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2 de mayo de 2018

Y no quedará ninguno




Hace unas semanas hablábamos de la puesta en escena de Una visita inesperada, uno de los grandes clásicos de la gran maestra del suspense, Agatha Christie. Hoy no podemos menos que prestar nuestra atención a la adaptación de Y no quedará ninguno, otro de los celebrados relatos de la escritora británica que estos días se representa en la Ciudad Condal, concretamente en el Teatre Apolo, que hace unos años, precisamente, escenificara la obra teatral más representada de todos los tiempos, La ratonera, escrita también por Christie.

Inicialmente titulada Ten little niggersDiez negritos, en su versión española−, Y no quedará ninguno fue, por su innegable connotación racista, rebautizada con su actual título años después de haber sido editada por primera vez en 1939. Aún con su título original, su gran éxito de ventas conllevó que la obra fuera adaptada a diversos formatos y en innumerables ocasiones.

La adaptación barcelonesa de la obra de Christie ha corrido a cargo de Gianluca Ramazzotti y Ricard Reguant −este último también se ha hecho cargo de la dirección− y lleva representándose desde hace meses en la zona teatral por excelencia de la Ciudad Condal.



Y no quedará ninguno narra la historia de diez personas que, invitadas o contratadas por un misterioso o misteriosa anfitriona, se quedan atrapadas en una mansión aislada, situada en una isla incomunicada. La primera noche de su estancia en el lugar son acusados, por una voz procedente de un magnetófono, de haber cometido, cada uno de ellos, crímenes que quedaron impunes. A partir de ese momento, los huéspedes de la mansión serán ejecutados, uno a uno, por los medios más variopintos y siguiendo la letra de una nana muy conocida en el Reino Unido.

Con un toque decididamente cinematográfico a lo largo de toda su puesta en escena, esta adaptación de la famosa novela de Christie se inicia precisamente con esta canción y con el telón bajado, en el que, cual pantalla de cine, se proyectan las sombras de diez figuras que van desapareciendo, una a una, siguiendo la letra de la canción, hasta no quedar ninguna.

Uno de los mayores puntos fuertes de esta producción es precisamente el uso de elementos netamente cinematográficos −como la inclusión de música, cual banda sonora, en momentos especialmente dramáticos, o el recurso de los juegos de iluminación en escenas clave−, lo que dota a la obra de ese aire de misterio envolvente que caracterizara el cine negro añejo, un subgénero que, basado generalmente en obras literarias, ha dado al Séptimo Arte obras maestras, entre las que se incluye, por cierto, una adaptación de la propia Christie, Testigo de cargo, que Billy Wilder llevara al cine en 1958.

A pesar de esos ingredientes cinematográficos, Y no quedará ninguno es, sin duda, una obra teatral de corte clásico en la que el desarrollo de toda la historia tiene lugar en un único escenario. Un escenario en el que se han cuidado al máximo los detalles y que cuenta con un aire art-déco que se aviene bien con la caracterización de los personajes, ataviados todos ellos con indumentaria propia de la década de los cincuenta del pasado siglo.

Y no quedará ninguno cuenta, además, con un magnífico plantel de actores y con el innegable savoir faire de Reguant y Ramazzoti, que han conseguido hilar a la perfección drama, misterio y suspense con grandes dosis de fino humor.

Como punto final, cabría señalar que la presente adaptación teatral no sólo es fiel al relato original, sino que también ha respetado su desenlace, un final que la propia Christie quiso dulcificar en la primera traslación de la obra a escena para ofrecer al espectador británico, recién finalizada la Segunda Guerra Mundial, un epílogo más esperanzador a una historia de por sí sumamente dramática. Esa apuesta de Christie se impuso en las numerosísimas adaptaciones que, en diversos formatos, se han llevado a cabo a lo largo de los años, por lo que poder asistir al final con el que fuera concebida la obra original es, sumado a todo lo anterior, un auténtico regalo para el espectador barcelonense.




11 de abril de 2018

Una visita inesperada



No podemos negar que sentimos un cariño muy especial hacia la escritora británica Agatha Christie. No en vano, fue a través de su pluma que descubrimos el apasionante mundo de la lectura. Por ello, aprovechamos cualquier oportunidad de poder ver en pantalla o representada en escena alguna de sus obras. El año pasado tuvimos la fortuna de poder asistir en Londres, en su 65º aniversario, a la representación de la obra que más tiempo lleva en escena en el mundo, La Ratonera. Y hace escasos días pudimos ver, esta vez en nuestra ciudad, la adaptación de otra de sus obras, no tan emblemática, pero, sin duda, con una trama igualmente bien urdida, Una visita inesperada.

Narrada en formato teatral, para años más tarde ser novelizada por el escritor australiano Charles Osborne, Una visita inesperada fue escrita por la maestra indiscutible del suspense en 1958. Ese mismo año se llevaría por primera vez a los escenarios en un teatro londinense.

Ambientada en Gales, Una visita inesperada relata la historia de un hombre de negocios que, tras una avería en su coche un día de intensa niebla, se ve forzado a pedir ayuda en una casa aislada. Allí, tras acceder al salón por la puerta trasera, sin que nadie haya respondido a su llamada, se encuentra ante una escena sumamente dramática, una mujer sosteniendo un revólver y un cadáver, todavía caliente, postrado en una silla de ruedas.


A pesar de que la situación que se muestra ante sus ojos parece resultar inequívoca, el visitante inesperado cuestiona la culpabilidad de la mujer, esposa del asesinado, y decide inventar una serie de pruebas para despistar las pesquisas policiales que se llevarán a cabo con el descubrimiento del cadáver. Esas pesquisas, que se iniciarán de inmediato, tras haber sido informada la policía del crimen, conducirán al interrogatorio de todos los habitantes de la casa, unidos al difunto por lazos familiares o laborales y con motivos, todos ellos, para odiar al finado.

Con un montaje tradicional, en el que los personajes entran y salen del escenario, Una visita inesperada remite, de hecho, poderosamente a la ya citada La ratonera −y sin que ello vaya en absoluto en menoscabo su indiscutible calidad−, no sólo por su argumento, sino también por la dinámica de su puesta en escena y también por su atrezzo, un escenario ambientado como un salón que recuerda la ambientación del gran clásico teatral de Christie, tanto en Londres como en la adaptación barcelonesa representada hace unos años.

Además de su exquisita puesta en escena y su impecable despliegue técnico, Una visita inesperada destaca especialmente por su dirección y, cómo no, por su magnífico plantel de actores, todos brillantes en sus respectivas interpretaciones y haciendo gala, además, de una impecable dicción, de esa que tanto de menos se echa en el cine producido por estos lares.

A ello habría que unir el propio teatro en el que se representa, el Teatre del Raval, un espacio pequeño para los estándares de gran formato, pero que, con su magnífica acústica y la comodidad de sus asientos, brinda a este tipo de obras, más intimistas, un insuperable ambiente. Además, y para conseguir una mayor complicidad con el espectador, la obra cuenta con una mini pausa de dos minutos en la que los espectadores pueden indicar quién creen que es el asesino o asesina. Los aciertos, previo sorteo, se premian con dos invitaciones para cenar y dos entradas de teatro.

El éxito de esta obra, que fue estrenada en septiembre del año pasado, ha propiciado que sus representaciones se prolonguen hasta el próximo 29 de abril, por lo que, los que residís en Barcelona, no tenéis excusa para perderos esta adaptación que, con sus destacados aciertos, demuestra, una vez más, que hay autores para los que el tiempo no pasa.



27 de diciembre de 2017

Repasando 2017

Y, como cada año, os recordamos las siete entradas, además de las noticias de El Investigador Cultural, más leídas de este 2017.

¡Esperamos que os guste nuestra selección!
















































¡FELIZ AÑO NUEVO! 😉😉😉




16 de mayo de 2017

La Ratonera



Famosa por ser la obra teatral más largamente representada de la historia ―con, nada menos, que 65 años ininterrumpidos en escena―, La Ratonera fue escenificada por primera vez en el Reino Unido, en 1952, el mismo año en que fuera escrita por su ya entonces célebre autora.

Tan sólo dos años más tarde, la famosa obra de Agatha Christie sería adaptada en Madrid. A Barcelona tardaría mucho más en llegar. No sería hasta 2014 cuando, de la mano de Víctor Conde y en uno de los teatros con más solera de la capital catalana, el Teatre Apolo, se representaría por primera vez en la Ciudad Condal la única pieza teatral escrita por la escritora británica.

Hace tres años tuvimos la oportunidad de asistir a una de esas representaciones en Barcelona y, una vez más, lectoras incondicionales, durante la infancia, de las novelas de Agatha Christie ―con las que nos iniciamos en el apasionante mundo de la lectura―, caímos rendidas ante el virtuosismo de la escritora tejiendo historias de suspense que, aun hoy, pasados los años, resultan tan ingeniosas como antaño.

Aquella representación, de la que dimos rendida cuenta en un post publicado hace poco más de tres años, fue, además, una nueva oportunidad para constatar el enorme savoir faire de un director escénico de la talla de Víctor Conde, cuyo trabajo habíamos conocido gracias a sus adaptaciones en España de Los Miserables, a las que acudimos, tanto en Madrid como en Barcelona.

Después de haber asistido a aquella representación de La Ratonera en la Ciudad Condal, este año llegó por fin la oportunidad ―sin que ello vaya en menoscabo de la excelente adaptación española― de poder ver la obra representada en su entorno original, Londres y su inigualable West End.


Orquestada en dos actos y con un solo escenario, La Ratonera fue estrenada un 6 de octubre de 1952 en el Theatre Royal de Nottingham. Posteriormente, aquel mismo año, a partir del 25 de noviembre, empezaría a representarse en el New Ambassadors Theatre. Allí se escenificaría, ininterrumpidamente, durante poco más de dos décadas, momento en que pasaría a representarse en el St Martin's Theatre, donde cada día, excepto los domingos, se llevan a cabo las funciones.


En pleno corazón del West End, el St Martin's Theatre, con su más de un siglo de historia, es uno de los teatros más emblemáticos de Londres. Su decorado añejo y sus pequeñas dimensiones lo convierten, además, en un espacio idóneo para la representación de una obra que se desarrolla íntegramente en un solo escenario, el salón de un recién inaugurado hostal, y por la que transitan ocho personajes, cuyo pasado se irá desgranando poco a poco a medida que avance la función. Ese espacio, casi íntimo, creado entre el espectador y los intérpretes convierte la de ya por sí inigualable experiencia de ver un clásico teatral en vivo y en directo, con todo el virtuosismo de los montajes teatrales londinenses ― siempre excelsos en su cuidada puesta en escena y con unos intérpretes igualmente magníficos― en algo que, difícilmente, puede expresarse en palabras, pero que, por su innegable valor artístico, todo amante de la cultura debería vivir, al menos, una vez en su vida, se conozca o no con antelación una historia que no por conocida, resulta menos sorprendente en su desenlace.


Destacar, finalmente, que antes o después de la función, el espectador puede fotografiarse junto al tablón en el que figura el número de la representación de ese día. Esta será, desde luego, una de esas fotografías que, por su singularidad, se guardarán con celo a lo largo de toda la vida.




1 de abril de 2014

La ratonera. Un inquietante thriller… teatral


Fuente y autor: Teatre Apolo

Recientemente reconocida como la mejor escritora británica de novela negra, Agatha Christie fue, a diferencia de otros muchos autores hoy consagrados, profeta en su tierra y en su época, cosechando en vida un éxito continuado que dio pie a que su voluminosa obra se tradujera a numerosos idiomas y se trasladara a diversos formatos, como el cine, la televisión y el teatro y, más recientemente, el cómic, los videojuegos e, incluso, los dibujos animados.

Si bien entre esas adaptaciones se cuentan obras de inestimable valor artístico –baste citar, por ejemplo, films como Testigo de cargo (Willy Wilder) o Asesinato en el Orient Express (Sidney Lumet)-, ninguna ha conseguido un éxito tan apabullante como el de La Ratonera, una pieza teatral que lleva más de seis décadas representándose ininterrumpidamente en el West End londinense.

Escrita y estrenada en 1952, La Ratonera no se contaba entre las obras preferidas de su autora, pero su inmediato éxito en los escenarios londinenses la convirtió en todo un clásico teatral que muy rápidamente traspasó fronteras y empezó a representarse en otros países.

Estrenada en Madrid por primera vez en 1954, La Ratonera nunca, hasta ahora, había sido representada en la Ciudad Condal. Afortunadamente, y tras larga espera para los incondicionales de la autora británica, hace escasas semanas, la exitosa obra teatral iniciaba su andadura barcelonesa en el Teatre Apolo.

Ambientada en los años cuarenta del pasado siglo, poco después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, La Ratonera narra la historia de ocho personajes atrapados, durante un temporal de nieve, en un pequeño y recién estrenado hotel. La sorpresiva llegada de uno de ellos, un policía que cree estar convencido de que entre los huéspedes se hallan un asesino y su víctima, sumirá a los protagonistas en un malsano ambiente de sospechas, desconfianza y miedo.

Rodada en dos actos, con dos únicas escenas y un solo escenario, esta adaptación de La Ratonera cuenta una acertadísima iluminación, un comedido uso de la música –una partitura especialmente inquietante-, una excelente escenografía y diseño de vestuario, un plantel de actores absolutamente brillantes en sus respectivos papeles y, por supuesto, el magnífico savoir faire de un director escénico de la talla de Víctor Conde, artífice de otras exitosas adaptaciones teatrales, como, por ejemplo, Los Miserables.

La sabia combinación de esos excelsos ingredientes consigue no sólo retrotraer en el tiempo al espectador, sino captar a la perfección la esencia de la novelas de Agatha Christie, aquellas elaboradas tramas que, construidas cual complicados puzles de múltiples piezas y perfecto encaje, atrapaban -¡y atrapan!- al lector desde la primera a las últimas páginas, en las que, invariablemente, se revelaban los móviles e identidad del asesino.

A pesar de que el teatro no parece ser, de entrada, el mejor formato para escenificar una novela negra, La Ratonera es, indiscutiblemente, un intenso, inquietante e inteligente thriller que difícilmente dejará impasible a ningún espectador, especialmente aquellos que crecieron devorando las ediciones en rústica de la Editorial Molino, que, en su momento, publicó en castellano la casi totalidad de las más de ochenta obras escritas por la autora británica.

Como último apunte cabría señalar la original ambientación que el Teatre Apolo ha ideado en su hall y que incluye la disposición de algunos originales elementos como una antigua máquina de escribir, un famoso retrato de Agatha Christie, el cártel con el elenco original de La Ratonera o una ficha técnica con formato de diario.


23 de enero de 2012

El Liceo. ¿Ocaso o renacer?




No corren buenos tiempos para el Gran Teatre del Liceu, el teatro más antiguo y emblemático de la Ciudad Condal, símbolo de toda una época en la que la aristocracia y burguesía catalanas aunaron fuerzas para convertirlo en lo que hoy es, uno de los cosos operísticos más célebres del continente europeo.

Las nada halagüeñas noticias que está vertiendo la prensa apuntan a que se producirá en breve el temido Expediente de Regulación de Empleo (ERE), que comportará su cierre durante los meses de marzo y junio, con el consiguiente perjuicio para sus trabajadores y la cancelación de obras programadas desde hace meses, lo que no sólo va a mancillar el buen nombre del Liceu sino que acarreará un gran desembolso de dinero para poder resarcir tanto a espectadores como a artistas por los inconvenientes causados.

Al parecer, los problemas económicos del Liceu no se deben únicamente a los recortes generalizados que está sufriendo el mundo de la cultura (sector muy dependiente de la subvención estatal y, en consecuencia, sujeto a vaivenes políticos) sino que podría ser consecuencia de una mala gestión que, entre otras cosas, no habría cuidado en demasía el papel de los patrocinadores, cuyas aportaciones han decrecido un 31% en los últimos años.

Esta situación contrasta fuertemente con la del Teatro Real de Madrid, cuyos ingresos provenientes del patrocinio no han dejado de aumentar, lo que presumiblemente lo ha convertido en un ejemplo más que viable de un modelo mixto – público y privado – para la producción y difusión cultural.

De hecho, un género como el operístico, históricamente deficitario en todo el mundo (en cuanto a que su inversión no queda casi nunca cubierta por la venta de entradas, aún a pesar del elevado precio de éstas), requiere forzosamente de un apoyo estatal. Un apoyo que, en plena época de recesión, debe ser secundado- que no suplido- por ayudas provenientes del sector privado, lo que redunda más si cabe en la necesidad de abogar por una auténtica Ley de Mecenazgo, parecida a las promulgadas en países como el Reino Unido o Francia, donde, con unas desgravaciones fiscales que pueden alcanzar hasta un 70%, ha dado buenos resultados

Por otra parte, tampoco cabe olvidar que tanto la construcción como el ulterior mantenimiento del Liceu – nacido de la voluntad de promover la enseñanza musical – se debieron a la acción de la sociedad civil, lo que ha convertido al gran teatro operístico en una rara avis dentro de los teatros de su género en Europa, construidos y sufragados en su momento por sus respectivas monarquías. Además, y ya en el siglo XX, ese papel de la sociedad civil – con su implicación y aportaciones económicas – fue también sumamente importante en la rápida reconstrucción del Liceu cuando éste fue pasto de las llamas en 1994.

El Gran Teatre del Liceu se halla ahora mismo en una confluencia de caminos que pueden conducirlo a su ocaso o a un renacer fuertemente impregnado por sus propios orígenes. Sin embargo, tras sobrevivir a dos incendios, a una expropiación y a un atentado, cabría esperar que se encuentre la fórmula adecuada para tomar la senda correcta.

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