10 de diciembre de 2013

Blue Jasmine. Un, de nuevo, magistral Woody Allen



Posiblemente no exista cineasta en activo más prolífico que Woody Allen. De hecho, podrían contarse con los dedos de una mano las veces en las que el director, guionista y actor neoyorkino –amén de clarinetista y ocasional cantante, compositor y productor- ha fallado a su proyecto cinematográfico anual. Con ese ingente volumen de trabajo continuado, resulta obvio que no todas las obras facturadas por Allen puedan alcanzar el estatus de excelsas, aunque muchas de ellas son, sin contestación alguna, auténticas obras maestras de obligado visionado. A ese selecto grupo pertenece, sin duda, la genial Blue Jasmine.

Retrato magistral de dos mujeres aparentemente opuestas, Blue Jasmine se inscribe en ese difícil género que tan bien domina el cineasta norteamericano, la tragicomedia, aunque su metraje está impregnado por un tono sumamente pesimista, dolorosamente palpable en los momentos en los que su principal protagonista parece haber hallado la clave para reinventarse a sí misma y, cual ave fénix, resurgir de sus cenizas.

Ese tono sombrío se ve abundado, además, por la poca o nula condescendencia con la que Allen disecciona a sus personajes, en especial a Jasmine, a la que muestra acuciada por el temor a la soledad y rota por su devastador sentimiento de culpa, pero incapaz, a pesar de todo, de despojarse de su profundo egoísmo.

Con un argumento totalmente deudor de la coyuntura económica, Blue Jasmine también se constituye como una acerada y acertada crítica al sistema capitalista y a algunos de sus más sacrosantos lemas, como el de la caridad pública hacia los más desfavorecidos y las buenas causas, una mentalidad netamente embebida en la cultura de raigambre protestante que, si bien probadamente necesaria para sectores como el de la cultura -cuántos museos, centros e iniciativas culturales anglosajones no se han beneficiado de ella vía patrocinadores y mecenas- responde, muchas veces, a la voluntad de escalar en sociedad por parte de aquellos ciudadanos que, como el marido de Jasmine –un muy acertado Alec Baldwin-, nadan en la abundancia pero cuentan con un pasado con poco o nulo lustre.


Sin embargo, donde Woody Allen resulta más demoledor es en su sibilino ataque a la gran máxima del mundo capitalista y del sueño americano, el trabajo duro. Un trabajo que, mal que le pese a algunos, nunca conduce, por muy arduo que sea, al enriquecimiento escandaloso. A esa abundancia sólo se llega si median otros factores, como la suerte vía juegos de azar o las actividades fraudulentas, y el mejor ejemplo de ello son los propios protagonistas del film, los en un tiempo acaudalados Jasmine y su esposo o la hermana de ésta y sus parejas sucesivas, condenados a trabajar de por vida en empleos que jamás les reportarán más emolumentos que los justos y necesarios para sobrevivir.

No cabe duda de que Blue Jasmine difícilmente habría alcanzado su excelsa perfección de no haber contado con un plantel de lujo y, sobre todo, con la absolutamente fantástica Cate Blanchett, sublime en todos los estados antagónicos a los que las circunstancias personales abocan a su personaje y en esos tics neuróticos tan allenaianos que hacen de Jasmine una suerte de trasunto del propio cineasta, aunque con un toque de la inolvidable Blanche DuBois de Tennessee Williams. De hecho, en más de una escena, Blue Jasmine recuerda poderosamente a la versión cinematográfica de Un tranvía llamado deseo filmada por Elia Kazan en 1951.

En el plano más técnico, el último trabajo de Allen cuenta con una esmerada puesta escena –con bien engarzados flashbacks- y una magnífica imagen –obra del virtuoso Javier Aguirresarobe-, lo que, unido a todo lo anterior, lo convierten, insistimos, en un film de obligado visionado para cualquier cinéfilo militante.


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