21 de abril de 2015

El último lobo. Un film absolutamente espectacular



Basada en Wolf Totem, la novela de tintes autobiográficos que el escritor chino Lü Jiamin escribiera en 2004 bajo el pseudónimo de Jiang Rong –y que, desde su publicación, se ha convertido en uno de los libros más leídos, vendidos e, inevitablemente, más pirateados en China-, El último lobo narra las peripecias de un joven estudiante que, a finales de la década de los sesenta de la pasada centuria, en plena Revolución Cultural, marchará a un remoto poblado en el interior de Mongolia con el objetivo de conocer de cerca la vida rural y, a su vez, contribuir a la alfabetización de un poblado de pastores.

Aquella experiencia acabaría derivando, no obstante, en un auténtico desastre ecológico cuando, a instancias de las directrices del gobierno chino, los funcionarios de la región ordenaron la aniquilación total de la manada de lobos que, durante siglos, había habitado aquella región de pastores. El resultado de política tan errónea como salvajemente aplicada por funcionarios ávidos de riqueza, nula moralidad e insondable ignorancia tuvo como consecuencia la ruptura de la cadena alimentaria y, por ende, la gestación de la hambruna a la que hubo de hacer frente no sólo la población nómada, sino los nuevos asentamientos de campesinos incentivados por el gobierno, amén de diezmar casi en su totalidad –a excepción del lobo al que hace alusión el título- la subespecie del lobo mongol, que fue y es una suerte de entidad totémica para los pastores mongoles, amén de todo un símbolo nacional en el país de Gengis Kan, artífice de uno de los imperios, el mongol, más extenso de la historia.


Si bien una historia como ésta, con un final sumamente previsible desde los primeros minutos de metraje y con un fuerte componente ejemplarizante en su planteamiento, podría hacer recelar a más de un espectador, sus sobresalientes aciertos justifican el precio cada vez más prohibitivo, por estos lares, de una entrada de cine.

En esos logros ha incidido no poco el largo proceso de preproducción que ha dado pie a la inclusión en el film de fantásticas localizaciones, captadas con primor y verismo por una excelente fotografía -que en muchos momentos del metraje remite al cine documental-, y a las logradísimas escenas protagonizadas por animales. A ello habría que añadir aciertos indiscutibles como la composición de una fantástica banda sonora y un montaje no menos sobresaliente, capaz de aunar a la perfección las más trepidantes y duras escenas con aquéllas otras en las que la belleza arrolladora de las estepas de Mongolia sobrecoge al espectador, toda vez que remite a la propia esencia del cine, el valor indiscutible, fascinante y, en muchos momentos, casi hipnótico de la imagen en movimiento, capaz de hacer reír, llorar y, en definitiva, emocionar al espectador sin necesidad de que medie palabra alguna.

Entre esos aciertos destaca, además, la presencia de un plantel de actores capaces de regalar algunas interpretaciones para el recuerdo, a pesar de la linealidad de los personajes a los que deben dar vida, protagonistas secundarios en un film en el que las auténticas estrellas son los lobos de Mongolia, por los que Jean-Jacques Annaud siente una admiración tan profunda como los propios habitantes de aquel remoto país asiático.



Desde el punto de vista argumental, cabría señalar, por otra parte, el sombrío retrato que se ofrece del ser humano –el más dañino, sin duda, de los seres que habitan el planeta- y la denuncia, si bien tibia, de los excesos cometidos por el régimen comunista, algo que no deja de sorprender tratándose de una producción netamente financianda en China.

Film, en definitiva, espectacular visualmente, trufado de numerosas escenas memorables que, por sí solas, justifican su visionado en la pantalla grande, El último lobo resulta una experiencia cinéfila fascinante que ningún amante del Séptimo Arte debería perderse.



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