27 de enero de 2015

Cuadernos rusos. Un demoledor cómic denuncia




Poco antes de que Mikhail Gorbachov firmara en 1991 el documento en el que se decretaba la disolución de la URSS, Chechenia, jurisdicción autónoma que conformaba una de las repúblicas de aquella unión –la República Autónoma Socialista Soviética de Chechenia-Ingusetia- proclamó su independencia sin que el tambaleante estado socialista opusiera objeciones. Poco después, Rusia, heredera natural de la ya entonces extinta unión de repúblicas socialistas, decidió por motivos varios –entre los que pesaban su propia inestabilidad económica y el hecho de que Chechenia fuera una región rica en petróleo- invadir el nuevo país, dando así inicio a uno de los conflictos más cruentos y sangrientos del pasado siglo.

Olvidada casi por completo, aquella espantosa contienda bélica librada en dos etapas –de 1994 a 1996 bajo la batuta de Boris Yeltsin y de 1999 a 2009 al mando de Vladimir Putin- no sólo se cobró la vida de miles de personas, sino que, con los numerosos y variados actos de salvajismo atroz cometidos por ambos bandos combatientes, mostró, una vez más, a lo que puede llegar a ser capaz el ser humano cuando actúa movido por esa siempre aberrante combinación entre el odio más acerado y la  ignorancia más descorazonadora.

En un muy personal intento de hacer justicia a las víctimas de aquella guerra, Igort, reconocido historietista italiano de ascendencia rusa, se instaló durante una temporada en la tierra de sus ancestros para -después de llevar a cabo un loable esfuerzo de investigación casi periodística, que le llevaría a entrevistarse con decenas de personas- exponer los hechos que convirtieron la región del Cáucaso en un infierno dantesco durante casi dos décadas.

No obstante, y si bien Cuadernos rusos se nutre de las historias narradas por aquellas personas que vivieron muy de cerca el conflicto del Cáucaso, su trama se articula en torno a  Anna Politkóvskaya, una valiente periodista que no dudó en arriesgar y perder su vida en su afán por hacerse eco del indescriptible dolor de las víctimas de aquella guerra. Su vida y vil asesinato –en el ascensor de su inmueble- servirán a Igort no sólo para exponer las atrocidades cometidas en suelo checheno, sino para poner de relieve el miedo e indiferencia en el que se halla sumida la sociedad rusa ante un estado que sus máximos detractores no dudan en tachar de democradura.

Entre los destacados aciertos que hacen de Cuadernos rusos una lectura obligada destacan, sin duda, la acertada opción de Igort de huir de sentimentalismos y sensiblerías, su exquisita combinación de viñetas, textos escritos e ilustraciones varias, la inclusión de las entrevistas con diversos testimonios -que son recreados con gran detalle, lo que acerca esta obra al género documental- y, sobre todo, un cuidado dibujo de trazos realistas, aunque con algunas reminiscencias piccasianas –destacando especialmente la viñeta que recuerda poderosamente a la más famosa obra del pintor malagueño, Guernica- y una paleta de colores desvaídos, apagados, que, combinados con rojos y granates, sirven para plasmar, con gran impacto visual, las escenas más cruentas de abusos, torturas y asesinatos.

Resulta muy interesante, por otra parte, cuando no pernicioso o, según se mire, revelador –por la lectura que de ello podría extraerse teniendo presente el contexto político europeo actual- la conexión que Igort establece entre la guerra de Chechenia y algunos episodios, tan bárbaros y salvajes como poco conocidos –o, al menos, no tan explotados cinematográficamente como la barbarie del nazismo-, acaecidos en la extinta Unión Soviética durante la década de los años 30, en plena era stalinista.

Aun con algunos desaciertos –como una cierta dispersión desde el punto de vista narrativo-, Cuadernos rusos se constituye, en definitiva, como una crítica demoledora y contundente y, por ende, una obra más que interesante para aproximarse a hechos que, no tan lejanos ni temporal ni espacialmente, resultan fundamentales para comprender la realidad europea del siglo XXI.



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