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11 de febrero de 2014

Agosto. Una amarga reflexión sobre las miserias humanas



Hace más de un lustro, en 2007, la celebrada pieza teatral August: Osage County realizaba su debut en Broadway e iniciaba poco después, secundada por los aplausos del público y los parabienes de la crítica, una larga andadura escénica que la ha llevado a ser representada en los teatros de medio mundo, incluidos el Teatre Nacional de Catalunya y el Teatro Valle-Inclán de Madrid.

Semejante éxito no se debe tan sólo a una cuidada puesta en escena o la inestimable labor de entregados intérpretes, sino a la excelencia de un texto que le valió a su autor, Tracy Letts, hacerse con el codiciado premio Pulitzer y, además, despertar el interés de Hollywood.

John Wells, un cineasta curtido en la televisión –donde ha dirigido episodios de series tan conocidas como Urgencias o la más reciente e irreverente Shameless-, ha sido el encargado de trasladar a la gran pantalla la aclamada obra teatral y para ello ha contado con un guión firmado por el propio Letts, quien, por cierto, es también un reputado actor, galardonado con un Tony.

Como cualquier traslación a la gran pantalla de una obra teatral, Agosto no está exenta, sin embargo, de la limitación espacial inherente al formato escénico, lo que, si bien no lastra en demasía los logros del film, sí condiciona una factura cinematográfica que dista de ser deslumbrante.


No obstante, sería injusto tachar de prescindible un film que, construido a partir de una elaborada trama narrativa y de unos personajes con una notable hondura psicológica, cuenta con destacados aciertos, como la voluntad de Wells por minimizar el peso escénico de la obra original –acudiendo al uso de algunas localizaciones exteriores y de diversos escenarios interiores- o su conseguida recreación del ambiente opresivo y rancio que envuelve a una familia absolutamente disfuncional y que, rebosante de rencores, odios, celos y miserias, se ve, además, acentuado por ese intenso calor con el que el mes de agosto obsequia a los habitantes del estado de Oklahoma y que el cineasta estadounidense logra captar de una forma tan tangible que al espectador le resultará difícil sustraerse de su abrasador abrazo.

Por otra parte, lejos de sucumbir al folletín lacrimógeno al que podría dar pie una historia en constante crescendo dramático, Wells consigue mantener un pulso sostenido a lo largo de todo el metraje, sazonándolo con la dosis justa del humor más negro y regalando al espectador escenas tan logradas como la cena que reúne a todos los miembros de la familia o la del personaje interpretado por Meryl Streep recordando una anécdota de su pasado protagonizada por su madre.

Si bien esos ingredientes justifican el visionado de Agosto, su mayor atractivo radica, sin duda, en la elección de un reparto de magníficos actores, todos espléndidos en sus respectivos papeles y entre los que destacan, por la enjundia de sus personajes y por una interpretaciones con inequívoco aroma a Oscar, la siempre efectiva Meryl Streep y una Julia Roberts en plena madurez interpretativa.

Más allá de esa casi intolerable carga dramática que da pie al lucimiento de sus actores, Agosto resulta un film sumamente interesante por las reflexiones que suscita su visionado, especialmente las relativas al origen de las más crueles conductas humanas, que dejan al espectador la difícil tarea de dilucidar si éstas son consecuencia de la herencia genética, la educación recibida o el fruto de una búsqueda consciente y constante que confirmaría el viejo dicho de que los monstruos no nacen, sino que se hacen.


13 de enero de 2012

La dama de hierro. Un biopic de trama dispersa





Margaret Thatcher es, sin duda, una de de las figuras más controvertidas del siglo XX. Ejemplo a seguir para algunos, demonizada, e incluso denostada, por otros, la obra y figura de esta mujer, apodada como la Dama de Hierro por los medios de comunicación soviéticos durante la Guerra Fría, no han sido hasta la fecha demasiado explotadas por el cine y la televisión. De hecho, La Dama de hierro es realmente la primera gran producción centrada en su vida que llega a las salas de cine.

Es muy probable, sin embargo, que el espectador que espere visionar un biopic al uso quede decepcionado con el presente film, obra de la guionista y directora británica Phyllida Lloyd, quien, lejos de centrar por completo su atención en el ascenso al poder de Margaret Thatcher y su etapa como primera ministra, ha preferido dedicar gran parte del metraje a una anciana aquejada de demencia senil, incapaz de aceptar la muerte de su esposo y que, por momentos, aún se cree la máxima autoridad de su país.

Este enfoque y el excesivo celo de Lloyd por no decantarse políticamente a favor o en contra de las decisiones que Margaret Thatcher tomara en su momento han hecho posible que el film se granjee no pocas críticas, tanto por parte de los sectores más conservadores, que se han sentido heridos por ese afán de ahondar en la enfermedad de la que fuera máxima mandataria del país en uno sus períodos más convulsos, como por  parte de los sectores de izquierdas, quienes han visto en el film un hábil instrumento propagandístico.


Resulta evidente, no obstante, que Lloyd concibió su película como una aproximación más humana que política. De ahí que pase de puntillas por las decisiones más polémicas que Thatcher asumiera durante su mandato (recortes al sector público, privatizaciones, su política para con los sindicatos, por los que sentía gran animadversión) y las reacciones que éstas generaron; y sólo preste atención, aunque no demasiada, al enfrentamiento bélico entre argentinos y británicos por las Islas Malvinas.

Sin embargo, y lamentablemente, Lloyd tampoco consigue profundizar en un personaje tan complejo, al que sólo es capaz de acercarse mediante algunos trazos deslavazados que lo retratan como una mujer de fuerte personalidad, muy inflexible y fiel a unos principios inculcados desde la niñez por su padre liberal, un pequeño tendero cuya memoria siempre reverenció.

La mejor baza de este film, no obstante, es la sublime interpretación de la grandiosa Meryl Streep, quien no sólo imita a la perfección el acento británico sino que borda su papel recreando con pasmoso realismo la voz y gestos de su personaje.

La dama de hierro, en definitiva, no cumple las expectativas de quienes esperen encontrar en ella un retrato dotado de un gran análisis, vital y político, de una de las mandatarias más importantes, para bien o para mal, del siglo XX. Quizá, una apuesta por una narración más lineal, no necesariamente más tradicional pero sí exenta del abuso excesivo de los flashbacks de los que Lloyd hace alarde a lo largo de todo el film- truncando su ritmo y dispersando su trama – habría dado unos resultados bien distintos.
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