7 de mayo de 2013

La caza. Un film incómodo




En 1998, en plena efervescencia del otrora polémico cine Dogma, Thomas Vinterberg alcanzó la fama y el reconocimiento internacional gracias a la dura Festen, en cuyo rodaje le fue presentada la idea, basada en hechos reales, que ha acabado germinando, muchos años después, en La Caza.

Ambientada en un idílico pueblo habitado por una comunidad en la que todo el mundo se conoce y, aparentemente, se aprecia y estima, el último film del cineasta danés describe el descenso al averno de un maestro infantil acusado de abusos sexuales por parte de una niña de corta edad, hija de su mejor amigo desde la infancia.

Lejos de avivar el interés del espectador mediante pistas falsas –tal y como suele acontecer con films de parecida temática-, Vinterberg opta por mostrar sin atisbo de duda, desde el inicio y durante todo el metraje, la inocencia de su protagonista y recalcar la naturaleza de una ingenua mentira, fruto de la gran imaginación de una menor, avivada por el despecho y las conversaciones de carácter sexual de las que, de forma azarosa, es testigo.

Vinterberg, además, aprovecha la trama principal de su film para ahondar en los paralelismos existentes entre la caza –en la más tradicional acepción del término- y la persecución a la que es sometido su principal protagonista. Dos actividades que, si bien intrínsecamente similares –por cuanto persiguen la destrucción de una presa-, no están exentas de diferencias de forma y fondo. De hecho, se detecta una mayor caridad por parte del cazador que, precisa y fríamente, liquida a su víctima, que en esa comunidad que, sin pruebas ni juicio, estigmatiza, humilla y excluye a uno de sus más valorados miembros.

Esa nula empatía que la comunidad –a excepción de unos pocos miembros- siente por el protagonista del film se plasma magníficamente en la poderosa escena de la misa de Nochebuena. Una escena que por sí sola sustenta la tesis, apuntada por algún crítico, según la cual el film de Vinterberg es, ni más ni menos, una clara invocación al auténtico sentido de la caridad cristiana.

Ahondando en esa línea, también cabría destacar la escena en la que Thomas Bo Larsen –el actor fetiche del director danés- afirma que en el mundo hay mucha maldad, sin explicitar a qué se refiere, si a la siempre deleznable pederastia o al comportamiento irracional de una comunidad hipócrita que, creyéndose amenazada, se deja arrastrar por los más viles y rastreros sentimientos.

Con semejante contenido dramático, el film de Vinterberg bien pudiera haberse inscrito en el género folletinesco del telefilm de sobremesa. Por el contrario, el director danés, secundado por la fantástica fotografía de Charlotte Bruus Christensen y las increíbles y contenidas interpretaciones de sus actores, logra un film bello, de factura fría y con momentos tan intensos y poéticos como exentos de escenas imbuidas por el espíritu del más desaforado drama; así, y como ejemplo de ese savoir faire del cineasta danés, cabría destacar el momento en el que el protagonista, bajo una copiosa lluvia, entierra el cadáver de su perro en el hoyo que él mismo ha cavado.


En definitiva, y aún molesto e incómodo por el leiv motiv que articula su trama, La Caza es una muestra más del buen cine facturado en el norte de Europa y un sano ejercicio de reflexión sobre las diferentes reacciones que puede suscitar la sospecha de un delito execrable. 


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