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13 de noviembre de 2019

Chernobyl


Carátula de la serie

En la noche del 25 al 26 de abril de 1986 estallaba el cuarto reactor de la central nuclear de Chernóbil en Ucrania, muy cerca de la frontera con Bielorrusia. El resultado de aquella catástrofe, una de las mayores de la humanidad, sino la peor, es de sobra conocido y fue uno de los desencadenantes, en opinión del propio Mijail Gorbachov, del desmoronamiento del mundo soviético.

A pesar de la magnitud de aquella tragedia, el arte, en cualquiera de sus ramas, no le ha dedicado demasiada atención, si bien existen obras magistrales como Voces de Chernóbil, escrita por la Premio Nobel en Literatura en 2015, Svetlana Alexiévich, y publicada hace tan sólo unos pocos años en España.

Por ello sorprende que, tras el final de una de las series más vistas de toda la historia, Juego de Tronos, HBO apostara por una miniserie de tan sólo cinco capítulos centrada en la explosión del reactor y en cómo se abordó la crisis en un sistema, el soviético, que se creía fuerte y sin fisuras.

Coproducida por el Reino Unido y Estados Unidos, pues HBO ha colaborado en su producción con la cadena británica Sky Television y otros canales, Chernobyl ha logrado el aplauso prácticamente unánime del público e, incluso, el de la crítica más especializada, lo que ha conducido a que fuera una de las obras más premiadas en la pasada edición de los premios Emmy


En el éxito de Chernobyl pesa muchísimo el guion del que parte, un trabajo facturado por Craig Mazin, creador, entre otros, del de Scary Movie 3 y Resacón en Las Vegas 2 –este último título parece haber sido, por cierto, una cantera de excelentes cineastas; no se olvide que tras el éxito reciente de Joker se halla su realizador Todd Phillips, quien dirigiera las tres entregas de la saga.

Narrada sin recurrir al dramatismo desaforado y melodramático, a lo que podría haber dado pie una catástrofe que se llevó por delante la vida de miles de personas, Chernobyl huye de los golpes de efecto y abraza, de principio a fin, un tono sobrio que dota a toda la narración de un gran verismo, máxime porque se ha sido fiel al máximo a los hechos acaecidos, todos sus personajes son reales, a excepción de uno –el de Emily Watson, que compila a todos aquellos científicos que lucharon porque la verdad saliera a la luz–, y porque parte, en más de un pasaje, de la aludida obra de Svetlana Alexiévich, para la cual la autora bielorrusa se entrevistó, a lo largo de los años, con numerosísimos testimonios del desastre nuclear.

Esa voluntad por retratar los hechos de una manera lo más objetiva posible se traduce en una hiperrealista ambientación de la época– desde los planos exteriores a los interiores, pasando por el diseño de vestuario y maquillaje. La serie, además, saca a relucir el hondo oscurantismo que tiñó un régimen como el soviético, en el que la manipulación de la información y las fake news eran moneda común, toda vez que la toma de decisiones se llevaba a cabo de la forma más opaca posible y siempre con la mirada puesta en occidente. En este último aspecto resulta especialmente revelador el último episodio, en el que, de forma muy documentada y fácil de comprender para el espectador no ducho en la temática, se muestra cómo la concatenación de errores que llevó a la masacre se intentó ocultar de mil y una formas, aunque ello se tradujera en un aumento considerable de víctimas humanas.

En el plano estético la serie también resulta sublime. Sus escenas del estallido del reactor y la posterior lucha por contener la radiación no sólo resultan conmovedoras, sino que, con una paleta de colores sabiamente combinada, logran lo que parece imposible, que el apocalipsis pueda resultar, con su inconmensurable y amenazadora existencia, inquietantemente bello.

Mención aparte merece un reparto excepcional y encabezado por Jared Harris, Stellan Skarsgard y Emily Watson, absolutamente creíbles en sus personajes, especialmente Harris y Skarsgard, que interpretan a dos personajes reales. Esto último no va en menoscabo, sin embargo, de la genial interpretación prestada por Watson, que aúna en su personaje a los científicos que osaron cuestionar la versión del régimen.

Por último, cabría citar el excelente broche final de la serie, en la que aparecen los personajes reales al lado de los actores que los interpretan –lo que muestra la excelente caracterización llevada a cabo– con coros rusos de fondo. Excepcional, sin más.




12 de junio de 2019

Feud


Fuente: Wikipedia

Estrellas rutilantes durante la época dorada de Hollywood, Joan Crawford y Bette Davies fueron víctimas, como la mayor parte de las actrices de su generación, de una industria despiadada y misógina que no perdonaba –ni desgraciadamente, aún hoy, perdona– el envejecimiento femenino.

Lejos de conformarse a caer en el olvido y a dejar de trabajar en lo que las apasionaba, ambas divas, enemigas acérrimas por motivos varios, consiguieron mantenerse a flote rodando films de serie B o bien haciendo incursiones en la pequeña pantalla, un medio hasta no hace demasiado tiempo denostado por las grandes estrellas de Hollywood –por cuanto suponía una notable merma en el caché de los intérpretes.

Convencida de que uniendo sus fuerzas en la gran pantalla la carrera de ambas reflotaría, Joan Crawford, con la ayuda de su fiel asistente, Mamacita, se embarcó en la búsqueda, nada fácil, de una buena historia cuyas protagonistas absolutas fueran mujeres y que pudiera adaptarse al formato cinematográfico. Fue así como daría con ¿Qué fue de Baby Jane?, una novela de Henry Farrell que retrataba el infierno en el que viven confinadas dos hermanas, una actriz de éxito cuya carrera finalizó de forma dramática tras un accidente y una antigua estrella infantil.

Dirigida por el cineasta Ryan Murphy, Feud parte de la gestación y desarrollo de aquel rodaje memorable, que daría lugar a una obra maestra del Séptimo Arte, pero que también se convertiría en una auténtica pesadilla para su director, Robert Aldrich, por la enemistad manifiesta de ambas actrices. De hecho, esa enemistad se vería azuzada, hasta alcanzar dimensiones épicas, por la insidiosa prensa de la época y, sobre todo y apoyándose en esos mismos medios, por el productor Jack Warner, quién asumió esa operación como una estrategia comercial previa al estreno del film. 


Para bien o para mal, las maniobras de Warner dieron resultado y ¿Qué fue de Baby Jane? fue un éxito inmediato en taquilla. Ajenas a aquellos tejemanejes, el resultado de aquella oscura maniobra fue sumamente doloroso para ambas mujeres, pero, sin embargo, incidió no poco en la factura de un film considerado hoy de culto, pues la inquina que se profesaran ambas divas acabaría reflejándose en la complejísima relación de las hermanas a las que encarnaban, dos mujeres solas, envejecidas, perdidas en los sueños de glorias pasadas y unidas, muy a su pesar, por un odio cocido a fuego lento y aderezado con mil y una mezquindades.


Feud no concluye, sin embargo, con el rodaje de aquel film, sino que va mucho más allá, pues el cometido de sus creadores no es otro que el de retratar la historia de una enemistad que duraría hasta el fallecimiento de Joan Crawford –e, incluso, más allá, si se da crédito a los cometarios que Davies hiciera a algunos de sus allegados sobre su gran rival tras la muerte de aquélla.

De corte eminentemente clásico, Feud es, sin duda alguna, una joya televisiva que muy difícilmente dejará indiferentes a los cinéfilos militantes, especialmente a los amantes del film del que parte el guion. Entre sus aciertos destaca un elaborado guion articulado en torno a brillantes diálogos y sustentado en una buena labor de documentación previa, sus cuidados decorados y vestuario, su increíble fotografía, su precioso arranque con unos títulos de crédito que remiten de forma inequívoca al diseñador gráfico Saul Bass, las portentosas interpretaciones de Jessica Lange y Susan Sarandon –muy bien caracterizadas, especialmente la primera, pues Sarandon parte con la ventaja de poseer un rostro que evoca poderosamente al de la propia Bette Davies– y, sobre todo y suma de todos estos ingredientes, las logradísimas recreaciones de algunas de las escenas más famosas del film de Aldrich, entre las que destaca la interpretación de la canción I’ve written a letter to daddy.

Más allá de la  historia de enemistad y rivalidad entre dos mujeres que se parecían más de lo que jamás llegarían a admitir, Feud es también un retrato crudo del Hollywood de la década de los 60 con reminiscencias a las dos décadas inmediatamente anteriores y también al presente de una industria que, a pesar de las muchas batallas ya ganadas, aún continua siendo abrumadoramente misógina, como atestigua el hecho de que dos intérpretes de la talla de Lange y Sarandon se prodiguen tan poco en la pequeña y gran pantalla, cuando ambas han demostrado con creces, a lo largo de sus respectivas carreras, que son dos de las más versátiles actrices de su generación.


29 de mayo de 2019

Juego de tronos. Final fallido



Fuente: Wikipedia

La pasada semana concluía, tras ocho temporadas, una de las series más aclamadas de todos los tiempos, Juego de tronos. Su desenlace, sin embargo, y sus últimos seis capítulos han sido criticados de manera implacable, casi cainita, por una parte considerable de las legiones de fans que se agrupan a lo largo y ancho del mundo, hasta el punto de haberse recogido firmas para que los creadores de la serie rehicieran la última temporada y ofrecieran a los espectadores un final distinto.


Tráiler del último episodio de la serie

Si bien es cierto que una serie tan dilatada en el tiempo, casi una década, ¡nada menos!, y con un volumen tal de seguidores no podía tener un desenlace que satisficiera a todo el mundo por igual –¿cuántas series, de hecho, no han decepcionado con sus conclusiones a sus fans? ¿alguien recuerda las reacciones ante el final de Lost?–, el peor error de los creadores de Juego de Tronos en su última temporada ha radicado en no saber mantener los aciertos que hicieran de ella una serie de culto.

Más allá de su formato épico, sustentado en la magnificencia fílmica de buena parte de su metraje, en sus cuidadas y bien ejecutadas escenas de batallas o en sus efectos especiales, utilizados, a la sazón, en su justa medida, Juego de Tronos resultó deslumbrante durante siete temporadas por su práctica ausencia de contenido de relleno –ese que hace que los hilos argumentales se multipliquen ad aeternum sin más fin que el de rentabilizar el producto mediante su alargamiento en el tiempo– y, sobre todo, por su ritmo narrativo, sus elaboradas tramas y subtramas y, especialmente, por sus trabajadísimos diálogos, que consiguieron dotar a los personajes, principales y secundarios, con una hondura psicológica que trascendía la pantalla.

Sin traicionar por completo la esencia de la serie, la octava temporada carece del esplendor fílmico presente en los 67 anteriores capítulos, si bien sí nos ha regalado para la posteridad escenas de una belleza cinematográfica incuestionable. 

A pesar de esto último, en la última entrega de Juego de Tronos se echa enormemente de menos el tono narrativo que imperara en la séptima temporada, magnificente y épica y, muy posiblemente, la mejor de la serie. En este último tramo, lamentablemente, se constata un incomprensible apresuramiento por finalizar la historia, que no sólo rompe su ritmo narrativo, sino que acelera acontecimientos que deberían haberse tratado de una forma muy distinta para que encajaran con la complejidad de unos personajes que nunca fueron planos, sino, por el contrario, sumamente complejos y sujetos, como todo ser humano, a una evolución asociada al paso de los años y a acontecimientos vitales de especial relevancia.

Ese empecinamiento por finalizar en pocos capítulos una historia sumamente elaborada y cuidada en sus más mínimos detalles afecta sobremanera a uno de sus principales protagonistas, Daenerys Targaryen. No resulta en absoluto descabellado que la hija del rey loco acabe heredando el ansia de venganza de su progenitor, pero sí que lo haga de forma tan acelerada, lo que le resta credibilidad a la historia y nos lleva a preguntarnos qué hubiera pasado si los creadores hubiesen dividido la trama de estos seis capítulos en dos temporadas o, en su defecto, hubieran apostado por capítulos más largos, como ya pasara en la séptima temporada de la serie.

Mención aparte merece que dos líneas argumentales tan interesantes como el origen y posible destino de Jon Snow y el papel de los caminantes blancos, auténticos Macguffins de toda la serie, tengan un desenlace que desentona por completo con lo que se había apuntado no sólo en las temporadas anteriores, sino en los propios teasers y tráilers de la última entrega.


Uno de los teasers de la octava temporada

Tampoco cabría olvidar que, en relación con este último punto, especialmente el relacionado con los misteriosos caminantes blancos, que fue el leif motiv de la penúltima temporada, queden tantos interrogantes sin responder.

Final fallido, si bien no totalmente malogrado, el desenlace de Juego de Tronos desmerece el conjunto de una historia que, por sus muchos aciertos e imaginación desbordante, se constituye como una de las mejores series jamás rodadas. Afortunadamente, sin embargo, ahora que el creador de la serie, George R. R. Martin, ha afirmado que su historia finalizará de forma distinta en su último libro, siempre nos queda la esperanza de que podamos resarcirnos de semejante decepción.


1 de mayo de 2019

La amiga estupenda



Hace menos de una década, concretamente en 2011, se publicaba el primer volumen de la tetralogía de Dos amigas, un éxito editorial incuestionable que lleva vendidos más de treinta millones de ejemplares en todo el mundo. El secreto de la popularidad de esta obra, que se halla alejadísima del best seller al uso, cabe hallarlo, sin duda, en la concepción y desarrollo de una narración muy elaborada y en la fuerza de unos personajes cuyo retrato, dotado de un profundo calado psicológico, parece surgido de la pluma de alguno de los grandes maestros de la literatura universal. Y es ahí precisamente, en la autoría de esta tetralogía, donde reside también parte de su éxito, pues se desconoce quién se esconde realmente tras el nombre de Elena Ferrante, aunque en los últimos años se hayan apuntado un sinfín de variadas teorías.

La amiga estupenda, primer volumen de esta historia de amistad entre dos mujeres a lo largo de seis décadas, ya cuenta con su preceptiva adaptación audiovisual, aunque, signo de los nuevos tiempos, esa traslación no ha sido llevada a la gran pantalla, sino a la pequeña, vía una de las más importantes plataformas de contenido visual en streaming, HBO, que también ha participado en su producción junto a cinco productoras italianas –entre las que destaca la RAI–, diversos organismos públicos italianos y la ayuda del MEDIA Programme of the European Union.


El estreno mundial de esta miniserie tuvo lugar durante la pasada edición del Festival Internacional de Cine de Venecia, donde obtuvo una muy buena acogida por parte de la crítica y del público, precediendo su enorme éxito en Italia, donde ha batido récords de audiencia, y su nominación a los Critics Choice Awards.

Sumamente fiel a su original literario, La amiga estupenda ha contado con la dirección del cineasta Saverio Costanzo, quien, durante todo el proceso de producción, estuvo en estrecho contacto, vía e-mail, con la propia Ferrante, que supervisó celosamente la elaboración del guion.

La serie, ambiciosa en su concepción y producción, se estructura en torno a ocho capítulos en los que se narran los primeros años de amistad entre Lenú y Lila, dos niñas nacidas en el seno de familias muy humildes asentadas en Luzzatti, un barrio en el extrarradio de Nápoles, durante los años posteriores a la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

Entre los mayores aciertos de esta producción italiana, que ya ha sido vendida a 56 países, destaca la recreación de ese Nápoles de la posguerra, una ciudad teñida de gris y sacudida por la lucha de clases, la miseria y la soterrada presencia de la mafia. Para ello se ha contado con un holgado presupuesto que ha permitido la construcción de unos decorados cuidados al detalle y para los que se construyeron más de una decena de apartamentos, diversos sets de interiores, un túnel y hasta una iglesia. Ese afán de realismo se vio secundado, además, por la utilización de numerosos objetos originales y un cuidadísimo vestuario, a lo que habría que añadir también la apuesta por el uso del napolitano en detrimento del italiano, lo que ha dotado aún más de realismo, si cabe, a esta primera adaptación televisiva de la obra de Ferrante.

Ahora bien, todo ello quedaría reducido a un vistoso envoltorio de no mediar el concurso de un reparto absolutamente excepcional en el que destacan especialmente las cuatro actrices que dan vida, durante la infancia y la adolescencia, a Lenú (Elisa del Genio y Margherita Mazzucco)  y Lila (Ludovica Nasti y Gaia Girace), una elección acertadísima a la que, difícilmente, ningún lector de la novela podrá poner reparo alguno. 

Por supuesto, la serie también cuenta con sus detractores, que la tachan de lenta, de un excesivo celo al original literario o de un uso reiterado de la voz en off, recurso éste que, a priori, suele lastrar en demasía casi cualquier adaptación cinematográfica de un original literario, pero que en esta ocasión, sin embargo, no sólo se constituye como una excepción a la regla, sino que resulta sumamente acertado para penetrar en los sentimientos de unos personajes presentados con suma sutileza por su autora a lo largo de todas las páginas de su obra.

Impecable y exquisita en su factura, La amiga estupenda es realmente, y valga la redundancia, una serie estupenda, un ejemplo de la calidad de una producción europea en la que prima el desarrollo de personajes sin menoscabo del ritmo narrativo y, en definitiva, una auténtica delicatessen para los amantes del cine, independientemente del formato en el que se presente.


9 de enero de 2019

Mad Men



Fuente: Wikipedia

Si bien nunca llegó a convertirse en un auténtico éxito de masas, Mad Men consiguió atraer, durante sus ocho años en antena, la atención de buena parte de la crítica especializada que, dividida, la ensalzó hasta encumbrarla o bien la tachó de anodina y lenta cuando no de pretenciosa. Sea como fuere, de lo que no cabe duda es de que Mad Men se hizo con una notable legión de adeptos y un buen número de galardones a lo largo de los años, lo que propició que una cadena tan encasillada como AMC consiguiera su propio nicho en la producción de series de autor.

Centrada en el mundo de la publicidad en la Nueva York de los años 60 del pasado siglo, Mad Men se emitió por primera vez en el verano del ya lejano 2007. Su guionista, Matthew Weiner, procedía de HBO, cadena para la que había trabajado con Los Soprano pero que, en una decisión que más de un directivo ha debido lamentar, rechazó su nuevo guion para una serie que, a priori, no ofrecía más atractivo que la nostalgia de una década destacada en la historia de Estados Unidos.


Mad Men se reveló, sin embargo, como una de las series de autor más relevantes de las últimas décadas. De hecho, su factura de corte clásico, su ausencia de ampulosidades, sus tramas impecablemente bien urdidas, sus escasas escenas de relleno –tan habituales en casi cualquier serie– y sus abundantes e ingeniosos diálogos –muchos de ellos dignos de figurar en los anales de la historia de la televisión– hicieron de ella una serie de culto que todo cinéfilo debería ver, al menos, una vez en la vida.

A todo ello habría que añadir que Mad Men cuenta con una cuidadísima ambientación –se han vertido ríos de tinta sobre la evolución del mobiliario y vestuario de sus personajes, amén del exceso en el consumo de tabaco y alcohol en una época en la que ya se intuían los afectos adversos del primero. La serie, además, también se halla sumamente bien documentada a nivel histórico, lo que permite que se engarcen a la perfección acontecimientos reales con las historias de sus personajes, principales y secundarios –en este sentido, destacan especialmente los capítulos en los que se rememora el asesinato de John Fitzgerald Kennedy y, años más tarde, los de su hermano Robert y de Martin Luther King, el suicidio de Marilyn Monroe o la llegada del hombre a la luna.

Mad Men también destaca por su increíble reparto, con intérpretes tan versátiles como Elizabeth Moss, John Slattery, Christina Hendricks y, por supuesto, Jon Hamm y January Jones, matrimonio en la ficción, cuyas caracterizaciones respectivas evocan con fuerza a galanes de antaño como Cary Grant y a la glamurosa y siempre recordada Grace Kelly.

No sería justo no mencionar, por otra parte, el pulso narrativo de Mad Men, alejado por completo de excesos y momentos estelares, sin que por ello la serie resulte lenta o sus tramas carezcan de interés. Uno de los grandes atractivos de la serie radica, de hecho, en que buena parte de los acontecimientos que afectan a sus personajes se fragüen entre bastidores, sin que exista ningún capítulo que retome el momento exacto en el que concluyó el precedente.

A pesar de todo lo que antecede, donde Mad Men resulta verdaderamente excelsa es, no obstante, en la disección de sus numerosos personajes –sujetos, todos ellos, a los vaivenes vitales, anhelos, ambiciones y dudas de cualquier mortal– especialmente de Don Draper, un exitoso creativo publicitario hecho a sí mismo pero consumido por un pasado que trata, a toda costa, de esconder, y de su pupila, Peggy Olson, una joven secretaria que acabará, no sin numerosas dificultades, frustraciones y esfuerzos, convirtiéndose en una suerte de alter ego de su mentor en un mundo, el de la publicidad, entonces intrínsecamente masculino. La historia de superación y esfuerzo de las protagonistas de Mad Men merecería, de hecho, un post adicional, ¡que no descartamos!



4 de abril de 2018

El cuento de la criada


A pocas semanas de que se estrene la segunda temporada de El cuento de la criada, no podemos menos que hablar de su primera parte, una de las mejores series facturadas en los últimos años, lo que la ha hecho merecedora de algunos de los galardones más prestigiosos otorgados en Estados Unidos.


El cuento de la criada se basa muy fielmente en la novela homónima que la escritora canadiense Margaret Atwood escribiera a mediados de los años ochenta del pasado siglo. Un inquietante relato que sería adaptado al cine pocos años después −en un film protagonizado por Faye Dunaway, Robert Duvall y Natasha Richardson− y también al formato escénico mediante una adaptación operística.

La narración de Atwood sitúa al espectador en un futuro distópico, ambientado en la República de Gilead, un país surgido de una extinta Estados Unidos después de que un ataque terrorista llevara a la hoy más poderosa nación del mundo a recluirse en sí misma y a deshacerse de sus mayores símbolos identitarios, su constitución y su democracia.

Lejos de constituirse como un paraíso, Gilead resulta ser una sociedad opresiva, totalitaria, sustentada en un sistema teocrático que ha privado a las mujeres de sus derechos más fundamentales y sometido a toda suerte de vejaciones, entre las que se incluyen violaciones cuyo mayor propósito no es otro que el de concebir hijos, ya que el nuevo país, como, al parecer el resto del mundo, adolece de una muy baja tasa de natalidad, consecuencia de los estragos medioambientales producidos en los años inmediatamente anteriores a la creación de Gilead. Las mujeres no son, sin embargo, las únicas víctimas del represivo sistema instaurado tras una revolución, todos aquellos contrarios al régimen, entre los que se incluyen sacerdotes −pues Gilead sustenta sus bases fundacionales en una perversa y retorcida interpretación de la Biblia−, son ajusticiados y sus cadáveres mostrados, para escarnio público, en las principales vías de las ciudades. 

De factura impecable, en la que imperan numerosos primeros planos y un uso excelente de la paleta cromática para expresar diferentes estados de ánimo, transitar entre un presente horrendo y un pasado inmediato en el que ya se percibían los primeros síntomas de transición hacia Gilead, y también para distinguir el diferente estatus de las mujeres del nuevo estado, la versión televisiva de El cuento de la criada cuenta también con un magnífico guion y, sobre todo, unas interpretaciones soberbias en las que destacan todos y cada uno de los actores. Ese buen hacer de los intérpretes se ve afianzado no sólo por el recurso de los ya aludidos primeros planos −que resultan reveladores de los amplios registros interpretativos de los que son capaces las principales actrices−, sino también por el diseño de puestas en escenas estáticas, que no meramente artificiosas, que remiten poderosamente al plano teatral y abundan más si cabe el grado de tensión del espectador ante una historia que discurre por senderos no trillados.

Sin embargo, donde El cuento de la criada resulta excelsa es en su capacidad de provocar en el espectador no pocas reflexiones, que, inevitablemente, pueden inducir a plantear más de un paralelismo con un presente en el que han empezado a aflorar ideas y posicionamientos cuyo radicalismo remite a los peores horrores del convulso siglo XX.

La segunda temporada de El cuento de la criada, cuyo estreno está previsto para finales de este mes, resulta prometedora en su presentación vía tráiler, si bien su guion no parta ya del original literario que diera pie a los primeros capítulos, aunque sí cuente con el consenso y colaboración de Atwood. El tiempo dirá si se confirma o no aquel dicho de que segundas partes nunca fueron buenas. Nosotras estaremos muy atentas a su estreno para comprobarlo.




31 de mayo de 2016

Broadchurch. Primera temporada



Hace unos años, la primera temporada de la serie británica Broadchurch se hacía con varios premios Bafta, los más codiciados de la filmografía británica y, sin duda, unos de los más prestigiosos del mundo. Aquellos galardones suponían el colofón a una emisión que había supuesto récords de audiencia. Su éxito en su país de origen fue tal que la serie no tardó en exportase a otros países, incluido Estados Unidos, donde ya se ha realizado el preceptivo remake, que, si bien cuenta con el mismo actor protagonista, David Tennant, queda muy lejos de la calidad artística del original en el que se inspira.

Sorprendentemente, Broadchurch no contó con un recibimiento parecido por estos lares. Su estreno en una cadena privada no captó, de hecho, la audiencia esperada –lo que explicaría por qué no se han adquirido los derechos de distribución de la segunda temporada– y fue, en general, acogida con tibieza por parte de la crítica, llegando a cosechar, incluso, alguna que otra reseña negativa.

Tras descubrir recientemente esta joyita televisiva –gracias a la inestimable recomendación de una amiga–, no podríamos menos que disentir con esa indiferencia hacia una serie que reúne lo mejor de la ficción televisiva británica –que no es poco, por cierto– y algunos elementos, visuales y narrativos, que la entroncan con las tan bien facturadas series televisivas escandinavas rodadas en los últimos tiempos –especialmente danesas– e, incluso, con el gran clásico televisivo de los años 90 del pasado siglo, que supuso un antes y un después en la historia de la pequeña pantalla, Twin Peaks.


Articulada en torno a una trama en apariencia manida –el misterioso asesinato de un niño en una localidad del norte de Inglaterra acabará convulsionando a toda una comunidad y sacando a la luz verdades muy incómodas–, Broadchurch cuenta con un muy elaborado guion en el que prima tanto el suspense por descubrir la identidad del asesino como la hondura psicológica de sus personajes, presentada gracias a subtramas muy cuidadas en las que pesa más el silencio que las palabras. Y si bien en el desarrollo del guion se emplean los ingredientes más recurrentes del género de suspense servido en la gran y pequeña pantalla –falsas pistas, personajes con muchos secretos, sospechosos casi todos y con pasado, en algunos casos, más que turbio–, Broadchurch resulta creíble desde el primer momento; y en ello no sólo influye la magnífica labor de sus guionistas, sino el increíble papel de sus actores, igualmente magníficos todos ellos y sin excepción, lo que demuestra, una vez más, que en el terreno interpretativo la cinematografía británica es absolutamente imbatible.
A ello habría que añadir la inclusión de algunas logradísimas escenas desde el punto de vista cinematográfico –que, en algunos casos, remiten poderosamente a la estética de la hoy tan en boga filmografía escandinava y a la ya aludida serie de David Lynch– y una banda sonora original y, a su manera, sumamente pegadiza.

El final de la serie –servido en el octavo capítulo y que, por supuesto, no desvelaremos– es, además, de esos que hacen historia, por un inesperado y logrado desenlace en el que todas las piezas del intrincadísimo puzle acaban encajando a la perfección, amén de vertebrarse de manera brillante con los temas a los que se hace una alusión constante a lo largo de todos los episodios –como la frontera entre el amor más precoz y la siempre execrable pedofilia o el enorme poder de una prensa carroñera, que, perdidos ya los valores que sustentan la existencia del periodismo, vive al servicio del espectáculo y de las ventas.

Serie, en definitiva, destinada a los paladares más exigentes, Broadchurch demuestra que la pequeña pantalla aún puede deparar alguna sorpresa, aunque muchas veces deba optarse por la compra de DVDs o la apuesta por portales legales de distribución audiovisual para poder disfrutar de series tan fantásticas como ésta y, por ende, con tan poca cabida en unos canales, privados o públicos, en los que, salvo honrosas excepciones, la programación basura reina a sus anchas desde hace años.




4 de febrero de 2014

El tiempo entre costuras. Una adaptación casi perfecta



Mucha era la expectación generada desde que, a mediados de 2011, Antena 3 publicara las primeras imágenes de la serie basada en la preciosa novela de María Dueñas, El tiempo entre costuras.

Tras larga espera, en octubre del pasado año, la cadena privada emitía, por fin, el primer capítulo de la que se ha revelado como, sin duda alguna, una de las mejores creaciones televisivas producidas en estos lares.

Con una factura impecable, casi cinematográfica, El tiempo entre costuras cuenta con numerosos aciertos, entre los que destacan una cuidada puesta en escena, secundada por una excelente fotografía e iluminación, una elegante banda sonora –con alguna reminiscencia a la serie británica Downton Abbey, pero con entidad propia-, un ritmo sostenido en todos sus capítulos y un logrado guión que no sólo capta la esencia de la obra original, sino que, permitiéndose algunas justificadas licencias creativas, se mantiene fiel al original literario.

No obstante, el mejor ingrediente de esta producción televisiva cabe hallarlo en un reparto compuesto por excelentes actores, entre los que destacan Mari Carmen Sánchez –magistral en su recreación de Candelaria, un personaje que en manos de otra actriz bien pudiera haber resultado vocinglero, cuando no ridículo y cargante-, las magníficas Elvira Mínguez y Alba Flores, Carlos Santos –que borda su papel y guarda, por cierto, un notable parecido con el actor estadounidense Kevin Kline- y, por supuesto, la increíble Adriana Ugarte, quien, con una interpretación rica en matices, logra encarnar a la perfección a Sira Quiroga, un personaje con una notable evolución personal.


La adaptación televisiva de la obra de Dueñas no está exenta, sin embargo, de algunos puntos negativos que, si bien no merman en demasía su factura, sí tienen el suficiente peso como para no pasar desapercibidos. El primero de esos desaciertos tiene que ver con la propia emisión de la serie en un horario indecente para quien madruga, hecho que se ve agravado por la ristra interminable de anuncios con la que es troceado cada capítulo y por los numerosos spoilers servidos vía anticipos y resúmenes.

En cuanto a la propia factura de la serie, cabría citar el poco cuidado retrato de los personajes nazis –rayano en el más puro cliché-, algunos fallos de contextualización histórica -especialmente el exceso de suntuosidad con el que se recrean ciertos escenarios- y escenas que, por su poco verismo, pueden resultar ridículas –como el robo perpetrado por Marcus Logan en la caja fuerte de un apartamento perteneciente a una familia nazi o el hecho de que este personaje, aun británico, hable un perfecto castellano y no recurra a su idioma para comunicarse con sus compatriotas, quienes, por cierto, sí tienen un marcadísimo acento.

Mención aparte merece el último capítulo -plagado de escenas poco creíbles y protagonizadas por villanos de opereta, tan torpes como viles- y el hecho de que, a pesar de recurrir a algunas acertadas licencias creativas -como la concerniente al destino de Ramiro, el primer amor de Sira-, los guionistas no hayan optado por recuperar aquellos otros importantes personajes que formaron parte de la vida de Sira -Candelaria, Félix, Paquita, Jamila…- y que, Dueñas, en el que quizá sea el punto más débil de obra, fundía en el olvido.

En cualquier caso, y a pesar de lo que antecede, El tiempo entre costuras resulta toda una sorpresa para quienes, acostumbrados a la calidad de las series producidas por la BBC, recelan de los productos televisivos made in Spain.


21 de enero de 2014

Sherlock. Tercera temporada. ¿A la altura de lo precedente?


Fuente: BBC
El pasado 1 de enero, la cadena británica BBC estrenaba el primer episodio de la tercera temporada de una de sus más exitosas producciones, Sherlock. Poco antes, y para ir calentando motores, se había emitido un mini episodio, de menos de diez minutos, en el que se formulaban, en un tono absolutamente humorístico, las más rocambolescas teorías sobre el falso suicidio de Sherlock Holmes, acecido en el último e impactante capítulo de la segunda temporada.

Esa campaña previa al estreno, secundada por las mil y una especulaciones vertidas en la red –especialmente, vía Twitter a través de los hashtags #SherlockLives y #Sherlock- ha incidido, sin duda, en el enorme éxito que la cadena británica ha cosechado con la emisión de los últimos tres capítulos de la serie. Un éxito que no sólo se ha traducido en el número de televidentes –nueve millones de media cada uno de los episodios-, sino en las buenas críticas recibidas dentro y fuera del Reino Unido.

En esa buena acogida, sin embargo, lo que más ha pesado ha sido la propia factura de la nueva temporada, en la que están presentes muchos de los mejores ingredientes de las entregas precedentes, como sus famosos e inteligentes diálogos, sus grandes dosis –aún mayores en estos últimos capítulos- de exquisito humor inglés, las geniales interpretaciones de su habitual reparto y, especialmente, la gran química existente entre sus principales actores, los magníficos Benedict Cumberbatch y Martin Freeman.


No obstante, y a pesar de lo que antecede, no todo han sido parabienes por parte de la crítica ni tampoco el número de espectadores, aun escandalosamente alto, ha alcanzado las cifras logradas durante la emisión de la segunda temporada, que superó la media de diez millones de televidentes por capítulo.

Más allá de las críticas que aluden al nepotismo de los creadores de la serie en la selección del reparto –en el que tienen papeles muy relevantes la mujer de Martin Freeman, los padres de Benedict Cumberbatch y el hijo del guionista Steven Moffat-, Sherlock parece haber perdido parte –que no todo- de su trepidante ritmo y relegado el misterio en aras de un mayor ahondamiento en la relación de Holmes con su inseparable Watson.

Obviamente, pasados dos años desde la desaparición de Holmes, se requería de un guión que hiciera hincapié en la reacción de Watson al saberse engañado, aunque ello no justifique la escasa enjundia de los casos investigados –especialmente en el deslavazado segundo capítulo-, ni el breve papel del nuevo villano, que, aun de opereta –también lo era Moriarty- y, en algunos momentos, una suerte de trasunto de Haníbal Lecter, está magníficamente bien interpretado por el actor danés Lars Mikkelsen.

A ello habría que añadir un final que se antoja precipitado e increíble –y no ahondaremos en este punto para no incurrir en un odiado spoiler- y una más que cuestionable evolución del personaje de Sherlock Holmes, lo que, sumado a las referencias a los papeles interpretados recientemente por Cumberbatch –el dragón Smaug, por ejemplo- inducen a pensar que, en la confección de esta tercera parte, ha influido no poco el fenómeno fan que ha hecho del actor británico uno de los personajes más populares del universo Web 2.0.

Afortunadamente, sin embargo, en Sherlock todavía pesan más aquellos aciertos que hicieron de ella una serie de culto que esos otros elementos que suponen toda una deriva hacia la soap opera y que pueden plantear más de una duda sobre la calidad de su continuación en las ya anunciadas cuarta y quinta temporada. 


12 de septiembre de 2012

Los Kennedy. Entre el mito y el rigor histórico




Su carisma, su corto pero intenso mandato y, sobre todo, su asesinato - ante miles de personas y registrado en directo - han hecho de John Fitzgerald Kennedy una de las figuras más icónicas de la historia norteamericana reciente y uno de los personajes del siglo XX en quien más se han fijado historiadores, guionistas, productores y directores televisivos y cinematográficos.

Esa fascinación hacia el malogrado presidente estadounidense no se ha circunscrito, sin embargo, a su persona, sino que ha ido más allá, alcanzado a todo el clan Kennedy, desde el patriarca, Joseph Kennedy Sr., hasta los numerosos descendientes de su prolija prole.

Las incontables desgracias de los Kennedy – muchas de ellas entretejidas con la historia norteamericana y mundial – dan para más de una nueva adaptación audiovisual, aunque quizá sea el medio televisivo, que no el cinematográfico, el que permita, con su formato por entregas, una mayor profundización en el devenir de los más conocidos miembros de la pudiente familia católica de origen irlandés.

Así debió verlo el prestigioso canal History Channel cuando se embarcó en una de sus más caras producciones, aunque su facturación no haya sido del agrado del aún poderoso clan, que ha puesto un sinfín de trabas para que la serie no vea la luz en Estados Unidos.

El descontento de la familia Kennedy se debe, en gran parte, al afán de los creadores de la serie por mostrarse fieles a unos hechos que ya parecen sobradamente constatados, como los numerosos escarceos extramatrimoniales del malogrado presidente o la insana y desbocada ambición política de Joseph Kennedy Sr. y sus negocios con la mafia, que le reportaron pingües beneficios pero que, inevitablemente, pervierten las propias bases del llamado Sueño Americano y su American Way of Life, al alcance, en principio, de cualquiera que apueste por el trabajo duro y el fair play.

No obstante, y a pesar del descontento creado en el seno de la familia Kennedy, es precisamente esa voluntad de aproximarse de forma objetiva a los hechos históricos la que logra los momentos más intensos e impactantes de esta serie - como la génesis por la lucha de los derechos civiles, la Crisis de los Misiles o la Invasión de Bahía Cochinos-, que son presentados a través de una perfecta combinación entre material audiovisual original y de ficción y dosificados mediante numerosos y bien ejecutados flashbacks.

Los Kennedy cuenta, además, con un plantel de magníficos actores entre los que destacan Greg Kinnear, Barry Pepper, Diana Hardcastle y Tom Wilkinson – absolutamente creíbles en sus papeles – y en el que sobra la desangelada Katie Holmes y  llama la atención la desacertada elección de Charlotte Sullivan para el papel de Marilyn Monroe – se necesita algo más que decolorarse el cabello y embutirse en un vestido escotado para dar vida a la desgraciada actriz.



Lamentablemente, esos dos errores de casting vienen acompañados de otros desaciertos, como la inapropiada banda sonora que, idónea para una sitcom, trunca más de un momento de especial dramatismo, la nula referencia al gran Martin Luther King, la mínima mención a hechos entonces de plena actualidad como la Guerra de Vietnam o la muerte de Marilyn Monroe y, sobre todo, la forzada contraposición entre los turbios negocios del ambicioso patriarca del clan Kennedy y el quizá exagerado idealismo de sus hijos, Jack y Bobby, lo que convierte a Los Kennedy en un ejercicio de aproximación histórica lastrado en parte, que no totalmente, por el precario equilibrio entre el más voluntarioso objetivismo histórico y el más que manido cliché del mártir caído en defensa de sus ideales.

12 de abril de 2012

Krtek. El topo que sobrevivió a la Guerra Fría



Autor y fuente: Leo-Chelny

La República Checa se despedía hace unos meses del que sin duda ha sido uno de sus artistas más reconocidos dentro y fuera del país, el polifacético Zdeněk Miler. Diseñador, guionista, director y, sobre todo, dibujante, Miler llegó a ser bautizado como el Walt Disney del Telón de Acero gracias a la fama internacional que le reportó su mayor creación, el topo Krtek.

Las aventuras de ese animal de negro pelaje, nariz respingona, grandes ojos y trazo sumamente sencillo fueron filmadas en unos 50 episodios que prácticamente han dado la vuelta al mundo, dando lugar a la edición de numerosos libros – traducidos a más de 20 idiomas – y a la proliferación del merchandising más variado – puzles, mochilas, peluches, etc. -, llegando incluso a decorar las siempre vistosas cup cakes, tan en boga últimamente por estos lares.

La primera peripecia de Krtek fue filmada en 1956 y respondía al encargo que recibiera Miler por parte del partido comunista – que entonces gobernaba la hoy extinta Checoslovaquia – para promocionar la industria textil del país, tomando como excusa una historia que, dirigida a los más pequeños, narraba el proceso de elaboración de un pantalón fabricado en lino.

Miler, que entonces trabajaba en un estudio cinematográfico y era ya un gran admirador de la obra de Walt Disney, comentó en más de una ocasión que había barajado no pocas ideas hasta dar con un animal que nunca hubiera sido dibujado por el genio norteamericano. La inspiración surgió cuando paseaba por uno de los parques de Praga y reparó, por casualidad, en la madriguera de un topo.

Así, una vez concebido y diseñado, Krtek protagonizó su primera aventura, acompañado por otros animales, en un film sonoro de tan sólo trece minutos. Sin embargo, la voluntad de Miler por hacer comprensible las peripecias de su personaje a todos los niños – independientemente de su nacionalidad -, llevó al dibujante checo a sustituir el lenguaje hablado por exclamaciones cortas que corrieron a cargo de sus propias hijas.

Esa decisión no pudo resultar más acertada, pues en pocos años el topo de grandes ojos logró traspasar sus fronteras más próximas y convertirse en uno de los personajes animados más queridos del Viejo Continente, lo que supone una trayectoria nada desdeñable para un dibujo animado nacido en plena Guerra Fría y bajo la égida comunista.


De hecho, son muchos los adultos europeos – incluso españoles, pues Krtek llegó a España en las postrimerías del franquismo – que recuerdan hoy a aquel topo vivaz, cuyas peripecias siempre se iniciaban con la salida de su madriguera.

No obstante, Krtek no se limitó a cultivar su fama en Europa, sino que logró captar la atención en países tan lejanos como China o India. No pasó lo mismo en Estados Unidos, aun a pesar de que la creación de Miler fomenta una actitud positiva frente al fracaso, una idea que tiene un fácil encaje con la perseverancia asociada al llamado sueño americano.

Sea como fuere, y aunque Mickey Mouse ocupe el podio de los dibujos animados más conocidos, Krtek forma ya parte de ese peculiar Olimpo habitado por los personajes que han poblado, y siguen poblando, la infancia de muchos niños. 


13 de febrero de 2012

Sherlock. Una revisión ingeniosa



Fuente: BBC

Las aventuras de Sherlock Holmes, el mítico personaje surgido de la pluma del escritor Sir Arthur Conan Doyle en las postrimerías del siglo XIX, han sido objeto de numerosas adaptaciones cinematográficas, televisivas, teatrales e, incluso, radiofónicas.

No obstante, y dado el carácter seriado de las peripecias del carismático detective – presente en cuatro novelas y más de cincuenta relatos breves –, ha sido la pequeña pantalla el medio que ha propiciado el mayor número de producciones basadas en la obra del novelista escocés.

Sherlock – la serie facturada por la cadena británica BBC – bien pudiera ser considerada como la enésima revisión de los intrincados misterios a los que se enfrentaron Holmes y su fiel compañero, el doctor John Watson, por obra y gracia de la imaginación de su creador. Sin embargo, rompiendo con el excesivo celo de fidelidad hacia el original literario y el sumo formalismo del que hacen gala los seriales que la preceden – a los que el paso del tiempo, por cierto, ha otorgado un aire decididamente démodé-, Sherlock apuesta por una revisión ingeniosa de los relatos de Conan Doyle, trasladando a nuestro siglo al sagaz detective, pero sin obviar ninguno de los rasgos más distintivos que han hecho de él uno de los personajes literarios más afamados de todos los tiempos.



Así, el Sherlock Holmes del siglo XXI no ha perdido ni un ápice del ingenio que despliega con sus dotes deductivas – que ahora emplea, valiéndose de la última tecnología, como consultor externo de la policía; ya no luce su característica pipa, pero sí padece por su adicción a la nicotina – que combate con parches antitabaco; utiliza de manera puntual la también característica gorra de doble visera con la que lo inmortalizara Sydney Paget cuando, a finales del siglo XIX, ilustrara las primeras historias de Conan Doyle; mantiene a su enemigo más acérrimo, el desalmado James Moriarty, y a su casera, Mrs. Hudson; no ha olvidado tocar el violín con destreza ni pasarse horas entregado a algún experimento; y, sobre todo, sigue residiendo en el número 221 de Baker Street en compañía de su inseparable John Watson, quien, sin perder su estatus de médico, se ha convertido en un ex combatiente de Afganistán.

Sin embargo, y aun a pesar de la fidelidad hacia los personajes, los seis capítulos que componen la primera y segunda parte de Sherlock son adaptaciones muy libres de los relatos escritos por Conan Doyle, hecho que no ha impedido que esta producción sea calificada como la mejor aproximación realizada hasta la fecha de la obra de aquél. Esta apreciación se debe, sin duda, a las muchas virtudes de esta serie, como su inmejorable pulso narrativo, su cuidada factura, sus dosis justas de misterio y acción, el hallazgo de plasmar el ritmo vertiginoso de los pensamientos de Holmes mediante las palabras que aparecen en pantalla, o, por supuesto, la increíble química entre los dos magníficos actores principales (Martin Freeman y el aparentemente siniestro Benedict Cumberbatch), quienes, gracias a su buen hacer y a un guión más que inteligente, dotan a sus personajes de un gran calado psicológico.

En definitiva, Sherlock es una serie de obligado visionado para todo incondicional del afamado detective literario, aún a pesar de las, a veces, sumamente embrolladas tramas y de algunos – no demasiados - personajes y/o escenas que, con un toque de los films de James Bond, pueden bordear peligrosamente la casi siempre fina línea que separa lo ridículo de lo sublime.

27 de enero de 2012

Downton Abbey. En la senda de la excelencia



Mucho hemos tenido que esperar los que quedamos rendidos ante las virtudes de Downton Abbey para poder visionar su nueva tanda de episodios; la espera, no obstante, no ha sido en vano, pues la serie, una de las más loadas de los últimos tiempos, ha regresado con la exquisitez y la excelencia que le son propias.

Sin embargo, su retorno ha venido acompañado por algo más, ya que el mosaico de intrigas, pasiones soterradas e infranqueables barreras sociales de la primera parte ha cristalizado en un culebrón de época; un culebrón, eso sí, sumamente alejado, gracias al más que buen hacer de sus guionistas, de la calidad más que dudosa de los seriales con tramas sempiternas.

Los nuevos capítulos de Downton Abbey, además, han traído consigo una mayor profundización de los personajes y han matizado sabiamente a aquéllos que en la primera parte rozaban la más pura villanía; tan sólo Sybill, la pequeña de los Crawley, sigue mostrándose como un personaje peligrosamente estereotipado, aunque curiosamente simbolice mejor que nadie los cambios que se operarán entre las mujeres de su clase.

El rigor histórico, por otra parte, permanece incólume y tanto el devenir de la guerra como los cambios sociales que ya empiezan a intuirse se siguen mostrando con cuidadas elipsis y mediante las conversaciones entre sus protagonistas, a quienes oímos departir sobre la lucha de Irlanda, la detención de los Romanov o el excesivo celo de los criados leales por preservar la vigencia de un tiempo que se intuye ya próximo a su extinción.

En ese verismo histórico, además, juegan un papel especialmente importante las escenas bélicas – en las que, parapetados tras las trincheras o fuera de ellas, criados y señores corren la misma suerte –;  la irrupción de nuevos personajes, como el de la criada que aspira a una vida más allá de la servidumbre o el magnate que, aun a pesar de su riqueza, no puede dejar de sentirse inferior frente a la clase con la que desesperadamente pretende entroncar vía matrimonio; o las nuevas modas, como un vestuario que pronuncia escotes y acorta vestidos o la práctica del espiritismo, que tan en boga estuvo en el Reino Unido, gracias en parte a la devoción que por aquélla profesaron personalidades como el padre de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle.

El rápido devenir de los años (1916-1920), no obstante, no ha gustado demasiado a la prensa británica, que ha llegado a abanderar el slogan, Slow, Down, Downton! para que la serie se ralentice y vuelva a su ritmo anterior. Sin embargo, y rompiendo una lanza a favor por esta decisión de acelerar el devenir de los años, poco verismo hubiera tenido la concatenación de acontecimientos si éstos hubieran transcurrido en un margen temporal más reducido.

La segunda parte de Downton Abbey, en definitiva, ha demostrado que sigue transitando por la senda de la excelencia a pesar de algún escollo – como forzar el drama con recuperaciones prácticamente milagrosas o con la aparición de entre los muertos de un extraño personaje. Su calidad y falta de pretenciosidad, no obstante, se siguen viendo reforzadas por sus muchísimos puntos positivos, entre los que destacan especialmente su principal historia de amor, que parece sacada de alguna obra de Henry James o Edih Wharton, y su increíble reparto, lo que comporta que un año de espera para disfrutar de su tercera parte se antoje muy difícil de sobrellevar.

21 de diciembre de 2011

Los Simpson. Un oasis de calidad en la parrilla televisiva



En el año 1992, mientras Barcelona se preparaba para asumir el mejor papel de su vida tras haberse convertido en sede de los Juegos Olímpicos, desembarcaba en España la que, sin duda, es la familia más famosa de la pequeña pantalla, Los Simpson.

Entonces, y en un horario más acorde con la disponibilidad del público al que se dirigen sus historias, Los Simpson fueron emitidos por La2. Hoy, 19 años después, la familia de dibujos animados no sólo ha alcanzado su temporada número 21 sino que sigue emitiéndose en España – cortesía de Antena 3  – con un gran éxito de público.

Ganadora de numerosos premios durante su larga trayectoria televisiva, esta serie no pudo haber tenido un origen más modesto; la familia Simpson inició su camino hacia el estrellato a finales de los años 80 en el show de la actriz Tracey Ullman y de la mano de su creador, Matt Groening.

Aquellos primitivos personajes se dirigieron desde un principio, con su corrosiva crítica a la sociedad, a un público adulto. Un público al que se ganó gracias a un humor ácido que no ha dejado títere con cabeza y es que, en sus fauces de afiladísimos colmillos, han caído artistas, intelectuales, políticos, diversas instituciones, medios de comunicación, profesiones varias, ideologías políticas e, incluso, la gran factoría Disney. De hecho, los violentos dibujos animados Rasca y Pica no son más que la otra cara, la más oscura y perversa, de los personajes de Disney y una excusa para, en ocasiones, lanzar algún que otro dardo envenenado a la obra y figura del adaptador de tantos y tantos cuentos infantiles (especialmente corrosivos en este sentido son los capítulos donde se parodian los filmes Pinocho y Fantasía y el que atribuye la autoría del show Rasca y Pica a un vagabundo a quien le robaron su idea).

Sin embargo, el éxito de Los Simpson no hubiera sido posible sin la creación de unos personajes muy representativos de la clase media norteamericana y que Matt Groening supo perfilar muy bien ya desde los primeros capítulos. Así, Homer, el vago, conformista y cabeza de familia sin aspiraciones en la vida; Marge, su incomprendida y bastante frustrada esposa; los hijos mayores, Bart y Lisa, rebelde el primero, intelectual la segunda; el vecino Ned Flanders, devotísimo cristiano; o el Sr. Burns, el capitalista sin entrañas, han conseguido ya un lugar propio en el Olimpo televisivo.


Además, la serie ha contado con unos ingredientes muy utilizados y exitosos, como los números musicales al estilo Broadway o la presencia de personajes famosos en muchos capítulos. Incluso sus guionistas se han atrevido con la ficción dentro de la ficción, destacando especialmente el capítulo Detrás de la risa de Los Simpson, narrado en clave de documental.

Dice el refrán que lo breve, si bueno, dos veces bueno. Es evidente que los últimos guiones de la serie, repetitivos y, en ocasiones, descabellados, inciden en la necesidad de acabarla; no obstante, Los Simpson son aún un oasis de calidad en una parrilla televisiva caracterizada por una programación repleta de espacios de más que dudoso gusto.
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