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19 de enero de 2016

Macbeth


Cártel
Fuente de inspiración inagotable para muchos artistas, la atemporal obra del dramaturgo británico William Shakespeare ha sido llevada a la gran pantalla en innumerables ocasiones. Por sus innegables aciertos cinematográficos, algunas de esas traslaciones fílmicas pueden ya considerarse clásicos del Séptimo Arte.

Muy posiblemente, Hamlet y Macbeth sean los trabajos más afamados del dramaturgo británico. Macbeth, de hecho, ha inspirado a cineastas tan ilustres como Orson Welles, Akira Kurosawa y Roman Polanski y sus primeras adaptaciones a la gran pantalla datan de la era del cine silente –la primera versión reconocida de la pieza teatral firmada por Shakespeare fue rodada en 1908.

El rodaje de una nueva versión por parte de Justin Kurzel, un director australiano con una, hasta ahora, corta trayectoria profesional, no parecía anticipar una obra tan excelsa como la presente, capaz de conseguir algo, a priori, casi imposible, trasladar el clásico shakesperiano a la gran pantalla despojándolo del estatismo teatral del que pecan muchas de las anteriores adaptaciones y ofrecer además un espectáculo visual sorprendente e innovador, capaz de atrapar al espectador desde los primeros minutos del metraje, con escenas tan inolvidables como la que da inicio al film, en la que se muestra, en un primer plano enmarcado en una paleta cromática de apagados colores, el cadáver de un bebé momentos antes de ser incinerado.

Las expectativas creadas ante tan logrado momento fílmico no merman ni un ápice a lo largo de todo el largometraje, pues Kurzel consigue sumir al espectador en un mundo casi onírico y, a la vez, inquietantemente real. Para ello se vale de una narración cinematográfica absolutamente envolvente, articulada en torno a un ritmo sostenido, apoyada en una excelente fotografía y en un no menor excelente uso del color y de los paisajes escoceses –tan importantes en la obra shakesperiana e, inevitablemente, tan ausentes en su puesta en escena, tanto teatral como, en la mayor parte de las veces, cinematográfica-, y una cuidadísima coreografía de las batallas en espacios abiertos –que, con un acertado uso de la cámara lenta, regala escenas que podrían calificarse de puros lienzos vivos, dignos de figurar en un espacio museístico.


Sin embargo, a pesar de ser una obra tan netamente visual, Macbeth consigue, gracias a una fiel, que no plúmbea, adaptación del texto literario, plasmar y desarrollar con rigor la compleja trama urdida por el dramaturgo británico, una historia atemporal en la que sus principales protagonistas, aun sedientos de poder, esclavos de su codicia y capaces de los más viles actos, todavía, en contados momentos, pueden mostrarse clementes e, incluso, resignados ante un sino funesto, cuando no sucumbir, ahogados por la culpa de los crímenes cometidos, a la más insidiosa locura.

Protagonizada por un sólido reparto, Macbeth brinda la oportunidad a Marion Cotillard y Michael Fassbender de lucirse en sus respectivos papeles, la primera haciendo gala de una gran corrección interpretativa –sustentada en una perfecta declamación con un acento netamente británico- y el primero mostrando, una vez más, ese poderío interpretativo que lo confirma como el mejor actor de su generación.

Auténtica joya cinematográfica, Macbeth difícilmente decepcionará al más militante de los cinéfilos ni tampoco al más entregado amante de la obra shakesperiana; por ello, no podemos menos que recomendar su visionado. 



7 de enero de 2014

12 años de esclavitud. Un film monumental



Si bien estrenado en 2013, 12 años de esclavitud será muy posiblemente uno de los films más comentados y visionados de este nuevo año que acabamos de comenzar.

Basado en las memorias que Solomon Northup publicara en 1853 –y que, por cierto, son de dominio público-, el tercer largometraje del cineasta británico Steve McQueen (Shame) narra la historia de un ciudadano negro residente en Nueva York, que, en los años previos a la Guerra Civil estadounidense, fue raptado y vendido como esclavo en una localidad del estado sureño de Luisiana.

No es la primera vez, ni ciertamente será la última, que el Séptimo Arte aborda uno de los episodios más vergonzosos de la humanidad. No obstante, lejos de adscribirse a la tendencia absolutamente démodée del paternalismo más bochornoso –Lo que el viento se llevó- o ceder a la fácil tentación de sucumbir al más desaforado melodrama –El color púrpura-, McQueen ha conseguido facturar un film que, con muchas luces y nulas sombras, bien pudiera convertirse en todo un referente cinematográfico sobre el sistema esclavista.

Entre los muchos aciertos de 12 años de esclavitud destaca, sin duda, la elección de un reparto estelar en el que brillan un absolutamente impresionante Chiwetel Ejiofor y un de nuevo magnificente Michael Fassbender, secundados por actores de la talla de Benedict Cumberbatch –de nuevo fantástico, a pesar de su corto papel-, Paul Dano –con una actuación escalofriante-, el siempre genial Paul Giamatti, Brat Pitt –también productor del film-, Sarah Paulson, Alfre Woodard y, especialmente, la asombrosa y prometedora Lupita Nyong'o.


Otro de los puntos fuertes del film de McQueen radica en su apuesta por mostrar, sin que tópicos y clichés hagan acto de presencia, los principales ingredientes y piezas del sistema esclavista –desde la actitud sádica de algunos amos hasta la vergonzantemente paternalista de otros tantos, pasando por el papel desempeñado por capataces y, por supuesto, las durísimas condiciones a las que hubieron de hacer frente los esclavos, algunos prácticamente desde la cuna, otros, como el protagonista, por pura mala fortuna. Este enfoque no ahorra al espectador escenas de extrema violencia –no sólo física, sino psíquica- que, si bien incómodas, no resultan gratuitas, especialmente porque son esenciales para presentar aquel período histórico y, sobre todo, retratar a Epps, un personaje que aún se recuerda en Luisiana por su extrema brutalidad.

Por otra parte, una magnífica fotografía y ambientación, una acertadísima banda sonora y, sobre todo, esos largos planos secuencia acompañados de silencio, que tanto gustan al director británico, convierten 12 años de esclavitud en un film casi poético, impregnado de lirismo, con escenas bellísimas, como el largo primer plano de Solomon poco antes de obtener la libertad.

12 años de esclavitud es, en definitiva, una muestra más del enorme talento de Steve McQueen y un film de obligado visionado para historiadores y cinéfilos exigentes. Los únicos y más que cuestionables puntos negativos radicarían en el inconfundible aroma a Oscar que exhala el film –y que podría hacer recelar a más de un espectador- y su metraje que, aunque largo, acaba resultando corto por su sostenido pulso narrativo y por cuanto no aborda –más allá de los créditos finales- qué fue de Solomon Northup, algo, por otra parte, comprensible si nos atenemos al hecho de que el ex esclavo fue engullido por la marea del tiempo y poco se sabe de las circunstancias que rodearon su fallecimiento y del destino de sus descendientes.


22 de agosto de 2012

Prometheus. Un film decepcionante




Hace ahora 33 años, Ridley Scott facturó uno de los films de ciencia ficción más valorados de la historia del cine. No es por ello extraño que el rodaje y postproducción de la nueva obra del director británico, una película que, a todas luces, parecía ser una precuela de Alien, haya creado tantísima expectación, máxime cuando los vídeos promocionales de Prometheus, a cual más impactante, prometían al espectador toda una experiencia visual a la altura del terrorífico y mítico film estrenado en 1979.

Lamentablemente, la decepción más absoluta hace mella en el espectador poco después de iniciado el metraje, ya que Prometheus – un título que pretende enlazar con la mitología griega – cuenta con un guión que hace aguas por todas partes y que presenta más agujeros que un queso de gruyere, abriendo diferentes hilos argumentales que dejan cabos sueltos por doquier, tratando de engañar al espectador con escenas más que manidas – las primeras bajas en la tripulación son prácticamente de chiste -, presentando personajes prácticamente planos que actúan de forma muy diferente a lo que apuntan sus palabras… En fin, un despropósito tras otro al que habría que añadir que se parte de una aproximación histórica demencial, que mezcla, alegremente y sin pudor alguno, diferentes períodos históricos y culturas lejanas entre sí, intentando con ello dar a entender que nuestros más remotos antepasados tenían más claves que los hombres del siglo XXI para responder a las preguntas más antiguas y enigmáticas de la humanidad.

Además, y por si las insuficiencias del guión no fueran pocas, Prometheus se ha valido de una banda sonora con claras reminiscencias a película de aventuras de Spielberg - ¡¿qué ha sido de la impresionante música que acompaña el corte promocional más impactante del film?! –, lo que lastra, más si cabe, el desarrollo de una historia que se pretende grandiosa.



Sería injusto, eso sí, obviar los puntos positivos del último trabajo de Ridley Scott, pues Prometheus ha contado con una acertada elección en un casting donde brilla, como ya nos tiene acostumbrados, el sin par Michael Fassbender, quien, con su estudiado lenguaje corporal y la amplia gama de sutiles expresiones que su rostro tan bien sabe reflejar, muestra, una vez más, que el suyo es un talento portentoso.

Interesante también resulta el planteamiento de la obsesión del magnate Weyland – el personaje que corre con todos los gastos de la expedición – por huir de la muerte a cualquier precio. No obstante, tan sugerente tema - ¿no son, en general, las obras de ciencia ficción un intento de dar respuesta a los grandes enigmas de la humanidad? – queda reducido a un mero esbozo que no halla en el guión que lo sustenta una congruencia mínima, aunque esté claramente concebido con afán de continuidad, lo cual dependerá, por supuesto, del éxito de Prometheus en taquilla.

Es evidente que un director de cine no tiene porqué ser un historiador o un científico, pero sí debe ser o, al menos, contar con un guionista eficiente. Los errores históricos o científicos se hubieran podido perdonar de haber contado Prometheus con un guión inteligente en cuanto a coherencia y pulso narrativo y, sobre todo, si se hubiera prescindido de esa insana grandilocuencia, supuestamente mística, de la que hace gala el film.

En fin, quien espere hallar en Prometheus al autor de Alien o Gladiator – que, por cierto, estaba repleta de inexactitudes y errores históricos pero contaba con un excelente pulso narrativo – va a abandonar la sala tremendamente decepcionado.


12 de marzo de 2012

Shame. Dura crónica de una adicción




Aunque son muchos los directores que se han curtido en el campo del videoclip antes de encararse con el rodaje de su primer largometraje, pocos son los que consiguen granjearse los parabienes de crítica y público con su ópera prima. El británico Steve McQueen – sin parentesco alguno con el malogrado actor norteamericano – pertenece a ese reducido y selecto grupo desde que debutara con Hunger, un film que dejó un más que grato recuerdo entre los espectadores que lo visionaron y que fue protagonizado por Michael Fassbender, quien parece haberse convertido en su actor fetiche.

Dada la expectación creada por su primera obra y el tema escogido para la segunda – la adicción sexual -, McQueen bien pudiera haber cedido al siempre fácil recurso de la provocación desprovista de contenido; sin embargo, el director y guionista británico ha huido por completo de efectismos y Shame ha resultado ser un film elegante, lento – sin que el aburrimiento haga amago de presencia – y sobrio, aun a pesar de lo cruento y sórdido que resulta gran parte de su metraje.

En este brillante resultado pesa sobremanera la doble faceta de McQueen como guionista y director, ya que no sólo ha escrito una de las historias más envolventes de los últimos tiempos, sino que, apoyado por una banda sonora acorde con el tono del guión y por una excelente fotografía, logra mantener un ritmo narrativo que no flaquea en ningún momento y que  incluye pocos movimientos de cámara y sí muchos largos planos secuencia.


Con Shame, además, McQueen deviene un auténtico entomólogo presto a diseccionar a su presa, un exitoso ejecutivo en pleno descenso a los infiernos, a quien no juzga, aunque sí desnuda por completo –  tanto físicamente como en sentido figurado – para mostrar al espectador ese tortuoso viaje, sin aparente retorno, al averno.

Muy posiblemente, Shame habría sido una película bien distinta de no haber contando con la enorme valía interpretativa de un actor como Michael Fassbender, quien ha encadenado en muy poco tiempo interpretaciones más que notables (Un método peligroso, Jane Eyre) y que en el presente film logra encarnar con pavoroso realismo el carácter autodestructivo de su personaje, sin hacer ninguna concesión al histrionismo y partiendo siempre de la fuerza de su mirada – capaz de mostrar los más variados estados de ánimo -, lo que le ha reportado ser premiado por el Festival de Venecia en su pasada edición.

Mención aparte merece Carey Mulligan, quien se enfrenta a un complicado papel y, a la vez, dar réplica al actor alemán, empresas de las que sale airosa. Además, y sin llegar a calificarlo como química, existe entre Fassbender y Mulligan una cierta complicidad que hace creíble su complicada relación fraterna, tras la que se amaga el fantasma del incesto.

Shame es, en definitiva, una de las crónicas más duras que se han filmado jamás sobre el carácter intrínsecamente autodestructivo de toda adicción llevada a su límite. Sin embargo, y a pesar de lo turbador de sus imágenes y el desasosiego y/o desazón que éstas puedan crear en el espectador, Shame es ante todo un filme que invita a la reflexión y al que no le sobra ni le falta ni un fotograma. Ahora tan sólo queda esperar que la tercera colaboración de McQueen con Fassbender – cuyo estreno se prevé para el año que viene- esté a la altura de lo presente.


23 de diciembre de 2011

Jane Eyre. Adaptación impecable de un clásico literario



Ni Emily ni Charlotte Brontë tuvieron carreras literarias tan prolíficas como su compatriota Jane Austen pero con ella comparten el hecho de haber sido objeto de devoción por parte de guionistas y directores de cine, quienes, enamorados de sus obras, las han trasladado en más de una ocasión a la gran pantalla.

Jane Eyre de Charlotte Brontë ha conocido muchas versiones, cinematográficas y televisivas, pero es, sin ningún género de duda, la adaptación del año 1943, titulada Alma rebelde y protagonizada por un inconmensurable Orson Welles y una exquisita Joan Fontaine, la más recordada y apreciada por la crítica.

Habiendo leído el libro de Brontë muchos años atrás y teniendo aún fresca en la memoria los personajes de Rochester y Jane Eyre interpretados por aquellos afamados actores de la época dorada del cine, enorme era la reticencia de quien suscribe estas líneas a visionar una nueva versión de un clásico de la literatura victoriana. Sin embargo, poco metraje bastó para que la reticencia se diluyese con pasmosa rapidez para dar paso a una grata, gratísima, sorpresa.

El director de la presente cinta, el norteamericano Cary Fukunaga, no sólo ha sabido mantenerse fiel al original literario sino que, sabiamente, ha optado por distanciarse de la ya clásica versión de 1943. Para ello ha evitado de manera consciente el tono predominantemente melodramático de Alma rebelde y ha apostado por un ritmo narrativo sosegado y una ambientación y una fotografía exquisitas y realistas, que muestran con fidelidad los paisajes descritos por Brontë en su obra, tan desolados como el alma de sus propios protagonistas. Y todo ello lo ha salpicado Fukunaga con alguna que otra elipsis narrativa con la doble finalidad de no censurar nada del original literario y, a la vez, no cansar al espectador con una historia que podría resultarle demasiado larga.


Parece evidente, no obstante, que el buen hacer de Fukunaga habría tenido unos resultados muy distintos de no haber contado con la magistral interpretación del trío protagonista, Michael Fassbender, Mia Wasikowska y Judi Dench

Fassbender borda su papel de Rochester y demuestra, una vez más, una enorme versatilidad para interpretar personajes muy diferentes (su interpretación del Jung de Un Método Peligroso – presente en nuestras carteleras- es de las que se quedan impresas durante mucho tiempo en la memoria), mientras que Wasikowska, actriz en alza desde que interpretara la Alicia de Tim Burton, no sólo le da una perfecta réplica sino que dota de matices a un personaje ciertamente complicado de interpretar, el de una mujer apasionada e inteligente moldeada por la frialdad de una educación sumamente rígida y clasista. Mención aparte merece Judi Dench, siempre perfecta en cualquier personaje que aborde.

A Fukunaga sólo se le puede reprochar su decisión de huir de la crítica social, muy presente en el libro de Brontë y en la adaptación de 1943, y el uso de un flashback no demasiado afortunado que puede llegar a confundir al espectador.

Suele ser casi un hecho constatado que la mayor parte de los remakes carecen por completo de interés. Afortunadamente no es éste el caso, por lo que seguiremos con interés la carrera del exquisito Fukunaga.

7 de diciembre de 2011

Un método peligroso. Freud y Jung bajo la fría mirada de Cronenberg



A David Cronenmberg muchos de sus seguidores le reprochan que haya emprendido un camino que lo aleja de sus primeras obras. Sin embargo, el director canadiense nunca se ha apartado de sus grandes temas, la violencia y el sexo, ni ha abandonado su incisiva mirada de entomólogo para acercarse a personajes muy complejos. Lo que sí ha hecho – y sus últimas películas son una muestra de ello – es alejarse de esa primera etapa en la cual su cine bordeaba y, a veces, se adentraba en el género fantástico.

En Una Historia de Violencia y Promesas del Este, Cronenberg se volcó por completo en el tema de la violencia, dejando de lado la temática sexual. Con Un Método Peligroso, el cineasta canadiense retoma el tema del sexo sumergiéndose en las profundidades del psicoanálisis de la mano de tres personajes históricos, aunque la violencia no desaparezca por completo, al estar latente casi todo el tiempo en las relaciones que se establecen entre el trío protagonista.

Un Método Peligroso supone la traslación a la gran pantalla de la novela A Most Dangerous Method de John Kerr y su adaptación ha corrido a cargo de Christopher Hampton (Las amistades peligrosas), quien ya había adaptado la novela para el teatro en The Talking Cure.


Partiendo del guión de Hampton, con una filmación absolutamente academicista y con la frialdad de un cirujano, Cronenberg disecciona al complejo trío protagonista, los psicoanalistas Sigmund Freud, Carl Jung y Sabina Spielrein, sin tomar jamás partido por ninguno de ellos. No obstante, esta distancia para con sus personajes no implica una ausencia de análisis de las debilidades y obsesiones de aquéllos. Así, Jung es retratado como un hombre voraz en su adquisición de conocimientos, místico y conservador, mientras que Freud no sólo padece la punzada de los celos ante el alumno aventajado, sino que no puede disimular su conciencia de clase ante la prosperidad de aquél ni ocultar una profunda soberbia. Spielrein, en cambio, será el personaje que más evolucione a lo largo del fin, aunque se eche de menos una mayor profundización sobre su pasado.

Obviamente, el retrato de personajes tan complejos no hubiera sido posible sin un magnífico plantel de actores. Keira Knightley, Viggo Mortensen – en una fantástica recreación del padre del psicoanálisis que incluye el uso de lentes de contacto marrones -, Michael Fassbender y Vincent Cassel están fantásticos en sus papeles. La interpretación más anodina corre a cargo de la actriz canadiense que da vida a la esposa de Jung, aunque la escena en la que ésta, embarazada del primer hijo del matrimonio, se somete al método del psicoanálisis de la mano de su esposo y ante una recuperada Spielrien es de las mejores del film.

Es evidente que el incesante y estimulante intercambio de conocimientos de los protagonistas hacen que la historia de Kerr sea más apta para el teatro que para el cine, pero Cronenberg ha conseguido un film correcto con el material original, de factura impecable, muy interesante desde un punto de vista intelectual y no reducido por completo al campo del psicoanálisis, al incluir otros temas como el social y la ética profesional, concisamente reflejados ambos en la escena donde Freud advierte a Spielrein sobre la necesidad de estar unidos por su condición de judíos; una advertencia premonitoria, en la línea más mesiánica de un Jung irreconciliable con el racionalismo de Freud, que resulta ciertamente impactante por el futuro que les deparó a Freud y Spielrein la barbarie del nazismo.
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