9 de septiembre de 2014

El secreto de Gaudlin Hall. Una muy previsible historia de terror



El hoy aclamado novelista John Boyne empezó a paladear las mieles del éxito hace tan sólo un lustro, cuando su cuarta novela, El niño con el pijama a rayas, fuera merecedora del aplauso del público –convirtiéndose en uno de los libros más vendidos y traducidos de 2006- y se hiciera, además, con los parabienes de gran parte  de la crítica literaria, lo que habría de incidir no poco en su traslación a la gran pantalla en un film que, sin embargo, tuvo una más que tibia acogida.

Autor prolífico, el escritor irlandés no ha dejado de trabajar ni de experimentar desde entonces con diversos géneros y temáticas, haciendo de la suya una de las carreras literarias más interesantes de la última década.

Con tales precedentes, muchos lectores esperaban con ansia la publicación por estos lares de una sus últimas novelas, This house is haunted –aquí traducida con un título igualmente manido pero, sin duda, muchísimo menos contundente, El secreto de Gaudlin Hall-, una obra que se anuncia, desde sus primeras páginas, como todo un tributo a la novela gótica facturada hace dos centurias.

No obstante, y a pesar de su muy logrado punto de partida argumental –tras el fallecimiento de su padre, una joven maestra decide abandonarlo todo en pos de un destino incierto, que la llevará a emplearse como institutriz en una mansión cuyo solo nombre causa pavor entre los habitantes de la localidad en la que se ubica-, El secreto de Gaudlin Hall no acaba de funcionar como novela de terror. Ello se debe, en gran medida, a su propio argumento, demasiado predecible como para lograr su objetivo –el de sumir al lector en esa atmósfera inquietante, envolvente y misteriosa propia de las historias de terror firmadas por algunos de los escritores más afamados del siglo XIX- y a la presencia excesiva de incongruencias que, a medida que progresa la historia, se revelan como meros fuegos de artificio para despistar al lector y/o incidir en el carácter efectista de algunas de sus escenas.

La trama de El secreto de Gaudlin Hall, por otra parte, se ve también lastrada por sus propios protagonistas, unos personajes pobremente construidos, incongruentes en muchos casos, meros bocetos en otros tantos. De hecho, tan sólo Eliza Caine, la principal protagonista y narradora de la historia, cuenta con un retrato realmente elaborado y con un mayor calado psicológico, si bien su personaje tenga más puntos en común con una heroína del siglo XXI que con el de una recatada joven de la época victoriana.

Sería, no obstante, injusto tachar de prescindible la lectura de El secreto de Gaudlin Hall, pues en ella están presentes dos de los ingredientes que han hecho de Boyne unos de los autores más seguidos de los últimos años -su excelente y sostenido pulso narrativo y su prosa rica y depurada-, a lo que habría que añadir una maravillosa ambientación que remite, inevitablemente, a la conseguida por grandes maestros del género de misterio y/o el terror, como, por poner sólo un ejemplo, los consagrados Wilkie Collins o Edgar Allan Poe.

El secreto de Gaudlin Hall es, en definitiva y por tanto, una obra en la que el envoltorio acaba teniendo más entidad más que el contenido, pero que, a pesar de no estar a la altura del trabajo anterior de su autor, no cuenta con el peso suficiente como para opacarlo.


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