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2 de junio de 2015

Suite francesa. Un film de factura clásica




Detenida por la gendarmería francesa un 13 de julio de 1942, la escritora ucraniana Irène Némirovsky fallecería apenas un mes después, el 17 de agosto de aquel mismo año, en el temido campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Su único delito para ser condenada a tan trágico destino no fue otro que el ser judía, aunque Némirovsky se había convertido al catolicismo pocos años antes, quizá temiendo que la misma sinrazón que expulsara a su familia de Ucrania podría extender sus tentáculos a su país de acogida, Francia.

El asesinato, también en el mismo campo del horror, de su esposo, Michel Epstein –quien, en su desesperación por salvarla no dudaría en señalar a las autoridades algunos pasajes anticomunistas y antisemitas de la obra de Némirovsky- condenó a las hijas del matrimonio a una huida constante, de refugio en refugio, y aderezada con mil y una vivencias amargas, entre las que destaca el rechazo de la abuela materna, cuya complicada relación con la escritora ucraniana dejaría una fuerte impronta en su obra literaria.

Durante todo aquel largo viaje, Denise y Elisabeth Epstein cargaron las pocas pertenencias que quedaron de sus progenitores, entre ellas una maleta en cuyo interior se hallaba un manuscrito escrito por Némirovsky que no sería publicado hasta muchos años después, en 2004, convirtiéndose, de inmediato, en un éxito de ventas y en objeto de las más elogiosas reseñas por parte de la crítica especializada.

En aquel éxito contribuyó no solamente el excelso buen hacer de Némirovsky como narradora –su exquisita pluma se ha llegado a considerar, de hecho, a la misma altura que los grandes clásicos de la literatura rusa-, sino a su indiscutible valor histórico, al relatar con todo lujo de detalles la ocupación francesa en el momento en el que aquélla se estaba llevando a cabo.

Por todo ello, su tardía adaptación cinematográfica, de corte netamente clásico, como anticipa su tráiler de presentación, y con un reparto, en casi su totalidad, anglosajón, bien podría hacer recelar a más de un seguidor de la malograda escritora ucraniana.



Coproducida entre Reino Unido, Francia y Bélgica y dirigida por Saul Dibb, Suite francesa cuenta, de hecho, con ese sello inconfundible de las cuidadas series británicas, a saber, excelente ambientación, rigor histórico y un reparto de actores absolutamente acertados encarnando sus respectivos papeles.

Sin embargo, Suite francesa, aun contando con esa facturación puramente academicista, contiene otros ingredientes que justifican su visionado en las salas de cine. Entre aquéllos cabría destacar su excelente fotografía y banda sonora, la acertada decisión de Dibb por huir del dramatismo desaforado y optar por una intensa sobriedad narrativa –un ejercicio en absoluto fácil dado los hechos descritos-, la presencia de dos actrices titánicas –Michelle Williams y Kristin Scott Thomas-, y el fabuloso encaje entre los dramas personales y el momento histórico, haciéndose hincapié, además y sin el más mínimo viso partidista o aleccionador, de un hecho incontestable, la guerra no sólo saca lo peor y lo mejor del ser humano, sino, como ya apuntara el gran Erich Maria Remarque en su inmortal Sin novedad en el frente, divide a sus oponentes más por el lugar geográfico en el que el destino los ha situado que por ideologías enfrentadas.

A Suite francesa tan sólo podría reprochársele, de hecho, que en algunos momentos de su metraje se bordee el más puro cliché –las escenas de las bacanales del ejército vencedor o la caracterización un tanto maniquea de algún personaje secundario-, su previsibilidad narrativa y su ya aludido marcado clasicismo cinematográfico, si bien algunas escenas, como la llegada de los alemanes mientras los parroquianos se hallan en misa, resultan exquisitos bocados cinéfilos.

Film, en definitiva, de más que recomendable visionado, Suite francesa cuenta, además, con un excelente broche final, que, por supuesto, no revelaremos.



1 de julio de 2014

La mujer invisible. Una delicatesen cinematográfica




Considerado como uno de los más importantes novelistas de la literatura universal, Charles Dickens gozó en vida del éxito, continuado y creciente, del que carecieron muchos otros escritores hoy consagrados.

A los 45 años, en plena cima de su carrera, el literato inglés sorprendió a la opinión pública separándose de su esposa, con la que, en las más de dos décadas en las que permanecieron casados, había engendrado una numerosa prole. La noticia hizo correr ríos de tinta e, inevitablemente, suscitó numerosos rumores que señalaban la existencia de otra mujer, algo que el escritor siempre negó enérgica y tajantemente. En los años 90 del pasado siglo, sin embargo, la periodista y biógrafa Claire Tomalin rescató del olvido a Nelly Terman, la mujer con la que Dickens pasó el resto de su vida, pero a la que, temeroso del escarnio público -y a pesar de que la suya fuera una de las voces más críticas y aceradas de su tiempo-, jamás mostró en sociedad.

La obra de Tomalin –muy conocida en el Reino Unido, donde llegó a convertirse en un auténtico bestseller- ha servido como fuente de inspiración directa para el actor galés Ralph Fiennes en su segunda incursión tras las cámaras, un film que, si bien no perfecto, se constituye, por sus muchos aciertos, como una auténtica delicatesen cinematográfica.

Entre los logros que hacen de La mujer invisible un film de más que recomendable visionado se cuentan una magnífica ambientación, una asombrosa fotografía y una más que adecuada banda sonora. A lo que habría que añadir un esmerado montaje que incluye escenas de una gran belleza poética –como los largos planos que muestran a su principal protagonista paseando por una playa desierta- o el acertado encadenamiento de algunos pasajes –baste citar, por ejemplo, la colorida escena de la carrera de caballos a la que precede un momento del metraje especialmente oscuro en forma y contenido.


La mujer invisible, además, se aleja por completo de los excesos dramáticos comunes al biopic al uso y, afortunadamente, tampoco se rinde al ejercicio de autocomplacencia al que gustosamente se someten no pocos films de época, especialmente los ambientados en la era victoriana. De hecho, el segundo largometraje de Fiennes hace gala de una sabia contención en la que, en las justas dosis y de manera brillante, se combinan austeridad e intimismo, lográndose escenas tan bellas -a pesar del dolor que desprenden- como la del accidente ferroviario o la del malogrado parto.

Por otra parte, un film consagrado a la vida y obra del gran autor británico no podía dejar de hacer alusión al teatro en cuanto a medio de expresión artística. En La mujer invisible, sin embargo, ello no constituye un lastre para el film –como sí pasara en Coriolanus, la opera prima de Fiennes como director-, sino que, por el contrario, resulta ser un homenaje totalmente cinematográfico a esa fecunda y milenaria rama de las artes escénicas.

Cabría destacar, finalmente, la presencia de un excelente reparto en el que destacan Ralph Fiennes –genial en su recreación del literato inglés-, una increíble Felicity Jones –capaz de resistir con maestría consumada numerosos primeros planos- y la siempre eficiente Kristin Scott Thomas, cuya presencia en el film se antoja, además, como un guiño a la otrora laureada El paciente inglés, de la que fuera protagonista absoluta junto al propio Fiennes.

A La mujer invisible tan sólo podrían achacársele un ritmo quizá demasiado lento en algunos de sus pasajes y una cierta previsibilidad en su desarrollo. Auténtica peccata minuta, en definitiva, para un film que se constituye como un verdadero tributo a Dickens y a aquellos que formaron parte importante de su intensa vida.


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