4 de febrero de 2014

El tiempo entre costuras. Una adaptación casi perfecta



Mucha era la expectación generada desde que, a mediados de 2011, Antena 3 publicara las primeras imágenes de la serie basada en la preciosa novela de María Dueñas, El tiempo entre costuras.

Tras larga espera, en octubre del pasado año, la cadena privada emitía, por fin, el primer capítulo de la que se ha revelado como, sin duda alguna, una de las mejores creaciones televisivas producidas en estos lares.

Con una factura impecable, casi cinematográfica, El tiempo entre costuras cuenta con numerosos aciertos, entre los que destacan una cuidada puesta en escena, secundada por una excelente fotografía e iluminación, una elegante banda sonora –con alguna reminiscencia a la serie británica Downton Abbey, pero con entidad propia-, un ritmo sostenido en todos sus capítulos y un logrado guión que no sólo capta la esencia de la obra original, sino que, permitiéndose algunas justificadas licencias creativas, se mantiene fiel al original literario.

No obstante, el mejor ingrediente de esta producción televisiva cabe hallarlo en un reparto compuesto por excelentes actores, entre los que destacan Mari Carmen Sánchez –magistral en su recreación de Candelaria, un personaje que en manos de otra actriz bien pudiera haber resultado vocinglero, cuando no ridículo y cargante-, las magníficas Elvira Mínguez y Alba Flores, Carlos Santos –que borda su papel y guarda, por cierto, un notable parecido con el actor estadounidense Kevin Kline- y, por supuesto, la increíble Adriana Ugarte, quien, con una interpretación rica en matices, logra encarnar a la perfección a Sira Quiroga, un personaje con una notable evolución personal.


La adaptación televisiva de la obra de Dueñas no está exenta, sin embargo, de algunos puntos negativos que, si bien no merman en demasía su factura, sí tienen el suficiente peso como para no pasar desapercibidos. El primero de esos desaciertos tiene que ver con la propia emisión de la serie en un horario indecente para quien madruga, hecho que se ve agravado por la ristra interminable de anuncios con la que es troceado cada capítulo y por los numerosos spoilers servidos vía anticipos y resúmenes.

En cuanto a la propia factura de la serie, cabría citar el poco cuidado retrato de los personajes nazis –rayano en el más puro cliché-, algunos fallos de contextualización histórica -especialmente el exceso de suntuosidad con el que se recrean ciertos escenarios- y escenas que, por su poco verismo, pueden resultar ridículas –como el robo perpetrado por Marcus Logan en la caja fuerte de un apartamento perteneciente a una familia nazi o el hecho de que este personaje, aun británico, hable un perfecto castellano y no recurra a su idioma para comunicarse con sus compatriotas, quienes, por cierto, sí tienen un marcadísimo acento.

Mención aparte merece el último capítulo -plagado de escenas poco creíbles y protagonizadas por villanos de opereta, tan torpes como viles- y el hecho de que, a pesar de recurrir a algunas acertadas licencias creativas -como la concerniente al destino de Ramiro, el primer amor de Sira-, los guionistas no hayan optado por recuperar aquellos otros importantes personajes que formaron parte de la vida de Sira -Candelaria, Félix, Paquita, Jamila…- y que, Dueñas, en el que quizá sea el punto más débil de obra, fundía en el olvido.

En cualquier caso, y a pesar de lo que antecede, El tiempo entre costuras resulta toda una sorpresa para quienes, acostumbrados a la calidad de las series producidas por la BBC, recelan de los productos televisivos made in Spain.


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