23 de julio de 2013

Hijos de la medianoche. Entre la épica histórica y el realismo mágico



Casi una década antes de la publicación de su controvertida Versículos satánicos, Salman Rushdie ya había demostrado su valía como escritor con su primera novela, Hijos de la medianoche, una extensa historia que, con fuertes dosis de relato épico y de realismo mágico, narraba, a través de las peripecias de sus personajes, los más importantes acontecimientos históricos acaecidos en India tras su independencia del extinto Imperio Británico.

Ganadora de prestigiosos galardones –el premio Booker incluido-, Hijos de la medianoche tenía pendiente su traslación a la gran pantalla, labor que finalmente ha recaído en manos de la cineasta Deepa Mehta y, en parte, del propio Rushdie, quien ha colaborado en la redacción del guión.

Con una carta de presentación sumamente apetecible, esta coproducción entre Reino Unido y Canadá cuenta, sin embargo, con grandes aciertos y alguna que otra debilidad que lastra el resultado final del trabajo de la cineasta indocanadiense.

Entre esos aciertos destaca, sin duda, el buen hacer de Mehta entretejiendo los destinos individuales de sus principales protagonistas - Saleem y Shiva, los dos niños intercambiados al nacer- con el colectivo, desgranado en los principales episodios de la historia reciente de India tras su independencia, como la creación del estado de Pakistán y, más tarde,  el de Bangladesh, o el período de emergencia decretado durante el gobierno de Indira Gandhi.

A ello habría que añadir una excelente fotografía –que capta una colorida paleta de vivos colores, tan sólo atenuados en las escenas más oníricas-, una excelente ambientación y una fantástica banda sonora -que brinda al espectador una de las escenas más curiosas, la del baile de dos de sus protagonistas al son del celebérrimo Let’s twist again cantado en hindi.

Hijos de la medianoche resulta, además, un film muy bien hilado gracias a recursos tan cinematográficos como elipsis y flashbacks, y a otro con un peso netamente literario, como es el de la voz en off –la del propio Rushdie-, que aquí no resulta ni cargante ni accesoria.


No obstante, y si bien todos estos elementos ya justifican el abono de la entrada, no pueden dejar de mencionarse aquellos otros que han restado lustre al film de Mehta. El ingrediente que más ha incidido en esa merma es el uso, y cierto abuso, del realismo mágico, un recurso literario que ha dado magníficos resultados en obras ya consagradas pero que, a excepción de contados ejemplos –Como agua para chocolate-, en pantalla suele resultar incomprensible, cuando no risible. Sin llegar a ese extremo, el resultado de trasladar al formato visual los pasajes más surrealistas de la novela de Rushdie tiene como consecuencia la ruptura del magnífico ritmo narrativo con el que se inicia el metraje de Hijos de la medianoche.

El film de la cineasta indocanadiense cuenta, por otra parte, con un cierto maniqueísmo en la caracterización de sus personajes, algunos de los cuales, aun teniendo relevancia en la trama de la historia, desaparecen, como por ensalmo, sin que el espectador sepa qué fue de ellos.

Finalmente, cabría mencionar que el lenguaje alegórico que impregna todo el metraje de Hijos de la medianoche puede resultar un tanto complicado de captar en toda su dimensión de no conocer, con un mínimo rigor, la historia reciente de India; como ejemplo de ello, baste citar cómo son presentados los motivos que indujeron a Indira Gandhi a esterilizar a cientos de ciudadanos indios.

En cualquier caso, y dada la cartelera veraniega, Hijos de la medianoche se constituye como una rara avis que ningún cinéfilo debería dejar escapar.


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