Tal día como hoy, en 2013, fallecía una de las grandes actrices de la época dorada de Hollywood, la inigualable Joan Fontaine (1917-2013).
Hermana de la también actriz Olivia de Havilland, la inolvidable Melania de Lo que el viento se llevó, Fontaine intervino en un significativo número de títulos inmortales del Séptimo Arte. Entre ellos destaca, cómo no, Rebeca, film dirigido por Alfred Hitchcock en 1940.
En memoria de la actriz, hoy rescatamos la reseña que hiciéramos de este film clásico, uno de los mejores del gran maestro del suspense.
Tal día como hoy, en 1900, nacía la escritora norteamericana Margaret Mitchell, autora del libro en el que se basa uno de los films más famosos de todos los tiempos, Lo que el viento se llevó.
Hoy la recordamos con una de las muchas fotografías que se tomaron durante el estreno del film en Atlanta –el 15 de diciembre de 1939– y que hoy son salvaguardadas por el Atlanta History Center.
De izquierda a derecha, Vivien Leigh, Clark Gable, Margaret Mitchell, David O. Selznick y Olivia de Havilland.
Hoy recordamos al polifacético Gordon Parks (1912-2006), fotógrafo, músico, cineasta y escritor norteamericano.
Invitado por su amiga Ingrid Bergman, Parks viajó a Italia en 1949 para tomar fotografías del rodaje de Stromboli, film dirigido por Roberto Rossellini.
Además de su indudable valor artístico, Ingrid Bergman en Stromboli resulta especialmente interesante por mostrar a una mujer criticada y perseguida, algo a lo que la actriz sueca no sólo hubo de hacer frente en la ficción, sino en la vida real, pues durante aquel rodaje se hizo público su romance con el director italiano, lo que comportó que fuera considerada persona non grata en Estados Unidos y que viviera exiliada durante más de un lustro en Europa.
En muy contadas ocasiones los certámenes de cine internacionales sorprenden tanto, a propios y a extraños, como este año lo ha hecho la última entrega del Festival Internacional de Cine de Venecia, que ha concedido su León de Oro, en un acto que algunos califican de revolucionario, a un film estadounidense de gran presupuesto, vinculado al mundo del cómic y dirigido por un cineasta, Todd Phillips, famoso hasta la fecha por su trilogía palomitera de Resacón en las Vegas.
Sin embargo, la aclamada Joker no sólo se aleja de los films de superhéroes al uso, sino que, partiendo de un personaje de sobra conocido por todos los amantes de la saga Batman, se erige como un excelentísimo ejercicio cinematográfico, que roza la maestría de una obra magna y que, además, ofrece al espectador una acerada y sibilina crítica de un mundo convulso a punto de implosionar por una profunda y creciente brecha social.
Ambientada en la década de los 80 del pasado siglo, en plena era Reagan, la acción de Joker transcurre por completo en la ciudad de Gotham, una mega urbe infernal, sucia, violenta, con nichos de pobreza en los que impera la marginalidad y en la que no es difícil reconocer la Nueva York anterior a Rudoph Giuliani.
En ese inframundo sobrevive Arthur Fleck, una suerte de moderno Frankenstein, condenado por la sociedad por una enfermedad neurológica que le impele a la risa cada vez que enfrenta un mal momento. Con un trabajo mal pagado, Fleck se encarga del cuidado de su madre enferma, con la que convive en un lúgubre y maltrecho edificio. El abuso al que le someten aquellos que no aceptan la diferencia, la interrupción de su medicación –como consecuencia de los recortes públicos– y la presión ejercida por unos medios carentes de toda ética, abocarán a Fleck a iniciar una espiral destructiva que atraerá a los más pobres y marginados de la sociedad, que lo acabarán endiosando para iniciar una lucha sin cuartel contra el establishement.
Esa novedosa redimensión de un personaje de cómic tan conocido en el imaginario colectivo se sustenta en numerosos aciertos, entre los que destacan un guion que recoge muy bien la evolución mental y física del personaje; una envolvente banda sonora y una dirección de imagen soberbia; el buen hacer de Phillips, que logra un ritmo sostenido –si bien el arranque de la acción pueda resultar un tanto lento para algún espectador– y escenas de gran belleza cinematográfica, con reminiscencias al formato operístico –especialmente en los momentos más cruciales de la evolución de Joker– y a otros filmes como Taxi Driver, por su retrato de la Nueva York de los 70, y también, con su música a ratos etérea, a obras como El resplandor y su protagonista, inmerso en el insondable camino hacia la locura, un personaje interpretado por Jack Nicholson, quien, bajo la batuta de Tim Burton, también se metiera en la piel de Joker hace ya tres décadas. Otro de los grandes pilares del film, sin el cual hubiera tenido un resultado completamente distinto, es sin duda la interpretación portentosa de un descomunal Joaquin Phoenix, quien brinda una actuación que deja, literalmente, sin palabras.
Finalmente, no puede dejar de mencionarse esa crítica sibilina, demoledora, hacia el populismo y la aseveración rotunda de que la desigualdad puede degenerar en caos. Joker, héroe prácticamente a su pesar, se mueve solo atraído por su afán de venganza, no por un anhelo de crítica social como apuntan esos medios que, sin reparo, lo han ridiculizado para ganar en audiencias. Además, es imposible no preguntarse si entre sus seguidores no podrían hallarse los que, en su vida anterior, le habrían apalizado, sin dudarlo, por el mero hecho de ser diferente.
No menos acerada es la crítica social hacia una elite, representada en la familia Wayne, ajena por completo a la pobreza y que queda retratada en una escena demoledora, cuando los poderosos de Gotham se reúnen en una sala de cine para visionar una de las obras más sociales jamás filmadas, Tiempos modernos del gran e inigualable Charles Chaplin.
Si bien Joker dista mucho de ser un film que enaltezca la violencia, sí corre el peligro que pueda malinterpretarse; al fin y al cabo, y como quiere demostrar, nada hay más fácil que encender la ira colectiva y envolverla bajo el manto de la justicia social, porque es aquí, con los interrogantes que se plantean de forma muy sutil, cuando el film de Phillips resulta más perturbador. ¿Cuántos ejemplos ofrece la historia de masas cegadas por el odio que acabaron destruyendo un sistema injusto para erigir algo mucho peor? Y, aún más pernicioso, ¿cuántos luchadores, cuyas biografías engrosan los libros de historia universal, no se movieron en realidad guiados por oscuras motivaciones que supieron ocultar con maestría, envueltos en una bandera o deviniendo adalides de alguna causa social?
Nominada a los premios Oscar en la categoría de mejor película de habla no inglesa, Dolor y gloria también se ha hecho con el Premio al Mejor Actor –Antonio Banderas– en la pasada edición del prestigioso Festival de Cannes, logrando, además, que gran parte de la crítica, incluso la que no es afín a Pedro Almodóvar, la reivindique como una de las mejores obras de la filmografía del director manchego.
Relato de tintes autobiográficos que, para más de un crítico cerraría el ciclo iniciado con La ley del deseo y continuado con La mala educación, el último film de Almodóvar narra la historia de Salvador Mallo, un director de cine en plena crisis, afectiva, moral y profesional, tras perder a su madre y padecer, desde hace años, diversos problemas de salud, no graves pero sí pertinaces, que lo han llevado a retirarse de su profesión, si bien aún no se haya resignado a dejar de tejer historias.
La reposición en la filmoteca madrileña de Sabor, un film rodado por Mallo hace más de tres décadas, llevará al director a iniciar un camino hacia el reencuentro, consigo mismo y con aquéllos de los que se distanció, y también hacia un pasado dominado por la presencia de su madre. Insospechadamente, la consideración de Sabor como un clásico del siglo XX le conducirá también a la adquisición de una nueva adicción tras años de abstenciones varias.
Lejos de constituirse como un ejercicio de autocomplacencia destinado al consumo de los más fieles fans del director manchego, Dolor y gloria es, por el contrario, un film realmente emotivo en el que brillan la contención y la ternura y en el que se abordan temas tan universales como la vejez y todo lo que ello lleva aparejado; la posibilidad de hacer las paces con el pasado o, al menos, aceptarlo; la reconciliación con amistades que se creían perdidas; el recuerdo intenso del amor perdido; las contradicciones internas; los traumas y angustias acentuados por la decadencia física; la incertidumbre hacia el futuro; la desolación ante la pérdida irreparable de un ser querido; la soledad y, dado que el protagonista es un artista, la temida crisis creativa.
A pesar, no obstante, de abordar todos estos temas con una enorme maestría narrativa y visual, Dolor y gloria se erige ante todo como un auténtico homenaje a la madre, la de Mallo y, presuponemos, la de Almodóvar, figura clave en la vida de su hijo, lo que lleva al director manchego a hacer un excelso ejercicio de auto ficción y de cine dentro de cine que no dejará indiferente a ningún paladar cinéfilo exigente.
Por otra parte, Dolor y gloria, al revés que buena parte de la filmografía almodovariana, hace alarde de una gran contención dramática, alejada por completo del drama desaforado y sustentada, por el contrario, en una gran sutileza y austeridad narrativas, lo que da como resultado un film riquísimo en matices y en el que destacan poderosamente las increíbles interpretaciones de sus actores –absolutamente sublime Banderas, quien ha sabido captar a la perfección, hasta en los matices más sutiles, al Almodóvar más mediático; una increíble Penélope Cruz, cada día más grande como actriz; y un impactante Asier Etxeandia, quien borda su personaje. Brillan también otros acertados recursos, como la inclusión de pasajes teatrales o el diseño gráfico que ilustra los achaques que Mallo padece desde hace años. Y todo ello viene acompañado de algunas de las más destacadas características del cine de Almodóvar, como el colorido de sus fotogramas, presente tanto en vestuario como interiores; la atención al detalle; los bellísimos planos; el humor y su buen hacer como director de actores –no hay nadie que haya sabido sacar tanto partido al talento de Banderas y Cruz como Pedro Almodóvar–, lo que convierte Dolor y gloria en un film imprescindible no sólo para los incondicionales del director manchego, sino también para los más exigentes sibaritas cinéfilos.
Dolor y gloria puede verse en pantalla grande y también en las plataformas Netflix y Filmin.
Carente de buenos guiones, el cine de Hollywood lleva años, décadas, produciendo un sinfín de remakes de un buen número de largometrajes que, en su momento, contaron con el aplauso de la crítica y/o el público. Tampoco el cine americano independiente ni el europeo, aunque en mucha menor medida, han sido ajenos a esta tendencia creativa que sólo en muy contadas ocasiones ha dado lugar a obras verdaderamente remarcables y superiores al original en el que se inspiraron.
El avance vertiginoso de las nuevas tecnologías no ha hecho más que incidir en esa tendencia a filmar de nuevo no ya clásicos, sino títulos relativamente recientes, especialmente la factoría Disney que, con su fino olfato comercial, ha sabido aprovechar al máximo una técnica que ha evolucionado de forma asombrosa en los últimos años, el live-action, que adapta en imagen real, ya sea con animales o personas, personajes de animación. No es casualidad, de hecho, que uno de los primeros filmes que la aplicaron, aunando en un mismo fotograma realidad y animación, fuera el ya mítico ¿Qué fue de Roger Rabbit?, estrenado hace más de tres décadas, en 1988, y producido, precisamente, por Touchstone Pictures, distribuidora de The Walt Disney Studios.
Valiéndose de esa técnica, la mítica productora de animación norteamericana ha estrenado numerosos remakes de sus títulos más memorables, entre los que destacan 101 dálmatas (1999), Alicia en el país de las maravillas (2010), Cenicienta (2010), El libro de la selva (2017), Aladdin (2019), Dumbo (2019) y, cómo no, el título que hoy nos ocupa, El Rey León (2019).
Si bien con reminiscencias netamente hamletianas, El Rey León (1994) fue el primer título de Disney que no partía de una obra original. Su recibimiento fue tan aplaudido que el film acabaría contando, como algunos grandes clásicos, con su preceptivo musical, hoy representado, con gran éxito, en las más importantes capitales del teatro, Londres y Nueva York, y otras ciudades europeas, como Madrid.
Lejos del remake al uso, que suele recoger el legado del film en el que se inspira para actualizarlo e, incluso, reformularlo, El Rey León es casi una copia exacta del original de Disney estrenado en 1994. Y si bien esta fórmula no es nueva –Gus Van Sant hizo lo mismo con su controvertida revisión de un clásico en toda regla como Psicosis; mientras que Michael Haneke copió al milímetro su inquietante Funny Games para que la acabaran protagonizando actores anglosajones–, su elección para el presente film es cuestionable, por cuanto, más allá de ser una obra de incontestable belleza, no aporta nada nuevo al espectador que conoce el original estrenado en 1994 –a excepción del alargamiento de algunas escenas y la inclusión de un par de nuevas canciones en una banda sonora ya mítica.
Ahora bien, sería injusto no incidir en el plano estético de este film de apariencia hiperrealista, sustentada, como admite su director, Jon Favreau, en casi todas las tecnologías de vanguardia, lo que brinda al espectador una experiencia inigualable, con bellísimas y realistas escenas que, por su marco geográfico, remiten poderosamente a un clásico documental del National Geographic.
Ese mayor acierto, no obstante, se constituye también como el mayor lastre del film, pues el hiperrealismo aplicado a una historia concebida originalmente para el formato de animación tradicional resta dramatismo a los momentos más intensos de la historia, como la muerte de Mufasa o el enfrentamiento de Simba con su tío Scar.
En cualquier caso, El Rey León del siglo XXI, con su reverencial respeto hacia su fuente de inspiración original, su uso de las nuevas tecnologías, su inusual belleza, su mítica banda sonora y el trabajo de los actores que dan voces a unos personajes animados de un realismo portentoso, no dejará indiferente a los amantes del cine de gran formato; a los que amamos el film original nos hubiera gustado, sin embargo, una apuesta más audaz en su reinterpretación de este clásico de Disney.
Trufado de clichés, el biopic es muy posiblemente uno de los géneros cinematográficos más clásicos en su estructura y desarrollo narrativo. Por ello, un film basado en la vida y obra de un artista todavía vivo no parece, a priori, que vaya a convertirse en un largometraje de culto, sino más bien en un producto de consumo rápido, sin ningún otro cometido que el de satisfacer a las legiones de los más devotos fans del homenajeado, máxime cuando éste ha participado activamente en la producción del film.
Rocketman, centrado en el auge y caída ¡momentánea! de Elton John es, por el contrario, todo un hallazgo cinematográfico que, aun siendo fiel a los ingredientes más comunes del género biográfico, depara no pocas sorpresas al espectador sibarita, independientemente del agrado que pueda merecerle el músico británico.
La dirección del film ha corrido a cargo de Dexter Fletcher, un actor que conoció cierto reconocimiento entre el público joven de la España de la década de los noventa por su papel protagonista en la serie La pandilla plumilla y que ha acabado especializándose en la dirección de musicales. De hecho, fue precisamente Fletcher quien se hiciera cargo de la celebrada Bohemian Rhapsody tras el despido de su director.
Articulada a base de flashbacks, Rocketman sigue los pasos de Reginald Kenneth Dwight, más tarde conocido con el nombre artístico de Elton John, desde su infancia en el seno de una familia desestructurada hasta su caída en los infiernos tras recorrer un largo camino de abusos de sustancias varias y adicción al sexo.
Esa espiral de autodestrucción se va desgranando en el film mediante una increíble sucesión de números musicales, tan brillantemente coreografiados que evocan, sin desmerecer un ápice, a los espectáculos clásicos de Broadway y del West End londinense.
Rocketman, además, destaca por haber sabido integrar en el guion algunos de los grandes éxitos de Elton John, que sirven al director para retratar diferentes situaciones y estados de ánimo de su principal protagonista, lo que obliga a sus actores a cantar. Esa fórmula brinda escenas brillantes, como la que describe uno de los momentos más dramáticos de la infancia del músico inglés y en la que intervienen la siempre increíble Bryce Dallas Howard –en el papel de madre del artista– y la inigualable Phyllida Law –interpretando a su abuela.
Sin embargo, lejos de sucumbir al dramatismo desaforado que muchas veces, demasiadas, conllevan las historias de autodestrucción y posterior redención, Rocketman destaca por su original formato y por saber combinar, sin que las costuras se noten demasiado, música con fantasía desbordante –como no podía ser menos en un film dedicado a un maestro del glam tan ostentoso–, con un punto de realismo mágico que casa a la perfección con el tono del film.
Sería injusto, no obstante, no mencionar otros puntos fuertes de este largometraje que, por lo ya descrito, se constituye como una rara avis. Entre esos elementos cabría destacar el increíble diseño de producción, con una paleta cromática de las que permanecen en la retina por mucho tiempo, y un cuidadísimo vestuario, especialmente el lucido por el principal protagonista, que es una recreación exacta de algunos de los modelos más estrambóticos que Elton John ha lucido a lo largo de su carrera artística.
Sin embargo, si hay algo en lo que Rocketman brilla por encima de todo y enriquece el conjunto de la obra es, sin duda, la portentosa interpretación de todo su plantel de actores, especialmente, y por el peso de su personaje, del increíble Taron Egerton, que consigue meterse tanto en la piel del artista británico que, tras haber visionado el film, al espectador le va a costar distinguirlo del siempre único Elton John.
Hoy recordamos al cineasta alemán F.W. Murnau y uno de sus más conocidos films, Nosferatu (1922).
Obra clave del expresionismo alemán, Nosferatu se basa en la famosa novela de Bram Stoker, Drácula, aunque, como su productora no consiguiera los derechos, ninguno de sus personajes, incluido el propio Drácula –aquí el Nosferatu del título–, responde al nombre con el que lo bautizara el escritor irlandés.
Justo un siglo después del nacimiento de Max Schreck (1879-1936), el actor que encarnara a Nosferatu, se rodaría el remake del film de Murnau. Con una caracterización casi idéntica a la de Schreck, el principal actor de esa nueva versión, Klaus Kinski, l’enfant terrible del cine alemán de hace varias décadas, lograría una de sus mejores interpretaciones. Os dejamos con el tráiler de este último film, Nosferatu, el vampiro de la noche, dirigido en 1979 por el aclamado cineasta alemán Werner Herzog.
Tal día como hoy, en 1926, nacía en Los Ángeles Norma Jeane Baker, quien más tarde, y con otro nombre, se convertiría en una de más famosas actrices de todos los tiempos, la malograda Marilyn Monroe.
Hoy la recordamos de la mano de Milton H. Greene (1922-1985), conocido como el fotógrafo de las estrellas de cine y quién quizá más haya contribuido a cimentar el mito de una actriz que siempre permanecerá joven y bella en la memoria colectiva.
Finalizamos la semana recordando uno de los mejores films de todos los tiempos, El tercer hombre (1949).
Dirigida por el director británico Carol Reed a partir de un guion de su compatriota, el escritor Graham Greene, El tercer hombre cuenta con un reparto estelar –encabezado por monstruos de la interpretación como Orson Welles y Joseph Cotten– y una banda sonora inolvidable firmada por el músico austríaco Anton Karas.
Como todo clásico del Séptimo Arte, El tercer hombre cuenta con un sinfín de fotogramas que, por derecho propio, merecerían pender de las paredes de un museo. Buen ejemplo de ello sería la imagen que ilustra este post.
Quedan ya lejos aquellos tiempos en los que, para ver una serie o una película, los espectadores debían esperar pacientemente a que alguna cadena de televisión consiguiese los derechos y, a partir de ahí, armarse de valor para una ingesta masiva y forzosa de anuncios publicitarios. Hasta no hace demasiado tiempo, la única forma de evitar esa espera, y esa indeseada exposición a los reclamos comerciales, consistía en hacerse con un DVD o un Blu-ray con el film o serie objeto de deseo. Sin embargo, esta opción no siempre daba respuesta a aquellos cinéfilos que buscaban títulos muy concretos, especialmente en el campo de las series.
La irrupción en el mercado de las plataformas con contenidos en streaming ha incidido negativamente en el volumen de ventas de productos audiovisuales en formatos físicos y, además, está abocando a la televisión tradicional a reinventarse y a apostar más decididamente por una mayor producción de contenido propio e, incluso, a crear sus plataformas en las que se sirva ese contenido.
Actualmente, los amantes del cine y las series en España cuentan con diversas plataformas digitales, entre las que destacan las tres que siguen a continuación y que, en estricto orden alfabético, presentamos mediante unas breves pinceladas.
Fuente: Wikipedia
FILMIN. Es la plataforma preferida por la mayor parte de los cinéfilos militantes. Y no es para menos, pues su cuidado catálogo cuenta con un buen número de largometrajes independientes y también clásicos del Séptimo Arte, amén de series emblemáticas y por las que no pasa el tiempo –como Yo, Claudio– e interesantes documentales –entre los que destacan los protagonizados por la historiadora británica Mary Beard, autora de La civilización en la mirada.
Lo mejor: indudablemente, su fondo; sus criterios de clasificación de diferentes títulos, englobados en secciones tan sugerentes como Colección Nuevo Cine Griego, Colección Segunda Guerra Mundial o Colección Sin Censura.
Lo peor: el funcionamiento de la plataforma es mejorable –urge contar con subtítulos en inglés para aquellas obras de habla inglesa; la versión básica obliga al usuario a pagar buena parte de los largometrajes más interesantes de la colección.
Fuente: Wikipedia
HBO. Su fondo se nutre de títulos mayoritariamente comerciales y de habla inglesa. Sin embargo, cuenta con algunas de las series más relevantes de los últimos tiempos y documentales de muy variada temática y galardonados en algunos casos.
Lo peor: el funcionamiento de la plataforma requiere mejoras; su catálogo cinematográfico no está a la altura de sus series, si bien cuenta con clásicos, como la siempre inquietante ¿Qué fue de Baby Jane?
Y, bueno o malo, según se mire, está el hecho de que HBO apueste por la entrega semanal de capítulos de sus nuevas series, algo que parece responder más a una estrategia comercial, pues el período de prueba, un mes, se queda corto para visionar series que, en su mayor parte, cuentan con una media de 8 a 10 capítulos por temporada.
Fuente: Wikipedia
NETFLIX. Es, muy posiblemente, la plataforma con un fondo más extenso. Entre sus títulos destacan series aclamadas por crítica y público –Black Mirror, por ejemplo–, numerosas series europeas y procedentes de otros países –como la reciente Delhi Crime o la muy interesante Pablo Escobar: El patrón del mal–, clásicos de la pequeña pantalla –Friends–, y numerosos documentales –muchos de ellos premiados. Por otra parte, y si bien su fondo cinematográfico no contiene un gran volumen de largometrajes recientes –en este aspecto, FILMIN la aventaja–, en esta plataforma pueden hallarse títulos como la premiada Roma de Alfonso Cuarón o A ciegas, de Susanne Bier, ambos producidos por NETFLIX, pues, al igual que HBO, también se ha decantado por la producción de contenidos audiovisuales.
Lo mejor: su extenso fondo; su variedad; el excelente funcionamiento de su plataforma –NETFLIX es la única que permite avanzar y retroceder en la reproducción de contenidos por intervalos de diez segundos y ofrece al espectador la selección de diversos idiomas en el apartado del subtitulado.
Lo peor: se echa de menos una mayor apuesta por los títulos independientes en el apartado de los largometrajes cinematográficos.
Tal día como hoy, en 1895, nacía uno de los galanes más famosos de todos los tiempos, el actor Rodolfo Valentino (1895-1926).
Nacido en Italia, Valentino se forjaría como actor en Estados Unidos, llegando a convertirse en una de las estrellas más rutilantes del cine mudo, hasta el punto de que su prematura muerte condujo al suicidio a algunas de sus más fervientes admiradoras.
En la fotografía que hoy hemos escogido en su recuerdo, Valentino aparece junto a la que fuera su segunda esposa, la polifacética Natacha Rambova.
Tal día como hoy, hace 39 años, fallecía el Gran Maestro del Suspense, el cineasta británico Alfred Hitchcock (1899-1980).
En su recuerdo, hemos escogido esta fotografía en la que Hitchcock aparece junto a Leo, el archiconocido león de la Metro Goldwyn Mayer.
Esta imagen, tomada en 1958, forma parte de un conjunto de fotografías en las que la mascota de la productora estadounidense y el cineasta inglés posaron con el fin de ilustrar una suerte de reportaje publicitario de la productora MGM.
Hace poco más de tres años, centrábamos uno de nuestros Investigadores Culturales en ProyectandoARTE, una loable iniciativa cultural que nos había llamado mucho la atención por su carácter interdisciplinar.
ProyectandoARTE, que, por supuesto, sigue en activo, forma parte, a su vez, de Acceptus, una empresa especializada en eventos y producciones audiovisuales y si hoy rememoramos aquel post se debe a un muy interesante proyecto cultural que está a punto de ver la luz y al que los gestores de esta firma le han dedicado más de dos años.
Este proyecto, el documental Antonio Gavira Alba. Espíritu Mediterráneo, se centra en la vida y obra de uno de los mayores exponentes de la corriente del llamado clasicismo mediterráneo y uno de los escultores andaluces más relevantes del pasado y presente siglo, autor de algunos de los monumentos públicos más destacados de Mairena del Alcor, su patria chica, o de Sevilla –donde destaca la escultura a Santa Ángela de la Cruz–, un artista incombustible que hoy, a sus noventa años prácticamente recién cumplidos, sigue manteniendo viva la ilusión que lo llevara a superar adversidades y penurias y a convertirse en un artista amado y aclamado, amén de un reputado académico, pues Don Antonio Gavira Alba ha sido catedrático de Escultura en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla y es Académico Numerario de la Real Academia de Santa Isabel de Hungría.
Este trabajo, que ha supuesto para sus creadores una gran inversión en tiempo y esfuerzo –sustentado, por supuesto, en la gran ilusión de revindicar la trayectoria de un artista singular e irrepetible–, cuenta con el apoyo de importantes instituciones, como la Diputación de Sevilla, la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, el Museo de Sevilla y el Excmo. Ayto. de Mairena del Alcor. Por el proyecto también han mostrado interés otras instituciones culturales como CaixaForum, la Sala Antiquarium o la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo, y algunas cadenas de televisión –Canal Sur TV y TV2.
Antonio Gavira Alba. Espíritu Mediterráneo ha sido dirigido por el sobrino del artista, Ángel García Gavira, y ha contado con el concurso de numerosos allegados, académicos y antiguos estudiantes. Su estructura argumental, que abarca toda la vida profesional de Gavira Alba, gira en torno a tres ejes. El primero se centra en el afán de superación del artista, que, nacido en el seno de una familia muy humilde, hubo de enfrentar la pérdida de un ser muy querido a una edad muy temprana y superar una grave enfermedad que lo apartó temporalmente de sus estudios, que había logrado iniciar en Sevilla gracias a una pequeña ayuda económica concedida por el Ayuntamiento de Mairena del Alcor y al apoyo de varios profesores.
Otro eje del documental es, como no podía ser menos, la obra del artista andaluz, que recibe influencias de Arístides Maillol y Josep Clarà, aunque el suyo sea un trabajo absolutamente personal y único, propio de un artista que no ha dudado en experimentar. De hecho, además de utilizar con maestría los materiales más tradicionales – barro, bronce, piedra y madera–, Gavira Alba también se ha valido de otros no tan clásicos, como el cemento, el hormigón o el poliéster.
Finalmente, y no menos importante, el documental también se centra en la vertiente académica del artista, lo que resulta sumamente interesante, por cuanto mostrará al gran público la generosidad, cercanía y savoir faire de este artista sin igual.
Antonio Gavira Alba. Espíritu Mediterráneo es, en definitiva, un documental de un gran valor histórico, cultural y artístico con el que todos los amantes de la cultura tenemos un compromiso. Aquí os dejamos con la página de Facebook creada para su lanzamiento.
Personajes de importancia histórica incuestionable no sólo en el Reino Unido, sino en el resto del mundo Occidental, María Estuardo e Isabel I han sido objeto de estudio de numerosos historiadores y su vida abordada, con mayor o menor rigor, por dramaturgos, cineastas y escritores varios en numerosas ocasiones.
Josie Rourke, directora teatral con una sólida trayectoria, debuta en el mundo del cine con una historia en la que reúne a ambas monarcas, primas segundas y acérrimas enemigas, hasta el punto de que una acabaría, mediante decapitación, con la vida de la otra, si bien, caprichos del destino, hoy sus restos permanecen muy próximos en la inigualable abadía de Westminster.
La ópera prima de Rourke parte de la novela de John GuyQueen of Scotts. The true life of Mary Stuart, traducida en España con el título, mucho más dramático, de María Estuardo, la reina mártir, y cuenta con dos intérpretes de relumbrón, Margot Robbie, en el papel de la llamada Reina Virgen, y Saoirse Ronan encarnando a la desdichada reina de Escocia.
La historia, servida en formato biopic, se articula en torno a un largo flashback, que se inicia con la llegada de María a Escocia tras la muerte de su esposo, el rey francés Francisco II. En el país galo había pasado María, descendiente, por vía materna, de Catalina de Médeci, la mayor parte de su vida. De regreso a su país, María reclamaría su derecho sobre el trono inglés, lo que, unido a sus creencias religiosas –María era católica mientras que la hija de Enrique VIII se había declarado protestante–, acabaría enfrentándola a Isabel I, con quien, a lo largo de los años, mantendría una intensa relación epistolar.
Quien haya visionado el film no podrá negar que, como la mayoría de las producciones británicas presenta una factura impecable, especialmente en el plano estético, y las interpretaciones, especialmente las de sus principales protagonistas, son dignas de un galardón. Además, el film también cuenta con un ritmo muy sostenido, un guion que ha sabido sacar mucho partido de una historia colmada de intrigas palaciegas y juegos de poder varios y, especialmente, una excelente caracterización de sus principales personajes, que no sólo se sustenta en el savoir faire de sus principales actrices, sino también en unos acertadísimos vestuario, maquillaje y peluquería. A ello también habría que añadir sus excelentes escenas en exteriores, que captan muy bien el hermosísimo paisaje escocés en todo su esplendor, y una banda sonora memorable.
Sin embargo, María, reina de Escocia se ve más que opacada por sus licencias históricas –especialmente la que reúne en un mismo plano a ambas monarcas– y una mirada excesivamente contemporánea sobre la perspectiva de género, que se traduce en un discurso feminista en absoluto bien encajado con la sociedad europea del XVI que pretende retratar y que remite a aquel William Wallace interpretado por Mel Gibson que proclamaba la libertad de su pueblo en un discurso extrapolado de otra época y latitud.
Tampoco resulta, por otra parte, demasiado creíble el retrato de una Isabel I con los sentimientos a flor de piel y llorando en más de un plano y, por supuesto, esa corte inglesa multicultural en la que el embajador de Inglaterra en Escocia, un lord, es interpretado por un actor negro, lo que causa tanta perplejidad como la que produciría si un rey zulú fuera interpretado por un actor de rasgos inequívocamente escandinavos. Esa apuesta por un Color-blind casting –aquel que no tiene en cuenta la etnicidad, el color de piel, el aspecto físico, el sexo o el género–, que contrasta sobremanera con el cuidado extremo con el que se ha caracterizado a ambas monarcas –gracias no sólo a una, ya aludida, importantísima labor de peluquería, vestuario y maquillaje, sino también a la propia fisonomía de sus principales actrices–, habría estado dotada de todo su sentido –asumimos que la directora ha querido representar a todas las minorías que forman parte fundamental de su país– si todo el reparto hubiera sido seleccionado siguiendo ese mismo criterio.
Hoy recordamos al polifacético artista Gaspard-Félix Tournachon (1820-1910), más conocido como Nadar.
Caricaturista, fotógrafo, novelista, periodista e, incluso, aeronauta, Nadar fue también todo un precursor del arte fotográfico. De hecho, fue la primera persona en tomar fotografías aéreas, siendo en la actualidad considerado como uno de los pioneros en utilizar luz artificial para captar imágenes.
Entre la prolífica obra de Nadar destacan los retratos y uno de los más conocidos es, sin duda, el que hiciera, hacia el año 1864, a la mítica actriz Sarah Bernhardt.
No hay duda de que uno de los elementos más distintivos de los estudios Metro Goldwyn Mayer es su logo, ese león rugiente que precede a los títulos de crédito iniciales de todos sus films.
Leo –nombre con el que fuera bautizado el felino– no siempre hizo alarde de sus potentes cuerdas vocales. De hecho, no sería hasta 1928 –con la era del cine mudo tocando a su fin– cuando se registró el rugido más famoso de la historia del cine.
Eso momento quedó inmortalizado en varias fotografías, entre la que destaca la imagen con la que hoy ilustramos el post del día.
Como nota curiosa habría que destacar que Leo era tan sólo un nombre artístico, pues el león que posó para esta fotografía se llamaba, en realidad, Jackie.
Producida íntegramente por Netflix, Roma llegaba a los cines pocos días antes de que la famosa plataforma de contenido multimedia la estrenara oficialmente el pasado 14 de diciembre. Ambos estrenos venían precedidos por los parabienes de la crítica y, sobre todo, por el éxito de la película en la pasada edición del Festival Internacional de Cine de Venecia, donde se hizo con el máximo galardón. Con sus diez nominaciones, Roma, además, parte ahora mismo como una de las grandes favoritas de los premios Oscar de este año, lo que no deja de resultar paradójico y revelador, dado el canal de distribución preferente de este filme.
A pesar del reconocimiento de la crítica, Roma ha conseguido, sin embargo, dividir a la casi totalidad del público entre entregados admiradores, que la consideran uno de los grandes largometrajes del siglo XXI, a la altura del neorrealismo felliniano, y detractores acérrimos, que han llegado a tacharla de plúmbea, carente de historia e, incluso, de bodrio infumable. Sin ser una obra magna del Séptimo Arte, Roma es, no obstante, una de esas pequeñas delicatessen que, muy posiblemente, se paladean una sola vez en la vida, pero que suponen una gratificante experiencia para todo cinéfilo militante y amante del cine más personal e intimista.
Rodada íntegramente en blanco y negro y ambientada en la década de los 70, Roma es, de hecho, la película más personal que Alfonso Cuarón ha rodado hasta la fecha. La historia de Cleo, una mujer de origen mixteco que se hace cargo del cuidado de los hijos de una familia acomodada, contiene no pocos puntos comunes con la biografía de Libo, la mujer que criara a Cuarón y a sus hermanos desde su más tierna infancia y a la que el director mexicano ha dedicado esta película.
El escenario en el que transcurre la mayor parte de la historia, por otra parte, no se ha escogido al azar, ya que Cuarón vivió en la misma calle en la que se ubica la casa en la que reside Cleo con la familia para la que trabaja. Ese barrio que da nombre al film, la colonia Roma, fue antaño, con sus palacetes y mansiones de inspiración europea, lugar de residencia de familias acomodadas y sirve a Cuarón para contraponerlo con otros escenarios, mucho más pobres, casi sumidos en la miseria, en los que la diferencia de clases se muestra en toda su crudeza, acentuada, además, por el racismo, una lacra de la que no parece haberse despojado una parte de la sociedad mexicana del siglo XXI, a tenor de los comentarios execrables que se han vertido en muchas redes sociales sobre la principal actriz protagonista, Yalitza Aparicio, a la que, por su origen mixteco, no se la ha considerado digna de representar a su país.
Uno de los grandes logros de Roma reside no solamente en su retrato de su principal protagonista sin caer en excesos dramáticos, sino en su capacidad para integrar su historia en un momento histórico determinado, al que se alude no solamente con la caracterización de personajes y escenarios, sino con la inclusión de hechos históricos que tuvieron una especial importancia en la historia reciente mexicana, como el baño de sangre en el que acabó una revuelta estudiantil el 10 de junio de 1971, un acontecimiento que la historiografía ha bautizado como El Halconazo o la Matanza de Corpus Christi.
Roma, en definitiva, puede que no sea la obra de arte a la que la han elevado algunos críticos –tampoco la interpretación de su principal protagonista, aún siendo notable, está a la altura de la obtención de un Oscar–, amén de que en el aspecto de sonido resulta más que mejorable –hay escenas ininteligibles–, sin embargo, su tono intimista, contenido, no dado a los excesos –que no desprovisto de una intensa emoción en prácticamente todo su metraje–, unido a la maestría de Cuarón tras la cámara y una fotografía que sólo cabe de calificar como excelsa, la convierten en un título de obligado visionado para los amantes del Buen Cine, con mayúsculas. A quienes acusan a Roma de carecer de guion y echan de menos un mayor calado dramático, pergeñado de momentos de intenso melodrama, habría que recordarles que quizá no haya mayor drama que el de la tiranía de la rutina y la condena a una vida en la que los días, con sus pequeños y grandes pesares, se hacen indistinguibles unos de otros, sin que en ellos quepa lugar para la esperanza y los sueños.
Artista inigualable e irrepetible, Charles Chaplin (1889-1977) no sólo protagonizó y dirigió sus propios films, sino que, a partir de 1931, año en el que rodó Luces de la ciudad, también compuso sus bandas sonoras.
Al no haberse formado como músico, Chaplin hubo de contar con la ayuda de compositores profesionales para crear sus piezas musicales. Años antes, sin embargo, había aprendido a tocar –de forma absolutamente autodidacta- instrumentos como el piano, el violín y el chelo.
Esta fotografía, tomada en 1915 y sin autoría conocida, muestra esa temprana afición de Chaplin por la música.
Tal día como hoy, en 1901, nacía uno de los grandes mitos de Hollywood, el actor Clark Gable (1901-1960).
Especialmente recordado por sus recreaciones de galán con un punto cínico, Gable no sólo saboreó las mieles del éxito en vida, sino que trabajó con algunos de los grandes maestros del Séptimo Arte de su tiempo.
Entre sus interpretaciones destaca, por supuesto, la que lo catapultara al estrellato, su Rhett Butler en Lo que el viento se llevó, un film clásico entre clásicos que, estrenado en 1939, tardaría nada menos que once años en poder proyectarse por primera vez en Barcelona y Madrid.