertorio de sentimientos y matices de los que hacen gala los protagonistas surgidos de la pluma Ishiguro. A pesar de ello, la versión cinematográfica del libro del escritor japonés afincado en el Reino Unido se constituye como un film de bellísima e impecable factura que tiene la suerte de contar con un magnífico trío de actores protagonistas –encabezados por una fantástica y contenida Carey Mulligan (Shame)- al que acompaña, en breve aparición, la siempre imponente Charlotte Rampling.


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