10 de mayo de 2016

Ramon Casas. La vida moderna





Hace unas semanas anunciábamos una exposición a la que muy difícilmente ningún amante de la cultura y el arte podría resistirse, Ramon Casas. La vida moderna. Albergada por el Museu del Modernisme, esta muestra rinde tributo al polifacético artista y figura clave del modernismo catalán en el marco de los fastos que conmemoran los 150 años de su nacimiento.

Exquisita en su puesta en escena, la exposición cuenta con 130 obras –40 óleos, 60 dibujos y 30 carteles– procedentes del propio fondo del museo y de diversas colecciones privadas o pertenecientes a otras instituciones culturales y espacios museísticos. Y si bien no se exponen las que quizás sean las obras más recordadas de Casas, el conjunto de la muestra resulta revelador por cuanto da testimonio del excelso savoir faire del artista catalán como dibujante, cartelista, pintor y afamado retratista, amén de su innegable labor como cronista de una sociedad en plena ebullición, la de la Barcelona de las primeras décadas del siglo XX.

La exposición, que también incluye imágenes de archivo, objetos relacionados con el artista catalán, una de aquellas bicicletas de ruedas gigantes que Casas inmortalizaría con sus pinceles e, incluso, uno de sus cinco vehículos –un Delaunay-Belleville 28 HP, de 1906, fabricado por encargo–, se halla sabiamente distribuida en dos plantas y se articula en torno a dos ejes, uno cronológico y el otro temático.

Autorretrato, en 1908
El eje cronológico muestra la evolución de un dibujante virtuoso –capaz de realizar un boceto en escasos minutos– que, más tarde, valiéndose de la pintura, llegaría a convertirse en un aclamado retratista, detallista al máximo –como han demostrado estudios recientes de su obra–, que supo captar a la perfección toda expresión del rostro humano sin olvidar el resto de los elementos que formaron parte de sus obras, en apariencia más desdibujados, etéreos en algunos casos, pero también dotados de una poderosa fuerza visual, capaz de retener la atención del observador durante minutos. Antes, sin embargo, de ejecutar algunos de sus más logradísimos retratos, con los que inmortalizaría a muchos de sus más famosos coetáneos, Casas ya dio muestras de su enorme talento a una muy temprana edad; un ejemplo de ello sería su impresionante Entrada a la plaza de toros de Madrid, una obra de grandes dimensiones que Casas pintó con tan sólo 20 años de edad.

Ramon Casas velocipedista (1889) de Santiago Rusiñol. Colección Banco Sabadell
Vertebrándose con el cronológico, el eje temático muestra la obra de Casas dividida por secciones según los temas que aquél abordara a lo largo de su carrera, como escenas de la vida cotidiana, sus ya aludidos retratos, el universo femenino –centrado especialmente en su colección de chulas y manolas y su musa, amante y posterior esposa, Julia–, sus viajes a París, sus trabajos para publicaciones literarias y artísticas –como Pèl i ploma, de la que fuera cofundador– y, sobre todo, sus ilustraciones publicitarias, que incluyen carteles en los que se anunciaban marcas todavía hoy conocidas, como Anís del Mono o Codorniu. Mención aparte merece la pasión de Casas por el mundo del ciclismo y el automovilismo, a los que dedicó algunos de sus más recordados trabajos y que propiciaron que su amigo Santiago Rusiñol lo inmortalizara en un retrato que, por su realismo y por el atuendo y actitud de Casas posando, resulta sorprendentemente actual.

La publicación Pèl i Ploma en el ARCA: archivo de revistas catalanas antiguas 

La muestra, a la que tan sólo podría achacársele una quizá demasiado tenue iluminación en la planta inferior –que dificulta la lectura de las cartelas– y ciertos impedimentos arquitectónicos –que no permiten contemplar debidamente algunas de las obras expuestas–, resulta, en definitiva, una visita obligada para los amantes del arte no sólo por su contenido, sino por su despliegue, que incluye las dosis justas de información para poder contextualizar cada obra y se articula en torno a un recorrido expositivo que, a pesar de hallarse repartido en dos plantas, no resulta en absoluto difícil de seguir.





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