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30 de octubre de 2019

Cinco horas con Mario


Folleto de la obra


Hace cuarenta años se estrenaba en Madrid la adaptación teatral de Cinco horas con Mario, obra cumbre del escritor español Miguel Delibes, quien interviniera, por cierto, en esa traslación a escena que resultó ser un hito en la historia del teatro español.

Siempre dirigida por Josefina Molina e interpretada por Lola Herrera, quien, en aquel entonces, 1979, tenía una edad similar a la del personaje que encarnaba, Carmen Sotillo, Cinco horas con Mario fue representándose, con algunos periodos de pausa, por todo el territorio español hasta el año 2005. 

En 2018, tras trece años de pausa, Cinco horas con Mario iniciaba una nueva gira por España y, como antaño, el mismo equipo, incluida la producción, se hacían cargo de la exitosa adaptación. En su paso por diferentes ciudades españolas, Cinco horas con Mario recaló finalmente en la Ciudad Condal hace escasas semanas y se mantuvo en escena en el Teatre Goya hasta el pasado 20 de octubre.


Ambientada en la España de 1966, en plena era franquista, Cinco horas con Mario narra la historia de Carmen Sotillo, una mujer de mediana edad que acaba de quedarse viuda de forma sorpresiva. Tras un intenso día de duelo acompañada por familiares y amigos –que en esta adaptación teatral se resuelve brillantemente mediante el uso de voces en off–, Carmen se queda sola en su casa para velar, lo que resta de la noche, a su difunto esposo.

El monólogo de Carmen a lo largo de esas horas de vigilia va desgranando los mil y un pesares de los que se cree víctima y, a su vez, la retrata de una forma opuesta a lo que pretende, pues, en sus reproches hacia el difunto, Carmen no sólo se muestra esclava de sus frustradas ansias pequeñoburguesas, sino de su desamor hacia un marido del que muy probablemente nunca estuviera enamorada, su ruin sentimiento de envidia hacia los que alcanzaron lo que ella nunca logró, sus innumerables frustraciones, especialmente sexuales, y, sobre todo, un pesado sentimiento de culpa del que pretende zafarse mediante confesión.

En esa sentida letanía de lamentos, la figura de Mario emerge como un idealista mal adaptado a esa España de provincias con la que Delibes siempre fuera tan crítico, pero también como un inconformista de sólidas convicciones que, sin embargo, nunca fue capaz de sustraerse de las ataduras de su época y clase social y que, al igual que Carmen, quedó atrapado en la infelicidad de un matrimonio sin amor.

Dirigida sin ampulosidades y con un diseño austero –reducido a un atrezo compuesto por una mesa escritorio, tres sillas, un sillón y el ataúd que preside el escenario– y en el que priman los colores oscuros, como el propio vestuario de la única protagonista, y una luz suave, modulada según los pasajes del relato, Cinco horas con Mario cuenta con una baza inigualable, Lola Herrera, una actriz absolutamente excelsa, capaz de brindar con sus 84 años, que se dice pronto, una interpretación sencillamente magistral, desprovista de artificios y de sobreactuación y sí rebosante de una naturalidad que, paradójicamente, roza lo sobrenatural, con momentos en los que resulta difícil discernir entre realidad y ficción, como cuando Herrera se muestra acatarrada, no se sabe si ciñéndose al libreto o bien integrando a su actuación un malestar físico que incluye una pertinaz tos en algunos momentos de la obra.


Excelente adaptación de una obra excepcional de las letras españolas, Cinco horas con Mario es una delicatessen para cualquier amante de las artes escénicas, por lo que no podemos dejar de recomendarla. Su próxima parada será el 23 de noviembre en el Teatre-Auditori de Sant Cugat. 


26 de junio de 2019

Fedra


Folleto de la obra

Hija de Minos, rey de Creta, y de Pasifae, madre del minotauro, Fedra contrajo matrimonio con Teseo, rey de Atenas, con quien engendraría dos hijos. Atrapada en una relación sin amor, que, al parecer, habría gestado su propio hermano Deucalión, Fedra acabaría enamorándose perdidamente de su hijastro Hipólito, lo que la abocaría a un final trágico y a convertirse en uno de los personajes de la mitología griega que más ha atraído a escritores y a artistas a lo largo de la historia.

El primero en recoger por escrito este mito fue Eurípides allá por el año 430 a.C. Tras él, muchos otros autores han abordado la historia de la malograda princesa cretense, dotando al mito de diferentes matices e, incluso, interpretaciones. Entre ellos destacan Séneca, Racine, Miguel de Unamuno, Salvador Espriu, Raúl Hernández Garrido o la malograda dramaturga británica Sarah Kane, cuya adaptación teatral del mito, a mediados de los años noventa del pasado siglo, suscitara no poca controversia por la inclusión de una escena de alto voltaje sexual.

Siguiendo la estela de esos autores consagrados, también el dramaturgo Paco Becerra, ganador del Premio Nacional de Literatura Dramática, ha querido acercarse al mito para interpretarlo de una manera muy próxima, si bien rabiosamente única, a esa primera versión de la obra de Eurípides que el autor griego, por presión popular, acabaría descartando.

Dirigida por Luis Luque, con quien Becerra conforma uno de los tándems más consolidados del panorama teatral español, Fedra fue estrenada el pasado año en un escenario de lujo y en el marco del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, donde obtuvo el aplauso, prácticamente unánime, de público y crítica.

Tras su paso por la ciudad extremeña, Fedra inició una gira por España que ahora, con su estreno en el Teatre Goya, la ha hecho recalar por segunda vez en la Ciudad Condal, por un periodo breve, pero intenso, a tenor de lo que experimentáramos en una de sus puestas en escena, con un teatro al completo y un público totalmente entregado.


En el éxito continuado de Fedra confluyen varios factores que, por sí solos, ya invitan al espectador a acercase al teatro para vivir una experiencia única, si bien algunas voces críticas aludan al cierto estatismo escénico que imponen los largos monólogos de Becerra, presentes en buena parte de la obra, pero, que en nuestra humilde opinión, conceden a esta pieza teatral una intensidad que no siempre se consigue si no es bordeando el dramatismo más desaforado y, las más de las veces, gratuito.

Entre los factores que hacen de Fedra un espectáculo único destaca, por supuesto, el savoir faire del director Luis Luque a partir del intensamente poético texto de Becerra, a quien conoce bien por su trabajo conjunto en otras piezas teatrales.

Luque, que ha partido de una puesta en escena muy contemporánea, ha sabido acompañarse, además, de grandes profesionales que, en su mayoría, ya estuvieran presentes en la puesta de escena de Todas las noches de un día, como Monica Boromello, a cargo de la escenografía, Juan Gómez-Cornejo, que se ha encargado de una acertada iluminación que ha dotado a la obra de un aura muy especial, Mariano Martin y Bruno Praena, quienes con sus respectivas composiciones musicales y video proyecciones en el escenario han convertido a Fedra en una obra que traspasa los límites tradicionales de las disciplinas artísticas, y Almudena Rodríguez Huertas, artífice de un vestuario de reminiscencias claramente clásicas pero con un punto rabiosamente contemporáneo.

El resultado de Fedra sería, sin embargo, diferente de no contar con un magnífico quinteto de intérpretes que han sabido bordar a la perfección sus papeles, especialmente su principal protagonista, Lolita, que regala al espectador una actuación sobria a la par que intensa y digna de los mejores galardones, lo que viene a confirmar el enorme talento de la hija de Lola Flores, una actriz nata, sublime, enorme y, como demostró al final de la sesión, durante los agradecimientos, sumamente humilde y agradecida al público que, entusiasta, no podía dejar de aplaudir. 




22 de mayo de 2019

Todas las noches de un día



Tras una intensa gira por España, que se iniciara en marzo del pasado año, y precedida por el aplauso del público y de la crítica allá por donde ha recalado, el pasado 8 de mayo llegaba por fin a la Ciudad Condal la obra teatral Todas las noches de un día.

Protagonizada únicamente por Carmelo Gómez y Ana Torrent y dirigida por Luis Luque, esta pieza teatral parte de un texto escrito por el dramaturgo Alberto Conejero que, inspirado a su vez en una obra de Federico García Lorca, Doña Rosita la soltera, resultó ganador en el III Certamen para textos teatrales de la AAT por su exquisito uso y sutileza del lenguaje, su intensa fuerza poética y su recreación de una atmósfera irreal, casi onírica y con un punto inquietante e incluso perturbador en más de un momento.

El texto de Conejero se inicia con la visita de la policía a Samuel, un jardinero solitario y reservado que pasa la mayor parte del tiempo en un viejo invernadero, propiedad de Silvia, una mujer que desapareció sin dejar rastro y de la que nada se ha sabido desde entonces. 


A pesar de ese arranque narrativo, Todas las noches de un día no es, sin embargo, un thriller al uso, aunque juegue con maestría con todos los recursos del género. Por el contrario, es una intensa reflexión sobre temas atemporales, como la incapacidad para amar aun deseándolo fervientemente, el paso inexorable del tiempo –presente y pasado, cual dos caras de una misma moneda, se alternan, de hecho, a lo largo de toda la obra–, la imposibilidad de sanar algunas heridas o el peso insondable de la soledad. 

Si Todas las noches de un día resulta excelsa se debe no sólo al hecho de que parte de un texto excepcional, sino a la combinación de muchos elementos que, por sí solos, ya convierten a esta pieza teatral en una obra de obligado consumo para los amantes de las artes escénicas. Entre esos elementos destaca, por supuesto, la dirección de Luis Luque, que sabe combinar a la perfección los elementos más atrayentes del género negro con la delicadeza poética inherente a todo el texto, logrando un pulso narrativo que mantiene al espectador anclado a su butaca durante toda la puesta en escena. A lo que habría que añadir, además, la pericia del director escénico en la combinación, sin estridencias, del lenguaje teatral más clásico con el más contemporáneo.

Destaca también el excelente trabajo de Monica Boromello con su recreación de un único espacio escénico, un invernadero con tintes románticos y aire decadente y con una influencia marcadamente modernista; la iluminación de Juan Gómez-Cornejo, que consigue transportar al espectador a diversos momentos de la vida de los protagonistas mediante el uso de diferentes tonalidades lumínicas; el vestuario de Almudena Rodríguez, con un punto rústico para el introvertido Samuel y sofisticado para la vivaz Silvia; o la composición musical original de Luis Miguel Cobo, que también incluye éxitos de la música italiana de hace varias décadas.

Todas las noches de un día sería, no obstante, una obra muy diferente de no mediar el concurso de dos actores absolutamente excepcionales, Carmelo Gómez y Ana Torrent. Su increíble, perturbadora, tierna, intensa y complejísima actuación consigue penetrar el alma de dos personajes opuestos pero complementarios en sus grandezas y miserias, dotando cada uno de sus gestos con la justa medida para hacer partícipe al público de la complejidad de sus sentimientos y adaptándose sin aparente esfuerzo, como sólo los grandes intérpretes pueden hacerlo, a un texto no lineal, cargado de silencios ominosos, en el que pasado y presente, realidad, recuerdos y deseo se mezclan con suma sutileza.

Todas las noches de un día estará en el Teatre Goya hasta el próximo día 9 de junio. Las entradas podéis adquirirlas en el siguiente enlace. Si tenéis la oportunidad, ¡os recomendamos, encarecidamente, no perderos esta obra maestra!

¡Feliz miércoles!




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