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1 de junio de 2019

Marilyn Monroe in memoriam



Tal día como hoy, en 1926, nacía en Los Ángeles Norma Jeane Baker, quien más tarde, y con otro nombre, se convertiría en una de más famosas actrices de todos los tiempos, la malograda Marilyn Monroe.

Hoy la recordamos de la mano de Milton H. Greene (1922-1985), conocido como el fotógrafo de las estrellas de cine y quién quizá más haya contribuido a cimentar el mito de una actriz que siempre permanecerá joven y bella en la memoria colectiva.

¡Feliz sábado! 


9 de julio de 2013

Milton H. Greene. El fotógrafo de las estrellas



Dentro de pocos días, el 8 de agosto, se cumplirán 28 años del fallecimiento de Milton H. Greene, mítico fotógrafo que, durante las décadas de los años 40 y 50 del siglo pasado, inmortalizó los rostros de las estrellas más rutilantes del momento.

Poseedor de un talento precoz, Greene se inició en la fotografía con tan sólo 14 años, edad en la que, cámara en ristre, empezó a vagar por las calles de su ciudad natal, Nueva York, con el objetivo de captar en imágenes la vibrante vida de la gran urbe que, asumiendo el papel largamente detentado por París, acabaría convirtiéndose en pocos años en la capital del mundo.

A ese período netamente autodidacta siguió un aprendizaje guiado por el fotoperiodista Elliot Elisofen y, no mucho más tarde, por Louise Dahl-Wolfe, la elegante y famosa fotógrafa de Harper’s Bazaar, responsable, durante la década de los 30, de algunas de las mejores portadas de la revista.

Poco después, Greene empezaría a trabajar de forma continuada para esa publicación y también colaboraría con otras revistas de renombre, como Vogue y Life, primero como fotógrafo especializado en alta costura y poco después como uno de los retratistas preferidos del star system de su época.

Elizabeth Taylor, Grace Kelly, Frank Sinatra, Ava Gardner, Marlene Dietrich o el mismísimo Salvador Dalí fueron sólo algunos de los rostros que Greene captó en numerosísimas fotografías que tenían, como ingredientes comunes, generosas dosis de glamour, elegancia y naturalidad.


Aquellas instantáneas propiciaron que su autor fuera merecedor en vida de numerosos y prestigiosos premios; en la actualidad, la obra de Greene puede considerarse como testimonio de toda una época, especialmente valioso para los estudiosos del Séptimo Arte, lo que ha incidido en que gran parte del trabajo del fotógrafo estadounidense haya sido exhibido de forma temporal en museos y galerías de todo el mundo.

Muy posiblemente, sin embargo, la obra de Greene no contaría con el reconocimiento actual de no haberse visto influida de manera determinante y decisiva por su relación, profesional y personal, con la malograda Marilyn Monroe.


Amigos durante pocos años, y hasta la muerte de la actriz, Greene y Monroe trabajaron juntos en 52 sesiones fotográficas, que dieron como resultado algunas de las más bellas imágenes de la actriz, y fundaron la productora MM Productions, de la que surgieron El príncipe y la corista y Bus stop, títulos importantes en la filmografía de Monroe.

A la muerte de la actriz, Greene hizo su incursión en el mundo de la edición publicando My story –una biografía que le fue encomendada, al parecer, por la propia actriz- y colaboró en una suerte de autobiografía ficticia de Monroe -Of women and their elegance- que recibió alguna que otra crítica negativa.  Ello no mermó, ni entonces ni ahora, un ápice de la excelente trayectoria de Greene, considerado como toda una leyenda dentro y fuera de su profesión. De hecho, y no por casualidad, su colega Richard Avendon dijo de él que era el mejor fotógrafo de mujeres que había conocido. No hay más que observar la obra de Greene para comprobar que Avendon, otra leyenda de la fotografía, no andaba nada errado.


23 de marzo de 2012

Mi semana con Marilyn. Una nueva disección de Norma Jean




No es la primera vez, ni ciertamente tampoco será la última, que el Séptimo Arte aborda la vida de Marilyn Monroe, uno de los iconos cinematográficos más representativos de la historia del cine. Sin embargo, lejos de aspirar a convertirse en un biopic al uso, Mi semana con Marilyn se centra en un momento muy concreto de la existencia de la malograda actriz.

De hecho, el film del británico Simon Curtis parte de las memorias que Colin Clark recogiera en su libro El príncipe, la corista y yo a raíz de sus experiencias durante el rodaje de la película de casi idéntico título, El príncipe y la corista.

Cuando en 1956 Marilyn Monroe, recién casada con el escritor Arthur Miller, se trasladó a Inglaterra para formar parte del rodaje de aquel film -que coprotagonizaba, dirigía y producía el gran y recordado actor inglés Laurence Olivier - era ya una efervescente estrella de Hollywood con ganas de demostrar su valía como intérprete más allá de su innegable belleza.

No obstante, aquel rodaje distó mucho de ser idílico a causa de los desmanes de la actriz, quien, alcoholizada y completamente dependiente de los barbitúricos que seis años más tarde le arrebatarían la vida, era incapaz de llegar puntual al plató y de, ni siquiera, recordar las más sencillas frases de su papel.

Valiéndose de un material tan interesante como el producido por Colin Clark, Simon Curtis -  en su primera incursión en la gran pantalla - se lanza a la empresa de profundizar en el personaje que se esconde tras el mito, diseccionándolo y mostrándolo como el de una mujer a la que horrorizaba la soledad pero que era incapaz de no ahuyentar a todos aquéllos que osaban formar parte de su vida.

Para ello cuenta Curtis con una actriz de excepcional talento, Michelle Williams, quien no sólo se ha sometido a una sorprendente transformación física, sino que dispone de los registros suficientes como para captar los más diversos y extremos estados de ánimo a los que se vio sometida Marilyn Monroe durante el corto período de tiempo en el que trabó una suerte de amistad con Colin Clark.

El mayor acierto de Curtis, sin embargo, no radica por completo en la elección de Williams y de un casting con pesos pesados de la escena británica (Judi Dench, Julia Ormond y un Kenneth Branagh completamente verosímil en su interpretación de un personaje – Laurence Olivier – con el que guarda muy poco parecido físico), sino en la apuesta por rodar extractos de films protagonizados por Monroe con el fin de mostrar las diferencias existentes entre dos mujeres prácticamente antagónicas – la Marilyn angustiada por sus inseguridades y la mejor recreación de ésta, la Marilyn frívola y desacomplejada.


No obstante, y a pesar de la prodigiosa interpretación de Williams y  de las buenas intenciones de Curtis - quien, por cierto, procede del mundo televisivo -, Mi semana con Marilyn roza peligrosamente - con su cierta falta de aliento y su factura formal pero a ratos casi impersonal - el formato telefilm.

Lamentablemente, es imposible no preguntarse qué habría hecho otro director más curtido e inspirado  con una historia que Curtis desaprovecha al no ahondar lo suficiente en la relación de dos personalidades tan diferentes como Monroe y Olivier y al pasar de puntillas por las vidas de otros personajes igualmente fascinantes, como Vivien Leigh o Arthur Miller.


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