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21 de noviembre de 2012

Con el agua al cuello. Crónica de una realidad escalofriante




Verano de 2010. Grecia, al borde de la bancarrota, está sumida en la peor crisis económica y social de su larga historia. El clamor popular hace meses que ha tomado las calles y, en medio del caos y la incertidumbre, provocados por la política de austeridad impuesta desde Bruselas, se produce un asesinato que removerá, más si cabe, las aguas movedizas sobre las que ahora se asienta el país heleno.

El ex director del Banco Central de Atenas muere decapitado en su mansión de lujo. Al día siguiente la capital griega se ve inundada por numerosos carteles que incitan a los ciudadanos a no pagar las deudas contraídas con las entidades financieras. Es tan sólo el inicio de una escalada de crímenes perpetrada por una suerte de justiciero social, un asesino que elige a sus víctimas entre los altos cargos bancarios y los profesionales de las finanzas.

Esta es la interesante trama tejida por Markaris en la séptima novela protagonizada por su singular protagonista, el inspector de policía Kostas Jaritos. Sin embargo, como ya pasara con Muerte en Estambul, es el contexto histórico, social y, en este caso, económico lo que da verdadero aliento a una obra que se constituye como un vivaz retrato de la sociedad griega actual.

Un retrato que recuerda de forma alarmante realidades muy cercanas y conocidas, como la merma en derechos sociales largamente conseguidos y afianzados, los recortes salariales de los funcionarios, los suicidios provocados por endeudamientos y bancarrotas, la pérdida de la vivienda, la indignación ante los recortes – que se constata a través de numerosas protestas en la calle- o la difícil situación de unos jóvenes sin futuro, jóvenes como Fanis - médico en activo que ve reducirse su sueldo a la condición de irrisorio- y su esposa Katarina - una doctorada en busca de empleo y con pocas perspectivas de encontrar uno acorde con su titulación académica.

Por otra parte, y si bien es cierto que Markaris inicia su obra con una demoledora cita de Bertolt Brecht -¿Qué es el atraco a un banco comparado con la creación de un banco?-, lo cierto es que, en su explicación sobre los motivos que han llevado a Grecia a la situación en la que se encuentra actualmente, el escritor y guionista griego huye de posicionamientos maniqueos y, en consecuencia y afortunadamente, de manidísimos clichés.

Bien pudiera ser que para el lector voraz de novela negra – especialmente la procedente de los fríos países del norte de Europa – Con el agua al cuello resulte una obra poco interesante - de hecho, para el lector aficionado al género negro no resulta demasiado complicado dilucidar, prácticamente desde el inicio del libro, la identidad del ejecutor de tan violentos crímenes ; sin embargo, sería una pena dejar pasar la oportunidad de leer una novela que nos acerca a una realidad tan cercana y que está narrada en un estilo no magistral, pero sí exento de pedanterías y, por supuesto, de dogmatismos, lo que siempre se agradece en aquellos relatos que el tiempo muy probablemente acaba convirtiendo en fuentes de aproximación histórica.

Finalmente, destacar que si bien Con el agua al cuello no deja de ser una historia de misterio enmarcada en un contexto social y económico escalofriante, su lectura induce a más de una reflexión, especialmente sobre el sinsentido histórico que supondría excluir de la Unión Europea al país que es cuna de nuestra civilización.


2 de diciembre de 2011

Muerte en Estambul. La novela negra más allá del norte de Europa


Cuando uno ha conocido y amado la novela negra a través de la pluma de insignes escritores como Patricia Highsmith, Dashiell Hammet o Erle Stanley Gadner, le cuesta un tanto aceptar que las nuevas generaciones de narradores de este fecundo género en nada desmerecen a sus predecesores. Sin embargo, esos reparos suelen desaparecer como por ensalmo cuando se lee a uno de los magos actuales del género, James Ellroy, o nos sumergimos en las inquietantes historias de Dennis Lehane.

Por otra parte, es ya un hecho constatado que es posible hacer novela negra de calidad en un idioma diferente del inglés, como ha venido a demostrar el éxito de la novela negra proveniente del frío norte de Europa (a destacar entre sus autores más meritorios a Henning Mankell, Stieg Larsson o Camila Läckberg). No obstante, este éxito tan apabullante de los escritores nórdicos hace que olvidemos que existe un mundo más allá de los confines del norte de Europa en lo que al género negro se refiere.

Un buen ejemplo de ello es la obra del escritor griego Petros Márkaris, creador de un personaje muy bien definido – en la línea del Wallander de Menkell -, el comisario Kostas Jarito, a quien ha convertido en el narrador de todas sus peripecias, al optar siempre por la redacción en primera persona.
Petros Márkaris, como demuestra en Muerte en Estambul (primera obra en la que vemos a Jarito fuera de Atenas), es un buen cronista, capaz de crear personajes que van más allá de una profundidad meramente esquemática, como pasa a veces con algunos escritores de este género (Åsa Larsson, sin ir más lejos, sería un buen ejemplo de ello). Sin embargo, el buen hacer de Márkaris se resiente por su uso reiterado de digresiones, sobre todo las relativas al entorno familiar de su personaje principal, que no sólo rompen la tensión narrativa sino que hacen peligrar seriamente la atención del lector.

A pesar de ello, en el caso de Muerte en Estambul, aunque estas digresiones incidan en el buen ritmo de la narración, alejándose del estilo de los escritores más curtidos en el género, su uso ofrece al lector una buena oportunidad para hacer un pequeño repaso a la historia reciente de la vieja Constantinopla y recordar la más que precaria situación de las muchas minorías que residen en un estado laico sobre el papel, pero cada vez más musulmán en la práctica. De hecho, quien haya visitado Estambul habrá reparado en lo difícil que resulta poder visitar las joyitas que se esconden en las iglesias ortodoxas repartidas a lo largo y ancho de la caótica ciudad. Ese hermetismo de la comunidad griega para con los extraños tiene su explicación en la azarosa vida de una comunidad que ha tenido que hacer frente al despojo de sus bienes por parte de las autoridades e, incluso, al exilio; una realidad que Márkaris, nacido en Estambul, conoce bien y plasma aún mejor en esta primera investigación de Jarito fuera de su país.

Muy posiblemente, quien espere encontrar un ritmo trepidante y una historia que se complica página tras página quede decepcionado con Muerte en Estambul. No obstante, estamos ante una obra que reúne los principales ingredientes del género (crímenes y un asesino huidizo) y es una muestra más de que el género negro se puede abordar en otros idiomas y desde otras latitudes.
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