4 de junio de 2013

El impostor. Un inquietante docudrama



Texas, verano de 1994. Nicholas Barclay, un preadolescente de 13 años, desaparece sin dejar rastro. Cuatro años más tarde, su familia recibe una llamada de un lugar tan alejado como improbable, Linares (España). Las plegarias de los Barclay parecen, al fin, haber sido atendidas. Nicholas ha dado señales de vida.

Las autoridades españolas, no obstante, dudan. El reaparecido Nicholas, un joven de cabello y ojos oscuros que parece haber dejado definitivamente atrás la adolescencia, guarda poco parecido con las imágenes que llegan del otro lado del mundo y que muestran a un niño rubio de mirada azul.

Sin embargo, ninguno de esos cambios operados en la fisonomía del supuesto Nicholas, ni su obstinado mutismo e introspección ni un fuerte acento extranjero alarman o siembran la duda entre la familia Barclay, que acoge al joven con los brazos abiertos.

Inquietante, increíble, inaudita pero… real. Esta historia, publicada hace unos años por The New Yorker, fascinó hasta tal punto al realizador de El impostor, el británico Bart Layton, que decidió llevarla a la gran pantalla en un formato a medio camino entre el docudrama, el cine de acción y el thriller, dando como resultado una obra inquietante que atrapa al espectador, no ya desde los primeros minutos de metraje, sino antes, con su envolvente tráiler.


Confeccionado con los mejores ingredientes de esos géneros, en El impostor se imbrican con maestría, y con un ritmo narrativo deudor de los mejores filmes de suspense, hechos reales con meras suposiciones, documentación de archivo con material de ficción e, incluso, con algún guiño televisivo, como varios cortes de  muy conocidos y añejos seriales.

También acertadamente, Layton apuesta por aderezar las entrevistas a los verdaderos protagonistas –quienes soportan largos planos cual consumados actores- con flashbacks que recrean la sorprendente historia que les tocara vivir hace ahora casi dos décadas.

Tal alud de información no resulta, sin embargo, confuso para el espectador, pues El impostor, aunque inconcluso, es un complejo puzzle en el que las piezas, a pesar de giros de guión y sorpresas finales, encajan con precisión, aunque algunas, por la ausencia de otras, parezcan desgajadas del conjunto y siembren una duda inquietante en la mente del espectador; y es que el broche final de El impostor, lejos de responder a todos los interrogantes planteados, impele a formularse infinidad de preguntas e incluso a cuestionar la propia veracidad de una historia con tintes tan irreales y asombrosos como la supuesta ingenuidad de la familia estadounidense, la increíble inoperancia inicial de las autoridades norteamericanas, o la sagacidad del detective que empezó a iluminar los puntos más oscuros de una historia que, en su particular obsesión, vinculó con el terrorismo.

Interesante experimento cinematográfico y auténtico ejercicio de reflexión sobre la mentira y sus ramificaciones y consecuencias, El impostor es, además, uno de esos pocos documentales que logran hacerse un hueco en la cartelera española, lo que se constituye como todo un acicate para cualquier cinéfilo militante.

¡Seguiremos con atención la obra de Layton!


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