9 de junio de 2015

Castilla Drive. Una novela negra en clave de cómic



Irreductible al paso de tiempo, la novela negra es, muy posiblemente, uno de los géneros literarios más proclives a ser adaptado a otros medios, especialmente el cinematográfico. De hecho, durante la primera mitad de la pasada centuria se trasladaron a la gran pantalla un buen número de historias escritas por reconocidos autores del género policíaco y detectivesco. Muchas de aquellas adaptaciones no sólo dieron entidad a un género cinematográfico propio, el cine negro, sino que, dada su excelsa factura, acabaron engrandeciendo la historia del llamado Séptimo Arte.

Con un número creciente de seguidores, gracias, en parte, a la importante aportación de numerosos escritores nórdicos contemporáneos, el género negro ha alcanzado otras formas de expresión artística, como el cómic o, incluso, los videojuegos, aunque, en muchos casos, no se parte de ya de un original literario, sino que, por el contrario, esas nuevas creaciones son obras netamente originales. Un ejemplo de ello lo constituiría Castilla Drive, el único trabajo editado en castellano del historietista galo de origen español Anthony Pastor.

Editada hace dos años, Castilla Drive suscitó numerosos aplausos por parte de público y crítica, haciéndose, incluso, con uno de los galardones más preciados del Noveno Arte en Europa, el concedido por el emblemático y ya veterano Festival de Cómic de Angoulême, un certamen que cuenta, cómo no, con un premio dedicado al polar, término con el que los franceses denominan al género negro.

Ambientada en un tiempo indeterminado pero reciente y en una localidad llamada Trituro, situada entre la frontera de Estados Unidos y México, Castilla Drive narra la historia de Sally, una mujer que, abandonada por su esposo, deberá hacerse cargo del negocio de aquél, una agencia de detectives, para poder sacar adelante a su familia. Esa vida, marcada por las penurias económicas, la soledad y la incertidumbre, no tardará en tomar un rumbo inusitado cuando acuda a su despacho un vecino del pueblo que, apodado el superviviente, le solicitará ayuda para localizar a la persona o personas que a punto estuvieron de matarlo.

A pesar de su buen arranque argumental, Castilla Drive, con su trama totalmente previsible -y hasta decepcionante en su desenlace- y su escaso uso de los ingredientes comunes del género negro, difícilmente contentará a los amantes de las historias de misterio y crímenes. Sería, no obstante, injusto tacharla de prescindible, especialmente porque si en el plano argumental naufraga, en el estético –aspecto, por otra parte, importantísimo en cualquier novela gráfica- resulta sobresaliente. En ello incide, de manera más que notable, una logradísima ambientación, que no sólo capta a la perfección esa suerte de fusión entre lo anglosajón y lo hispano –cada vez más propia de Estados Unidos y que parece estar mucho más allá del uso de lo que algunos ya consideran un idioma, el spanglish-, sino que logra recrear un ambiente misterioso, cargado de una inquietud latente en todas sus páginas y que, en más de un pasaje, recuerda poderosamente a la obra de David Lynch.

Mención aparte merece, por su supuesto, el notable empleo que Pastor hace de una amplia paleta de colores, lo que, unido a su espléndido dibujo, cuidado y de corte realista, confiere a la obra una sorprendente fuerza visual, propiciando que algunas de sus viñetas resulten obras de arte en sí mismas. No por casualidad, más de un crítico ha señalado las similitudes entre la obra de Pastor y la del pintor norteamericano Edward Hopper. A ello habría que añadir, por otra parte, que la estética del trabajo de Pastor, tan decididamente americana, cuenta con un toque cinéfilo que va más allá de las comparaciones con la obra lynchiana, pues, por su caracterización, algunos personajes parecen sacados de un film facturado en la década de los 70 u 80 del siglo pasado, si bien la principal protagonista recuerda poderosamente a una actriz de arrolladora personalidad, célebre en la era del Hollywood dorado, Lauren Bacall, quien, por cierto, formó parte del reparto de un clásico del cine negro basado, a su vez, en una obra literaria, El sueño eterno.



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