17 de septiembre de 2013

La otra mecanógrafa. Una lectura envolvente



Durante trece años, de 1920 a 1933, estuvo vigente en Estados Unidos la controvertida Ley Seca, una normativa que, escudándose en un cuestionable ideario moralista, prohibía la venta de bebidas alcohólicas.

Lejos de lograr su cometido, la promulgación de esta ley tuvo como resultado la proliferación de locales y tugurios ilegales que se abrían y cerraban al ritmo de las redadas policiales acometidas por las comisarias de todo el país. Esas operaciones no sólo habrían de inflar el presupuesto público, sino que desbordaron de trabajo a todo el personal del cuerpo de policía.

En la Nueva York de 1922, en una de aquellas comisarías, trabaja la anodina Rose, una joven criada en un orfanato cuya vida tomará un rumbo inusitado cuando conozca a la moderna, misteriosa y seductora Odalie, la nueva mecanógrafa contratada para aligerar el ingente volumen de trabajo al que Rose y el resto de sus compañeras deben hacer frente.

La neoyorkina Suzanne Rindell, estudiante de un doctorado en literatura, ha partido de este argumento y marco histórico para realizar su aclamado debut como novelista. De hecho, La otra mecanógrafa no sólo cuenta con el beneplácito de buena parte de la crítica anglosajona, sino que su éxito en ventas ya se ha traducido en la génesis de un proyecto cinematográfico que contará con la cada vez más cotizada Keira Knightley.


Tan fulgurante éxito halla su explicación en la calidad literaria de la obra de Rindell, una autora que, aún nobel, se sirve, sin artificios, de una rica y elegante prosa para, de manera sumamente envolvente, sumergir al lector en una historia cuajada de misterio y con un carácter marcadamente ambiguo que se va acentuando a medida que la historia avanza.

En esa ambigüedad pesa sobremanera la opción de Rindell por narrar su relato en primera persona -prescindiendo así del extendido uso del narrador omnisciente- y su férrea voluntad de desgranar en entrelíneas la historia subyacente de la principal trama de su novela, lo que inevitablemente recuerda el estilo narrativo de autores con plumas tan sutiles y exquisitas como las de Henry James o Edith Wharton. De hecho, La otra mecanógrafa está repleta de pasajes que dejan intuir información inquietante y reveladora tras hechos aparentemente inocuos, lo que, además, incide positivamente en un rico retrato de unos personajes que, en su mayor parte, muestran una gran hondura psicológica.

Rindell, por otro lado, logra una ambientación espacial y temporal tan visual que no resulta difícil retrotraerse en el tiempo para rememorar los albores del cine y, a medida que se avanza en la narración, evocar aquellos films ya clásicos del cine negro americano que iban a empezar a rodarse en la década de los 30 y 40, ya dejados atrás aquellos llamados felices años veinte, cuyo abrupto final vino marcado por el Crack del 29.

No obstante, y a pesar de sus innegables aciertos, La otra mecanógrafa resulta tremendamente estereotipada en algunos de los pasajes protagonizados por Odalie –cuya descripción de femme fatale bordea, cuando no cae, el más consabido cliché; aunque siempre se podría alegar que el suyo es un retrato totalmente subjetivo, a cargo de Rose, la narradora de la historia. A ello habría que añadir, por último, que el final de la obra de Rindell, se antoja sumamente precipitado y, aunque se presta a variadas lecturas, parece obedecer más bien a las prisas por concluir un relato cuya conclusión parece desconocer hasta la propia autora.

En cualquier caso, al lector que se decida a leer La otra mecanógrafa le espera una lectura envolvente y ¡adictiva!


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