19 de mayo de 2015

Un juego de niños. El preludio de un clásico literario




Ganadora del prestigioso premio Pulitzer por su logradísima El jilguero, Donna Tartt no es, precisamente, una autora prolífica. De hecho, tan sólo dos novelas, El secreto y Un Juego de niños, anteceden su más aclamado trabajo.

A pesar del tiempo transcurrido desde la publicación de la segunda de esas obras, diez años, nada menos –aproximadamente el mismo lapso de tiempo que medió entre la edición de Un Juego de niños y el primer libro de Tartt-, no podíamos, dado el estado de embelesamiento en el que nos sumió El jilguero, dejar de acometer la lectura de esta segunda novela y dedicarle una de nuestras reseñas.

Ambientada en una ciudad del sur de Estados Unidos y en un tiempo cercano aunque impreciso, Un Juego de niños narra un período muy breve en la vida de su principal protagonista, Harriet, una preadolescente obsesionada por vengar la muerte de su hermano mayor, hallado ahorcado en un árbol del jardín de su casa cuando ella tan sólo era un bebé. Aquella tragedia, que sumirá a su madre en una profunda depresión, conllevará que Harriet y su hermana crezcan en un entorno disfuncional, aunque no carente de amor, pues la ausencia de los padres será suplida por los cuidados brindados por una asistenta afroamericana y la dedicación de la abuela y las tías abuelas de las pequeñas.

Entre los aciertos que hacen de Un Juego de niños una obra de más que recomendable lectura destacan, cómo no, la depurada, rica y elegante prosa de su autora y una muy sólida estructura narrativa, sustentada en un ritmo pausado, que no lento, capaz de mantener la atención del lector en todo momento, a pesar de la considerable extensión de la historia, más de ochocientas páginas que bien pudieran hacer recelar al lector más dispuesto.

A ello habría que añadir la pericia de Tartt a la hora de dotar con la suficiente hondura psicológica a los numerosos personajes que transitan por las muchas páginas de su obra y a ceder un importante papel a la crítica social, aunque la suya sea una novela de corte netamente intimista.

El mayor logro de Tartt en Un juego de niños radica, no obstante, en su capacidad para narrar buena parte de su obra desde la óptica de una niña –un personaje con tintes autobiográficos que, en su descripción física, guarda un más que notable parecido con la escritora estadounidense- y en su acertada decisión por optar por un relato sobrio pero intenso, huyendo del melodrama más desaforado al que bien pudiera haber dado pie una historia en la que la venganza y el insondable dolor por la pérdida violenta de un ser querido tienen un papel preponderante.

Si bien Un juego de niños ha contado con muy buenas críticas desde que fuera publicada, también ha sido objeto de reseñas sumamente negativas, que la han llegado a tachar de plúmbea, anodina e, incluso, por completo carente de estructura narrativa, algo con lo que no podemos menos que discrepar, aunque la segunda obra de Tartt no llegue a alcanzar la excelsa calidad literaria de El jilguero.

En cualquier caso, a todos aquellos lectores que disfrutaron con la lectura del último trabajo de Tartt, Un juego de niños difícilmente les dejará indiferentes. Quienes, por el contrario, asuman que el argumento de la historia desembocará en una novela negra al uso, su desarrollo y, sobre todo, su final inconcluso podrían decepcionarlos, si bien el lector atento, tras reunir y ensamblar las piezas del intrincado puzle urdido por Tartt, podrá, sin duda, dar con una solución plausible al misterio planteado en las primeras páginas.



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