2 de febrero de 2016

45 años




Con apenas 25 años, el ahora septuagenario Geoff hubo de hacer frente al peor revés de su vida, la trágica muerte de su primer amor, Katja, en un accidente en la montaña. Cinco décadas después, a punto de celebrar su 45 aniversario de boda con Kate, a quien conociera poco después de la tragedia, Geoff recibe una carta de las autoridades suizas en la que le comunican que el cadáver de su malogrado amor ha sido hallado intacto en los glaciares de los Alpes.

Abrumada ante el enorme poder que el recuerdo de su breve vida en común con Katja ejerce sobre Geoff, Kate se sumergirá en una búsqueda insensata y desquiciante que la llevará al borde del abismo tras constatar que los aparentemente sólidos cimientos de su matrimonio apenas pueden resistir el embate del pasado.

Si bien un argumento como éste pudiera anunciar un thriller al uso, plagado de lugares comunes y trilladísimas tramas, o, incluso, un dramón desaforado –uno de esos tear jerkers que tanto gustan a la Academia de Hollywood-, 45 años es, por el contrario, un film sobrio, contenido y sutil, a la par que amargo y conmovedor sin aspavientos.

Rodada con un ritmo pausado, 45 años, tercer largometraje del cineasta británico Andrew Haigh, cuenta con un marco temporal y espacial acotado, los seis días que median entre la recepción de la carta y la celebración del aniversario de boda en la misma localidad británica en la que reside el matrimonio.

Ese pausado metraje, articulado en torno a largas tomas, sirve a Haigh para mostrar el opresivo peso de la monotonía y el tedio, constatable a través del vestuario, casi siempre el mismo en todas las escenas, y, sobre todo, de los rostros y gestos de los personajes –especialmente de los actos repetitivos, como las varias escenas en las que Rampling, tras regresar de su paseo matutino con el perro, se sirve un vaso de agua directamente del grifo y, tras unos sorbos, lo deposita sobre la encimera.

                                         Tráiler del film

Sería erróneo, incluso injusto, presuponer que el tercer film de Haigh se constituye como una obra exclusivamente dirigida a un público de edad parecida a la de sus protagonistas. Por el contrario, el trabajo del cineasta británico aborda una temática casi tan atemporal como universal, a saber, la añoranza por lo perdido, el paso inexorable del tiempo, el dolor de un amor truncado, los celos, la decepción, la pasión o el desencanto.

Sobrio, sutil y elegante en su concepción y desarrollo, 45 años cuenta, además, con el concurso de dos actores soberbios en sus respectivos papeles, Charlotte Rampling y Tom Courtenay, capaces, con tan sólo pequeños gestos e intensas miradas, y sin que medien demasiadas palabras, transmitir al espectador la batalla interna a la que el azar los ha abocado.

Bien pudiera ser, no obstante, que el formato del film, unido a la casi nula presencia de una banda sonora –aunque una antigua canción de The Platters tenga una especial importancia en el tramo final del metraje- propicie que algún cinéfilo le achaque poca inventiva cinematográfica y cierta rigidez en su desarrollo, con un guion más susceptible de ser adaptado a la escena teatral que a la gran pantalla. Sin embargo, no debiera olvidarse que algunas de las mejores obras del gran Ingmar Bergman contaban con un formato parecido y que además, y como acontece en el presente film, la incursión de la cámara permitía la oportunidad de acercarse al máximo a los rostros de actores capaces de transmitir, con tan sólo una mirada, toda suerte de sentimientos, algo que el género teatral difícilmente permite a los espectadores, incluso a aquéllos que tienen la fortuna de hacerse con una buena localidad.

                        The Platters. Canción: Smoke gets in your eyes

Más allá de la discrepancia entre cinéfilos, 45 años es, sin duda alguna, uno de esos largometrajes cuya hondura psicológica, sustentada en interpretaciones portentosas, dan pie a no pocas reflexiones.



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