8 de diciembre de 2015

Voces de Chernóbil. Una lectura necesaria


Cubierta de Voces de Chernóbil. Edición DEBOLSILLO

El 26 de abril de 1986 explotaba el cuarto reactor de la central nuclear de Chernóbil en Ucrania, país entonces integrante de la desaparecida Unión Soviética. Aquella catástrofe medioambiental sin precedentes no sólo habría de llevarse por delante la vida de miles de personas y condenar a sufrimientos intolerables e indescriptibles a otras tantas, sino que precipitaría el desmembramiento de la URSS.

El impacto de la tragedia, comparable al lanzamiento de más de 300 bombas como la que en su día arrasó la localidad japonesa de Hiroshima, afectó especialmente a Bielorrusia, un país de apenas 10 millones de habitantes y colindante con Ucrania.

Casi una década hubo de mediar hasta que la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich -Premio Nobel de Literatura en 2015- publicara Voces de Chernóbil, una obra que recoge los testimonios de decenas de personas anónimas que sufrieron las consecuencias de la catástrofe, desde los llamados liquidadores –los soldados que participaron en la construcción del sarcófago, bajo el que se halla el cuarto reactor y el punto desde el cual se delimitó la Zona de Exclusión-, hasta los campesinos a los que se les obligara a abandonar sus tierras, pasando por los numerosos profesionales con cargos destacados en el régimen que se vieron en una terrible disyuntiva, tachar los rumores que llegaban de Occidente como propaganda antisoviética –política acorde con los preceptos del régimen- o bien enfrentarse a la maquinaria del sistema y perder con ello sus puestos de trabajo, cuando no condenarse al ostracismo.

Teniendo en cuenta que la acción devastadora de la radiación en Bielorrusia, con más de 500 pueblos perdidos –una cifra que se acerca a las casi 700 aldeas devastadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial-, un 20% de su población viviendo en suelo contaminado –lo que ha incrementado notablemente la tasa de mortalidad, superior ya a la de natalidad- y, por supuesto, el elevado número de víctimas mortales en los días, semanas, meses y años que siguieron a la tragedia, muchos de los que entonces callaron difícilmente pueden hoy sobreponerse al aplastante peso de la culpa.

Lectura difícil por el dolor y sufrimiento que destilan todas sus páginas, Voces de Chernóbil cuenta con una poco usual estructura narrativa, tejida a base de monólogos de diferentes personas –lo que la convierte en una obra coral-, recortes de periódicos –un excelente punto de partida que sitúa al lector en el momento de la catástrofe y las expectativas de futuro, que incluyen el inquietante porvenir del llamado sarcófago- e, incluso, una entrevista que la autora se hace a sí misma y que resulta sumamente enriquecedora, junto con el resto de las páginas que la suceden, para intentar comprender, a casi treinta años de que tuviera lugar la tragedia, lo que aquélla comportó para quienes la vivieron de cerca.

Voces de Chernóbil ofrece, de hecho, una profunda reflexión sobre la naturaleza y la forma en la que el hombre se aproxima a ella; el papel de la ciencia y la desmesurada creencia que muchos, cual devotísimos creyentes, habían depositado en aquélla antes de que se produjera la hecatombe; el significado de la propia existencia humana –interesante resulta que, tras la explosión, las iglesias se llenaran de creyentes y de, hasta poco antes, acérrimos ateos-; la corrupción de un sistema político y económico que acabaría autodestruyéndose; y, sobre todo, la imposibilidad de hallar en los libros, la ciencia o la historia nada que se pareciera a las causas y consecuencias de aquella catástrofe medioambiental, que enfrentó al hombre a un enemigo oculto y pertinaz, la radiación, tan mortífera como invisible, y que impelió a Alexiévich a redactar una de las frases más inspiradas de esta obra, Chernóbil ha ido más allá de Auschwitz y Kolimá. Más allá que el Holocausto.

Lectura, en definitiva, necesaria para los amantes de la historia, Voces de Chernóbil difícilmente dejará indiferente a ningún lector.



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