Mostrando entradas con la etiqueta ilustración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ilustración. Mostrar todas las entradas

2 de febrero de 2019

James Joyce visto por Djuna Barnes


Fuente: Wikipedia

Tal día como hoy, en 1882, nacía en Dublín uno de los escritores más afamados de todos los tiempos, James Joyce (1882-1941).

Autor, entre otras, de Dublineses o Ulises –su obra más monumental, aun contando con numerosos detractores-, Joyce halló en su amada ciudad natal una constante fuente de inspiración si bien viviera alejado de ella la mayor parte de su vida.

En su recuerdo, rescatamos hoy el retrato que de Joyce hiciera la novelista y periodista Djuna Barnes para la revista Vanity Fair en 1922.

Además de la lectura de sus obras, no siempre fácil, os recomendamos la novela gráfica La ruta Joyce, que es, sin duda, una excelente opción para empezar a conocer al escritor dublinés. 

¡Feliz sábado!



19 de enero de 2019

Edgar Allan Poe, “El cuervo” y Sir John Tenniel


Fuente: Wikipedia

Tal día como hoy, hace 210 años, nacía el escritor estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849).

Considerado como el inventor del relato detectivesco, Poe también sería una figura importante de la llamada literatura gótica

La impronta de Poe sigue hoy tan viva como antaño, ya que son numerosos los artistas que se han inspirado, ¡y siguen inspirándose!, en su obra, adaptada en innumerables ocasiones en formatos varios, incluso apps. 

Entre los relatos más famosos del escritor americano destaca El cuervo, una historia de terror que contó para sus primeras ediciones con las ilustraciones del famoso dibujante Sir John Tenniel (1820-1914), recordado especialmente por su creación de Alicia –que Walt Disney casi calcaría, por cierto– en Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo y lo que Alicia encontró allí del escritor, matemático y fotógrafo Lewis Carroll (1832-1898).

La ilustración con la que hoy recordamos al gran escritor fue realizada por Tenniel en 1858 y se incluye en la edición de El cuervo de aquel año.

¡Feliz sábado!


1 de diciembre de 2015

La cata. Una exquisitez literaria y visual


Cubierta de La Cata. Editorial Nórdica. Ilustrada por Iban Barrenetxea

Escritor, dramaturgo, poeta, guionista –de historias propias y ajenas- e, incluso, presentador de televisión, Roald Dahl es, sin duda alguna, uno de los autores británicos más importantes de la pasada centuria.

De ascendencia noruega, aunque nacido y criado en Gales, Roald Dahl es hoy especialmente recordado por sus relatos infantiles, algunos de los cuales han sido adaptados a la gran pantalla, como, por ejemplo, James y el melocotón gigante -film dirigido por Henry Selick y producido por Tim Burton en 1996-, Matilda -también rodada en 1996 y dirigida y protagonizada por Danny DeVito- y, sobre todo, Charlie y la fábrica de chocolate, una joyita del Séptimo Arte dirigida hace una década por el inigualable Tim Burton, quien para la ocasión contó con su actor fetiche, Johnny Depp, y su compositor favorito, Danny Elfman.

No obstante, y a pesar de que Dahl es precisamente recordado por esos y otros títulos destinados a un público eminentemente infantil –aunque hayan logrado cautivar a lectores de muy variadas edades-, el escritor británico también dejó para la posteridad un buen número de historias concebidas para un público adulto.

Entre esas últimas obras se halla La cata, un relato corto publicado por primera vez en 1945 por la revista Ladies Homes Journal y más de un lustro después, en 1951, por la celebérrima The New Yorker.

Circunscrita en un marco espacial y temporal muy acotado –una velada en el salón de una mansión de familia londinense acomodada-, La cata narra, de la mano de uno de los invitados a la cena, una curiosa historia protagonizada por un exitoso corredor de apuestas con ínfulas artísticas y culturales y un afamado gastrónomo y sumiller, quienes, siguiendo su política de apostarse una caja de vinos en cada cena que se encarte, en esta ocasión llegan a ofrecer en premio a la hija del primero y las propiedades del segundo.

No cabe duda de que La cata es un más que notable ejemplo del excelentísimo savoir faire de su autor. De hecho, y a pesar de su brevedad y de un formato narrativo que remite a una pieza teatral, en esta obra se dan cita aquellos ingredientes que hicieron de Dahl un prosista excepcional, a saber, un estilo depurado, personajes bien definidos, diálogos brillantes, un ritmo sostenido y cautivador, un final impredecible pero en absoluto forzado y, sobre todo, grandes dosis de ese humor británico, fino e inteligente, que no conoce de barreras culturales.

                                     Booktrailer de La Cata

Aun ya publicado con anterioridad en lengua española, la editorial Nórdica Libros ha querido recuperar este texto y para ello ha recurrido, como siempre, a una muy cuidada edición, con un exquisito diseño y formato –el libro ofrece la medida y pesos ideales de usabilidad para los lectores ya totalmente seducidos por epubs y demás plataformas digitales-, encuadernación en cartoné, tipografía adecuada para cualquier lector, papel de gran gramaje –aterciopelado al tacto y lo suficientemente mate como para no deslumbrar- y, sobre todo, la inclusión de las preciosas y delicadas ilustraciones de Iban Barrenetxea, que muestran a unos personajes que, caricaturizados, aunque no en exceso, e inmersos en una atmósfera netamente británica, remiten al lector a esas series de época que la BBC tan bien sabe facturar.

Ya sea por la exquisitez de la historia narrada, el excelente e igualmente exquisito trabajo de Barrenetxea o la fantástica edición de Nórdica Libros, La cata se constituye como un perfecto regalo para bibliófilos y amantes de la cultura y el arte, toda vez que viene a demostrar que al libro en formato papel, siempre que cuente con una calidad como la presente, aún puede quedarle un largo y prometedor recorrido.



3 de marzo de 2015

Emigrantes. Una excepcional novela gráfica



Fenómeno tan antiguo como la propia humanidad, la emigración ha sido motivo constante de inspiración para numerosos artistas. No obstante, y si bien las causas que provocan que un ser humano abandone su país en busca de un destino incierto cuentan, desde la pasada centuria, con un cierto componente positivo –el que impele al migrante a cambiar de residencia por su admiración hacia la cultura, lengua o gentes del lugar donde pretende instalarse-, gran parte de los emigrantes de nuestro siglo se ven forzados a abandonar su país por los mismos motivos que empujaron a los expatriados de antaño a rehacer su vida en otro lugar.

Para abordar su asombrosa y exquisita Emigrantes –una obra que se constituye como toda una loa a los seres a los que hace referencia su título- Shaun Tan, ilustrador y escritor australiano de origen chino, se volcó en un intensísimo trabajo de investigación cuya fuente de inspiración inmediata cabe hallarla en la historia de sus propios progenitores.

Enmarcada en un escenario surrealista aunque con fuertes ecos de la ciudad de Nueva York –en algunas de sus viñetas, de hecho, se distingue perfectamente la sombra del Empire State-, Emigrantes también se sitúa en un marco temporal impreciso, si bien diversos pasajes evocan a las grandes oleadas migratorias que, producidas durante las primeras décadas del pasado siglo, tuvieron como principal destino Australia y, especialmente, Estados Unidos –no resulta difícil, ciertamente, conectar la escena en la que los tripulantes de un barco son sometidos a un exhaustivo chequeo médico con las inspecciones médicas a las que hubieron de hacer frente miles de emigrantes en la Isla de Ellis antes de poder acceder a Manhattan.


No obstante, y si bien Tan teje su novela con las narraciones de varios emigrantes que se vieron obligados a abandonar su país por variados motivos –hambre, guerra, esclavitud…-, el hilo conductor de su narración es un padre de familia que, no sin dificultad, habrá de ir haciéndose, como los que le precedieron en su travesía, a las nuevas costumbres de una ciudad que le resulta, en un principio, absolutamente amenazadora e incomprensible. 

Con una maestría insuperable, Tan recrea a la perfección, siguiendo los pasos de su principal y anónimo protagonista, los problemas a los que los emigrantes, los de antaño y los de ahora, han debido y deben hacer frente, como la pobreza, la añoranza, la incomprensión ante una lengua y una cultura desconocidas y, sobre todo, el peso insondable de la soledad.


El mayor acierto de Emigrantes radica, sin duda, en la plasmación de esos sentimientos en imágenes sin hacer uso, en ninguna de sus páginas –que, por cierto, tampoco cuentan con numeración-, de una sola palabra. Un recurso que se ve magnificado por la apuesta de Tan de recrear un universo totalmente surrealista que transporta al lector al mismo estado de incomprensión e incertidumbre que rodea al protagonista de la historia.

Emigrantes hace gala, además, de una exquisita composición, con cuidadas viñetas que, por su disposición secuenciada, recuerdan poderosamente a los fotogramas de una película. De hecho, si se pasan sus páginas a gran rapidez, buscando el efecto de un antiguo proyector cinematográfico, casi se podría afirmar que Tan ha facturado un film silente.


Habría que destacar, finalmente, el dibujo de trazo sumamente realista al que recurre Tan y la paleta de colores sepia con la que están trabajadas todas las viñetas, lo que, inevitablemente, evoca viejos y manoseados álbumes fotográficos, retrotrayendo al lector a tiempos pretéritos.

Por todo ello y por los muchos y acertados hallazgos que se pueden encontrar en sus páginas cada vez que se acude a ellas, Emigrantes resulta una obra de excepcional factura que ningún amante de novela gráfica debería dejar de leer o visionar.



24 de septiembre de 2013

La ciudad. Una obra asombrosa



Dotado pintor, dibujante y artista gráfico, Frans Masereel fue uno de los xilógrafos más destacados de su tiempo. Con una vida a caballo entre dos siglos y enmarcada en diferentes escenarios –su Flandes natal, Francia y Suiza, amén de estancias en Alemania e Inglaterra-, Masereel ilustró numerosos textos clásicos de literatos tan encumbrados como Víctor Hugo, León Tolstoi, Émile Zola o Oscar Wilde.

Frans Masereel es hoy recordado, no obstante, por su genuina producción artística, novelas gráficas carentes de palabras que ya en su tiempo merecieron encendidos elogios por parte de escritores de la talla de Hermann Hesse, Thomas Mann o Stefan Zweig, y que, posteriormente, seducirían e influirían notablemente la obra de historietistas tan reconocidos como Art Spielgelman o Will Eisner.

La ciudad es posiblemente la obra más conocida de Masereel y, sin duda, una de las más alabadas desde que fuera editada por primera vez en 1925. De hecho, y a pesar de no ceñirse al formato tradicional de la novela gráfica, fue considerada por Will Eisner como una de las obras más influyentes del Noveno Arte durante la pasada centuria. Una afirmación que, a posteriori, se ha visto refrendada por las alabanzas de historietistas como Paco Roca.


Más curiosa es, sin embargo, la relación de La ciudad con el Séptimo Arte, pues si bien la impronta del artista belga resulta clara en films tan emblemáticos como Metrópolis de Fritz Lang, la obra de Masereel también recibe claras influencias del expresionismo, movimiento cultural y artístico al que se adscribieron numerosos cineastas germanos como Robert Wiene o F.W. Murnau. De hecho, al lector cinéfilo no le resultará complicado hallar ecos de El gabinete del Doctor Caligari o Nosferatu en La ciudad, especialmente si pasa las páginas de esta obra a toda velocidad, como si de un folioscopio se tratase. Para comprobarlo, os dejamos este vídeo como aperitivo: 

Uno de los mayores atractivos de La ciudad, por otra parte, radica en su marcado carácter atemporal. Poco importa que los personajes de su bulliciosa y contaminada urbe vistan con ropajes de los años 20, pues sus preocupaciones, anhelos, alegrías y esperanzas son similares a los de los ciudadanos del siglo XXI. Además, y esto es lo más interesante, pues muestra buena parte del corpus intelectual de Masereel –pacifista convencido, antifascista declarado y simpatizante de los extintos soviets-, en La ciudad tiene un destacado protagonismo el componente social, arma que el artista belga empleó para, de manera incisiva, denunciar las enormes diferencias de clases; unas diferencias que se traducen en la ostentación insana y amoral de la opulencia de una minoría ajena por completo –por pura ingenuidad o, peor aún, indiferencia- a la lacra infame de la humanidad, la pobreza en todas sus manifestaciones.

La ciudad es, en definitiva, una obra sorprendente, de lectura más que recomendable, que, con un exquisito dibujo en blanco y negro y de trazo preciso y absolutamente elegante, regala al lector escenas de un realismo virtuoso y, en ocasiones, sumamente inquietantes o teñidas de una enorme tristeza –baste citar, en ese sentido, la lámina en la que un hombre intenta estrangular a una joven desnuda o la que muestra a una mujer enferma y ajada que, sin más compañía que la de su gato, parece hallarse en la antesala de la muerte, aunque el retrato que pende sobre el cabezal de su cama revela al lector la existencia de tiempos mejores y le recuerda un hecho tan incontestable como la fugacidad de la vida.

Para concluir, tan sólo mencionar la cuidada edición de Nórdica Libros –aunque un formato mayor de página hubiera sido preferible- y el acierto en la elección del papel estucado para reproducir unas láminas que, inspiradoras de mil y una historias, podrían pender en las paredes de los mejores museos del mundo.


5 de junio de 2012

Universo Lacombe


Autor: Benjamin Lacombe
Obra: Blancanieves

Son muchos los adjetivos que acuden a la mente cuando se observa por primera vez la obra de Benjamin Lacombe, el ilustrador francés que publicara su primera tira cómica con sólo 19 años y es hoy un auténtico icono cultural en su país de origen.

La fama de este alumno aventajado de la prestigiosa ENSAD – la Escuela Nacional Superior de Artes Decorativas de París – trascendió fronteras hace unos años cuando su trabajo de fin de carrera, Cérise Griotte, le reportó reconocimiento internacional y atrajo la atención de la influyente revista Time, que lo calificó como uno de los mejores libros para niños editados en 2007 en Estados Unidos.

Desde entonces la carrera de Lacombe ha sido meteórica. La edición de sus libros corre a cargo de las más selectas editoriales y su obra se expone no sólo en bibliotecas, sino en prestigiosas galerías de arte de capitales tan importantes como Nueva York, París, Roma o Tokio, amén de haber creado, pese a su juventud, toda una escuela que se ha convertido en fuente de inspiración de diversos artistas.

No es por ello extraño que la obra de este creador - ese particular universo fantasioso, gótico, sombrío, oscuro, elegante y hasta con un toque que bordea peligrosamente la más acaramelada cursilería – sea también conocida por estos lares y sus libros llenen los estantes de no pocas librerías y grandes superficies comerciales.

De hecho, ese personal mundo de Lacombe no sólo ha conseguido encandilar a los lectores más jóvenes, sino que está alcanzando, con sus obras adaptadas de clásicos de la literatura universal y títulos propios – la mayoría escritos por Sébastien Perez-, la nada fácil proeza de captar la atención de un público mucho más adulto y en principio poco inclinado hacia la novela gráfica.

Los máximos artífices de este éxito son, sin duda, los característicos personajes de Lacombe, esas figuras de grandes ojos de melancólica mirada que retrotraen al lector, en cierta manera, a la novela romántica del siglo XIX y en cuyos rasgos netamente burtonianos se aprecia también la influencia de otros cineastas como Tod Browning o Fritz Lang e incluso de diversos estilos pictóricos - la pintura flamenca o la prerrafaelita.

Por otra parte, y aunque el estilo de Lacombe reposa en la técnica más clásica y variada- desde el gouache hasta el grafiti pasando por el óleo – sus obras disponen de cuidadas versiones digitales concebidas para ser leídas de una forma diferente y mucho más interactiva. Ejemplo de ello sería El Herbario de las Hadas, cuya utilización vía iPad se muestra en la propia página de Lacombe, una exquisita web que tiene como música de acompañamiento una partitura que recuerda poderosamente al Danny Elfmann más burtoniano.


Finalmente, cabría destacar que esas interesantes versiones digitales no pueden hacer olvidar las cuidadísimas ediciones en papel, auténticas piezas de arte en sí mismas que cuestionan a las más categóricas voces que auguran un próximo final del libro en su formato más tradicional; un formato que muchos lectores – entre los que se incluye quien suscribe estas líneas – se resisten a abandonar.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...