23 de febrero de 2016

The Revenant



Durante el primer tercio del siglo XIX, el trampero y explorador estadounidense Hugh Glass fue atacado por una osa que lo dejó muy malherido y al borde de la muerte. Temerosos de ser atacados por la tribu india de los Arikara, sus compañeros de viaje, componentes de una expedición que tenía por objetivo la recolecta de pieles para su posterior venta, acabaron abandonándole a su suerte. No obstante, y contra todo pronóstico, Glass consiguió sobrevivir.

Tan tamaña hazaña ha sido recreada, a lo largo de los años, en diversos formatos artísticos –cine, televisión, poesía, novela o canción. El último largometraje estrenado del realizador mexicano Alejandro G. Iñárritu se basa, de hecho, en una novela que recoge aquellos hechos y que fue publicada en 2002 por Michael Punke, escritor y embajador de los Estados Unidos por la Organización Mundial del Comercio en Ginebra.

Rodada en unas condiciones climáticas extremas –entre Canadá y Argentina- para plasmar con verismo el calvario al que hubiera de hacer frente Glass, The Revenant es uno de esos filmes que, por su calidad técnica y magnificencia visual, debiera verse obligatoriamente en una sala de cine. No obstante, su magnífica ambientación, su excelente fotografía, su cuidado montaje o su exquisita banda sonora no van en menoscabo de su trama argumental, una historia de venganza brutal y descarnada articulada a partir de un guion parco en palabras y con un desarrollo jalonado de silencios abrumadores por la intensidad dramática que destilan.


Esa escasez de diálogos y un ritmo decididamente pausado, unido a la magnificencia de una naturaleza arrebatadoramente bella a la par que amenazante, confieren al film de Iñátirru una aureola mítica, sazonada con escenas sumamente evocadoras, de una poesía visual incuestionable, como la que muestra las ruinas de una capilla en medio de un paisaje imponente, un momento lleno de referencias culturales difícilmente comprensibles en un marco no occidental, si bien la espiritualidad de esa escena y la de otras muchas en la que animismo, panteísmo y cristianismo se dan la mano recuerdan poderosamente a una de las grandes obras de Akira Kurosawa, Dersu Uzala (1975), film del que, no por casualidad, Iñátirru ha declarado sentirse deudor.


A todo ello habría que añadir la sabia decisión del cineasta mexicano por huir de ese lamentable maniqueísmo nacido al amparo de lo políticamente correcto y que, desde hace años, confiere a las poblaciones indígenas de antaño toda suerte de virtudes. Iñátirru, de hecho, no muestra reparo ni complejo alguno al mencionar las luchas fratricidas entre las numerosas tribus norteamericanas, antes y durante la conquista, el salvajismo del que hicieron gala muchos colonos y, justo es decirlo, la humanidad de otros tantos, supervivientes en tierra hostil que, por motivos varios, se vieron impelidos a abandonar su hogar y buscar su destino en un lugar entonces ignoto.

Aun rozando la excelencia, The Revenant cuenta, no obstante, con algunos ingredientes que opacan un tanto su resultado final y entre los que destacan la inverosimilitud de algunas  de sus escenas y, en algunos momentos, una cierta sensación de hallamos ante un vehículo de mero lucimiento de Leonardo DiCaprio en su carrera hacia el ansiado Oscar. Y, si bien es innegable que la presente es, sin duda, una de las mejores interpretaciones del actor estadounidense, el extraordinario Tom Hardy, con su magistral savoir faire y esa aparente facilidad para adoptar los más variados acentos –en esta ocasión, un casi impenetrable acento texano-, acaba convirtiéndose en la auténtica estrella del film. Tan sólo por ello, ya vale la pena abonar el precio de las cada vez más prohibitivas entradas de cine.




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