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9 de noviembre de 2011

Barcelona y la crisis de la versión original



Hace unas semanas los medios de comunicación recogieron unas declaraciones del fundador y actual presidente de la Academia del Cine Catalán, el actor Joel Joan, que desgraciadamente no han tenido demasiado eco.

Sin embargo, las palabras del actor catalán tienen un enorme calado puesto que ponen sobre el tapete una realidad que nos aleja de la mayor parte de nuestros vecinos europeos, el tema de la proyección de los films en su versión original.

No hace falta visitar ningún país nórdico para comprobar que los productos audiovisuales importados se emiten en su versión original y con subtítulos, nuestra vecina Portugal aplica una política similar en la emisión de productos audiovisuales foráneos. Y otro tanto se podría decir de países como Alemania o Francia, que, aún valiéndose del doblaje, cuentan con una notoria mayor oferta en versión original que la ofrecida por estos lares.

De hecho, los datos hablan por sí solos si tomamos como ejemplo las principales ciudades españolas, Madrid, que cuenta con 11 cines que proyectan en versión original, y Barcelona, con un número ridículamente bajo, 5 cines.

A pesar de que estos establecimientos cuentan con más de una sala a su servicio, su oferta es insuficiente. A lo que hay que añadir que, en el caso de la Ciudad Condal, sus habitantes hemos asistido durante los últimos lustros a la desaparición paulatina de cines tan emblemáticos como el Arkadin en el barrio Gracia, la cuarta sala de los cines Alexandra en Rambla Catalunya (el Alexis), el moderno Boliche en plena Avenida de la Diagonal, el concurrido Casablanca (también situado en el barrio de Gracia y que llegó a contar con dos establecimientos multisalas) y el Rex, sito en la Gran Vía y la única gran sala dedicada exclusivamente a la versión original.

Joel Joan afirmaba, eludiendo la polémica del doblaje en catalán, que la versión original es la mejor forma de disfrutar un film, cosa con la que cualquier cinéfilo militante estaría de acuerdo. ¿Cómo apreciar sino la interpretación de un actor o actriz, en todos sus matices, sin escuchar su verdadera voz?, ¿cómo disfrutar de esos ruidos cotidianos que la cámara capta con verismo y que el doblaje, con su puro artificio, aminora o silencia?

No se puede obligar a los empresarios de las salas a que pierdan beneficios proyectando los films en un su idioma original, pero sí se puede incentivar desde la infancia el visionado sin doblaje, lo que impulsaría de paso la lectura. Fomentemos una igualdad entre europeos mesurada por un rasero cultural y educativo y no meramente económico.
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